32 Hombre de Hojalata
C on un cuchillo de cocina aún clavado en la carne de mi hombro, tengo que apoyar la bota en el marco de la puerta de la posada para conseguir el impulso suficiente y sacar el hacha de la madera.
Pero el primer tirón del mango me provoca una oleada de dolor tan agudo que casi me doblo por la mitad y vomito.
Un rastro de sangre me corre por el pecho, me baja por el estómago y empapa el grueso tejido de mi camisa.
La herida va a necesitar puntos y yo voy a tener que tomar un trago.
El hacha puede esperar.
A mis espaldas, las escaleras de la posada crujen ruidosamente bajo el peso de varios monos alados.
Faos aparece bajo la luz parpadeante de las linternas colgadas.
Hay un trozo de tela en su mano.
—¿Tiene su olor? —le pregunto, señalando el trozo de tela con la cabeza.
Sus afilados dientes chocan entre sí mientras asiente.
—Es débil, pero puedo seguirlo.
—Bien. No puede haber ido muy lejos.
Faos lanza un grito agudo y sus soldados se ponen en fila detrás de él. Desgarra la tela en varias tiras y las reparte.
Los monos se llevan los restos a sus grandes narices planas y los inhalan.
—Recuerda, Faos, la necesitamos viva.
Él lanza un gruñido, y el sonido animal retumba en su pecho.
—Conozco la misión, Hombre de Hojalata. No hace falta que me lo recuerdes.
En la barra, veo una botella abandonada de whisky del Oeste. Con un gruñido, me inclino, cojo el licor y le arranco el corcho con los dientes.
—Una pregunta, Faos. ¿Quién crees que está al mando aquí? —digo con el corcho entre los dientes—. ¿Tú o yo?
—Ninguno de los dos —responde—. Los dos estamos a merced de Oeste, ¿no es así?
Escupo el corcho y este rebota por el suelo, hasta desaparecer debajo de una mesa.
Odio que tenga razón.
Si él y yo no fuéramos dos caras de la misma moneda, creo que nos llevaríamos como hermanos. Joder, me cae mejor que mi hermano mediano, al que sustituiría encantado por un mono alado.
—Limítate a encontrarla. Pero espérame cuando lo hagas.
Vuelve a gruñir y los soldados se colocan a su alrededor, sintiendo la onda de energía en el aire.
Faos no es mágico exactamente, pero ejerce un gran control sobre sus soldados únicamente con su instinto primario. Si ordena luchar, luchan. No importa quién sea el objetivo. No importa si es el despiadado Hombre de Hojalata, el Gran y Poderoso Mago o todo el reino animal.
La única contra la que no luchan es la Bruja del Oeste. Por culpa de la máscara encantada. Pero tengo mis teorías al respecto.
—Detrás de mí —ordena Faos.
Lo siguen, y salen de la posada en fila.
En la densa oscuridad de la noche y los cielos malditos, los monos son solo siluetas sombreadas contra el resplandor dorado de las farolas. Observo a Faos señalar y dar órdenes. Se dispersan para cubrir todo el terreno posible.
Cuando termina, los soldados se elevan en el aire, sus enormes alas levantan una nube de polvo antes de desaparecer en el cielo.
—Chica —la llamo.
La chica del Este da un respingo de sorpresa. Está escondida en las sombras entre el comedor y la cocina.
—Necesito una aguja, hilo, un paño limpio y más alcohol. —No se mueve—. Ya —ordeno, y ella se pone en acción.
Me tomo otro trago de whisky , tratando de ignorar la ardiente llamada del aceite.
Empieza a dolerme todo; las articulaciones me tiran, todos mis músculos están tensos y doloridos.
No es la primera vez que me pregunto cuánto aceite es demasiado. Si esta dosis será la última si cedo.
Siempre hay más aceite que comprar, para inyectarme directamente en las venas.
Pero no soy inmortal.
Algún día llegaré a un punto en el que la tentación me llevará por mal camino, cuando la adicción finalmente se apodere de mí.
Sin embargo, hoy no es ese día. No si quiero recuperar a la chica y salvar a Gabriel.
