Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 40 Hombre de Hojalata
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40 Hombre de Hojalata

L o has hecho bien —dice la bruja.

Casi no la oigo con los gritos de la chica.

Es muy molesta. Si pudiera cortarle la cabeza, lo haría.

Me vuelvo hacia la bruja.

—No necesito tus elogios, solo que cumplas tus promesas. Tienes a la chica. Y ahora quiero a mi hermano. Libéralo —le exijo.

—¿Dónde está el cuerpo?

—¿Qué?

—El hombre que estaba con ella.

En orden de prioridades, habría pensado que ese tipo era extremadamente secundario.

—Mató a varios soldados de Faos. Solo quedaron Faos y Tark. Tendrás que enviar a alguien a buscarlo.

—Háblame de él.

—Apenas le presté atención.

—Te arrepentirás de ello.

Lo dice en voz baja, entre dientes, de tal manera que me eriza el vello.

Se dirige a un armario cercano, se sirve un trago de ozrum y se lo bebe de un trago.

En todas mis relaciones con Oeste, nunca la había visto así. Hay una ardiente energía de consternación flotando en el aire. Como si cualquier plan que tuviera se le estuviera escapando de las manos.

—Tráeme las zapatillas —ordena finalmente, sin dejar de darme la espalda.

—¿Las… qué?

—Las zapatillas. Las de la chica. Tráeme las zapatillas plateadas y tendrás a tu hermano.

—¿Tengo que hacer yo todo el trabajo sucio? —Me lanza una mirada fulminante.

No necesito la luz parpadeante de las velas para entender la amenaza. Al fin y al cabo, me gusta respirar.

—Está bien —refunfuño.

La bruja dijo que solo que tenía que traer a la chica aquí con vida. No ha mencionado nada sobre dejar que la chica conservara sus pies.

Le cortaré las piernas si es necesario.

Sé cómo llegar a la mazmorra. He bajado esta escalera curva una docena de veces.

Encuentro a uno de los monos, Balor, el tercero en la jerarquía, al que siempre han asignado las mazmorras pero que quiere pasar al primer puesto para poder luchar, parado al pie de la escalera.

Parte de la rigidez de sus hombros disminuye cuando me iluminan la luz de los candelabros.

—Oh —dice—. Eres tú.

—Sí, soy yo. La bruja quiere que me lleve algo de la chica. ¿Puedes abrir su celda?

Balor asiente y me acompaña por el túnel. Por suerte para mí, a la chica la han asignado a la celda justo enfrente de la de Gabriel.

—Gabriel… —empiezo a decir, pero él me interrumpe con una mirada.

—Le pasa algo —vocaliza con la boca.

Me giro hacia la celda y doy un paso, pero un chapoteo en el agua me distrae.

Miro hacia abajo.

Se ha formado un pequeño charco de agua en una depresión del suelo de piedra.

En ese momento me doy cuenta de que, las demás veces que he visitado el castillo, nunca he visto agua.

Ni para beber, ni para bañarse. Gabriel se ha quejado sobre ello sin cesar.

Odia estar sucio. Antes de ser prisionero, no aguantaba ni una semana en las montañas.

A diferencia de mí. Yo podría vivir en el bosque durante meses, sin ver un alma.

Balor abre la puerta de la celda de la chica y vuelve a su puesto al pie de las escaleras, lejos de la vista.

Me cuelo dentro. La chica está acurrucada en un rincón, con los brazos alrededor de las rodillas, encogida. Llora y se ahoga con el aire.

—Oye —le digo.

Está temblando tanto que apenas puede articular palabra. Si le pasara algo, la bruja podría echarse atrás en el trato. Necesito que la chica esté vivita y coleando.

—Dorothy.

Ella aspira aire. Cuando le pongo la mano en el brazo, piel con piel, siento una oleada de calor, así como una sensación desconocida en mi estómago. Rara vez tengo motivos para tocar a la gente, a menos que sea de forma violenta.

—Dorothy… —vuelvo a intentarlo.

Su respiración se ralentiza, le tiemblan los hombros.

—Sigue respirando —digo, y ella se endereza, con los ojos aún cerrados, mientras toma aire. Lo suelta. Inhala de nuevo.

—Bien.

Abre los ojos de par en par; están rojos y llorosos.

—¿Estás bien? —le pregunto, aunque no sé muy bien por qué me importa.

—Lleva aquí tres años. —Señala un punto con la cabeza, más allá de mí, hacia donde está Gabriel.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Asiento moviendo la cabeza.

—Es mi hermano pequeño.

Se queda boquiabierta. Noto que me está analizando y se me pone la piel de gallina.

