31 Dorothy
S alimos a la calle y Rook nos guía a Toto y a mí por la acera a paso ligero.
Las calles siguen vacías, todo Valle Resplandeciente es una tumba silenciosa, salvo por el crepitar de la magia en las farolas.
Y entonces…
Una sombra oscura vuela sobre nuestras cabezas y un chillido agudo resuena sobre los tejados.
—¿Qué es eso?
—Agacha la cabeza —me ordena Rook, y me coge de la mano y me empuja bajo los toldos de las tiendas cercanas.
Pasamos por delante de un escaparate tras otro.
Magdalenas glaseadas, dulces rayados, libros encuadernados en cuero, cajas decoradas.
¿Cómo pueden coexistir estas dos cosas? ¿Esta vida normal, colorida y llena de dulces con la guerra, las brujas malvadas y los mercenarios armados con hachas?
Es desconcertante pensar en lo cerca que estamos de la belleza y el peligro.
Cuando llegamos al siguiente cruce, Rook se detiene bruscamente. Me estrello contra su espalda con un golpe seco y entonces él me empuja contra la pared de piedra de una panadería mientras otro chillido surca el cielo.
El sonido me pone los pelos de punta. Me estremezco detrás de Rook. Se vuelve hacia mí y se lleva el dedo a la boca de nuevo.
No hay miedo en su rostro. Tanto si sabe como si no qué peligro sobrevuela nuestras cabezas, se muestra inquietantemente tranquilo al respecto.
Pero yo no consigo recuperar el aliento. No consigo calmar los latidos acelerados de mi corazón.
Me siento atrapada en una pesadilla interminable. ¿Cuándo llegaré a casa? ¿Lo conseguiré siquiera?
Rook levanta la mano y cuenta hacia atrás con los dedos.
«Tres».
«Dos».
«Uno».
«Vamos».
Tira de mí de nuevo. Doblamos la esquina. Nos agachamos. Otra ráfaga en la distancia.
Enredo los pies con la falda. Rook me endereza. Seguimos adelante.
Llegamos a la siguiente plaza, donde hay otra estatua de bronce cuyo movimiento se ha quedado congelado para siempre. Nos escabullimos entre las piernas de la estatua cuando un silbido nos detiene.
Al otro lado del camino, envueltos en sombras, hay dos caballos. Remy está sentada sobre uno de ellos, haciéndonos señas para que nos acerquemos.
Rook estira el cuello, mirando al cielo desde debajo de la tela ondulada del vestido de bronce de la estatua.
—Venid —nos ordena finalmente, y nos escabullimos, cruzando la plaza en diagonal.
Cuando nos reunimos con Remy bajo el profundo toldo de una caballeriza, reconozco inmediatamente al caballo.
—¡Sabil! —exclamo sin pensar.
Rook me tapa la boca con la mano. Mi corazón vuelve a dar un salto.
Una expresión de irritación se dibuja en el espacio entre sus cejas oscuras y luego se inclina hacia mí, acercando la boca a la curva de mi oreja y haciéndome sentir su aliento cálido. A pesar de su calor, me estremezco bajo su contacto.
—Debemos guardar silencio, Kansas. Prométeme que lo harás.
Cuando se aparta, sus brillantes ojos verdes buscan la confirmación en los míos.
Se me pone la piel de gallina. Asiento moviendo la cabeza.
—Bien —articula con los labios.
Sabil relincha. Agarro a Toto y, con la ayuda de Rook, me subo a la silla. Una vez acomodada, él se coloca hábilmente detrás de mí.
—Puedo llevaros a un lugar seguro —susurra Remy—. Seguidme. —Y su ágil yegua negra se adentra en la noche.
Nos alejamos de la plaza del pueblo. Cuanto más nos alejamos, más densas se vuelven las sombras, pero ya no hay monstruos voladores en el cielo.
—¿A dónde nos llevas? —pregunta Rook mientras trotamos uno al lado del otro por una amplia calle empedrada. La gran muralla que rodea Valle Resplandeciente se alza en el horizonte.
