Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 34 Dorothy #2
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34 Dorothy #2

Quizá por fin entienda algo real sobre él.

Le bajo los calzoncillos, liberándolo, y él sisea bajo la luz parpadeante de las velas.

Lo tomo en mi mano y lo acaricio desde la base hasta la punta, sintiendo el grueso glande en la curva de mis dedos.

Rook deja caer mi cabello para quitarse la chaqueta, mueve los hombros con facilidad, y la deja caer a nuestros pies en la tierra, luego engancha las manos alrededor de la parte posterior de mis muslos y me levanta en sus brazos.

Le rodeo las caderas con las piernas de forma automática y, de repente, estoy allí, con mis bragas húmedas alineadas con la punta de su pene.

Me da un poco de miedo lo que todo esto significa, me dan miedo las dudas que puedan surgir después, tanto para él como para mí. Temo que esto me cambie para siempre y que no pueda volver a la vida que tenía.

Rook se impulsa hacia adelante y la punta de su pene se clava en mí. Gimo en la penumbra.

—Kansas…

El apodo suena como una súplica en sus labios. Lo miro.

—¿Sí?

—Dime que pare y lo haré. —Traga saliva, esperando, y veo como sube y baja su nuez.

Por un breve instante, con sus ojos verdes brillando a la luz, creo verlo, verlo tal como es, bajo las capas veladas de su historia desconocida.

«Dime que pare…».

Casi como una súplica. Como si me estuviera rogando que corriera a un lugar seguro.

Pero toda mi vida la he vivido restringida por medidas de seguridad, con reglas y expectativas claramente definidas.

Lo beso. Lenta, suavemente, rozando su lengua contra la punta de la mía.

Su aliento es cálido.

Mi respiración es rápida y superficial.

Estamos en tensión, conteniéndonos, como una presa que se desmorona tratando de resistir la fuerza de mil kilos de agua cayendo con fuerza.

Otro beso.

Quiero sentir algo con tanta desesperación que me dan ganas de llorar.

Así que cierro los ojos, ignoro el escozor en mis senos nasales y me sumerjo en la sensación de él, en la emoción del encuentro, en el fuego, el miedo y lo ilícito de todo ello.

—No pares —digo contra su boca, y él suelta el aire, aliviado.

Se deshace de mi ropa interior para poder penetrarme. Es brusco, posesivo, sus dedos se clavan en la suave carne de mis muslos mientras nos controla a ambos, mientras nos guía hacia el placer.

—Me haces sentir tan bien, Kansas.

Lo estrecho con más fuerza mientras me castañetean los dientes, mientras él se empuja dentro de mí.

Estoy tan lejos de casa que nada de esto parece real, y sin embargo, de alguna manera, lo siento más real que cualquier cosa que haya vivido antes.

Muevo las caderas y busco el ángulo adecuado para que cada embestida de Rook provoque fricción en mi clítoris.

Estoy ardiendo, vibrando de placer. Nunca había deseado tanto alcanzar un orgasmo.

Quiero que lleguemos juntos.

Pero necesito más. Necesito más estimulo.

Al estirarme, me topo con una gruesa y enredada raíz que cuelga del techo del túnel. Me agarro a ella y arqueo la espalda, balanceando las caderas hacia delante.

Rook me penetra con fuerza, con las manos ahora en mi trasero, atrayéndome hacia él mientras se hunde en mi interior.

—Córrete para mí, Kansas —dice, y juraría que sus ojos arden como llamas—. No te contengas.

Sus palabras, el tono autoritario de su voz, me erizan el vello de la nuca a pesar del sudor que perla mi piel.

Me gusta cómo toma el control.

Me encanta que no se deje llevar por su propio placer hasta el punto de olvidarse del mío.

Me inclino hacia delante, buscando el punto justo de fricción entre nosotros, y la presión aumenta.

—Así —susurro—. No pares.

Él sigue adelante, continúa follándome, encontrando el momento adecuado para hacerme llegar al clímax.

Me corro de forma ruidosa, casi violenta, y es como si la tierra temblara.

Rook me empuja entonces contra la pared del túnel, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras me penetra con un último gruñido.

Me desplomo contra él, enterrando la cara en el hueco de su cuello, bebiendo su aroma.

No sé lo que nos depara el futuro, pero no quiero olvidar este momento.

Los dos permanecemos allí quietos, atrapados en la réplica del placer, respirando pesadamente el uno contra el otro.

¿Y ahora qué?

Rook se retira de mi interior, pero me baja con suavidad, con la boca aún cerca de la mía.

—¿Estás bien, Kansas? —Su voz es más suave ahora.

—Sí. Estoy bien.

Qué tontería decir eso.

Estoy increíble. Estoy mejor que nunca. Y también jodidamente confundida. ¿Y ahora qué?

Me da un beso suave en la comisura de los labios y luego da un paso atrás para arreglarse y subirse la cremallera de los pantalones.

Con las rodillas un poco débiles y los muslos temblando, me desplomo contra la pared del túnel y me siento en la tierra fría. De repente me siento cansada, pero también… emocionada. O tal vez sea el agotamiento de la adrenalina. En cualquier caso, quiero disfrutar de ello.

Rook se sienta a mi lado y me atrae hacia él. Sin pensarlo, me inclino y apoyo la cabeza en su regazo. Se estira, coge su chaqueta y me la pone encima. La prenda huele a él, a tierra salvaje, a relámpagos y al aire fresco del bosque. Remite parte del temblor.

Cierro los ojos.

Rook me pasa los dedos por el pelo, de la raíz a las puntas, y viceversa.

—No deberíamos quedarnos aquí mucho tiempo —me dice.

—Solo un par de minutos.

Él murmura su conformidad y yo me sumerjo en la oscuridad que me llama desde detrás de mis párpados y me dejo llevar por el bienestar de su tierno cuidado.