Una vez que él sea libre, me importa una mierda lo que pase. Nada de esto importa.
Odio a toda esta gente.
Enderezo una de las sillas, que se volcó durante la pelea, y me siento junto al fuego. Miro el leño en la chimenea de piedra, que crepita entre las llamas.
En la cocina, las ollas y sartenes traquetean mientras la chica busca los suministros.
Me recuesto en la silla, estiro las piernas, cierro los ojos y respiro.
Y la veo detrás de mis ojos.
«Dorothy».
Cuando he dicho su nombre, la expresión de su rostro… Era de conmoción. De terror.
¿Qué clase de nombre es Dorothy? ¿Quién coño es esa chica?
Aparece en los confines del Oeste, en una casa que cae del cielo. De alguna manera se las arregla para matar a una bruja de los puntos cardinales con un cuchillo de cocina y sus propias manos, algo que nadie, ni siquiera el mago, ha sido capaz de lograr.
Se abre paso hasta Valle y luego desafía la lógica y escapa de mi espada.
Nadie se me escapa. Nunca fallo, ¡joder!
Ha tenido ayuda.
Las alarmas suenan en mi cabeza.
Me ha apuñalado un hombre. Y sospecho que ha sido la posadera quien los ha ayudado a escapar en plena noche.
Así que ahora espero.
Y me emborracho mientras tanto.
Levanto la botella y dejo que el último trago de whisky del Oeste se deslice por mi garganta.
La chica regresa con los suministros necesarios.
Coloca una sartén abollada sobre la mesa y saca varios trapos.
El primero, esmeralda como la ciudad, se abre para revelar un juego de agujas de diferentes longitudes y grosores.
El segundo trapo está húmedo por un extremo y seco por el otro.
Hay un carrete de hilo negro y un frasco color ámbar.
—¿Qué es eso? —pregunto, señalando el frasco con la cabeza.
—Antiséptico —responde como si fuera obvio—. Alcohol.
—Quería el alcohol para beberlo.
Me mira con intensidad, y la luz danzante de la llama ilumina su rostro redondo con trazos rojos y naranjas.
Cada vez que miro a esta habitante del Este, pienso que me recuerda a alguien. Pero nunca consigo recordar a quién.
Levanto la botella vacía de whisky y la agito. Ella frunce el ceño, pero da la vuelta al mostrador, me trae una segunda botella, esta vez de hidromiel del sur, y me la entrega.
—Odio el vino de miel.
—Es lo único que queda.
Con un gruñido, rasgo el envoltorio y luego sujeto la botella entre mis piernas para poder sacar el corcho del cuello cónico con el brazo sano. Sale con un fuerte golpe.
El aire se impregna inmediatamente de aroma a miel y se me revuelve el estómago.
No odio el sabor del hidromiel, sino lo que me recuerda. Levanto la botella y doy un sorbo de prueba.
El sabor especiado de la miel florece en mi lengua y vuelvo a ser un niño, en el sur profundo, llorando la muerte de mi padre y huyendo de una madre con garras afiladas.
Dejo la botella sobre la mesa.
Me siento vacío por dentro y, sin embargo, la ira sigue manchando el vacío como una película.
—¿Puedo ver? —La chica señala mi hombro con la cabeza. Le hago un gesto para que se acerque. El dolor me despejará la mente.
La chica corta la tela desgarrada de mi camisa con unas tijeras y deja al descubierto el cuchillo y la herida.
—Está profundamente clavado. —Pone cara de asco.
—Sí.
—No puedo… No sé… No soy médico.
—¿Y?
—No puedo.
Mi impaciencia se agrava.
—Cada segundo que pierdes es otro segundo que no vuelve. ¿Quieres decirle a la Bruja del Oeste que hemos perdido a Dorothy Gale porque no has podido soportar un poco de sangre?
La chica palidece.
—No. —Pasa un rato—. No es un poco. Es mucha.
—No tenemos tiempo para esto.
El instinto me lleva a volver a coger la botella. Doy otro trago y se me revuelve el estómago.
—Solo he limpiado heridas superficiales a Delphine. Nada parecido a esto.
