28 Espantapájaros
E s un caos total.
La gente se apresura hacia las puertas del salón de baile, pero el pasillo de salida es un cuello de botella y la multitud se amontona con rapidez.
Al no encontrar una salida, se convierten en animales salvajes que prácticamente se muerden unos a otros para poder escapar.
En el otro lado del salón de baile, Kansas sigue escudriñando a la multitud en mi búsqueda. Al no verme inmediatamente, recoge su vestido rojo y desaparece por las puertas abiertas del balcón.
Dejo uno de los dos vasos de ozrum en una mesa cercana y me bebo el segundo de un trago, sintiendo cómo el alcohol me calienta la garganta.
La música se ha detenido, la banda se ha ido. Ahora solo hay una sinfonía de pánico y terror.
Una silla se vuelca. Una mujer llama a su pareja.
Alguien tropieza y una cadena de luces parpadea y se apaga.
Miro mi reloj de bolsillo recién adquirido. ¿Han pasado varias horas desde que el guardia de Fink le advirtió de la llegada del Hombre de Hojalata? Sospecho que sí.
Dejo atrás la salida principal, sigo los pasos de Kansas y salgo por las puertas del balcón.
La veo bajando las escaleras detrás de varios miembros del personal, con el vestido sujeto en la mano. Cuando los sirvientes la dejan sola, busca un camino en la oscuridad y decide seguir el rastro hacia la parte delantera de la casa.
—Kansas… —la llamo, pero ella no me oye.
Aunque acelero el paso, no soy lo suficientemente rápido.
Alguien la agarra por un arco del jardín y ella suelta un grito.
—La tengo —dice alguien. No es el Hombre de Hojalata, sino uno de los guardias de Fink.
—¡Ayuda! —grita ella.
Atravieso el arco a trompicones.
—Suéltala.
—Rook… —Mi nombre provisional es casi un suspiro en sus labios.
Un hombre que me dobla en tamaño la sujeta con fuerza contra su pecho. Es el mismo guardia con el que Fink se ha reunido en la caseta de vigilancia. No he llegado a saber su nombre, pero tiene pinta de Brutus o quizá de Belcher. Hay otros dos guardias con él, ambos hombres grandes y corpulentos.
—¿O qué? —pregunta uno de ellos.
No digo nada. Todos se ríen, pensando que eso confirma que estoy asustado.
—Encargaos de él —ordena Brutus. Los hombres se abalanzan sobre mí.
—¡No! —grita Kansas forcejeando contra el agarre de Brutus.
—Todo va a salir bien, Kansas —aseguro, porque se supone que hay que decirle a la gente este tipo de cosas tranquilizadoras cuando están en peligro. O eso creo.
El hombre de la izquierda, con barba rubia y un pendiente de diamantes en la oreja izquierda, llega antes hasta mí. No se toma tiempo para evaluar la situación. Me lanza un directamente puñetazo a la cara.
El puño impacta. El golpe resuena en mi cráneo y baja por mi cuello.
—¡Para! —grita Kansas, y le da un codazo en el estómago a Brutus, pero él ni se inmuta. Lleva una gruesa coraza de cuero, que solo puede penetrar una espada o la magia.
El segundo guardia, no sé muy bien cómo es porque las lágrimas me nublan la vista, me da un puñetazo en el estómago. Se me sale todo el aire de los pulmones. Me tambaleo y caigo sobre una rodilla.
Los guardias se ríen entre ellos.
—Menudo caballero has resultado ser para salvar a tu chica, ¿eh? —El rubio me pone la bota en el hombro y me da una patada. La grava cruje bajo mi cuerpo. La tierra se me mete entre los dientes.
El otro hombre me da una patada en el estómago. Tiene una puntería impecable, pues golpea el mismo lugar que antes y esto duplica el dolor sordo que se extiende por mis costillas.
—¡Por favor, parad! Ya está herido. —La voz de Kansas tiembla de terror, pero debajo hay algo más oscuro. Algo nacido de la rabia.
Otra patada, esta vez en la espalda, en los riñones. Me acurruco en posición fetal. Dejo escapar un pequeño gemido patético.
—¡Por favor! ¡No le hagáis daño! —El suelo tiembla a mi alrededor.
El viento cambia, y el polvo se arremolina a mi alrededor.
El guardia barbudo me da otro golpe en el estómago.
—¡He dicho que paréis!
De repente, se produce una ráfaga de aire. La fuerza es tan grande que los setos se doblan hacia atrás. Las hojas se desprenden de las ramas y salen disparadas por el claro.
Los hombres tienen que agacharse y cubrirse los ojos con los brazos para protegerse de los escombros.
Kansas pisa el pie de Brutus. Él grita y la suelta. Otra ráfaga de viento golpea a los tres guardias y los derriba. Uno acaba en los arbustos. Otro sale disparado por otro arco. Brutus acaba estrellándose contra un banco de piedra y cayendo al otro lado.
Kansas no se ve afectada por el viento fantasma.
—Vamos. —Se agacha para levantarme—. ¿Puedes correr?
—Por supuesto. —Pero una vez que me pongo en pie, me doy cuenta de que cojeo—. No pasa nada. Puedes dejarme aquí.
—Ni hablar. —Me arrastra de vuelta a través del arco. La luz de la mansión brilla en la oscuridad como un faro.
—¡Idiotas! ¡Atrapadlos! —grita Brutus.
—Date prisa —me ordena Kansas.
—Te estoy retrasando —digo.
—No te voy a dejar.
Su inclinación por salvarme es divertida. Una y otra vez, ha demostrado una lealtad que no me he ganado.
Corremos atravesando el resto del jardín. Brutus y sus hombres salen por el arco detrás de nosotros, pero ya estamos a la luz, en el jardín delantero de la mansión.
Aunque pronto descubrimos que todos los carruajes han desaparecido.