34 Dorothy
E ncontramos el cobertizo que Remy nos indicó detrás de la casa.
Las viejas bisagras crujen cuando Rook abre el pestillo y empuja las puertas.
Se levanta polvo en el aire. Huele a tierra, madera vieja y algo que me recuerda vagamente al aceite de citronela.
Hay unos cuantos frascos sin tapar en los estantes sobre el banco de trabajo, con las etiquetas de papel despegándose del vidrio.
Lo que había dentro es ahora un misterio, ya que la letra de las etiquetas está casi borrada.
Rook se dirige a la parte trasera del cobertizo, donde entra una tenue luz a través de una ventana mugrienta.
Se agacha y empieza a apartar cosas con una pala.
Unos cuantos botes, una pila de cajas de madera llenas de botellas de cristal ámbar, un montón de libros, una caja arrugada con varias velas a medio usar en el interior.
Una vez apartadas, aparece una trampilla.
—A juzgar por la ubicación de la entrada —comenta Rook—, debería haber un trayecto corto desde aquí hasta el otro lado. Coge una de esas velas.
Me doy la vuelta y meto la mano en la caja que ahora está apilada encima de otras tantas, mientras Rook busca en el banco de trabajo algo con lo que encenderla. Encuentra una caja de cerillas.
Después de clavar la vela en el extremo de una de las botellas color ámbar, Rook enciende una cerilla y la acerca a la mecha. La llama se enciende, la mecha crepita y la luz baila en la oscuridad turbia del cobertizo.
—Deberíamos irnos —me apremia Rook.
Sigue habiendo una tensión indescifrable en él, en el tono de su voz, en la forma en que me mantiene a distancia.
Espero que solo sea producto del estrés de ser perseguido y no otra cosa que no puedo identificar.
Me gusta saber cuál es mi posición con respecto a las personas y, como él es mi único amigo en Oz, quiero saber que estamos bien.
No hemos tenido oportunidad de hablar desde que me besó en el baile, después de que le contara lo de Edward.
—Vamos, Toto —digo, y lo cojo en brazos.
—Yo iré delante —señala Rook y rápidamente baja por la escalera de madera hasta el agujero.
No es muy profundo, tal vez unos dos metros, y tiene que agacharse para caber en el túnel. Le paso la botella con la vela.
Doy el primer paso por la escalera. Rook aparece detrás de mí, sujetando la barandilla, su presencia es una promesa de que me atrapará si me caigo. Igual que Edward. Pero muy diferente de Edward en todos los aspectos.
Siento una opresión en el pecho al pensar en Edward y en la pregunta que ahora flota entre nosotros, entre dos mundos.
«Cásate conmigo, Dutchie».
Él quiere que sea esa chica, la chica de la granja, la madre, la esposa, la campesina.
Pero no puedo.
De repente, irme de casa me parece…
No. No. Tengo que volver. Tengo que regresar con Em y Henry.
Doy el último paso en la escalera y mis zapatillas tocan la tierra blanda.
La mano libre de Rook me encuentra en la penumbra y sus dedos se entrelazan con los míos.
El túnel está en silencio mientras avanzamos de un extremo al otro.
Sigo a Rook a trompicones, con solo la mitad de la luz de las velas, ya que la mayor parte queda bloqueada por sus anchos hombros.
Viejas raíces sobresalen de la tierra, enganchándose en mis pasos y haciéndome tropezar.
Rook no reduce el ritmo, no se detiene para dejarme alcanzarlo.
Su sensación de urgencia se ha triplicado desde que nos encontramos con el Hombre de Hojalata.
Y su urgencia me provoca ansiedad en la garganta.
¿Y si el Hombre de Hojalata ha encontrado a Remy? ¿Y si ya está bajando por el túnel, pisándonos los talones?
Miro por encima del hombro y rápidamente me enderezo de nuevo.
La oscuridad detrás de nosotros lo consume todo. Está aterradoramente cerca.
Se me pone la piel de gallina.
Por fin, llegamos al final del túnel y encontramos otra escalera que conduce al techo. Rook sostiene la vela en alto y revela una enredada red de raíces sobre la trampilla.
—Sujeta esto —me dice y me entrega la botella. La mantengo en alto, iluminando la salida mientras él tira de la maraña de raíces.
La tierra cae a nuestro alrededor. Toto ladra cuando un grueso terrón rebota en su frente.
—Quédate detrás de mí —digo, y él se escabulle entre mis piernas, protegiéndose de lo peor.
—Rook —le llamo, mientras lucha con una gruesa raíz enredada con otra—. He estado pensando… Henrietta dijo que el Hombre de Hojalata te ama y te odia.
La raíz cede y Rook tropieza hacia atrás.
—¿Crees que…? Quiero decir… cómo te encontré, el estado en que estabas…
Se detiene y se vuelve hacia mí. Hay una mancha de suciedad en la afilada línea de su mandíbula. La llama de la vela parpadea en el reflejo de sus ojos verdes.
—Él quiere matarte, así que debéis ser enemigos —razono—. Pero eso significa que él sabe quién eres.
La comisura de su boca se eleva.
—¿Me estás sugiriendo que le pregunte mi nombre la próxima vez que intente cortarme con su hacha?
—¡No! Pero… —suspiro—. Te estás burlando de mí.
