Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 37 Dorothy
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37 Dorothy

M i corazón galopa dentro de mi pecho y me dificulta la respiración.

Rook insiste en que suba antes que él por la escalera. El túnel debe de tener una ligera pendiente, porque en la subida de salida hay más peldaños que los que nos ha traído hasta aquí.

La trampilla de cierre del túnel cede fácilmente después de que Rook la haya limpiado de raíces y salgo a la fresca noche, a la oscuridad.

Rook me entrega a Toto, que está callado, obediente, casi como si supiera que el peligro nos acecha a poca distancia.

A continuación, Rook sube rápidamente por la escalera y sale con la chaqueta colgada al hombro.

Una vez fuera, en tierra firme, cierra con suavidad la trampilla y otea el bosque circundante hasta divisar un tronco caído.

Me entrega su chaqueta para que se la sostenga mientras él agarra el tronco y lo levanta por el extremo más nudoso.

Lo arrastra por encima de la tierra, antes de dejarlo caer sobre la trampilla.

—No lo detendrá —me explica—, pero puede que lo ralentice.

—Es mejor que nada —respondo—. Y ¿ahora qué?

Recupera su chaqueta y la gira en el aire para ponérsela con destreza sobre los hombros. Luego levanta las solapas, ocultando su rostro.

No sé qué está pensando, qué está sintiendo. Acabamos de tener sexo en un túnel y ahora nos persigue el Hombre de Hojalata.

No hay tiempo para asimilar lo que hemos hecho, por qué lo hemos hecho o qué significa, aunque esté desesperada por saberlo.

—Seguimos adelante. —Rook señala con la cabeza en una dirección general que nos alejará de la muralla de Valle Resplandeciente—. Pero lo más rápido que podamos.

Acomodo a Toto en el hueco de mi brazo y sigo a Rook.

Con la nube oscura y amenazante que se cierne sobre nosotros y sin las luces de la ciudad para guiarnos, avanzamos a trompicones por el bosque.

Me da la impresión de que tropiezo con cada raíz expuesta, con cada rama caída, con cada tocón.

Finalmente, Rook me agarra del codo para guiarme.

—¿Cómo es que ves tan bien?

—Supongo que mis ojos se han adaptado. No estamos lejos de una bifurcación en el camino de baldosas amarillas y creo que deberíamos…

Un chillido resuena en el cielo.

Toto se pega contra mí, con un rugido sordo resonando en su pecho.

Otro chillido y una sombra pasa por encima de nuestras cabezas.

—Mierda —susurro—. ¿Es eso…?

Rook mira hacia arriba.

—Corre, Kansas.

Se me revuelve el estómago y echamos a correr. Tropiezo una vez, dos veces, rezando a todos los dioses que conozco para encontrar un camino sin trampas.

Se oye un silbido agudo por encima de nosotros, seguido del batir de unas alas enormes.

Las lágrimas me queman los ojos, pero no me detengo.

«No te detengas, sigue adelante, Dorothy».

—Sigue mis pasos —grita Rook, que va varios metros por delante de mí. Intento seguir su rastro por la zona del bosque que él ya ha pisado y despejado, pero su silueta es difícil de distinguir en la oscuridad con la chaqueta negra ocultando su figura.

Me golpeo contra un árbol y la corteza me araña el brazo. Siseo de dolor y me tambaleo.

Algo grande se abalanza sobre mí, perturbando el aire y las ramas de los árboles que tengo encima.

Toto ladra.

—¡Agáchate, Kansas! —grita Rook.

Caigo de rodillas en el suelo del bosque, pero es demasiado tarde. Unas garras afiladas como cuchillas se clavan en mis hombros y me perforan la carne. La sangre brota inmediatamente para correr caliente y pegajosa por mi pecho.

El dolor me nubla la visión.

Grito, me retuerzo y suelto a Toto. Él cae, se pone en pie y ladra sin parar.

La presión aumenta y luego desciende por mi cuerpo mientras la criatura aprieta su agarre para levantarme en el aire.

El suelo desaparece bajo mis pies y doy patadas en el vacío.

Ciega, con un dolor ardiente en los hombros, alargo la mano y agarro algo peludo.

Golpeo y abofeteo a la criatura alada que chilla en señal de protesta, pero no afloja su agarre.

En cambio, vuela más arriba, batiendo las alas en el aire.

Whomp. Whomp. Whomp.

El pelo me vuela por la cara. La tierra y las hojas giran a nuestro alrededor. ¿Cómo voy a salir de esto? ¿Cómo bajo?

¿Cómo lucho?

No me voy a rendir. Todavía no.

El aire sopla con fuerza y los árboles se balancean, las hojas crujen. La criatura se tambalea y afloja su agarre.

Aprovecho la oportunidad, agarro uno de los dedos del mono alado y tiro hacia arriba.

Se oye un crujido de huesos. La criatura grita y me suelta.

