26 Dorothy #2
—Nos alimentábamos de las conservas que habíamos hecho y de nuestro ganado. A veces podíamos cocinar un guiso de pollo o de conejo, pero solo era carne y caldo. De niña odiaba las verduras, pero debo decir que un guiso no es un guiso sin zanahorias, maíz, calabaza o patatas.
»Una catástrofe tras otra hizo que las brujas culparan a la familia real y estalló la guerra.
El poder y la magia se enfrentaron. Incluso la Bruja del Oeste y el Gran Mago lucharon entre sí.
Hay muchas historias sobre su batalla, algunas a favor de él y otras le dan la ventaja a ella.
Pero todo el mundo parece estar de acuerdo en que fue su batalla, el choque de sus poderes mágicos, lo que creó la nube oscura que se cierne sobre nosotros.
—¿Él intentaba derrotarla?
Ana se encoge de hombros.
—No me corresponde a mí especular sobre las motivaciones de los magos.
El carruaje reduce la velocidad para detenerse en un cruce muy transitado. Hay varios carruajes más aquí y la mayoría de ellos se dirigen en la misma dirección.
—Cuando terminó la guerra —continúa Ana—, estábamos todos agotados. Habríamos aceptado rábanos para el desayuno, el almuerzo y la cena si eso significaba tener una fuente de alimento confiable.
El carruaje vuelve a avanzar y me tambaleo contra Rook, que mueve su cuerpo, extendiendo el brazo detrás de mí para sujetarme contra él.
Ignoro el nuevo revoloteo de mariposas en el estómago y trato de concentrarme en Ana.
—Fue entonces cuando las brujas de los puntos cardinales firmaron el tratado con el mago —continúa—.
Por mucho que lo intentaran, no podían disipar la nube oscura que se cernía sobre ellos, así que centraron su atención en crear nuevos sistemas que utilizaran la magia para producir cultivos sin necesidad del sol.
La industria renació. Volvimos a tener comida.
¡Por fin pude hacer un buen potaje! —Cierra los ojos brevemente, como si recordara el regreso del sabor y lo estuviera degustando—.
Volvimos a la normalidad. Aunque… —extiende las manos— todo ha cambiado de forma irremediable.
Y, por supuesto, nadie es inmune al atractivo del poder.
Algunos de ellos… los que están al mando… han abusado de su posición.
—¿Como la Bruja del Este? —pregunto.
—Sí. Sin duda ella es un buen ejemplo de utilizar su poder contra nosotros. Y la situación iba a peor día a día.
—¿Quién más?
—La del Oeste… bueno, su historia es complicada. —Se inclina y baja la voz—. Los lugareños la llaman malvada por algo.
—¿Qué quieres decir?
—Era hermana de la reina.
Me quedo boquiabierta.
—¿La Bruja del Oeste ayudó a derrocar a su hermana? ¿Por qué hizo eso?
Ana niega con la cabeza.
—¿Venganza? ¿Celos? Oeste era la hija mayor. Se suponía que iba a heredar el trono, pero la dejaron de lado por razones que nunca sabremos.
Tomamos otra curva. Parece que estamos saliendo de la ciudad propiamente dicha. Hay menos edificios y más casas palaciegas con jardines amplios y bien cuidados. Las calles no son tan accidentadas, pero hay el doble de peatones. Supongo que todos van de camino al baile.
—¿Y el mago? —pregunto.
Ana vuelve a centrar su atención en mí.
—¿Qué pasa con él?
—¿Ha abusado de su posición? ¿Ha utilizado su poder contra vosotros?
Rook se mueve a mi lado. Ha estado callado todo este tiempo, asimilando lo que Ana nos está contando.
Me pregunto si algo de esto le resulta familiar o si lo está aprendiendo de nuevo conmigo.
Debo admitir que me reconforta que esté tan perdido como yo.
Me siento fuera de mi elemento, pero con él a mi lado, que no sabe más sobre Oz que yo, no me siento tan sola.
Ana entrecierra los ojos mientras piensa.
—El mago es… más difícil de definir. Es mucho más poderoso que las brujas.
—¿De verdad?
Asiente.
—Es todo un enigma. Supongo que eso forma parte de su encanto. —Me guiña un ojo—. Pero, para responder a vuestra pregunta de si ha abusado de su posición. Creo que el mago es tan poderoso que, si lo hubiera hecho, nunca lo sabríamos.
Sus palabras me hacen estremecer.