—No, Kansas. Simplemente encuentro entrañable tu inocencia. —Arranca otra raíz—. Y adorable.
Siento cómo se me suben los colores a las mejillas. En los días que llevamos juntos, se ha vuelto cada vez más hábil a la hora de seducirme hasta someterme.
¿Lo hace a propósito?
—Quizá haya margen para razonar con él —valoro.
—Su hacha parecía un mensaje bastante claro.
—Sí, pero quizá haya más detrás de la historia.
—Siempre lo hay.
—¿No quieres saberlo? ¿No quieres conocer tu historia?
La última raíz cae y la puerta queda a la vista. Rook me quita la vela y la coloca en uno de los peldaños planos de la escalera más cercanos a la parte superior para poder inspeccionar la salida.
—Un hombre despiadado nunca revelará información libremente. —Pasa los dedos por el borde de la puerta y la vieja madera cruje—. El Hombre de Hojalata es un soldado de fortuna; lo que da, no lo da libremente, y no me interesa comprar mi historia. Desde luego, no con él.
Me muerdo el labio inferior.
—Supongo que tienes razón.
Se sacude el polvo de las manos y se aleja de la escalera para mirarme.
—¿Puedo contarte un secreto, Kansas?
La sonrisa que se dibuja en mis labios es automática.
—Sí, claro.
—Prefiero escribir una nueva historia contigo. Palabra por palabra. Página a página.
Dejo escapar un pequeño grito de sorpresa mientras siento mariposas en el estómago.
Vuelvo a mirar su rostro, buscando frivolidad. Pero ahora está serio, con las cejas oscuras arrugadas. Parece desesperado por algo, pero no sé qué.
La advertencia de Henrietta me viene a la mente.
«El suyo es el tipo de amor que cambia el viento y rompe las estrellas».
«El tipo de amor que enciende todo lo que toca».
Desde que llegué a la granja de Kansas, he estado precipitándome hacia una vida que carece de cualquier tipo de chispa o llama. Edward siempre ha sido la opción segura, la versión cómoda y familiar. Eso me parecía suficiente. O tal vez solo creía que lo era. Que esperar más era egoísta y delirante.
Pero si tengo una mecha, ¿no merezco arder?
Sin pensar, sin dudar, me echo hacia adelante y me lanzo hacia Rook para presionar mis labios contra los suyos.
Él inhala y se queda paralizado un segundo antes de inclinarse hacia adelante, apretándome contra él, con las manos en mi cara y los dedos hundidos con mi cabello.
Me gira con él al tiempo que me empuja hacia atrás. Choco con la pared del túnel. La tierra llueve a nuestro alrededor, pero esta vez no nos detenemos.
Aunque hace dos segundos estaba inseguro en sus movimientos, ahora se muestra exigente. Lanza su lengua a encontrarse con la mía. Sabe a menta y café, a deseo, y su contacto hace que el corazón me palpite en la garganta, robándome el aire de los pulmones.
Empujo las caderas hacia adelante; mi cuerpo se ha movido sin pensar, sin planearlo ni quererlo, pero Rook me sigue, y me aprieta con su ingle.
Siento su dureza a través de los pantalones y se me escapa un gemido de excitación.
La llama parpadea, la mecha se rompe.
—Kansas —me dice, deslizando la mano por mi cuerpo hasta posarla en el contorno de mi cadera.
—¿Sí?
—¿Puedo contarte un secreto?
Lo beso de nuevo. Nuestras lenguas se deslizan una contra la otra.
—Sí.
—No esperaba que fueras tan peligrosa.
Busca mi trasero con una mano y me atrae hacia él, donde palpita contra la tela de sus pantalones.
—Te prometo que no hay nada peligroso en mí.
Él gime y envuelve un mechón de mi pelo alrededor de los nudillos de su otra mano.
—Lo más peligroso del mundo es una mujer que cree que no tiene poder.
Tira de mi pelo hacia atrás y me obliga a inclinarme, dejando al descubierto mi cuello. Luego baja la boca hasta mi pulso, besándome y saboreándome a la vez.
Una oleada de placer me recorre todo el cuerpo.
La vela se agita y la llama se desvía hacia un lado.
Empiezo a arder de pies a cabeza, casi envuelta en fuego. Nunca me he excitado tanto, y estoy cubierta de tierra.
«Ríndete —me dice una voz en el fondo de mi mente—. Ríndete y vive, joder».
Desde que aterricé en Oz, me he sentido fuera de mi elemento, inestable, insegura de todo.
Pero de esto estoy muy segura.
Alargo la mano entre nosotros y encuentro el frío metal de la hebilla del cinturón de Rook. La manipulo con torpeza, hasta que finalmente consigo abrir el cinturón y bajar la cremallera.
Rook me muerde el cuello y me estremezco por dentro mientras una nueva humedad se extiende por mis bragas.
Desabrocho sus pantalones y deslizo la mano por la cremallera abierta. Rook echa la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro hacia el techo de tierra.
Está palpitando bajo mi mano, duro como una piedra, y su repentino deseo por mí es como una droga.
Lo acaricio y él mueve sus caderas hacia adelante, buscando mi contacto y aumentando la fricción.
Estoy impaciente por más. Desesperada por más. Todo lo relacionado con Rook es un misterio y tal vez sentirlo dentro de mí haga que me resulte menos enigmático.