Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 24 Dorothy
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24 Dorothy

E l alma? —repito.

Pero Henrietta cierra los ojos y murmura algo para sí misma, con el ceño fruncido y las cejas cada vez más hundidas.

Después de varios minutos, abre los ojos de golpe.

—No hay nada más que contar —dice.

—Pero… —empiezo a decir.

—Váyanse —ordena, ignorando mi pregunta y acompañándonos a la salida.

Nos lleva de vuelta a través de la cortina vaporosa hasta la parte principal de la tienda. Me siento decepcionada, pero Rook parece imperturbable. Yo quería saber algo más. Quería respuestas. No advertencias nebulosas y proclamaciones confusas.

Rook se acerca a la puerta principal, la abre y suena la campana.

Me dispongo a seguirlo, pero Henrietta me agarra de la muñeca y tira de mí hacia atrás.

—Un momento a solas con la chica.

Rook entrecierra los ojos.

Frunzo el ceño. ¿Es esto algún tipo de truco?

—No tengo dinero. El dinero era suyo y ha dicho que…

—Va por cuenta de la casa.

Una semilla de emoción florece en mi pecho. Quizá ella me diga cómo llegar a Kansas y no tenga que atravesar el resto de esta tierra maldita. No tendré que rogarle al mago que me reciba.

—¿Me esperas fuera? —pregunto a Rook.

—Por supuesto. —Sale por la puerta y me deja sola—. ¿Qué ha…?

—¿Ya se ha enamorado de él? —me interrumpe Henrietta

—¿Qué? —La palabra sale en forma de grito mezclado con una risa nerviosa—. Lo siento. Si él y yo… acabamos de conocernos.

Henrietta arquea una ceja.

—No juzgo los plazos en el amor. —Mi entusiasmo se desvanece. Esto no tiene nada que ver con mi hogar.

De hecho, empiezo a dudar de todo lo que le ha contado a Rook, porque parece tan inverosímil como un cuento de hadas.

—No somos amantes —aseguro. Aunque técnicamente lo he besado y técnicamente he sentido deseo por este hombre hasta cuando comía una maldita frambuesa.

Henrietta me aferra el otro brazo con los dedos como si fueran los dientes de una tenaza. Ahora que nuestra piel está en contacto, siento el calor de su contacto y, sin embargo, me estremezco.

—Una advertencia. —Se inclina hacia mí y baja la voz—. El suyo es el tipo de amor que cambia el viento y rompe las estrellas. —Su intensidad prácticamente vibra en mi brazo—. El suyo es el tipo de amor que enciende todo lo que toca.

Un escalofrío me recorre la garganta y me roba el aliento.

Miro por encima del hombro hacia las ventanas de la parte delantera de la tienda, donde Rook espera fuera. Sonríe a un grupo de lugareños que pasa por delante y varios de ellos se miran entre sí y se susurran algo antes de reírse, con la mirada fija en él mientras desaparecen de mi vista.

Hay una voz en lo más profundo de mi mente que me dice que no puedo enamorarme de este hombre enigmático cuando ni siquiera sabe quién es, cuando podría ser cualquiera con un pasado sórdido .

«Y, aparentemente, sin alma».

Pero hay otra voz, una que no es tan tímida, una que es audaz y atrevida, que dice: «¿Por qué no?».

¿Por qué tengo que hacer siempre lo seguro y predecible?

Como si pudiera sentir mi atención, Rook se vuelve hacia mí y capta mi mirada a través del cristal. Su sonrisa se extiende por toda su cara y me guiña un ojo.

Una emocionante energía prácticamente vibra en la punta de mi lengua.

Podría ser cualquiera, pero también podría ser mío.

Eso es, si creo en la fortuna y en las predicciones del futuro.

Si creo en el amor que enciende. No estoy segura de hacerlo.

Incluso Henry y Em, que se aman más profundamente que nadie que haya conocido, no poseen ese tipo de amor que lo consume todo.

Su cariño es suave, tranquilo y hermoso. No hay nada destructivo en él.

