33 Cleo
E l Hombre de Hojalata está desplomado en la silla.
Cleo lo observa durante varios minutos.
Está familiarizada con esta clase de escenas: una persona a la que le han inyectado una droga y se queda dormida. Pero más de una vez se ha movido demasiado pronto, demasiado rápido, lo que despertaba a Delphine, que se enfurecía por la interrupción.
Así que espera. Aguarda un poco más.
Toda su vida, siente que ha estado esperando. Esperando algo.
A alguien. Quizá a ella misma.
Cuando está segura de que el Hombre de Hojalata está inconsciente, se levanta, cruza el comedor de la posada y se detiene ante el hacha clavada en el marco de madera de la puerta.
Le zumban los oídos.
El arma no tiene nada de especial.
El mango está hecho de madera esmeralda. Cleo lo sabe por el tono verdoso de la madera. La hoja es de acero del Oeste pulido, con una luna creciente en la parte delantera y una parte trasera afilada y puntiaguda. Un hacha táctica.
Es un arma hecha para derribar. Árboles, hombres o bestias.
Alcanza el mango con los dedos hormigueándole por la expectación. Y entonces tira.
El hacha permanece firmemente clavada en la madera.
Tira de nuevo, esta vez con los pies bien plantados y las zapatillas apretadas contra la piedra.
Sigue sin moverse. Es como si el hacha estuviera clavada en piedra, no en madera astillada. No debería ser tan difícil sacarla.
—Nadie toca mi hacha. —Cleo grita y da un salto hacia atrás.
El Hombre de Hojalata está detrás de ella, completamente alerta.
—Lo… lo siento.
Él la mira con el ceño fruncido y pasa a su lado para coger el hacha con su mano plateada. La saca sin ningún esfuerzo.
La madera se abre, liberando su agarre y dejando una herida abierta.
—Estabas desmayado —dice Cleo, aunque no está segura de por qué. Rara vez utiliza palabras que no haya meditado una y otra vez.
—¿Y? —Él se vuelve para mirarla, con el mango del hacha apoyado en el hombro.
—Lo siento —repite ella.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unos veinte minutos.
—¿Ha vuelto Faos?
—Todavía no.
—Tráeme otro trozo de tela que pertenezca a la chica. Su olor puede estar desapareciendo. Necesitamos algo fresco.
Cleo traga saliva, asiente con la cabeza y vuelve a subir las escaleras a toda prisa. Esta vez se dirige directamente a la habitación de Dorothy. Es la única que tiene la puerta abierta. Las demás están cerradas con llave o conducen a habitaciones vacías.
«Probablemente todavía haya lugareños escondidos en las habitaciones cerradas», piensa Cleo, tratando de no pensar demasiado en lo cerca que están del Hombre de Hojalata, en lo volátil e impredecible que puede ser.
La habitación de Dorothy no revela mucho sobre la chica. Está claro que no pasaba mucho tiempo allí.
Cleo revisa la cómoda, pero encuentra los cajones vacíos. Revisa el armario y encuentra lo mismo.
No queda nada en la habitación. Excepto la ropa de la cama.
Desesperada por presentar algo, Cleo le quita la funda a una de las almohadas de plumas y la lleva abajo. Cuando se la entrega al Hombre de Hojalata, él la mira con recelo al principio, pero luego cede y le arrebata la tela de las manos.
Sale al exterior, se lleva los dedos a la boca y silba.
El sonido es rápido y agudo y resuena por las calles de la ciudad.
Cleo observa desde la puerta, desde la seguridad de la posada.
En cuestión de minutos, Faos y dos de sus soldados aterrizan fuera, en la calle empedrada y desierta.
—¿Ha habido suerte? —pregunta el Hombre de Hojalata.
—Teníamos su rastro y la hemos seguido hasta las afueras de la ciudad, pero luego lo hemos perdido.
Faos pliega sus alas. Lleva una coraza de cuero marrón y brazaletes del mismo material. Es un soldado en todos los sentidos, pero ¿es eso lo que quiere ser? Todo el mundo en Oz sabe que la Bruja del Oeste lo controla a él y a sus soldados mediante magia.
Si no estuviera bajo las órdenes de la bruja, ¿en qué ocuparía sus días?
¿Qué estarían haciendo ahora mismo si no estuvieran persiguiendo a Dorothy Gale?
