Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 26 Dorothy
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26 Dorothy

A na corre por el Vagabundo Rojo preguntando a todo el mundo si han visto a Rook.

—¡Se suponía que debían esperar aquí! —grita y luego desaparece en el jardín.

No quiero preocuparme, sin embargo, Rook es un adulto que no tiene recuerdos y está claro que alguien está intentando matarlo. Henrietta nos advirtió que el Hombre de Hojalata anda cerca; ojalá le hubiera preguntado cuán cerca está.

¿Un día de viaje? ¿Dos? ¿Una semana? Ni siquiera sé qué tamaño tiene realmente Oz y cuánto tiempo se tarda en ir de un extremo al otro.

Mientras Ana se encarga de los preparativos, yo espero junto al mostrador de recepción porque me da miedo sentarme, moverme o, literalmente, hacer cualquier cosa que pueda estropear el precioso vestido que me han regalado.

Ana, que ya ha pensado en toda la logística, ha quedado con un equipo de peluquería y maquillaje en la tienda de vestidos para que me acicalaran mientras las tres costureras terminaban el vestido.

Cuando ahora veo mi reflejo en una vitrina de cristal junto al mostrador, no quiero parecer vanidosa. Nunca he prestado mucha atención a mi aspecto, mi pelo o mi maquillaje. Pero lo que los estilistas de Oz han sido capaces de hacer en tan poco tiempo…

Jamás me había sentido tan guapa.

La maquilladora me ha pintado los ojos con un efecto ahumado, haciendo que mis ojos azules parezcan aún más azules. Me ha depilado las cejas y me ha cubierto los labios con un pintalabios rojo brillante que combina perfectamente con el vestido.

Me han trenzado, retorcido y recogido el pelo. Debido al corte del vestido, el peinado deja mis hombros al descubierto. Me siento desnuda y no puedo dejar de tirar del corpiño hacia arriba, tratando de subirlo más.

Se oye un ruido justo detrás y las puertas del jardín se abren de golpe. El suelo de madera cruje bajo unos pasos decididos.

—¡Voy a matar a Fink! —Ana regresa al comedor con aspecto agotado y muy enfadada.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Remy me ha dicho que Fink ha dejado solo a Rook y que este se ha marchado poco después.

—¿Remy ha dicho hacia dónde se ha ido?

—No, pero no quiero que os preocupéis. —Ana se retuerce las manos y luego se acerca para apretar las mías.

Me sorprende que su agitación haya desaparecido de repente.

La rapidez de este cambio en su comportamiento me hace pensar que debe tener experiencia en mantener a la gente tranquila.

He visto a Em hacer esto a veces cuando ayudaba al médico local en las visitas a domicilio.

Em no solo es una gran artista, también es una sanadora.

No cura con gasas, antisépticos o suturas, sino con su voz, su calidez, su forma de saber exactamente lo que necesitas para mantener la calma.

Un jersey, una manta, un peluche, una taza de té caliente.

De repente, me invade la nostalgia por ella. Ella sabría qué hacer en esta situación. Siempre sabía cómo controlar el caos con firmeza.

—Estoy segura de que lo encontraremos —continúa Ana.

Considero hablarle sobre la visita a Henrietta, contarle lo de la advertencia sobre el Hombre de Hojalata, que está más cerca de lo que pensamos, que quiere matar a Rook. Pero recordar todo eso me hace pensar inmediatamente en su otra advertencia.

No puedo enamorarme de Rook. No lo haré. Es una idea ridícula.

Por un lado, no pertenezco a este lugar. Por otro, apenas lo conozco.

En tercer lugar, tengo a Edw…

—Kansas.

Al oír el apodo en sus labios, siento cómo se me corta la respiración.

Me giro al oír su voz.

—¡Rook! —Cruzo la habitación antes de poder pensarlo mejor. Un segundo después, lo estrecho entre mis brazos—. Estaba preocupada por ti.

—No hace falta, Kansas. No me he metido en demasiados problemas. —Se ríe sobre mi cabeza, y el sonido resuena en su pecho.

—¿Dónde estabas? —pregunto, tratando de no parecer una novia posesiva si no una amiga preocupada.

—Estaba aburrido. —Me sonríe cuando finalmente me separo de él—. He salido a dar un paseo.

—Fink no debería haberle dejado solo. —Ana se acerca a nosotros.

—Puede que Fink también estuviera aburrido. Pero no importa. Ahora estoy aquí.

Ana chasquea la lengua, pero asiente con la cabeza al verlo.

—El traje le queda bien. Y mirad, su corbata combina con el vestido de Dorothy.

Doy un paso atrás y Rook por fin me estudia de arriba abajo.

Recorre mi cuerpo con la vista y se me pone la piel de gallina en los brazos desnudos.

Todos los sonidos del edificio se reducen a un susurro.

La forma en que Rook me estudia ahora… no puede considerarse solo una mirada…

Me está contemplando.

—Kansas —susurra—. Tu belleza podría encandilar a un ejército.

Mi corazón late con fuerza en mis oídos.

—Gracias.

Da un paso hacia mí.

No voy a enamorarme de él.

—Tú también estás muy guapo.

Los latidos de mi corazón hacen que la voz me salga temblorosa.

