36 Hombre de Hojalata
E l túnel está a oscuras, pero en el fondo, justo debajo de la escalera… hay huellas frescas.
Dos pares, humanas.
Apago la linterna y me enderezo. Cleo está a mi lado, Faos delante de mí. Sus soldados se han desplegado más allá del cobertizo.
—Salta el muro. Desplázate. Si han salido del túnel, no estarán lejos —digo a Faos.
Él asiente y desaparece en el exterior.
—Quédate aquí —le digo a Cleo.
—¿Por qué?
—Porque ahí abajo hay poco espacio y la última vez que me escabullí en la oscuridad detrás de esa estúpida chica, me apuñalaron.
Me mira con el ceño fruncido y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Me has traído para dejarme atrás al final? ¿Qué se supone que debo hacer?
—No lo sé y no me importa.
—No me voy a quedar.
Para ser una chica que tenía miedo hasta de su propia voz, parece que tiene mucho que decir.
—Como quieras.
Bajo por la escalera y vuelvo a encender la linterna. Una luz naranja de un solo foco ilumina la oscuridad.
El túnel es lo suficientemente alto como para que pueda estar de pie, y apenas lo suficientemente ancho como para extender los brazos. No padezco claustrofobia, pero es difícil no sentirse enterrado en vida aquí abajo.
Cleo baja a toda prisa por la escalera detrás de mí y golpea el suelo con un «Mmm». En el túnel, parece tan pequeña como es. No llegaría al techo ni estirándose.
Empezamos a avanzar. El túnel se curva ligeramente unos tres metros más adelante, por lo que no puedo ver el otro extremo. Si pasa por debajo de la muralla y sale por el otro lado, no puede ser un túnel muy largo. No tendría mucho sentido que continuara más allá de la línea defensiva.
—No le harás daño, ¿verdad? —La voz de Cleo se eleva desde la oscuridad.
—Se supone que debo entregarla viva. Órdenes de la bruja.
Su suspiro de alivio a mi espalda es inconfundible. Preferiría matar a Dorothy, pero hago lo que me pagan por hacer. Al hombre que está con ella, sea quien sea, no le irá tan bien. Me desharé de él nada más verlo.
Llegamos a la curva del túnel y reduzco la velocidad, haciendo un gesto detrás de mí para que Cleo también se detenga.
Echo un vistazo a la curva y solo veo oscuridad más allá. Sospecho que se han ido, si es que alguna vez han estado aquí.
—¿Qué harás una vez que hayas entregado a Dorothy a la bruja?
—No he pensado en eso todavía.
La verdad es que no. Llevo tanto tiempo intentando liberar a Gabriel que prácticamente ha consumido cada momento de mi vida.
Eso y evitar a nuestro otro hermano y a nuestra madre a toda costa.
Porque si me encontrara cara a cara con cualquiera de ellos, tendría que enfrentarme a la cuestión de si tengo el valor de matarlos.
Soy quien soy hoy gracias a ellos dos. Merecen morir bajo mi espada. Y, sin embargo…
Una presión discordante toma forma en mi pecho, en el lugar donde solía estar mi corazón. Sin él, matar es fácil, amar es difícil, pero el amor puede existir tanto en la mente como en el corazón y, a veces, mi mente se interpone.
Recuerdo una época en la que éramos hermanos, en la que nadie podía separarnos.
Pero él ha demostrado una y otra vez que siempre se elegirá a sí mismo. Y desde que Gabriel abandonó a nuestra madre, ha dejado de ser su favorito, por lo que nuestro otro hermano ha tomado las riendas.
No tengo que adivinar de qué lado está ella.
—¿Crees que la bruja matará a Dorothy? —pregunta Cleo. Me detengo en seco. Ella choca conmigo.
—Te preocupas demasiado de que la gente no muera. Es irritante.
—Tú eres irritante —refunfuña.
Sigo caminando con dificultad.
—No sé por qué querría matarla ella, cuando sería más fácil que lo hiciera yo.
—¿Te has parado a preguntarte por qué quiere a Dorothy?
Ralentizo el paso.
—¿Por qué crees que la quiere?
—Yo te lo he preguntado primero.
Suspiro.
—No es habitual que una chica caiga del cielo.
—No, no lo es.
—Y menos una chica capaz de matar a una bruja.
—En efecto.
—Pero si la Bruja del Oeste estaba preocupada por la capacidad de la chica para matar brujas, ¿por qué arriesgar su propia vida?
—Una teoría plausible es que quiere que la chica mate a las demás brujas de los puntos cardinales para quedar solo ella.
Me detengo de nuevo, pero esta vez Cleo se da cuenta y se detiene a mi lado.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Si Oeste realmente quisiera matar a las otras brujas, eso incluiría a la del Sur. ¡Maldita Glinda!
—¿Y qué si lo hace? —le pregunto a Cleo—. ¿Nos importa?
—¿De verdad me estás pidiendo mi opinión?
—Sí.
Ella se lo piensa por un segundo. He escuchado a elle posadere decirle a Cleo que no dudara de lo que sabe. No he investigado mucho sobre quién es, ni qué podría ser. Pero una parte de mí se pregunta si habrá más en esta chica del Este de lo que se ve a simple vista.
Me doy cuenta de que quizá confío en su intuición más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Mi opinión… —comienza Cleo, con la mirada perdida y distante—.
Creo que las brujas de los puntos cardinales han tenido mucho tiempo para corregir los errores de la familia real y la guerra que destruyó gran parte de Oz.
Y no lo han hecho. Solo han empeorado las cosas.
Han explotado a los ciudadanos de Oz todos estos años.
Así que, si no van a arreglar Oz y proteger a su gente, entonces deben hacerse a un lado y dejar que otra persona lo haga.
La convicción de su voz me pone los pelos de punta.
—Quizá nos parecemos más de lo que pensábamos —comento.
Ella me mira con la sorpresa reflejada en su mirada.
—No nos parecemos en nada.
—Si tú lo dices…
Vuelvo al túnel, a la misión que tengo entre manos. Como era de esperar, Cleo me sigue.