Me vuelvo hacia Henrietta.

—Creo que se equivoca.

—No me equivoco —insiste.

—Ni siquiera soy de aquí. Voy a volver a Kansas. Regresaré con mi tía y mi tío, me iré a casa.

Ella inclina la cabeza a un lado.

—¿De verdad?

—Sí. Y allí tengo a alguien.

—¿De verdad?

—Sí —repito con más fuerza. Pero incluso mientras lo digo, no me parece cierto. Iba a aceptar la propuesta de matrimonio de Edward antes de que el ciclón azotara la granja, pero una parte de mí se siente aliviada de no haber tenido la oportunidad.

—Puede negarlo todo lo que quiera —dice Henrietta, pero puedo leer entre líneas—. Aunque, si lo hace, será bajo su propia responsabilidad.

—Tendré cuidado —digo solo para tranquilizarla. Quizá para tranquilizarme a mí misma. No puedo quedarme en esta tierra extraña y enamorarme de un hombre cualquiera que no tiene recuerdos. Aunque sea ridículamente guapo y encantador.

Henrietta me deja marchar.

Corro hacia la puerta, pero antes de que pueda escapar, Henrietta me lanza una última advertencia.

—Y tened cuidado también con el Hombre de Hojalata.

—Espero no estar destinada a enamorarme también de él —replico con una sonrisa.

La mujer no dice nada.

Nos miramos con intensidad durante varios segundos largos y silenciosos y luego ella desaparece tras la cortina, la tela la envuelve con un susurro de aire.

—¿Y bien? —pregunta Rook, poniéndose a mi lado. Avanzo rápido sin rumbo fijo. Solo necesito escapar.

Rook camina sin prisa, aunque no le cuesta mucho esfuerzo seguirme el ritmo.

—Lo siento, pero creo que podría ser una impostora.

—¿Por qué?

—Porque sí.

¿Cómo le explico todo lo que me ha contado Henrietta sin que parezca que estoy completamente loca? O tal vez piense que estoy mintiendo para justificar mis acciones de anoche, cuando lo besé.

O peor aún, ¿y si la cree a ella?

—Kansas… —Su tono es incisivo y ligeramente decepcionado. Dejo de caminar. Ahora estamos en el parque, con el Mago de Oz acechándonos. La luz de las velas del altar parpadea a nuestro alrededor. El hombre que vendía varitas mágicas se ha ido, sustituido por un carrito que ofrece palomitas de maíz.

Decido que no le voy a contar la advertencia sobre nosotros.

No hay ningún nosotros. De hecho, es una idea ridícula.

—Solo ha reiterado su advertencia sobre el Hombre de Hojalata. ¿Has oído que ha dicho que está cerca?

—Sí.

—¿No te preocupa?

—La verdad es que no.

—¿Por qué?

Se dirige al carrito del vendedor y le entrega una moneda de plata a cambio de una bolsa de papel con palomitas. Come mientras camina.

—Me ha dicho que él me ama.

Intento no poner los ojos en blanco.

—Te quiere, pero te quiere muerto.

—El amor siempre gana.

—¿De verdad?

Lanza al aire una palomita de maíz y la atrapa con la boca.

—Sí.

Ahora sí que pongo los ojos en blanco.

—Eso es una tontería.

Pasamos junto a dos lugareños, un hombre y una mujer. El hombre le susurra algo a su compañera y ella mira a Rook con los ojos muy abiertos. Se abrazan y vuelven a susurrarse unas palabras cuando giramos por la siguiente calle.

—Empiezo a pensar que todo el mundo está enamorado de ti —murmuro.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

Me sonríe por encima del hombro y sigue caminando.

Cuando regresamos a la posada de Remy, encontramos a Ana y a otro miembro del Consejo esperándonos. Rook y yo vamos a probarnos la ropa nueva para la celebración de esta noche.

Nos separan, ya que las tiendas están en dos extremos diferentes de Valle. El otro miembro del consejo guiará a Rook. Ana me coge del brazo y me lleva con ella.