—Hay un pasadizo secreto para entrar y salir de Valle —responde Remy—. Solo el consejo la conoce.
—¿Y tú también? —pregunto.
Remy asiente.
—Mi familia lleva décadas en el consejo. Ayudaron a diseñarla. —Remy señala hacia el oeste, donde hay una casa achaparrada pegada a la muralla—. La casa la oculta.
Cuando hace chasquear la lengua, su caballo trota, avanzando hacia adelante.
Al llegar a la casa, las ventanas están a oscuras y veo que las plantas de las macetas de piedra del porche delantero están marchitas y marrones. Olvidadas y abandonadas. O tal vez eso es exactamente lo que quieren que parezca.
Remy se desliza de su caballo y ata las riendas a la barandilla blanca.
Rook desmonta primero a Sabil y luego me sujeta a Toto.
Paso la pierna por encima, tratando de domar el vestido para que no se enrede alrededor de mis tobillos cuando salte al suelo.
—¿Tengo tiempo para cambiarme? —pregunto y levanto los brazos para mostrar el vestido a cuadros que llevo arrugado contra mi pecho. No creo que pueda aguantar ni un minuto más con este vestido de baile mientras huyo del Hombre de Hojalata y sus monstruos voladores.
—Si te das prisa, sí —responde Rook.
—Toma. —Remy rebusca en el bolsillo de sus pantalones y saca un pequeño frasco de cristal con unas gotas de líquido verde en su interior—. Ponte esto en los puntos del pulso mientras te cambias. Te ayudará a enmascarar tu olor ante los monos alados el tiempo suficiente para que puedas escapar.
—Lo siento… ¿has dicho monos alados?
—¿Cuánto tiempo durará el efecto? —pregunta Rook.
—Unas horas, como mucho. Puede que os dé suficiente ventaja.
—¿Es destello de esmeralda? —pregunta Rook.
Remy asiente.
—Muy bien. Debería ser suficiente para los dos.
—Espera… ¿monos alados?
Remy me mira finalmente.
—Los monos solo se encuentran en lo profundo de las montañas del Oeste y, la mayoría de los días, no suponen ninguna amenaza si los dejas en paz.
Pero la Bruja del Oeste posee un control mágico sobre ellos.
Lo tiene desde hace muchos años. Si ella los ha enviado, es porque les ha encargado una misión y harán lo que sea necesario para cumplirla.
Y son criaturas feroces y violentas cuando se ven obligadas a actuar.
—¿Están con el Hombre de Hojalata? —pregunta Rook, y Remy asiente con la cabeza.
—Debería volver antes de que alguien note mi ausencia. Encontraréis la salida secreta en el cobertizo de atrás.
—Agradecemos la ayuda —dice Rook.
Remy va hacia los caballos y se sube a la silla de montar del suyo mientras sostiene las riendas de Sabil.
—Si estuviera en vuestro lugar —dice Remy antes de partir—, me daría prisa.
Y entonces chasquea la lengua y se adentra en la noche.
—Kansas.
Me sobresalto al oír mi apodo y miro a Rook. Por la forma en que lo ha dicho, no era una pregunta sino una orden.
Algo en él ha cambiado. Ya no parece dócil, modesto ni ingenuo. Hay un nuevo tono de autoridad en cada sílaba, en cada mirada, en cada movimiento de su cuerpo.
—Entra y cámbiate. —Descorcha el frasco y huele el contenido—. Usa la mitad del contenido. —Se inclina y me roza con suavidad con los dedos la delicada piel de debajo de la oreja—. Ponlo aquí. —A continuación, me agarra del brazo y me frota el pulso con el pulgar—. Y aquí.
Vuelvo a sentir ese escalofrío y Rook nota el temblor de mis hombros. Algo parecido a una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios.
—Vamos. —Me entrega el frasco—. Date prisa, Kansas.
Cojo el destello de esmeralda y entro en la casa, con Toto siguiéndome de cerca.
Dentro de la casa el aire está viciado, como si nadie hubiera cruzado la puerta desde hace mucho tiempo. Como si el horno siempre hubiera estado vacío y la chimenea siempre fría. A juzgar por la falta de hollín en la piedra, tal vez nunca se haya usado.