La cabeza me da vueltas por el alcohol. Mis nervios están zumbando con calor. El dolor ahora es solo un dolor fantasma.
—Saca el cuchillo. Hacia arriba. No lo muevas. No lo balancees. Solo tira de él hacia arriba.
Asiente con solemnidad.
—Una vez que lo hayas sacado, presiona con el paño para detener la hemorragia. Luego volveremos a evaluar la herida.
—De acuerdo.
Me hundo más en la silla, acercándome a su altura. En comparación conmigo, es diminuta, apenas me llega a mitad del pecho. Tiembla, con los ojos muy abiertos y vidriosos.
—No la cagues —le digo.
Mis palabras rompen parte de su aprensión y lanza un suspiro.
—¿Siempre eres así de…? —Se interrumpe, con los ojos muy abiertos—. Lo siento.
—No. Por favor. Termina tu pregunta. —El fuego crepita detrás de mí.
—Estás siendo muy desagradable. ¿Es porque te han apuñalado o porque siempre eres así?
Por primera vez en mucho tiempo, siento ganas de reír. El sonido tiembla en la punta de mi lengua. Lo reprimo.
—Siempre soy así de desagradable. Me hayan apuñalado o no —respondo.
Me mira con el ceño fruncido.
Apoyo la mano libre sobre la mesa, con los dedos curvados sobre el borde, preparándome.
Envuelve la empuñadura de madera de la hoja con ambas manos y le tiembla la barbilla.
—Recuerda —digo—, hacia arriba… —Ella saca el cuchillo de un tirón—. Joder.
Gimo y me inclino hacia delante mientras la sangre brota de la herida y el dolor recorre mi cuerpo. Debería haber tomado una dosis de aceite. ¿Por qué coño no lo he hecho? Porque diluye la sangre, y habría sido una estupidez. Este es el mejor plan. Pero, joder, duele muchísimo.
—¿Estás bien? —La voz de la chica es aguda y lejana. Me zumba la cabeza. El cuchillo cae con estrépito sobre la mesa de madera.
Veo doble, así que cierro los ojos con fuerza y respiro hondo.
Voy a matar al hombre que me ha apuñalado. Voy a destriparlo y atarle un lazo al cuello con sus intestinos.
¿Quién coño era? Nunca me pillan por sorpresa.
No de esta manera.
Una sensación de inquietud recorre mi espina dorsal. Pero no. No. No estoy sacando conclusiones precipitadas. Todavía.
—¿Qué hago ahora? —Cleo salta de un pie a otro.
—La tela —le recuerdo con la voz entrecortada, y la presiona contra la herida, empapándola y absorbiendo la sangre. Lo que me provoca una nueva oleada de dolor en la espalda.
Permanecemos así durante varios minutos largos y silenciosos, yo encorvado, respirando con dificultad, ella de pie a mi lado esperando en silencio.
—Está bien —digo.
—¿Está bien?
—Empieza a coser.
Retira el paño. La sangre ya no brota con tanta fuerza, ahora solo es un hilo. Buena señal.
Cleo lanza el paño sobre la mesa y enhebra la aguja con las manos temblorosas y manchadas de sangre. Una vez que ha hecho un nudo en el extremo del hilo, señalo con la cabeza el centro de la mesa, donde hay una corona de ramas de pino con una vela parpadeante en el centro.
—Pásala por la llama para esterilizarla. —Y hace lo que le pido.
Me muevo en la silla con una mueca de dolor y arrastro el antiséptico mientras abro la tapa para poder rociar el líquido sobre mi hombro.
Mi visión se vuelve blanca por el ardor, pero se desvanece con rapidez.
—¿Preparado? —pregunta Cleo.
Asiento moviendo la cabeza.
Cuando me clava la aguja en la carne, ya no vacila, y sus movimientos son rápidos y hábiles, sus puntos limpios y firmes. Mientras trabaja, tararea para sí misma. Reconozco la melodía de inmediato, pero me lleva varios segundos darme cuenta de que es una que no he escuchado desde hace mucho tiempo.
—Es una canción de invocación.
Cleo se detiene antes de dar una puntada.
—¿La conoces?
—Sí.