Me aclaro la garganta, entrelazo las manos y rezo a Dios para poder controlarme. Esto es una tontería. Me estoy comportando de una forma muy tonta. Me siento como una chica de dieciocho años que se ha emborrachado y ha terminado revolcándose en el granero con el chico de al lado.

No me enamoraré de este hombre. No puedo permitírmelo.

Rook me coge de la mano. Su agarre es firme, pero tiene los dedos fríos. Me dobla los nudillos y acerca la boca. No desvía la vista en ningún momento. Hay una intensidad en sus ojos verdes que me recuerda la sensación que se apodera de mí cuando se acerca un ciclón.

Entonces, me besa los nudillos.

Es un beso que se prolonga durante una hora. Un beso que se evapora en un segundo.

Pero no puedo respirar.

—¿Vamos? —Ana se apresura hacia la puerta y la abre de un tirón.

Entra una ráfaga de viento que hace que se agiten y se arruguen unos cuantos folletos pegados a la pared junto a la puerta principal.

Mientras el fuego de la chimenea resopla, siento calor por todas partes y me estremezco.

—Toma. —Rook se quita la chaqueta del traje y me la pone sobre los hombros. Su calor me envuelve, su aroma me rodea.

Madera de cedro, bálsamo y la dureza cortante de la nieve.

—¡Vamos a llegar tarde!

Parpadeo para salir de mi estupor.

—Espera, se me ha olvidado ir a ver cómo está Toto.

—Yo lo haré —dice Remy desde detrás del mostrador—. Me aseguraré de que tenga agua fresca y comida.

—Gracias, Remy. Y si se pone de mal humor contigo, dile que le ordeno que se porte bien.

Remy se ríe.

—Haré todo lo posible para que no me coma.

Me río a carcajadas, pensando que es una broma. Pero ninguno de ellos se ríe, como si pensaran que Remy habla en serio.

—No te va a comer —aseguro, por si acaso piensan que lo hará.

Todos se miran y entonces Ana da una palmada.

—Muy bien. ¡Pongámonos en marcha! El carruaje nos espera.

Nunca había viajado en un carruaje como este.

Cuando era pequeña, Henry y Em tenían un coche de segunda mano que apenas podía considerarse un automóvil.

Cada bache nos hacía volar. Los frenos eran temperamentales, por lo que siempre teníamos que ir despacio.

Y había una grieta en el techo que hacía que cualquier día que no fuera soleado resultara un gran inconveniente.

No fue hasta mi adolescencia cuando Henry finalmente se dio el lujo de comprar una camioneta nueva. Entonces, todo cambió; nos sentíamos como reyes.

Pero, aunque en Kansas un carruaje sería un paso atrás respecto a la camioneta, de alguna manera aquí me parece un avance. Como si realmente fuéramos de la realeza.

El exterior del carruaje está lacado en negro y las ruedas están pintadas de verde. El cochero se sienta en el banco de arriba, donde sujeta las riendas de dos gigantescos caballos negros.

Rook me tiende la mano para ayudarme a subir.

El interior es muy lujoso; está revestido de terciopelo verde con asientos de cuero enfrentados.

El cuero es flexible y lo noto suave al tacto cuando me acomodo en el asiento trasero.

A mi lado, un pequeño aplique de cristal parpadea con una luz dorada que ayuda a disipar esa sensación de aprensión siempre presente bajo el cielo oscuro y ominoso de Oz.

Ana se sienta en la parte delantera del carruaje, mientras que Rook se acomoda a mi lado. La preboste da un golpecito en el techo y el cochero chasquea la lengua, espoleando a los dos caballos para que avancen.

—¿Cuántas personas habrá en la celebración? —pregunto mientras el carruaje gira hacia la siguiente calle.

—Oh, muchas. Cientos. —Ana mira por la ventana mientras pasamos por delante de una casa de dos pisos con un pórtico de piedra—. Hace mucho tiempo que Valle no tiene motivos para celebrar nada. Solíamos celebrar bailes cada temporada. Nos encantaban las buenas fiestas.

Es imposible no notar la nostalgia en su voz.

—¿Qué pasó? —pregunto.

—Bueno, la guerra, por supuesto.

Juego nerviosa con mi falda.

—¿Cuánto tiempo hace de eso? De la guerra. ¿Fue antes de que nacieras?

—Oh, no. —Ana se aleja de la ventana y se recuesta en el banco de cuero—. Tenía catorce años cuando los dioses desaparecieron y dieciséis cuando estalló la guerra.

—¿Cómo fue cuando desaparecieron los dioses?

El carruaje se detiene cuando un grupo de niños cruza la calle con piruletas de espirales moradas.

—Al principio… —Ana deja la frase en el aire, con la mirada suave y perdida—.

Al principio no pasó nada. Había silencio.

Quietud. Como si hubieran robado todo el aire del mundo.

Luego llegaron las inclemencias atmosféricas: inundaciones catastróficas, tormentas de hielo, ciclones…

Un día hacía un calor sofocante y al siguiente todo estaba cubierto de nieve.

Mucha gente comenzó a emigrar en ese momento, tratando de escapar del clima.

Pero todas esas personas regresaron rápidamente, informando de que solo habían encontrado desierto en todas direcciones. Nadie ha podido atravesarlo.

El conductor levanta las riendas y los caballos avanzan con paso firme.

—Hubo años en los que la cosecha fue tan mala que pasamos hambre.

Ana se ríe, pero no hay humor en su risa.