Caigo al suelo con un golpe sordo y siento un dolor agudo en la espalda. La sangre sigue brotando de las heridas abiertas, empapando mi vestido y goteando sobre el suelo del bosque.

Toto sigue ladrando, pero creo que me ladra a mí, diciéndome que me levante, que me mueva.

Me pongo en pie al instante, apretando los dientes, con los ojos ardientes por las lágrimas. Corro. Una rama de árbol se engancha en mi pelo y me arranca un mechón. Hago todo lo posible para no romper a llorar desconsoladamente. Me duele todo. El terror recorre mis venas.

¿Por dónde voy?

Varias sombras más pasan por encima de mi cabeza. Empiezan a hablar entre ellas en un lenguaje chirriante y chillón, y entonces…

Una aterriza delante de mí.

Me detengo. Veo a otra más. Luego otra.

Me giro y hay una tercera, y una cuarta, que nos rodean a Toto y a mí.

Solo puedo distinguir sus siluetas: son dos metros de puro músculo, cuerpos cubiertos de pelo y cuero, ojos oscuros como la noche. Sus alas se parecen a las de los murciélagos, y las tienen plegadas contra la espalda.

¿Dónde está Rook?

Miro frenéticamente al bosque, pero no lo encuentro por ninguna parte. No sé si esa es buena o mala señal. Si ha escapado… Me alegraré por él. No le culparé por cuidar de sí mismo. Ya se ha puesto en peligro dos veces por mi culpa.

No quiero que lo haga una tercera vez.

El más pequeño de los monos alados da un paso adelante. Me mira mientras inclina la cabeza a un lado, con los ojos brillantes.

—Coopera y no te pasará nada.

«¿¡Sabe hablar!?».

Su voz es grave, ronca, en parte animal, en parte humana.

Asiento moviendo la cabeza con los brazos colgando a los lados y los hombros ardiendo por el dolor mientras la sangre empapa mi pecho.

—No te creo.

—No te haremos más daño —añade otro mono, el de la izquierda, con un resoplido.

Toto vuelve a ladrar.

Los monos lo miran con recelo.

—¡Corre, Toto! —grito, y él da media vuelta y desaparece en la oscuridad. Me encontrará más tarde. Sé que lo hará.

Los monos lo dejan ir, demasiado inmersos en la conversación privada que mantienen ente ellos.

El mono de la izquierda se vuelve hacia el más bajo y emite tres chasquidos rápidos.

—Debemos arriesgarnos —dice el de la voz grave y ronca.

Otro chichirri. El grupo asiente al unísono, aceptando lo que se ha dicho.

Sobre el bosque cae un silencio inquietante. Pronto, los únicos sonidos son mi respiración pesada y los rápidos latidos de mi corazón.

Me giro trazando un círculo mientras deseo tener un arma. Ojalá hubiera tenido la previsión de llevarme uno de los cuchillos de cocina de Em.

Solo cuento con mis propias manos, y eso no es suficiente.

No soy rival para estos monstruos.

Se abalanzan sobre mí. Golpeo a ciegas y le doy a uno en la mandíbula.

Retroceden tambaleándose.

Lucho con todas mis fuerzas, lanzando puñetazos, pero me someten en cuestión de segundos, me retuercen un brazo a la espalda y me sujetan el otro con una fuerza monstruosa.

Las heridas de mis hombros se abren más y un nuevo dolor me quema los nervios.

Me derrumbo sobre las rodillas, sollozando. No puedo seguir luchando.

No me queda nada que dar. Solo quiero que esto termine. Cierro los ojos, rindiéndome a mi destino con el cuerpo dolorido.

Espero. Y espero… Y espero…

Se oye un crujido a mi izquierda. Un golpe sordo, luego un silbido de aire. Me sueltan el brazo, luego el hombro, y caigo de bruces sobre el musgo y las hojas.

Levanto la cabeza y mi campo de visión periférica se llena con el movimiento de una tela negra.

«Rook».

Me pongo a cuatro patas, apretando los dientes para soportar el dolor. Utilizo un árbol cercano como apoyo y me levanto.

Una de las criaturas despliega sus alas, tratando de escapar, pero una gran rama de árbol sale volando de la oscuridad y la desvía de su curso.

Otra gira hacia el norte y se impulsa desde el suelo del bosque, abriendo sus alas con una ráfaga de aire. Pero Rook está allí, la atrapa por la pata y la tira hacia atrás.

El monstruo grita, sus alas se mueven hacia los lados mientras se estrella contra un árbol y luego se desploma contra el suelo.

El inconfundible sonido de huesos rompiéndose resuena en el bosque.

Solo quedan dos criaturas: la más baja, la de la voz grave y ronca, y otra con los hombros más anchos y las garras más grandes.

El mono alado más bajo retrocede, con las alas medio abiertas al tiempo que varias consonantes agudas salen de su garganta, dirigidas a Rook.

