Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 39 Dorothy
85%

39 Dorothy

L a huida hacia el castillo de la Bruja del Oeste es brutal.

No ayuda que, minuto a minuto, kilómetro a kilómetro, me enfurezca cada vez más con el Hombre de Hojalata por haber matado a Rook.

¿Cómo se ha atrevido? Rook se ha ido y no hay forma de recuperarlo, ¿y no es acaso por eso por lo que nunca me permito amar ni ser amada?

Apenas lo conocía y, sin embargo, su pérdida es tan visceral que siento que voy a vomitar.

Pero rápidamente reprimo las arcadas.

No permitiré que el Hombre de Hojalata ni los monos vean ninguna emoción por mi parte.

Excepto la rabia.

A lo lejos, un castillo comienza a perfilarse contra el cielo oscuro, destacando varias agujas puntiagudas y una alta torre en cada ala que insinúan su inmensidad.

Descendemos lentamente, las garras del mono se clavan en mi carne mientras lucha contra la corriente de aire.

Hay un breve momento en el que espero que me suelte, pero eso no será bueno para nadie, y menos aún para mí.

El castillo se hace cada vez más grande. Entonces llegamos a él y lo veo tan grande y fortificado, que no parece real. Nada de esto lo parece.

Los monos vuelan por encima de la muralla de piedra y nos dejan caer sin ceremonias en el patio, apenas deteniéndose para aterrizar antes de volver a levantar el vuelo y desaparecer alrededor de la torre oeste.

Me quedo boquiabierta ante el castillo. Estamos frente a unas enormes puertas dobles.

La madera está tallada para que parezcan las alas desplegadas de un mono.

Unas fijaciones de hierro y unos gruesos cerrojos de hierro sujetan aquella enormidad a las murallas.

A ambos lados, cuelgan las linternas que iluminan la fachada de piedra, y la luz del interior baila como llamas.

Es hermoso y aterrador al mismo tiempo.

Una fuerte mano metálica me agarra del brazo y me empuja hacia delante.

Me libero del agarre del Hombre de Hojalata.

—No me toques.

—¿Acaso crees que tú mandas?

—Tú desde luego que no. Si no, no estaríamos aquí.

Un gruñido grave resuena en su garganta. El hacha está atada a su espalda, sus manos están lejos de ella. Pero algo me dice que el Hombre de Hojalata no necesita más que un segundo para tener su amada arma en las manos.

Doy un paso atrás. Él hace lo mismo, como si estuviera preparado para que yo saliera corriendo, a pesar de que la puerta de hierro permanece cerrada y bloqueada detrás de nosotros.

—Entrarás en ese castillo o te arrastraré hasta él. La elección es tuya —dice.

—¿Qué ganas tú con esto?

—Voy a contar hasta tres.

—¿Qué, acaso soy una cría?

Sus fosas nasales se dilatan.

—Uno.

—Nos has aterrorizado a mí y a mi amigo. ¡No tenías derecho a matarlo!

—Dos.

—¿Acaso lo conocías? ¿No tienes corazón?

—Tres. No y no.

Su hombro se clava en mi estómago y su brazo se enrosca alrededor de mis muslos. De repente, me levanta del suelo y me carga sobre su espalda.

—¡Eh! —Le golpeo con los puños, pero es inútil.

Está claramente musculoso, mis golpes le resultan tan molestos como los de un mosquito.

Pero desde esta posición privilegiada, puedo ver la funda de su hacha y la correa de cuero que la sujeta por el mango, manteniéndola en su sitio.

Abro la correa y saco el hacha. El peso obsceno del arma me pilla desprevenida y el hacha se me resbala de las manos y hace ruido al golpear la piedra.

El Hombre de Hojalata me empuja hacia delante. Mis pies tocan el suelo, pero la fuerza me pilla por sorpresa y tropiezo hacia atrás y caigo de culo.

—¿Cómo lo has hecho?

—¿Qué? —me levanto rápidamente.

—¿Cómo has cogido el hacha?

Lo miro con el ceño fruncido.

—Yo… ¿he abierto el broche?

Se agacha y recoge el arma. En sus manos, el hacha parece diminuta.

—Nadie puede quitarme el hacha.

Cruzo los brazos sobre el pecho y doy un paso adelante.

—Yo lo acabo de hacer.

—No. No lo entiendes. Nadie puede coger… —Se oye un fuerte ruido metálico procedente de la caseta del guardia.

Me giro hacia las altas puertas dobles que forman la entrada principal del castillo y veo cómo se abren, dejando pasar un haz de luz a través de la rendija.

En algún lugar de la recámara de la puerta de entrada, una cadena traquetea mientras los engranajes giran, abriendo las puertas.

Aquí no hay guardias. Tampoco hay monos. Solo estamos el Hombre de Hojalata y yo.

Las puertas tardan varios largos segundos en abrirse por completo antes de revelar un oscuro vestíbulo al otro lado. La luz de las linternas parpadea contra las sombras.

Y desde la oscuridad, se oye una voz.

—Tráela aquí.

El Hombre de Hojalata vuelve a guardar el hacha en su funda y me agarra de nuevo por el brazo.

—No toques mi hacha —murmura.

—Quizá deberías pedírmelo amablemente —respondo en voz baja.

Con un gruñido, me arrastra al interior. Y esta vez, no me resisto.

A pesar de estar construido íntegramente en piedra, en el interior del castillo del Oeste hay un calor casi insoportable.

El Hombre de Hojalata me arrastra por una amplia escalera, a continuación por un pasillo y luego por otro, antes de llegar a una galería cavernosa donde una abertura en forma de arco da a la morada de los monos alados.