—Por eso me has traído aquí. —Se seca las lágrimas con la mano. Su respiración se ha calmado, pero sigue temblando a pesar del calor que hace en el calabozo—. Estás intentando liberarlo.

—¡Maldita sea! —murmura Gabriel—. Es buena.

—¡Cállate! —le ordeno.

—Quizá no seas tan despiadado después de todo —dice la chica. Me vuelvo hacia ella—. Esto no tiene que ver conmigo.

—¿No?

Me levanto y pongo distancia entre nosotros. No quiero estar cerca de ella. No puedo estar cerca de esa chica.

—Necesito tus zapatillas.

Apoyándose en la pared, la chica se levanta lentamente y cruza los brazos. Puedo oír el susurro de la suave tela, el jadeo de su respiración.

—Tú y todos los demás.

«¿Quién más?», estoy a punto de preguntar, pero luego decido que me da igual.

—La bruja quiere tus zapatillas. Si se las das, quizá podamos irnos todos a casa.

Al mencionar la palabra «casa», ella respira hondo por la nariz y se lame los labios. Da un paso adelante.

—¿Tú crees?

¿Eso es todo? ¿Eso es lo que quiere? ¿Ir a casa?

No he tenido un hogar desde hace una década. Desde que Gabriel y yo nos fuimos. Ya no sentíamos que aquel lugar fuera el hogar al que pertenecíamos. Poco después, nuestro hermano nos maldijo a los dos. Y sin corazón, el concepto de hogar ya no significaba nada en absoluto.

—Sí —digo, y cuando la palabra sale de mi boca, casi me la creo.

—Muy bien. —Se agacha y se quita la zapatilla izquierda, luego la derecha—. Toma.

Extiende el brazo, con las zapatillas colgando de los dedos.

Vacilo.

Nada es tan fácil.

Esto tampoco debería serlo.

Extiendo la mano, las agarro y…

Desaparecen.

—¿Qué coño ha pasado? —protesto.

La luz del fuego refleja el brillo de las zapatillas, que de nuevo están en sus pies.

—¿Qué es esto?

—No lo sé. —Ella suspira—. Lo hacen solas.

—¿Qué quieres decir con que lo hacen solas? Son unas malditas zapatillas.

—¡Sé lo que son!

—Entonces, deja de jugar.

—¡No lo estoy haciendo! —Se agacha, se quita una zapatilla y me la lanza.

Rebota en mi hombro, golpea el suelo de piedra y, literalmente, se evapora.

Un segundo después, vuelve a estar en su pie.

—¿Quieres que nos mate a todos? —susurro—. ¡Nos matará!

—Entonces, ¿por qué nos has traído aquí?

—¡No tenía otra opción!

—Siempre tenemos elección y…

—¡Eh, gilipollas!

Los dos nos giramos. Gabriel ha vuelto a las rejas de hierro.

—Quizá haya que darlas, no tomarlas. Como tu hacha.

—Es verdad, ¿y tu hacha? —La chica vuelve a ponerse bajo la luz—. Antes has dicho algo… Me has preguntado cómo la he cogido.

—No tengo tiempo para esto.

—Cuéntamelo —exige ella, como si yo tuviera que responderle.

Pero Gabriel habla por mí.

—El hacha está hecha con magia. Le pertenece a él. Nadie puede cogerla sin su permiso.

—Yo lo he hecho. —Ella endereza los hombros, con la voz llena de orgullo.

Los ojos de Gabriel se dirigen hacia mí.

—¿De verdad?

—Sí —gruño.

—Eso es… interesante.

—No, no lo es. —Aunque sí, lo es—. Olvídate del hacha. Además, ella me ha entregado las zapatillas.

—Sí, pero tú se las has pedido de malas maneras —dice él.

—Tiene razón —repite la chica.

—Este es el juego más tonto al que he jugado nunca.

—¿Por qué no intentas pedírselas amablemente? —sugiere Gabe.

—Vale. Dorothy, ¿me las darías, por favor?

—No.

—No. ¿No? Te voy a matar. —Me abalanzo sobre ella.

—¡Silas!

Gabriel nunca me llama por mi nombre de pila. En todos los años que llevamos fuera de casa, casi lo he olvidado.

Silas está muerto.

Es el Hombre de Hojalata quien vive. Me detengo.

—No creo que sea una chica normal. —Miro a Gabriel.

—¿Qué?

—Si las zapatillas no fueran ya una pista obvia… el agua… Ella la ha hecho.

Miro hacia atrás, al pasillo de piedra, y veo que el charco de agua se ha convertido en un río.