Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 29 Dorothy
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29 Dorothy

C uando veo la entrada vacía frente a la mansión, se me encoge el corazón. ¿A dónde se han ido todos tan rápido? Está claro que tienen experiencia en desaparecer cuando suena la alarma. Son una máquina bien engrasada.

Con Rook herido otra vez, y cubierta con un vestido de gala gigante, ninguno de los dos está en condiciones de escapar a pie. Y no puedo imaginar que los guardias que nos atacaron en el jardín vayan a rendirse tan fácilmente.

Ojalá supiera por qué me persiguen. ¿Es porque maté a la bruja? Supongo que no debería sorprenderme que haya gente en Oz que esté del lado de la bruja.

—¿Has oído eso, Kansas?

Me detengo con Rook todavía recostado sobre mis hombros.

—¿Oír qué?

—Suena como caballos. —Rook señala con la barbilla hacia la izquierda de la mansión—. Apuesto algo a que hay un establo ahí atrás.

Oigo el débil sonido de un relincho y el alivio inunda mis venas.

Es una salida. Y lo que es mejor, sé montar a caballo.

—Vamos. —Rook se separa de mí, pone su mano en mi espalda y me guía hacia los establos. Tiene sangre en la mejilla y más en un corte en el labio inferior. Acaban de golpearlo por intentar salvarme y, sin embargo, no parece afectado por ello.

¿Quién es este hombre?

De repente, me sorprende lo extraño que es y, sin embargo, lo cómoda que me siento a su lado, lo reconfortada que me siento por su protección.

No estoy segura de que hubiera podido manejar todo esto sin él.

—Gracias —digo sin pensar.

—¿Qué? —Su atención está centrada en otro objetivo, comprobando que no tenemos a los guardias detrás de nosotros.

—Gracias por ayudarme.

Finalmente me mira, con el ceño fruncido.

—Has sido tú quien me ha ayudado, Kansas. Es lo menos que puedo hacer.

—Pero no me han pegado por ello.

El surco desaparece y su expresión vuelve a ser distante.

A veces es imposible leer sus pensamientos. Su misterio me frustra y me emociona a partes iguales. Es un lenguaje que no consigo descifrar.

—Debemos darnos prisa —me dice, y me empuja hacia adelante.

Cruzamos el camino de entrada y desde allí llegamos a un sendero de grava, escondido detrás de una hilera de árboles llenos de hojas, que serpentea hasta la parte trasera de la propiedad, donde hay una zona de grava. Y allí, justo más allá, bajo el halo de la luz de una lámpara, están los establos.

No vemos a nadie alrededor, ni siquiera a un mozo de cuadra, y las grandes puertas de los establos están abiertas y atrancadas. Entramos sin ninguna dificultad.

—¿Cuál de vosotros es más rápido y amistoso? —pregunto.

Hay seis boxes a cada lado, pero solo la mitad están ocupados.

Encuentro una yegua castaña al final del pasillo con el hocico fuera de la puerta de su cuadra. Resopla cuando me detengo y nos mira con sus grandes ojos oscuros.

Le tiendo la mano para que la huela.

—Necesitamos desesperadamente un escape seguro —le digo. Ella resopla en mi mano y luego me da un empujoncito con el hocico, así que le hago una caricia amistosa.

Era muy pequeña cuando el tío Henry me enseñó a ensillar un caballo. Fue mucho antes de dejarme montar sola.

—Son difíciles de manejar —me aseguró mientras le daba una zanahoria a Betsy, nuestra palomina—. No puedes mostrar miedo. Debes mostrar respeto.

—Ya he montado a caballo antes —respondí. Recuerdo claramente esa convicción. No sabía ensillar un caballo, pero sí sabía montarlo. Era algo que me quedaba de la vida de antes de llegar a la granja de Kansas.

—Aun así —dijo Henry mientras acariciaba el hocico de Betsy—, es mejor que lo tomemos con calma. Por tu bien y por el de Betsy. —Pero al poco tiempo, estaba corriendo con el viento en compañía de Betsy y solo sobre su lomo me sentí yo misma en aquellos primeros años.

Encuentro una placa con el nombre de la yegua a la izquierda de su box.

—¿Sabil? —pronuncio, y el caballo suspira—. Me gustaría ensillarte ahora, si te parece bien. —Vuelve a resoplar, lo que espero que sea su consentimiento.

—Se te dan bien los animales —comenta Rook mientras se recuesta contra la pared del establo de Sabil.

—Solo es cuestión de ser amable, ¿no?

Se limpia una mancha de sangre de la barbilla.

—¿Lo es?

Bajo la tenue luz de las lámparas del establo, se ven claramente los golpes que le han propinado a Rook.

¿Cuánto daño puede soportar un hombre? Apenas estaba empezando a curarse de sus heridas anteriores.

—¿Sabes manejar las riendas? —le pregunto.

Él busca en su memoria.

—Sí, creo que sí.

—¿Crees que tienes fuerzas para reunir los artículos? Si no las tienes, no pasa nada.

—Puedo hacerlo, Kansas. No te preocupes por mí. —Su sonrisa es casi juguetona, como si mi inquietud le resultara divertida.

Pero no puedo evitar estar preocupada. Tiene un moratón en la mejilla y su postura carece de rigidez, como si le doliera mantenerse erguido.

Aun así, se aleja de la pared y desaparece en la sala de monturas.

Abro la media puerta del establo de Sabil y entro con cuidado. Sigo llevando el enorme vestido de baile, que se arrastra por el suelo de piedra y se engancha en los tallos de heno a mi paso. La yegua cambia de postura, como para hacerme sitio.

