Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 41 Dorothy
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41 Dorothy

Y o no he hecho agua.

Los dos hombres me miran con intensidad.

Me cruzo de brazos, sintiéndome de repente expuesta y vulnerable.

El pánico ha remitido, pero ahora me siento agotada y sigo temblando.

Después de un ataque de pánico, Em me preparaba una taza de té y calentaba un poco de potaje, si lo había.

No hay nada más reconfortante que un plato de líquido caliente.

Pensar en Em me hace querer volver a llorar. Estoy muy cansada y solo quiero irme a casa. Pero para llegar allí primero tendré que salir de esta mazmorra y pasar por encima de la Bruja del Oeste. No sé qué postura tiene el Hombre de Hojalata, pero si tengo que luchar también contra él, lo haré.

Sigo atrapada en mi celda, con el Hombre de Hojalata interponiéndose entre el pasillo y yo. La puerta está abierta y hay al menos un mono alado en la escalera. ¿Qué posibilidades tengo de escapar? No muchas. Pero mis posibilidades son aún menores si me quedo aquí abajo.

—En serio —lo intento de nuevo, porque ninguno de los dos ha dicho nada—. No he hecho agua. Eso es ridículo. ¿Cómo se hace agua?

—El agua mata a la bruja. —El Hombre de Hojalata, Silas, al parecer, susurra las palabras. Pero su susurro es fuerte y áspero, como si nunca hubiera conocido un momento de tranquilidad en su vida.

—¿En serio? Pensaba que era inmortal.

Gabriel frunce el ceño mientras mira a su hermano, como si esto también fuera una novedad para él.

—Todo el mundo sabe que la Bruja del Oeste tiene dos debilidades, pero nadie conoce la segunda. Si fuera el agua, eso explicaría por qué nunca me ha dado, ni siquiera un cuenco para lavarme las manos.

—¿La magia es algo habitual en tu familia? —me pregunta el Hombre de Hojalata.

—¿Qué? No. No soy de aquí. Donde yo vivo no hay magia.

—¿Y dónde vives?

—En Kansas. Por eso estoy tratando de llegar hasta el mago, para que me ayude a volver a casa.

Los dos hombres se quedan quietos y, aunque la luz es tenue pues las antorchas están detrás del Hombre de Hojalata, veo cómo esbozan ambos un profundo ceño.

—¿El mago, dices? —pregunta con voz grave, como si las palabras salieran a regañadientes de debajo de una piedra.

—¿Lo conoces?

Gabriel resopla y se da la vuelta.

—Entonces, ¿lo conoces? ¿Puedes llevarme hasta él?

—Prefiero alimentar a un dragón.

—Espera… ¿hay dragones a los que echar de comer?

«No importa. Volvamos al agua».

—Silas —llama Gabriel. Ambos seguimos su mirada hasta una gran cavidad en el suelo de piedra donde se ha acumulado agua—. Quizá aquí haya suficiente.

—Pero ¿cómo la recojo? ¿Con mis malditas manos desnudas?

—¿No es eso una cantimplora? —Señalo el recipiente metálico que lleva atado al cuerpo—. ¿No hay agua ahí dentro?

Lo levanta como si recordara que está ahí.

—No. No hay agua.

—Pues vacíala.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Lleva una droga —responde Gabriel—. Una que él necesita.

La forma en que el Hombre de Hojalata desvía la mirada, apretando los dientes y flexionando la mandíbula, me indica que es un detalle del que no quiere hablar. Pero es él quien me exige que haga agua para matar a la bruja.

—¿Qué pasa si no la tienes?

—Me bloquearé. —Inhala por la nariz y sigue caminando con dificultad—.

Sin corazón, la sangre no corre por mi cuerpo como debería.

Casi muero después de que me maldijeran.

El aceite diluye mi sangre y la mantiene bombeando por mis venas.

Sin él, soy inútil y, poco después de ser inútil, estoy muerto.

—Oh. —Trago saliva, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza. No era mi intención entrometerme—. Lo siento. Debe de ser horrible.

—Lo pensaría, si me importara. —Porque no tiene corazón.

Es adicto por necesidad. No podría dejarlo aunque quisiera, y ¿cómo puedes querer algo cuando no te importa nada?

Salvo su hermano. No estaría aquí si no le importara Gabriel. Pero no se lo señalo.

—¿Se puede curar? —pregunto.

—Solo nuestro otro hermano puede quitarle la maldición —dice Gabriel, y su voz resuena en el pasillo.

—Entonces, ¿por qué no se lo pides?

El Hombre de Hojalata se lame los labios.

—Prefiero alimentar a un dragón —insiste.

Pongo los ojos en blanco.

—¡No puede ser tan malo!

—Centrémonos en el agua —dice, girando hacia el pasillo.

—Está bien. Pero la droga…

—¡Hombre de Hojalata! —La voz de la bruja resuena en la piedra como un grito de guerra primigenio.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Llevas demasiado tiempo ahí abajo y estoy perdiendo la paciencia.

—¡Lo estoy intentando, joder! —grita él a su vez. El fuego de las antorchas de hierro se apaga—. Mierda —murmura el Hombre de Hojalata.

—¿Qué está pasando? —pregunto.

—La ha cagado —dice Gabriel.

El Hombre de Hojalata emite un sonido ahogado. Cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad, puedo verlo agarrándose la garganta.

—¿Es ella la que le está haciendo esto? —pregunto.

—Sí. Coge su cantimplora —indica Gabriel.

Me apresuro a acercarme y le quito la correa de la cantimplora por encima de la cabeza.

Se le salen los ojos de las órbitas. Solo puedo imaginar que está empezando a ponerse azul.

—¿Y ahora qué?

—Vierte el aceite en el tapón y ayúdale a beberlo. Así podrá combatir la magia.

—¡Sube aquí ahora mismo! —grita la bruja, y su voz resuena por la escalera y el pasillo—. ¡Balor!

Se oye un ruido metálico cuando el mono alado que está de guardia se aleja de su puesto en la entrada.

Con dedos temblorosos, lleno la tapa del cantimplora. La mano del Hombre de Hojalata se cierne sobre la mía y juntos llevamos la tapa a su boca.

Bebe el líquido oscuro.

—Ahora el agua —susurra Gabriel. El Hombre de Hojalata aspira aire—. Vacía primero el aceite.

Doy la vuelta a la cantimplora y el líquido se derrama.

—Joder —dice el Hombre de Hojalata, que sigue respirando con dificultad—. ¡Me habría bebido el resto!

—Déjate de tonterías —responde Gabriel—. ¡Llénala con agua! —Nos ponemos manos a la obra.

No hay tiempo para discutir el plan, las consecuencias o la probabilidad de que derrotemos a la bruja y salgamos del castillo.

El Hombre de Hojalata sostiene la cantimplora mientras yo la lleno de agua. Los pasos del mono se acercan cada vez más.

—Sigue —nos dice Gabriel, vigilando el pasillo por nosotros.

Vacío el segundo charco y encuentro un tercero, con el que lleno la cantimplora hasta la mitad. ¿Cuánta agua se necesita para matar a una bruja?

Gabriel silba para avisarme.

El Hombre de Hojalata se endereza y me levanta de un tirón. Conseguimos poner la tapa en la cantimplora y pasar la correa por la cabeza del Hombre de Hojalata antes de que Balor reaparezca.

—Está lista para entregar las zapatillas —informa el Hombre de Hojalata.

—Entonces, venid —ordena Balor y nos hace señas para que avancemos.

El Hombre de Hojalata me agarra del bíceps y me lleva hacia las escaleras.