25 Espantapájaros
E stoy aburrido; hace horas que Kansas se ha ido.
Cuando nos hemos separado, me han llevado a una tienda para caballeros en la zona norte de la ciudad. Me han tomado las medidas para hacerme un traje, pantalones y una chaqueta. Les gustaba más que fuera todo de negro.
¿Quién soy yo para discutir con la perfección? Les detengo cuando mencionan la corbata negra.
—¿No deberíamos probar con un poco de color? —sugiero.
Fink es el concejal de bigote poblado y gafas redondas que me ha llevado a la tienda para caballeros. Allí me han atendido Brem y Urma, una pareja de hermanos famosos por sus diseños de ropa masculina. Brem huele a vodka y desesperación. Urma a aceite y arrepentimiento.
Pero cuando están juntos, trabajando en su oficio, huelen a estrellas y encanto.
Brem saca tres corbatas estampadas, todas ellas en tonos berenjena.
—Esas no. Esa. —Señalo una que cuelga al final del expositor.
Se miran el uno al otro. Es Urma quien la coge y me la coloca alrededor del cuello.
La ata con movimientos rápidos y precisos.
Sus dedos son largos y están llenos de cicatrices.
Podría tener la edad adecuada para haber luchado en la Gran y Terrible Guerra Terrible.
Eso explicaría el olor a aceite y arrepentimiento.
Nos reunimos para admirar mi reflejo.
Las cejas de Fink se arrugan bajo la montura de sus gafas.
—No son colores propios de Valle.
En este lugar están obsesionados con la formalidad. Solo se permite el morado y el verde. No los culpo. Es una combinación de colores fabulosa.
—Me gusta el rojo —digo.
Fink asiente.
—Muy bien. Que sea roja.
Una vez formalizado el atuendo, Fink y yo regresamos al Vagabundo Rojo. Esperamos junto al fuego a que regrese Kansas.
Mientras espero, picoteo frutos secos de un cuenco. Está lleno de anacardos, cacahuetes, nueces y pistachos. Yo prefiero las nueces pecanas. A ser posible confitadas.
Fink mueve la rodilla debajo de la mesa. En este momento, está bebiendo un vaso de ozrum .
—¿Estás bien? —pregunto.
Saca un reloj de oro del bolsillo interior de su chaleco. Comprueba la hora.
—Aún faltan algunas horas para que empiece el baile, pero tengo que ocuparme de un asunto antes y le he prometido a Ana que no le dejaría solo.
—Seguro que no tardarán en llegar —respondo mientras me meto un anacardo en la boca. Fink mira hacia la puerta. Da otro sorbo a su ozrum . Comienza a mover la rodilla con más fuerza.
Por lo que he podido deducir, Fink es el siguiente en la línea de sucesión para el puesto de preboste. Sospecho que considera que estar conmigo es como hacer de niñera e, independientemente de cómo lo llame, ambas cosas están por debajo de su dignidad.
—¿Sabes? —digo mientras muerdo una nuez—. Ya soy mayorcito. Seguro que puedo entretenerme solo si quieres irte.
Por fin me mira.
—Me han ordenado que me quede a su lado.
—Mmmm…
—¿Qué? —Entrecierra los ojos.
—¿Es que no confían en ninguno de los dos?
Frunce aún más.
—¿Qué quiere decir?
—A ti te dan instrucciones explícitas, como si no pudieras valerte por ti mismo, y a mí me ponen un guía, como si no pudiera encontrar mi propio camino. —Se abre la puerta principal. Entra una brisa fresca. No es Kansas.
Me vuelvo hacia Fink.
Hay algo más en este hombre que me hace cuestionarlo. Quizá sea el bigote. Una barba podría soportarla, pero ¿un bigote?
No lo ha dicho abiertamente, pero he notado que cuando Kansas está cerca, parece más voluble. No sé si se cree del todo que Kansas es la gran liberadora que todos consideran.
Y la forma en que está valorando mi desafío, cuestionando los motivos de unos vagos «ellos», cuando en realidad me refiero a Ana y él lo sabe, me lleva a creer que tampoco es del todo leal a la líder de Valle.
—Tiene razón —dice—. Siempre me está rechazando. —Ahí lo tenemos—. Tengo cosas mejores que hacer esta noche que cuidar a un hombre sin recuerdos. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendes. —Aunque sí me irrita un poco.
—¿Vasa esperar aquí a que regresen? —pregunta.
—Por supuesto. El fuego me da calor y los aperitivos están buenos. ¿Qué más puede desear un hombre sin recuerdos?
Asiente moviendo la cabeza y se termina el último sorbo de ozrum .
—Si está seguro…
—Por supuesto.