Varios de ellos han extendido sus alas en el aire y sobrevuelan las numerosas agujas del castillo.

La bruja está de pie en esa abertura, de espaldas a nosotros.

El Hombre de Hojalata me lleva hacia adelante y se detiene en medio de la sala, justo debajo de una lámpara circular de hierro forjado en la que arden cientos de velas blancas, cuyas mechas crepitan con la brisa que entra por el balcón.

Esperamos.

Miro al Hombre de Hojalata, buscando alguna pista sobre lo que se espera que hagamos. Tiene las manos entrelazadas a la espalda. A simple vista, parece una manera formal de esperar la respuesta de la bruja, pero creo que solo quiere tener las manos cerca del hacha. Por si acaso.

Cuando la bruja se vuelve hacia nosotros, el Hombre de Hojalata endereza la espalda y, por alguna razón, me encuentro imitando sus movimientos, siguiendo sus indicaciones.

Con las manos entrelazadas delante de mí, me pongo recta.

La bruja sale de las sombras del balcón y deja que la bañe la luz danzante de las velas.

Pero su rostro...

Lleva una máscara dorada, con la boca estirada en una sonrisa que revela unos incisivos afilados. Es una réplica de la cara de un mono alado.

Me resulta tan inesperado que me quedo sin aliento por la sorpresa.

Cientos de preguntas se agolpan en mi mente, pero la más importante es: ¿qué esconde detrás de esa máscara?

—Lon —llama—. Lleva a Dorothy a su celda.

Un mono sale de un nicho y me agarra.

—Espera —empiezo a decir—. Esto es un error. Yo no pertenezco aquí.

—Tenemos un trato —expone el Hombre de Hojalata.

—Por supuesto —responde la bruja—. Pero antes tenemos que hablar.

—¡Espera! —grito mientras Lon me arrastra hacia una escalera de piedra que desciende bajo tierra.

—Mejor ven —susurra el mono desde la comisura de su boca—. No querrás enfadar a la bruja.

Llegamos a la escalera y Lon me deja orientarme antes de guiarme hacia abajo.

—¿Qué quieres decir? —pregunto.

—¿Cómo crees que llegamos a estar bajo su mando? No fue por elección propia.

Nos adentramos cada vez más en los cimientos del castillo.

—Entonces, ¿cómo?

—Por la magia —responde Lon—. Y, a menos que tú también quieras servirla, más te vale no llamar demasiado la atención.

Aprieto los labios.

Este podría ser el mejor consejo que nadie me ha dado jamás.

Pero no me voy a rendir. Ni mucho menos.

Me acompañan a una celda rodeada por tres lados de piedra tosca y con barrotes de hierro en la parte delantera. Lon cierra la puerta detrás de mí y echa el cerrojo, con lo que me deja presa en el interior.

—Lo siento —dice, y luego se aleja apresuradamente.

Lon no es tan grande como Faos y Tark, pero en el estrecho pasillo de la mazmorra ocupaba la mayor parte del espacio libre. Y ahora que se ha ido, me doy cuenta de que al otro lado del pasillo hay una segunda celda.

Y hay alguien en el interior.

Es un hombre. Está pálido, sucio y descuidado, como si llevara mucho tiempo aquí abajo.

—Hola —dice.

—Hola.

—¿Quién eres?

—Yo… mi amigo me llamaba Kansas. —Al decir el apodo, se me quiebra la voz. Rook no merecía morir. Debería haberlo dejado en Valle Resplandeciente, donde habría estado a salvo. Es culpa mía que haya muerto.

—¿Qué clase de nombre es Kansas?

—Un apodo.

—Ahhh. —Aprieta la frente contra los barrotes—. ¿Sabes por qué estás aquí?

—La verdad es que no. El Hombre de Hojalata me ha traído aquí a la fuerza.

—¿El que vive en el bosque?

—¿Hay otro?

—¿Está aquí?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Sí.

—Es un capullo.

El hombre se ríe y el sonido resuena en el pasillo de piedra.

—Sí. Sí, lo es. Pero no siempre fue así.

Frunzo el ceño y entro en un haz de luz.

—¿Cuándo no lo fue?

—Oh… hace mucho tiempo. Veamos... ¿cuánto tiempo llevo aquí? Creo que dos años, quizá tres y…

—Espera. —Trago saliva, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho—. ¿Has dicho que llevas años aquí?

—Sí. Algo así, creo.

«¿Dos o tres años?».

Mi respiración se acelera.

Doy un paso atrás y me golpeo contra la pared. Dios mío.

«Años».

Tía Em… Tío Henry… No puedo… Tengo que salir de aquí.

El pánico se apodera de mí. Me sonrojo en un instante y mi visión se vuelve borrosa.

Sin hogar durante tres años.

Me dan calambres en las piernas. No puedo respirar. Me desplomo contra la pared y me deslizo por ella con los ojos llenos de lágrimas.

Tengo que huir. No puedo moverme. No puedo pensar. No puedo respirar.

—Kansas… —me llama el hombre—. ¿Estás bien?

Oigo el viento. Silba a través de las grietas de la piedra.

Me tapo los ojos con las manos, tratando de concentrarme, de respirar, de hacer cualquier cosa menos rendirme a la ansiedad.

Ahora no. Aquí no. Creía que ya había superado los ataques de pánico.

Al viento se une el sonido del agua goteando y golpeando la piedra.

No puedo controlarlo. No puedo parar.

Aprieto los ojos con fuerza y caigo en el pánico.