No es la primera vez que Cleo se pregunta por qué la Bruja del Oeste la trajo aquí y si sabía que Dorothy tenía el poder de matar a una bruja de los puntos cardinales cuando nadie más en Oz lo había conseguido antes.
Y no por falta de intentos.
Hubo resistencia por parte de los habitantes del Oeste cuando la Bruja del Oeste tomó el poder e intentó someterlos.
Hubo una guerra con los habitantes de las tierras bajas del Sur, gente verdaderamente temerosa de los dioses a la que no le gustaba la idea de que una bruja los gobernara, y que acabó maldita con una aflicción que todos llamaban «los rotos», porque si los golpeaban, empujaban o daban un puñetazo, se rompían como cerámica fina.
Pero Dorothy Gale, una chica que cayó del cielo, mató a Delphine con nada más que un cuchillo de cocina.
El recuerdo de ello hace que una descarga de adrenalina recorra su cuerpo.
Hay algo que no cuadra en todo eso. Pero ¿quién es ella para cuestionarlo?
El Hombre de Hojalata rasga la funda de almohada en tiras de tela. Le da una a cada uno de los monos alados.
—Aroma fresco —explica el Hombre de Hojalata.
Faos se lleva la tela a la nariz, inhala hondo y luego se vuelve hacia el aire. Cierra los ojos y dilata las fosas nasales.
—¿Y bien? —pregunta el Hombre de Hojalata.
—Seguiremos buscando —asegura y hace un gesto con la cabeza a sus soldados, que inmediatamente emprenden el vuelo.
—Se nos acaba el tiempo —advierte el Hombre de Hojalata. Faos entrecierra los ojos—. ¿En qué sentido?
Cleo observa al Hombre de Hojalata como solía observar a Delphine. Busca cualquier pequeño cambio, casi imperceptible, en su expresión. Cualquier pista que le permita deducir cómo se siente Delphine o qué sentimiento está empezando a experimentar.
Pero el Hombre de Hojalata no es tan fácil de leer como lo era la bruja.
Pero ahí… ahí, en el rabillo de sus ojos… Una ruptura, una fina línea, un poco de… miedo.
¿Miedo?
Sí, miedo.
Está preocupado por algo.
—Haré todo lo posible, Hombre de Hojalata —replica Faos, y entonces despliega sus alas y mueve el aire, elevándose sobre los adoquines con una elegancia que un mono alado no debería poseer.
Cuando ya es solo una mota en el cielo, el Hombre de Hojalata se vuelve hacia la posada y frunce el ceño al verla en la puerta.
Siempre está frunciendo el ceño. Siempre parece molesto cuando recuerda que ella está presente.
Delphine era igual. Quizá también ella carecía de corazón. Pasa junto a ella camino del comedor y recupera la botella de hidromiel. Se sirve medio vaso y se lo bebe de un trago.
Ella se plantea hacerle una pregunta.
Considera las consecuencias de decir algo. Pero se prometió a sí misma que ya no tendría miedo.
—¿Qué te preocupa?
Él le da la espalda. Sostiene la copa vacía en la mano y se queda quieto.
El fuego crepita y varias brasas salen disparadas de la chimenea.
—Si la Bruja del Oeste quiere tanto a la chica, probablemente no sea la única. —Se sirve otra copa y se la bebe también.
—¿Quién más? —Cleo da un paso hacia él.
El Hombre de Hojalata deja la copa con un golpe seco.
—¿Quién ha estado en guerra con la Bruja del Oeste desde hace años? —Ahora se vuelve hacia ella—. ¿A quién le encantaría vencerla?
Cleo lo piensa durante dos segundos. Y cuando le viene la respuesta, el nombre es un destello de luz detrás de sus ojos. Porque incluso cuando la gente piensa en él, el pensamiento es brillante y poderoso.
—Al mago.
El Hombre de Hojalata asiente.
—La chica ha matado a una bruja. El mago nunca quiso compartir el poder con ellas, al menos no con todas, y especialmente no con la del Oeste. Pero no puede matarla. Ni siquiera él, el Gran y Terrible Mago, puede matar a una bruja. Pero ¿puede esta chica?
—Oh, dioses.
—Sí.
—¿Es por eso por lo que la bruja también la quiere?
El Hombre de Hojalata se deja caer en una de las sillas, con la mirada perdida.
