27 Dorothy #2
Y ridículamente sexy .
Pierdo de vista el perímetro de la sala cuando Rook me hace girar y luego me vuelve a atraer hacia él.
Su mano es cálida en la parte baja de mi espalda, la presión de sus dedos roza lo posesivo.
Y eso provoca una pequeña emoción en todo mi cuerpo.
No ha confirmado ni ha negado el hecho de que estuviéramos montando un espectáculo, pero ahora está claro que lo estamos haciendo.
Está presumiendo. De mí, por la sala, ante todos.
Nos movemos con los demás bailarines, todos entran y salen de mi campo de visión como el constante ir y venir de las olas del mar. Me empieza a doler la cara de tanto sonreír, de reírme. Pero no tropiezo y, de alguna manera, consigo seguir el ritmo de Rook.
—¿Puedo contarte un secreto, Kansas? —Rook nos guía en lo que me dice que es una formación en cuadrado.
—Sí, por favor.
Suelta el aire con un suspiro.
—Eres una maravilla.
Mis pies dejan de moverse. El instinto hace que Rook se detenga justo dos pasos detrás de mí.
—Apenas me conoces.
Entrelaza sus dedos con los míos y me saca de la pista de baile para llevarme detrás de una fila de macetas. Casi como si supiera que necesito refugio en ese momento.
Porque, de alguna manera, él siempre sabe lo que necesito.
—Tienes que dejar de ser tan amable conmigo.
La confusión se refleja claramente en su rostro.
—¿Por qué?
—Porque… porque nosotros… tú…
La advertencia de Henrietta resuena en mi cabeza.
—Hay otra persona —suelto.
—¿Qué quieres decir?
—En casa. —Me empieza a doler el estómago—. En Kansas. Se llama Edward.
Rook inclina la cabeza. Esperaba que se enfadara. Al fin y al cabo, lo he besado. Pero juraría que una sonrisa burlona amenaza con aparecer en la comisura de sus labios.
—¿Qué derecho tiene sobre ti?
—No sé a qué te refieres.
—En Kansas, el compromiso, ¿dónde empieza? ¿Dónde termina?
—Ah… Bueno… Primero nos hacemos novios. Ahí es donde empieza el compromiso. Después viene el compromiso. Luego el matrimonio.
—Entonces, ¿estás casada con Edward?
La música de la banda cobra impulso y el público comienza a vitorear.
—No.
—¿Estás comprometida?
—Técnicamente, no. —Aparto la mirada y me retuerzo las manos—. Me ha pedido que me case con él.
—¿Y qué le has respondido?
Lo miro a los ojos.
—No lo he hecho.
—¿Por qué?
Dios mío. Me zumban los oídos.
Sé por qué no le respondí y sé por qué no quiero responderle a Edward, porque quiero decir que no y me aterra romperle el corazón, pero más que eso, me da miedo lo que vendrá después.
Tengo miedo de quedarme sola para siempre, incapaz de dejar entrar a nadie en mi corazón.
—Es que…
Rook me rodea la cintura con el brazo, me atrae hacia él y me besa.
Ahora no hay ninguna reticencia por su parte.
Su boca se encuentra con la mía justo cuando la banda alcanza el crescendo y juro que un rayo recorre mis venas.
Siento calor y electricidad.
Rook toma el control, me hace girar y me empuja contra la pared más cercana.
Un suspiro se me atraganta en la garganta.
Me pone la mano en la nuca y presiona los dedos con fuerza contra mi cuello.
Tiene el control total, de inmediato, y yo me derrito bajo sus exigencias.
Se le escapa un gemido, el sonido vibra contra mis labios. La emoción baja desde mi ombligo, entre mis piernas.
No puedo respirar.
No quiero volver a casa con Edward. Quiero quedarme aquí, con Rook.
Enreda los dedos en mi cabello y hace que se suelten varias horquillas. Estaré hecha un desastre. Soy un caos.
Joder, déjame estar despeinada, caliente y mojada y… De repente, desaparece.
Respirando con dificultad, abro los ojos de golpe, pero mi visión tarda varios segundos en enfocar.
La boca de Rook está roja e hinchada y juraría que hay un gran bulto entre sus piernas.
Se arregla la chaqueta del traje y luego se pasa la mano por el pelo y lo alisa hacia atrás.
—Si fueras mía, Kansas —confiesa—, nadie me impediría reclamarte.
Me tambaleo.
Desaparece un segundo y vuelve con una silla.
—Siéntate. Te traeré algo de beber.
Hago lo que me ordena.
Rook se inclina y me da un beso en la mejilla. Un beso tierno. Un enorme contraste con el calor y el frenesí del beso anterior.
—Ahora vuelvo.
—Vale.
Y entonces se marcha.
Me quedo encorvada en la silla durante dos canciones más.
Una brisa fresca se cuela por las puertas abiertas del balcón y ayuda a calmar el calor que recorre mi cuerpo.
Rook me ha besado.
Me ha besado. Y después de enterarse de lo de Edward. ¡Oh, Edward!
Me inclino hacia delante y me cubro la cara con las manos.