—De acuerdo. —Empuja la silla hacia atrás—. Que pase buena noche. —Y se marcha.
Cuento hasta diez. Cojo un puñado de nueces. Y sigo al hombre atravesando la puerta.
Fink es al menos treinta centímetros más bajo que yo, pero se mueve con rapidez.
Cuando sale del Vagabundo Rojo, gira a la derecha y se adentra en el corazón de la ciudad.
Mantengo una distancia de al menos diez pasos entre nosotros, pero él no se preocupa por lo que hay detrás de él y está claro que nunca se le ha pasado por la cabeza que alguien pueda seguirlo.
Imprudente. Ingenuo.
Al final de la estrecha calle, llegamos a otra plaza donde veo una estatua en el centro.
Representa a una mujer con un vestido ondulado, blandiendo una varita con la que apunta al cielo.
No hay altar junto a esta estatua, ni velas titilantes.
De hecho, al pasar por debajo, veo varios grafitis a sus pies.
En su zapatilla izquierda alguien ha pintado «Malvada» con espray.
En su pantorrilla, «Bruja codiciosa». En su pie derecho hay una B gigante rodeada por un círculo.
Esta debe de ser la Bruja del Este. Está claro que esta gente la odia y ama al mago.
Bien por él.
Fink se dirige hacia el norte desde la estatua, lo que nos lleva de vuelta al camino de baldosas amarillas.
Aquí las tiendas están ya a oscuras y han puesto el cartel de «Cerrado» colgado en las puertas.
Todo el mundo se va temprano al baile. La celebración está en boca de todos los que nos cruzamos.
Cuando las tiendas se vuelven más escasas y son sustituidas por las casas bajas de los lugareños, aumento la distancia entre nosotros. Con menos gente por aquí, mi presencia es más fácil de percibir.
El camino de baldosas amarillas aparece a la vista y Fink finalmente llega a su destino: la caseta de vigilancia.
Es un edificio de tres pisos construido con piedra negra.
La entrada es una puerta doble con un nicho arqueado también de piedra.
La madera de la puerta principal es gruesa y está reforzada con hierro, además hay barras metálicas a juego en las ventanas.
Todos los huecos están cubiertos con pesadas cortinas, pero se percibe luz en todas las habitaciones que dibujan siluetas que van y vienen.
Es un edificio muy concurrido.
Afortunadamente, Fink da la vuelta hacia la parte trasera, donde un guardia está fumando un cigarrillo.
El humo se mezcla con la luz plateada que proyectan las farolas. Me acerco poco a poco, pegándome a las sombras del edificio más cercano.
Fink enciende su propio cigarrillo con un giro de su mechero, luego exhala el humo con rapidez.
—¿Han visto algo los exploradores?
El guardia sacude la ceniza del cigarrillo.
—Está a unas dos horas.
— Crice … —murmura.
—Sí —conviene el guardia.
Crice era un dios cardenal. El dios del sur. A veces su nombre se utiliza como maldición. De todos los dioses, Crice era el más voluble.
—De todas las noches posibles… —comenta Fink y da otra calada a su cigarrillo.
—La celebración podría facilitar las cosas. Todas las personas importantes estarán allí, incluida la chica.
La chica. «Kansas».
Fink asiente y exhala el humo por la nariz.
—Tenemos que asegurarnos de que no suene la alarma cuando llegue. Perderemos el factor sorpresa.
—Haré todo lo posible. —El guardia tira el cigarrillo y aplasta la ceniza con la suela de la bota—. El capitán me está pisando los talones esta noche. No va a ser fácil.
—No tiene por qué ser fácil. Oeste nos paga por nuestro trabajo, no por la dificultad de la tarea.
El guardia mira al hombrecillo como si fuera tonto. Y sí que lo es.
—Cuando llegue el Hombre de Hojalata —le recuerda el guardia—, me aseguraré de acompañarlo directamente hasta la chica. Con alarma o sin ella. Para eso me pagas.
Fink hace un gesto burlón, pero hay una clara discrepancia de poder entre estos dos hombres, y no está dispuesto a presionar más al guardia.
Fink puede tener un rango más alto, pero el guardia podría destripar al miembro del consejo haciendo un rápido giro con la espada.
Y sería capaz. Lo sé con solo mirarlo. Es un oportunista.
Un bastardo codicioso y un poco sanguinario.
—Bien. ¿Sabes el número definitivo de guardias que vigilarán en el baile?
—Trece en total. Seis están de nuestro lado.
—Bien. Muy bien. —Fink lanza el cigarrillo a los arbustos—. Me aseguraré de que la chica se quede en la celebración.
—Hazlo.
Fink da media vuelta y se apresura en volver al camino.