La sala de estar es pequeña; hay una mecedora junto a la ventana delantera y una mesa con patas torneadas a su lado. Veo un libro delgado encuadernado en tela sobre la mesa, con el título grabado en oro.
Cuando los dioses vagaban por Oz , reza el título. No aparece el nombre del autor.
Entro en la habitación más cercana, que parece un dormitorio, que tiene una ventana y un armario vacío. Una vez dentro, con Toto siguiéndome de cerca, cierro la puerta y cuelgo el vestido a cuadros en el gancho que hay junto a ella.
—Siento haberte dejado en la posada —le digo mientras lucho con la cremallera del vestido de baile.
Él se sienta sobre sus patas traseras y me observa con los ojos clavados en mí.
—No creía que hubiera ningún riesgo en dejarte allí descansando, pero al parecer en Oz tengo que estar siempre alerta.
Me lanza un gruñido.
—Gracias por traerme el vestido. No me imagino huyendo del Hombre de Hojalata y de los monos alados… ¿con un vestido de gala? Acabaría muerta y entonces…
Las lágrimas vuelven a brotar, algo que me pilla desprevenida.
Cierro los ojos, con el vestido colgando alrededor de mi cintura y la falda gigante medio caída en el suelo de madera.
¿Y si nunca consigo volver a casa? ¿Y si nunca vuelvo a ver a Em y a Henry?
¿Y por qué demonios estoy atrapada en medio de todo este conflicto en Oz? Esta no es mi lucha. No es mi problema.
¿Y por qué el Hombre de Hojalata sabía mi nombre? ¿La Bruja del Oeste también lo ha enviado en mi busca por lo que le hice a la Bruja del Este? Tenía la impresión de que no se llevaban nada bien, así que no sé por qué está persiguiéndome.
Me quito el vestido y las zapatillas plateadas brillan bajo la poca luz que se cuela a través de la oscura y siniestra nube del exterior.
Y entonces se me ocurre lo que la bruja podría querer.
«Coged las zapatillas. Daos prisa». Eso es lo que Cleo me dijo justo antes de que apareciera la Bruja del Norte e intentara arrebatármelas.
Los campesinos me dijeron que eran unas zapatillas poderosas, llenas de magia.
No se puede negar que en Oz hay magia. Ya no puedo, y menos después de todo lo que he presenciado.
En aquel momento, en el jardín de la Mansión del Este, cuando se ha levantado el viento y ha lanzado por los aires a tres hombres enormes, sin duda se trataba magia.
¿Fueron las zapatillas? ¿Quizá protegen a quien las lleva puestas?
Y si la Bruja del Norte y la Bruja del Oeste quieren las zapatillas…
Solo tengo que llegar hasta el mago. Le daré las zapatillas como pago por ayudarme a regresar a Kansas y luego él mismo se encargará de las brujas. Es el ser más poderoso de todo Oz. Sea cual sea el conflicto que se esté gestando entre las brujas de los puntos cardinales, él podrá resolverlo.
Antes de volver a vestirme, descorcho la botella de destello de esmeralda. El olor a regaliz impregna el aire, y debajo de él, canela y rosa. Pongo el dedo sobre la boca de la botella, la vuelco y me cubro la yema. Aplico el aceite en los puntos de pulso donde me ha indicado Rook.
Debajo de la oreja. En las muñecas. El aceite se calienta y envía una oleada de calor por todo mi cuerpo. Luego, en un instante, desaparece. Cojo el vestido del gancho y me lo pongo. En cuanto el suave algodón cubre mi cuerpo, vuelvo a sentir algo parecido al hogar.
Las lágrimas vuelven a llenarme los ojos.
«Allá voy, Em y Henry. Voy a volver a casa, cueste lo que cueste».
Dejo el vestido de baile abandonado en la habitación vacía. Ya no lo necesito.
Pero antes de irme, decido llevar conmigo el libro sobre los dioses de Oz y lo guardo en el bolsillo del vestido.