A medida que crecíamos, Edward y yo nos hicimos más íntimos, pero casi siempre se trataba de sexo, nada sustancial, nada profundo.
Edward sabe que sufro episodios de pánico.
Que me encantan los campos de amapolas y que prefiero el pastel de calabaza al de manzana.
Es consciente de que odio hacer pan, pero me encanta comerlo.
Lo que no sabe es que a veces me quedo despierta por la noche llorando por lo que he perdido.
No sabe que a veces el agujero negro de mi pasado amenaza con tragarme.
Sé que me quieren. Que tengo suerte de tener a Em y a Henry. Pero no hay forma de darle la vuelta al hecho de ser huérfana. No hay suficientes luces navideñas que puedan ahuyentar esa oscuridad.
Me arden los ojos al pensar en lo que tengo que hacer cuando vuelva a Kansas.
Me agota solo de pensarlo. Lo único que quiero volver a la posada, quitarme este vestido y acurrucarme con Toto.
Busco a Rook entre la multitud, pero no lo encuentro por ninguna parte.
Estoy a punto de salir a buscarlo cuando un sonido agudo y discordante rompe la melodía del cuarteto de cuerda. Hay un crescendo, luego una caída, un crescendo, luego otra caída.
Una alarma.
En el salón de baile, todo el mundo se queda paralizado y, de repente, a mi alrededor todos empiezan a gritar y a correr hacia la salida.
Una mujer, con la falda del vestido entre las manos, se lanza delante de mí.
—¡Disculpe! ¿Qué está pasando?
—¡Es la alarma! —grita sin detenerse, y se funde con la multitud frenética.
—Ya sé que es la alarma —murmuro y busco una cara conocida—. Pero ¿qué significa?
No veo a Rook por ninguna parte. Ninguno de los miembros del consejo me resulta familiar. Darius y los artesanos de la luz se han ido.
¿Me quedo?
¿Sigo a la multitud?
Veo que hay una loca carrera hacia la puerta y que la gente empieza a ponerse nerviosa, empujando para abrirse paso.
Quizá sea más fácil encontrar a Rook en el exterior. Como mínimo, parece que nadie quiere estar en el salón de baile, así que probablemente lo más inteligente sea irse.
Retrocedo y salgo por las puertas abiertas del jardín hacia el balcón. Hay varios miembros del personal usando una puerta de servicio. Los sigo por unas escaleras que nos llevan a un jardín lateral.
—¿Qué está pasando? —pregunto, siguiendo a dos mujeres vestidas con largos abrigos de color berenjena.
La chica de la izquierda me mira por encima del hombro y luego vuelve a mirar.
—¡Oh! Sois vos.
—Hola. Sí, soy Dorothy. No sé qué está pasando y no encuentro a mis amigos.
—Está sonando la alarma —explica la otra chica—, y eso significa que alguien está a punto de entrar en la ciudad y podría suponer algún tipo de peligro.
—Normalmente, indica que alguien está cruzando el camino de baldosas amarillas y que debemos tener cuidado, meternos en nuestras casas y cerrar las puertas con llave —añade la primera.
—¿Ocurre a menudo?
Las chicas se miran.
—Más a menudo de lo que podríais creer —dice la de la izquierda.
—Buena suerte —me desea la otra antes de desaparecer por la parte de atrás, y me deja sola en el jardín.
Miro a mi alrededor, tratando de orientarme. Hay mucho alboroto en la parte delantera, ya que la gente sale de la mansión y busca sus carruajes.
Quizá sea mejor que yo también vaya hacia allí para intentar encontrar a Rook o a Ana. Hemos recorrido un buen trecho en carruaje para llegar hasta aquí, así que volver andando al Vagabundo Rojo parece imposible.
Sigo el camino rodeando una fuente de piedra que gorgotea. El agua fría se esparce en el aire y me moja la piel expuesta. Un escalofrío recorre mi cuerpo.
Cada vez tengo más ganas de llegar a mi habitación en la posada. Por supuesto, quiero ponerme a salvo, pero también me espera una acogedora colcha, Toto, una chimenea y Rook…
Mi pecho se llena de alegría al pensarlo. Paso junto a un seto alto.
Un crujido al otro lado me hace reducir la velocidad. ¿Es un paso sobre la grava?
A tres metros por delante, hay un hueco en el seto por donde un arco de hierro forjado conduce al interior del jardín.
Aunque la mansión sigue iluminada como una calabaza de Halloween en la noche, esta parte del jardín está a oscuras. Entrecierro los ojos, tratando de ver a través del seto, pero es imposible.
Podrían ser más miembros del servicio tratando de llegar a casa.
Seguramente, cualquier peligro que haya detrás de la alarma no habría cruzado toda la ciudad hasta llegar a la mansión en tan poco tiempo.
Doy unos pasos tentativos hacia adelante y luego me detengo para escuchar. Ahora solo hay silencio al otro lado del seto. Probablemente estaba oyendo otra cosa.
Con las manos agarradas al vestido, acelero el paso, pero cuando traspaso el arco, dos manos fuertes me agarran y me empujan hacia atrás.
—La tengo —anuncia una voz grave y ronca.