El carruaje pasa por encima de una junta de piedra redondeada entre la calle y el largo camino de entrada a la Mansión del Este.
Estiro el cuello para ver mejor mientras seguimos la sinuosa curva del camino.
Los terrenos son enormes. Debe de haber diez acres entre la calle y la casa, que se alza como una reina envuelta en un manto blanco entre el cielo oscuro y los robles negros.
Varias farolas decorativas salpican los terrenos, cada una coronada con tres globos esmerilados. Las polillas y los escarabajos revolotean alrededor de las esferas de vidrio blanco como si estuvieran hambrientos de luz.
Aunque hay una fila de carruajes serpenteando por la colina desde la puerta principal, los rebasamos a todos y vamos directamente a la entrada en forma de medialuna situada frente a la casa.
Allí, una mujer vestida con un abrigo largo de color berenjena nos abre la puerta del carruaje.
El aire húmedo de la noche se arremolina con un ligero olor a carne ahumada y productos horneados.
Ana es la primera en salir, seguida de Rook, que me ofrece su mano de nuevo. La acepto mientras utilizo la otra para sujetarme la falda. Los escalones del carruaje son diminutos y no quiero que se recuerde mi entrada en esta celebración como la de la chica que se cayó de bruces.
—Gracias. —Lo miro.
—Siempre es un placer, Kansas.
Espera hasta que me mantengo firme en tierra firme y entonces me suelta.
Inmediatamente echo de menos su cercanía.
Hay algo en Rook que me recuerda vagamente a Toto. El amor de Toto es voluble, está ahí un minuto y al siguiente se ha ido. A veces se acurruca a mi lado bajo el sol de la tarde y dormimos hasta el anochecer. Otras, no consigo que se acurruque conmigo a menos que le ofrezca un filete jugoso.
No es que Rook me haya negado ningún tipo de afecto. Ni tampoco que deba mostrarme algún tipo de cariño.
Es solo que… su atención es selectiva, y me encuentro deseando más gotas de ella cuando no debería; no debería desear ni una gota.
Me quito su chaqueta y se la devuelvo, luego me coloco el vestido.
Por fin levanto la vista.
—Vaya —digo con un suspiro.
Al subir por el camino de entrada, pensaba que la casa era grande. Pero al estar frente a ella, al verla en toda su magnitud, me doy cuenta de que no es grande, es gigantesca.
La Mansión del Este podría ser, literalmente, unas veinte veces más grande que nuestra humilde granja.
Tiene tres pisos y dos alas con un balcón en el segundo piso, otro en el ala este y probablemente más en la parte trasera.
Todas las ventanas están llenas de luz y, a través de ellas, se perciben siluetas en movimiento.
Las risas se mezclan con la música, que se derraman por las puertas dobles abiertas.
—¿Te gustan las fiestas, Kansas? —me pregunta Rook, de lo que deduzco que debe haber un destello de emoción en mi rostro.
—No creía que me gustaran. Pero esto es maravilloso, y no estoy acostumbrada a muchas cosas maravillosas.
—¡Me alegro mucho de oír eso! —exclama Ana aplaudiendo—.
Si esto os impresiona, el interior os dejará boquiabierta.
Por supuesto, no puedo atribuirme el mérito de la Mansión del Este, porque se construyó hace más de cien años, pero me encuentro presumiendo de ella como si fuera la conservadora de un museo. ¡Me encanta su belleza!
—¡No te culpo!
Ella sube los escalones de piedra curvados que conducen al pórtico principal de la casa.
Bajo el techo del pórtico cuelgan gigantescas lámparas de hierro, instaladas a intervalos regulares.
A ambos lados de la puerta han colocado macetas con flores de todos los colores en altas urnas negras.
Y junto a ellas, hay dos miembros del personal cubiertos con largos abrigos a juego de color berenjena.
—Bienvenida a la celebración, preboste —dice el hombre de la izquierda y hace una profunda reverencia.
—Bienvenida a la celebración, Dorothy de Kansas —continúa la mujer de la derecha e imita la reverencia.
—Gracias por recibirme.
Aquí la música suena más fuerte, y distingo el sonido de un violinista, un violonchelista y quizá un violista. La melodía es alegre y muy oportuna. Voy a volver a casa; lo juro por mi corazón. Pero ¿hay algo malo en disfrutar de todas las cosas magníficas que ofrece esta tierra extraña?
Nerviosa, sujeto mi falda para evitar que se enrede bajo mis pies y entro.