—Esa parte no tiene sentido. Si temía correr riesgos, me habría ordenado matar a la joven en el acto. Me encargó específicamente que recuperara a Dorothy con vida. Incluso me ofrecí a matarla.
La forma en que dice esto último, con tanta facilidad, sin emoción, le provoca a Cleo un dolor de estómago.
—Entonces, la quiere por alguna otra razón.
—Sí. —Se frota la nuca, presionando los músculos.
—¿Cuál es tu teoría?
—No tengo ninguna y no me importa.
—¿No?
—¿Por qué debería importarme?
—Acabas de decir que te preocupaba que el mago sea el primero en llegar a Dorothy.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué?
Él la mira y, por primera vez, Cleo puede leerlo con facilidad.
—La bruja tiene algo contra ti. —Él desvía la mirada—. ¿Qué es?
Se pasa la lengua por el interior del labio inferior. Empieza a responder cuando se oye el clic de una puerta que se cierra en algún lugar de la parte de atrás.
El Hombre de Hojalata se pone en pie al instante, con el hacha en la mano. Cleo aprieta los labios.
Si es el mago, podría morir en el acto.
Pero no, es elle posadere, y por la expresión de su rostro, no esperaban que Cleo y el Hombre de Hojalata siguieran allí.
—Oh —dice Remy y empieza a retroceder.
El Hombre de Hojalata se abalanza hacia delante y agarra la túnica de Remy, cerrando el puño, y tira de ella para acercarla.
—¿Dónde está?
—No te lo diré.
—Lo harás, me lo dirás.
Remy aprieta los dientes.
—No lo haré.
El Hombre de Hojalata empuja a Remy hacia atrás y se estrella contra la pared opuesta. El Hombre de Hojalata blande el hacha y elle aprieta los ojos con fuerza, rindiéndose a su destino.
—¡No lo hagas!
El Hombre de Hojalata se detiene. Se gira lentamente hacia Cleo.
—¿Por qué?
—¿No sabes lo que es la piedad?
—Soy despiadado. ¿Tú qué crees?
Con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos, Cleo da un paso adelante y se coloca delante de Remy.
—Mostraste misericordia conmigo.
—Me eras útil.
—No, no lo era.
Él entrecierra los ojos.
Cleo puede oír el sonido entrecortado y superficial de la respiración de Remy a su espalda. El fuego vuelve a crepitar.
—Si no fue misericordia, ¿qué tal la razón? ¿Qué propósito tendría la muerte de Remy? ¿Y cuánta energía te costaría hacerlo? Aún te estás recuperando de una puñalada. Es posible que necesites esa energía más adelante.
Cleo sabe que ha logrado convencerlo. Su postura se relaja. El hacha cuelga ligeramente.
—Está bien —dice y da un paso atrás. Remy suelta el aire.
Cleo sigue al Hombre de Hojalata mientras este regresa al comedor.
—Tenemos que irnos —anuncia él, con la voz áspera ahora, un poco descontento.
—Espera. —Remy le pone la mano sobre el hombro y la detiene.
—No tienes que darme las gracias —dice Cleo.
—¿Cómo sabías mi nombre?
—¿Perdón?
—Nunca nos hemos visto. ¿Cómo sabías mi nombre? Ni siquiera es mi nombre de nacimiento. Yo elegí Remy.
—Pues… —Cleo frunce el ceño—. Debí oír a alguien llamarte por tu nombre. Eso es todo.
Remy la mira con escepticismo.
Cleo se devana los sesos. ¿Cómo sabía el nombre de elle posadere? ¿Y acaso importa en un momento como este?
—De verdad, debe de haber sido algo que escuché por casualidad y…
—Cleo —la llama el Hombre de Hojalata.
—Tengo que irme.
Remy coge rápidamente la mano de Cleo y se la aprieta.
—No dudes nunca de ti misma. ¿De acuerdo? No dudes nunca de lo que sabes.
Cleo asiente con rapidez, presa del pánico porque el Hombre de Hojalata la está esperando y porque Remy la está asustando.
¿Que nunca dude de lo que sabe? Ella ha dudado de todo lo que sabe. Ha dudado de cada parte de sí misma y de cada parte de su vida.
Lo único que sabe es dudar.
—De acuerdo —acepta Cleo, solo para alejarse, solo para olvidar la advertencia. Se da la vuelta y corre detrás del Hombre de Hojalata.