—Tengo que ser sincera —comento—, no sé con qué nos encontraremos ahí fuera.

La alarma ha dejado de sonar, lo que solo puede significar que quienquiera que esté entrando en Valle ya debe de estar aquí.

—Si prefieres quedarte a salvo y cómoda en tu establo, dímelo.

Sabil mueve la cabeza y relincha, con sus grandes ojos oscuros fijos en mí.

—¿Estás segura?

Ella relincha y no puedo reprimir una sonrisa.

Sabil me recuerda a Betsy: no le teme a nada.

Rook regresa un minuto después con una almohadilla y una silla de montar de cuero negro. Henry me enseñó que siempre hay que cepillar al caballo y revisarlo antes de ensillarlo, pero no hay tiempo para eso. Espero que Sabil me perdone.

Con Rook a un lado y yo al otro, colocamos la mantilla y luego Rook levanta la silla, que ajustamos con rapidez.

—Súbete —me indica Rook.

—Deberías subir tú primero. Estás herido.

—¿Lo estoy? —Vuelve a sonreír.

—Está bien. —Pongo el pie en el estribo y, con la ayuda de Rook para sujetar el vestido, consigo subirme. En cuestión de segundos, Rook se acomoda detrás de mí en la montura.

—¿Ves? —dice burlón, con la boca ahora muy cerca de mi oreja—. Estoy en plena forma.

Resoplo.

—Dímelo a la cara. —Él se ríe.

Sabil niega con la cabeza.

—Deberíamos irnos —acucio a Rook, sintiendo la necesidad de Sabil de moverse ahora que está ensillada.

Rook coge las riendas.

—Agárrate, Kansas.

—¿Sabes montar a…?

Rook chasquea la lengua y Sabil se pone en marcha.

—¡Dios mío! —grito.

—Te he dicho que te agarrases —se ríe Rook.

Aprieto el pomo con la mano y aprieto con los muslos.

Hace tiempo que no monto a caballo —tuvimos que sacrificar a Betsy hace varios años y decidimos invertir en más ganado—, pero en cuanto salimos del establo y avanzamos por el camino de grava en la noche, la emoción vuelve a envolverme de inmediato.

Me encanta montar a caballo. Me gusta sentir el viento en el pelo y la complicidad que se desarrolla entre el ser humano y el animal.

Me siento bien.

Rook aprieta las riendas, me rodea con fuerza con los brazos y se pega a mí de una forma que parece imposible.

Intento no fijarme en ello, y menos en un momento como este. Pero no pensar en ello hace que solo pueda pensar en ello, y las mariposas salen de su letargo y emprenden el vuelo en mi estómago.

En solo unos segundos estamos en el camino de acceso semicircular a la mansión.

Las pezuñas de Sabil hacen ruido al golpear los adoquines.

—¡Ahí están! —grita alguien a nuestra izquierda. Los guardias.

Se dirigen hacia el jardín delantero, pero van a pie, sin caballos ni carruajes a la vista.

Uno de ellos se lanza hacia adelante, con el brazo extendido, pero Sabil lo esquiva fácilmente y el hombre cae de bruces.

Aunque los demás salen corriendo detrás de nosotros, Sabil es rápida y, en poco tiempo, solo son unos puntos oscuros en la noche.

—No ha sido tan difícil —presume Rook, guiando a Sabil por el camino que nos ha traído hasta aquí.

Todas las casas y tiendas están cerradas. No hay ni una sola persona en la calle.

Eso es un poco desconcertante.

¿Es demasiado tarde para ponernos a salvo antes de que quienquiera que esté acercándose llegue a Valle Resplandeciente?

No he prestado atención a la ruta que hemos seguido cuando hemos salido de la posada, pero Rook parece saber qué dirección tomar.

Cuanto más nos adentramos en la ciudad, más surrealista se vuelve todo. El silencio es tan absoluto que cada paso de Sabil resuena en los edificios circundantes. Parece una ciudad fantasma.

Se me eriza el vello de la nuca y me estremezco.

Rook se inclina hacia mí, con el pecho contra mi espalda. Su contacto es cálido, sólido y reconfortante.

—¿Cuánto crees que queda? —pregunto.

—Si no recuerdo mal, es la siguiente calle, pero creo que deberíamos dar la vuelta por detrás, será más seguro.

Antes de que la calle en cuestión aparezca ante nuestra vista, Rook dirige a Sabil hacia la izquierda, por un callejón detrás del Vagabundo Rojo. Dentro del establo, un mozo de cuadra se asoma desde detrás de un fardo de heno y nos reconoce inmediatamente.

—Señorita Gale, no deberíais estar fuera… Y usted tampoco, señor Rook.

—Nos abandonaron en la mansión —explico mientras él toma las riendas de Sabil—. Hemos venido tan rápido como hemos podido.

—Entonces será mejor que entréis. Encontraréis todas las puertas cerradas, así que tendréis que acceder por la puerta del servicio. Os la mostraré.

Ata las riendas de Sabil a un anillo y nos guía rápidamente hasta una puerta lateral atravesando un trozo de césped polvoriento.

Desde allí, saca un grueso llavero de hierro de los pantalones y se detiene ante una puerta sin letrero en la parte trasera de la posada.

Busca a tientas la llave. Se oye el metal chocando contra el metal mientras busca la cerradura en la oscuridad.

Finalmente, los dientes de hierro se deslizan y el cerrojo se abre con un golpe seco. El chico empuja la puerta.

Más allá solo hay oscuridad.

—Entrad —nos dice.

Rook me empuja hacia delante y la puerta se cierra de golpe detrás de nosotros, con un ruido sordo.