—Es que… era una de las únicas canciones que sabía. A veces la tarareaba para conciliar el sueño. Delphine me oyó una vez y me castigó por ello.
—¿Por qué?
—Dijo que no queríamos invocar accidentalmente a un dios cardenal.
Resoplo.
—Los dioses se han ido. No van a volver.
Hace una pausa antes de dar la última puntada para mirarme.
—¿No lo crees?
—¿Por qué iban a volver? Todos somos insufribles.
Vuelve a la herida y la cierra con una última puntada.
—Yo no lo creo. Algún día volverán.
—No si el mago tiene algo que decir al respecto.
—¿Qué quieres decir? —Ata el hilo.
—Nada. Solo que… su ego es más grande que la Ciudad Esmeralda. No soportaría ser el menos poderoso de los seres poderosos.
—Pero el cielo… el desierto infranqueable… ¿de verdad crees que eso nunca se arreglará?
—De nuevo, no si el mago puede evitarlo.
—Pero ¿por qué?
Suspiro.
—Porque sí. Ese es el mundo en el que vivimos, un mundo gobernado por brujas narcisistas y un mago egocéntrico que nunca renunciarán a su poder. Ahora búscame una camisa limpia.
Me mira con el ceño fruncido, como si quisiera discutir, como si quisiera creer.
Casi envidio esa fe y la esperanza a la que se aferra. La esperanza es una droga poderosa.
—Ve —digo, ahora en voz más baja, y ella sale disparada escaleras arriba.
Enciendo un cigarrillo y lleno mis pulmones de humo. Puedo oírla en el piso de arriba abriendo cajones y rebuscando en los armarios.
Echo la cabeza hacia atrás y doy otra calada.
Veo una imagen fugaz de Dorothy detrás de mis ojos cerrados. Cabello oscuro. Ojos brillantes. Labios rojos.
Parecía tan sorprendida de verme como yo de verla a ella.
Hay algo en todo esto que me deja un sabor a ceniza en la lengua. Como si estuviera persiguiendo un espejismo. Como si faltara algo o no cuadrara.
Pero cuanto más lo pienso, menos me importa. No tener corazón tiene sus ventajas, pero esta no es una de ellas. Quiero que me importe. Si algo va mal, quiero que me importe lo suficiente como para averiguar qué es. Pero la apatía se apodera rápidamente de mí y me roba la motivación.
No me importa una mierda.
La chica vuelve unos momentos después con una camisa negra. Es de punto waffle con tres botones en el cuello.
Mis movimientos son lentos y cuidadosos. Tardo varios minutos en ponerme la prenda. Al final estoy jodidamente agotado.
Me dejo caer en la silla y saco el kit de dosificación del bolsillo de mis pantalones. Me subo una manga para dejar al descubierto el pliegue del codo, luego cojo la goma elástica y la ato para bloquear una vena.
La chica me observa.
Doy un golpecito a la vena para que se hinche a la luz.
Siempre viajo con dos frascos de aceite puro y una mezcla diluida en un cantimplora que se puede beber. La mezcla diluida es solo para calmar los nervios. No basta para mantener mi cuerpo en funcionamiento.
Ahora mismo necesito aceite puro y lo necesito directamente en las venas.
Ya puedo sentir cómo mi brazo metálico se va entumeciendo. Si espero demasiado, quedaré inmovilizado, incapaz de moverme mientras el mundo sigue girando.
Es un destino que evito a toda costa.
Con el frasco en una mano, clavo la aguja en la tapa de cera y tiro del émbolo.
Un líquido oscuro llena el cilindro de cristal.
Me siento tentado de tomar una sobredosis para lidiar con el dolor de la puñalada, pero lo pienso mejor.
Voy a ir en busca de Dorothy y la encontraré.
Y cuando lo haga, necesito poseer control total.
Encontrar la vena es fácil y, cuando presiono el émbolo, el aceite me golpea como un ciclón y hace que me tambalee.
Siento un alivio inmediato, joder.
Una cálida sensación difusa inunda mis venas.
Los dolores y molestias de mi cuerpo desaparecen. Las náuseas remiten.
Inclino la cabeza, rindiéndome a la sensación… a la oleada de euforia.