Charla conmigo mientras andamos. Me cuenta la historia de Valle; antes era una ciudad sin importancia hasta que el mago y las brujas de los puntos cardinales construyeron el camino de baldosas amarillas.

Ahora es el corazón del Este, y casi nadie lo atraviesa sin pasar por Valle Resplandeciente, ya que lo cruza el camino de baldosas amarillas.

Ya en la tienda de ropa, me esperan tres jóvenes con cintas métricas alrededor del cuello, alfileteros atados a las muñecas y un ejército de percheros llenos de vestidos a sus espaldas.

Me ofrecen una copa de champán y luego me guían hasta un pedestal elevado mientras las mujeres se ponen a trabajar.

Me toman las medidas. Conversan sobre qué color me favorecería más (el rojo), qué corte de vestido se ajustaría mejor a mi cuerpo (un vestido de gala), qué largo se adaptaría mejor a mi altura (hasta el suelo).

Una hora más tarde, estoy de pie en el pedestal embutida en un modelo de color rojo intenso con una falda con un vuelo enorme y el corpiño bordado con joyas.

—Esto debe de costar una fortuna. —Me giro hacia la izquierda, luego hacia la derecha, analizando cada centímetro del vestido en el reflejo del espejo de cuerpo entero.

Sujeto la falda con delicadeza, la levanto para girar y las zapatillas plateadas brillan intensamente contra el rojo.

Por algún designio milagroso, el vestido me queda perfecto, se me ciñe a la cintura y con la falda abullonada se ensancha desde las caderas.

Las joyas que han cosido al corpiño se encuentran también salpicadas por toda la falda, y son plateadas, como las zapatillas, por lo que me recuerdan a una constelación de estrellas.

—Nuestra gran y poderosa libertadora no tiene que preocuparse por el precio —dice una de las costureras.

—Ojalá todo el mundo dejara de llamarme así.

—Pero es la verdad —interviene Ana.

—Solo estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado. —O en el lugar equivocado, según se mire.

La más alta de las tres mujeres comprueba cómo se ajusta el vestido a mi espalda.

—Somos libres gracias a vos. Habéis hecho una gran hazaña por todos nosotros.

—Aun así, no puedo aceptar este regalo. —Aunque realmente me gustaría. Nunca he tenido nada tan elegante. Hasta ahora, toda mi ropa ha sido de segunda mano o hecha a mano.

¿A dónde habría ido con un vestido así? En la zona rural de Kansas no hay bailes. Lo más parecido que tenemos es la fiesta de la cosecha.

Levanto la falda y doy otra vuelta, admirando la artesanía, la belleza de la prenda. No me siento yo misma con él puesto. Me parece que el reflejo en el espejo es el de otra persona.

Y, por alguna razón, eso me da ganas de llorar.

Es un recordatorio de la vida a la que voy a volver, y también de la que quiero pero no tengo.

La vida que anhelo es… diferente. No es cosechar. No es diseñar mis propios vestidos con retales.

Se me acelera la respiración. Quiero volver a casa. Necesito volver a casa ya. Em y Henry me estarán esperando y les debo estar allí para ayudarles.

Ana se da cuenta de que tengo los ojos llenos de lágrimas y lo malinterpreta.

—¿No os gusta?

—Me encanta —respondo, casi en un susurro.

—¿Entonces?

—Es que… —Mi primer instinto es decir que no me lo merezco, pero ¿por qué no vamos a merecernos todos sentirnos guapos? ¿Estar adornados con arte?—. No puedo… —me oigo decir en su lugar, y contengo las lágrimas.

Pero la costurera más cercana a mí, la que lleva una chaqueta gris carbón y brillantes esmeraldas en las orejas, me aprieta la mano.

—Por favor, Dorothy, insistimos.

Todas asienten al unísono. Y queda decidido.

El precioso vestido rojo de gala, que debe de costar más que la granja de mis tíos en Kansas, es mío.