30 Dorothy
E xtiendo las manos, tratando de orientarme en la oscuridad.
¿Por qué la gente de Valle se toma tantas molestias para esconderse de alguien que cruza el camino de baldosas amarillas?
Mi mente quiere llenar los vacíos.
«Es un monstruo», dice el pánico.
«O una bruja malvada».
«O peor aún… el Hombre de Hojalata».
Henrietta nos dijo que estaba cerca.
Mi ritmo cardíaco se acelera y noto los latidos resonando en mi cabeza.
Intento evocar la voz de la tía Em. «Todo va a salir bien. El miedo es peor que la realidad». Pero ¿es así? Eso es lo que le diría si estuviera aquí ahora.
«No conoces esta tierra extraña, Em. Quizá esta vez sea mucho peor. La ciudad tiene una sirena, por el amor de Dios. Como una alerta de tornado. Y en la granja sabemos lo que sigue a una sirena».
Hemos perdido demasiado a causa de las fauces voraces de la madre naturaleza como para pensar que todo va a salir bien siempre.
Mis dedos rozan las paredes enlucidas y suelto un suspiro de alivio.
El olor a caldo de pollo impregna el aire. Debemos de estar cerca de la cocina de la posada.
Doy otro paso tentativo hacia adelante cuando una llama se enciende en la sala principal.
Una luz bermellón intensa se derrama por el pasillo.
Rook me agarra por detrás, me da la vuelta y me empuja hacia una despensa.
—¿Qué…? —Me tapa la boca con la mano y suelto el aire entre sus dedos.
Se lleva un dedo a los labios.
«Shhhh».
Luego se marcha y cierra la puerta silenciosamente tras de sí. ¿Qué está haciendo?
La luz de las llamas se extiende por la pared mientras unas pisadas fuertes resuenan en el suelo de piedra.
Trago saliva. Me pica la nariz por el fuerte olor a cebolla que reina en aquel espacio cerrado. Pero también huele a tierra, como si allí almacenaran zanahorias y patatas recién cosechadas.
Muevo la nariz, el aroma empalagoso me hace cosquillas en los senos nasales.
Los pasos se acercan y, a través de una de las rendijas de la puerta de la despensa, veo por primera vez a alguien.
Es un hombre grande y musculoso, con hombros anchos y bíceps gruesos que tensan la tela de punto de la camisa.
Otro paso.
Sus antebrazos están cubiertos de almohadillas de cuero, al igual que su hombro derecho, como para proteger su brazo metálico.
El cuero entrelazado de su hombro se sujeta con varias hebillas del mismo material que se entrecruzan sobre su pecho y alrededor de su espalda.
Levanta la linterna y la luz dorada de la llama lo baña en la oscuridad y pule cada uno de sus dedos metálicos.
¿Es un guante? ¿O su mano está literalmente hecha de metal? Se me eriza el vello, casi como si estuviera cargado de electricidad.
Me muerdo el labio inferior, sin atreverme a respirar.
El rostro del hombre está descuidado, luce el tipo de vello facial que roza la dejadez.
Hay un brillo de sudor en su frente, como si hubiera corrido para llegar hasta aquí, aunque su respiración es regular.
Percibo algo tosco en él. Como la piedra endurecida por el clima en una fría cordillera. Como los árboles desnudos en un vendaval invernal.
Como un lobo hambriento en un bosque oscuro, mordisqueando pies pálidos.
Da otro paso adelante y entonces queda ahora a solo unos centímetros de mi escondite. Mueve la linterna y la luz ilumina el filo afilado de un hacha atada a su espalda.
Sé inmediatamente quién es. El Hombre de Hojalata.
«Está aquí».
Una brisa se cuela por el pasillo altera la llama de la linterna; el fuego se apaga.
Maldice entre dientes y saca algo de su bolsillo. Un mechero, creo. Oigo el familiar sonido metálico de una tapa de metal al abrirse.
Pero antes de que pueda encender una nueva llama, se oye un golpe en la cocina y él se gira hacia allí, en tensión.
Su repentina quietud me pone la piel de gallina, y la forma en que espera, evaluando, me dice que él también lo siente.
Algo no está bien. Algo es… diferente.
A pesar de su tamaño, se mueve con rapidez, pegando la espalda a la pared que separa el pasillo de la cocina. Su pecho se eleva con la respiración. Saca una daga de la funda que lleva en la cadera y se lanza hacia la cocina.
Se oye un gruñido. La linterna golpea la piedra y se rompe.
«Rook».
«No».
Puede que aún no conozca muy bien a Rook, pero sé que no se merece morir.
Cae una silla.
«Haz algo, Dorothy».
Cierro los ojos con fuerza para pensar mejor. Intento calmar el pánico que me sube por la garganta.
No tengo ningún arma. Llevo un enorme vestido de gala. No hay nada poderoso ni mágico en mí.
Pero no puedo quedarme escondida en el armario mientras Rook me salva otra vez. Quizá solo necesite crear una distracción. Quizá pueda razonar con el Hombre de Hojalata.
Quizá…
Otro gruñido. Un estruendo de platos.
Empujo la puerta de la despensa y tropiezo al cruzar el arco que da a la cocina.
—¡Eh! —grito.
El Hombre de Hojalata se vuelve hacia mí. Un rayo de luz del patio se cuela por la ventana de la cocina. Entrecierra los ojos.
—Dorothy. —Pronuncia mi nombre como un conjuro. Como una maldición hecha de huesos blanqueados.
Y entonces…
La sombra de Rook aparece detrás de él, con un arma en alto. Clava el cuchillo de cocina en el hombro izquierdo del Hombre de Hojalata y lo retuerce.
El Hombre de Hojalata ruge y se da la vuelta balanceando el arma.
Rook se agacha bajo el brazo del hombre y se abalanza hacia mí.
—¡Corre, Kansas!
No lo dudo. Corro por el pasillo y entro en la sala principal de la posada justo cuando se oyen ladridos en el piso de arriba.
—¡Toto!
—No hay tiempo —dice Rook.
Moriría por Toto. No lo voy a abandonar.
Sujeto la falda con la mano, la levanto y subo corriendo las escaleras. Empujo la puerta y Toto sale disparado, con mi vestido a cuadros entre los dientes, arrastrando la mayor parte de él por el suelo.
—Perro listo —lo halago mientras le quito la prenda; luego lo levanto en brazos—. Tenemos que irnos.
Bajo las escaleras y veo a Rook en la puerta principal de la posada. La tiene abierta y me hace señas para que salga a la noche. Llego a la planta principal, me alejo rápidamente de la escalera y cruzo el comedor.
Estoy a punto de llegar a la puerta cuando Rook abre mucho los ojos.
—¡Abajo, Kansas! —grita.
Me agacho.
Un hacha pasa volando por encima de mi cabeza. La hoja se clava en el marco de la puerta, a pocos centímetros de Rook.
—Levántate, Kansas. Date prisa. —Rook me indica que avance—. No mires atrás.
Me levanto, tropiezo con la falda, me enderezo de nuevo y salgo corriendo por la puerta.