Él da un paso, con la cara salpicada de sangre y los nudillos oscurecidos por más sangre.

Es una visión de oscura venganza, parece centrado únicamente en la destrucción.

Sus poderosos hombros se agitan con pesadas respiraciones.

Se agacha y recoge una de las ramas caídas del árbol. Rompe una ramita más pequeña y la lanza a la maleza. Rompe otra y se acerca sigilosamente a las dos criaturas restantes.

El más grande de los dos monos chasquea la lengua y el más pequeño le responde con otro chasquido.

—Dejadnos ir —suplico—. No suponemos ninguna amenaza para vosotros.

El más pequeño de los dos me mira por encima del hombro, con el ceño fruncido.

—No sois vosotros los que nos preocupan, trokinna .

Rook hace girar la rama en su mano como si fuera un bate, comprobando su peso.

—Entonces, ¿quién? —pregunto.

Rook la lanza. El mono más alto atrapa la rama con la mano desnuda, con las piernas flexionadas y los pies plantados en el suelo.

Si se trata de una lucha de fuerza, me preocupa que Rook no sea rival para estas criaturas, aunque su expresión no delata vacilación, debilidad ni miedo.

El mono aprieta las mandíbulas y retrae los labios para enseñar los dientes.

Rook avanza y el mono pierde el equilibrio en el musgo resbaladizo.

El más bajo me mira y vuelve a chasquear la lengua. Casi como una advertencia.

Primero oigo el corte del aire.

El suave silbido del acero y la madera, girando sin cesar. Se me contrae el estómago.

Se me detiene la respiración.

—¡Rook! —grito, pero mi cerebro llega dos segundos tarde. Un hacha lo golpea de lleno en la espalda.

—¡No!

Cae de rodillas.

La sangre brota por su boca.

—No. No. ¡Rook!

Corro y lo atrapo cuando empieza a caer hacia delante, como un peso muerto.

Acabamos juntos en el suelo, él encima de mí, con sangre brotándole de la boca y la nariz, chorreándole por los costados.

—Rook. —Lo sacudo—. ¡Rook!

Unos pasos pesados cruzan el suelo del bosque. Una bota aparece sobre el hombro de Rook y luego se siente la presión cuando la bota empuja hacia abajo para hacer palanca. Una mano arranca el hacha, llevándose consigo carne y vísceras.

—Levántala —dice la voz.

Los monos tiran de Rook hacia atrás y arrojan su cuerpo a un lado como si no significara nada.

Con sus relucientes dedos metálicos, el Hombre de Hojalata me agarra por el vestido y me levanta sin miramientos.

—¡Lo has matado! —grito, moviéndome sin sentido. Pero una bofetada le golpea la cara.

El bosque está en silencio y el golpe parece resonar en la quietud.

Su mejilla se pone roja, pero la fuerza del golpe apenas lo mueve.

Veo cómo se le dilatan las fosas nasales.

Me preparo para la violencia. Para un golpe resonante. Para que me grite o me sacuda hasta que me castañeen los dientes.

No hace nada de eso.

Aunque su mirada tormentosa permanece fija en la mía, con una intensidad que se agita en sus iris.

—Cleo —dice—, quédate con el cuerpo hasta que podamos enviar a alguien a recuperarlo. Faos y Tark, llevadme a mí y a la chica al Oeste.

—¿Me vas a dejar sola con un cadáver? —pregunta la chica. El Hombre de Hojalata la ignora.

Uno de los monos, Faos, creo, se acerca al Hombre de Hojalata. Su voz, cuando habla, es áspera y profunda.

—¿Deberíamos atarla?

El Hombre de Hojalata sigue mirándome.

—No —responde—. No creo que sea necesario.

¿Me está mostrando un pequeño acto de misericordia en este encuentro por lo demás violento? Lo dudo. Quizá piensa que no soy una amenaza. O tal vez sabe que ya ha demostrado su brutalidad y su disposición a usarla.

—Dime, chica —me interroga—, ¿es necesaria la cuerda?

Cada palabra que sale de su boca parece una expresión de disgusto. Como si el simple hecho de estar cerca de mí fuera suficiente para revolverle el estómago.

Pero ni loca voy a dejar que me ate. Si no puedo mover mis extremidades, no tendré ninguna posibilidad de escapar. El hecho de que me dé esa opción es un milagro.

—No —respondo con dureza.

—Bien —contesta él.

Faos se eleva en el aire. El Hombre de Hojalata me empuja hacia atrás.

El mono envuelve mis hombros con sus gruesas garras e inmediatamente me sacude bajo la fuerza de su agarre y el batir de sus alas.

La tierra y las hojas me golpean la cara.

No hay forma de mover los brazos, no con las garras clavadas en mi carne, así que aprieto los ojos mientras nos elevamos del suelo.

Probablemente sea mejor así.

Si tengo que ver al Hombre de Hojalata una vez más, creo que empezaré a gritar.