23 Dorothy
A ntes de visitar a la adivina, voy a ver cómo está Toto y lo encuentro exactamente en el mismo lugar donde lo he dejado. Parece feliz de quedarse durmiendo todo el día, así que lo dejo tranquilo.
Rook me está esperando delante de la posada, apoyado contra el edificio, con una pierna cruzada sobre la otra a la altura del tobillo. Está devorando un melocotón fresco.
—Acabamos de desayunar —comento—. ¿Todavía tienes hambre?
—Estoy hambriento desde que me encontraste. Parece que no me sacio. —Da otro mordisco y una gota de jugo le corre por la barbilla. Se la limpia con la yema del pulgar y se la chupa.
Tengo que dejar de mirarlo; todo lo que hace me parece ridículamente sexy . ¿Quién hubiera pensado que comer fruta podía resultar tan excitante?
Caminamos en dirección a la estatua del mago.
Se alza sobre el horizonte de la ciudad como un faro.
No tardamos mucho en llegar. La gente ya se ha reunido alrededor del altar, donde han encendido velas y rezan en silencio.
Recuerdo que Ana me habló de los dioses de los puntos cardinales y su desaparición, y no puedo evitar preguntarme si este altar estuvo dedicado a ellos en algún momento.
En la esquina opuesta, un hombre está de pie junto a una carretilla llamando a la gente que pasa.
—Compren aquí la varita del Mago de Oz. Una réplica exacta del instrumento mágico que llevaba el gran y poderoso hombre.
Miro al mago mientras pasamos por debajo de su estatua.
—¿Recuerdas algo sobre el Mago de Oz?
Rook da el último mordisco al melocotón.
—Me parece conocerlo como conozco los cuentos de hadas de mi infancia. —Tira los restos de la fruta a un cubo de basura cercano.
—¿Más mito que hombre?
—Exactamente.
Giramos a la izquierda por la siguiente calle, en dirección sur por el Callejón Olligan, tal y como nos han indicado.
Aquí hay varias tiendas y restaurantes, y la calle está muy concurrida. ¿Valle Resplandeciente siempre ha estado tan lleno de energía o la presencia de la bruja los había hecho más sumisos y solo ahora se sienten libres para vagar y divertirse?
—¿Estás nervioso? —pregunto a Rook cuando vemos el cartel de El Espejo Mágico de Henrietta.
—No especialmente. ¿Debería estarlo?
—No lo sé. ¿Quizá? ¿Y si descubres que eres una mala persona?
Su risa rebota en los edificios que nos rodean.
—¿Te parezco un chico malo, Kansas?
—No. Pero tampoco te conozco desde hace mucho.
Lo miro, sintiéndome pequeña a su lado, aunque tiene casi la misma altura y complexión que Edward.
—Tenemos eso en común. Yo tampoco me conozco desde hace mucho.
Ahora me toca a mí reírme. Y mi risa parece divertirle.
Nos detenemos en la puerta de la tienda de Henrietta. Un cartel pintado a mano se balancea en un gancho de hierro sobre nosotros y hace crujir el metal.
—¿Preparado?
—Sí. —Rook agarra el pomo de latón de la puerta y lo gira.
La parte delantera de la tienda es pequeña y está separada de la parte trasera por una vaporosa cortina morada que brilla al moverse.
Nuestros pasos son silenciosos sobre la gruesa alfombra tejida a mano.
La música suena a través de un viejo gramófono situado en una mesa a nuestra izquierda.
Encima, hay un cuadro pintado a mano que dice «El Espejo Mágico de Henrietta» con un tipo de letra que me recuerda a un circo.
Rook ve una campana de latón sobre la mesa y la toca con el dedo índice.
La campana suena.
—¡Ya voy! —dice una voz desde el fondo.
Unos segundos más tarde, se abre la cortina y aparece una mujer. Lleva un mono vaquero sobre una blusa burdeos con volantes. Dos largas trenzas le caen sobre los hombros. Su cabello es del color del maíz en verano, con sutiles mechas grises.
Edward y yo visitamos una vez a una adivina en el festival de la cosecha hace unos años. Yo no creía demasiado en ello y Edward tampoco, pero nos parecía divertido entretenernos con la idea de que alguien pudiera arrojar luz sobre nuestro futuro cuando todo parecía tan abierto.
No recuerdo el nombre de la mujer, pero llevaba un chal bordado con cuentas de cristal. De sus orejas colgaban unos pendientes gigantes de topacio y lucía tres collares de oro superpuestos unos sobre otros.
Era mucho mayor que Henrietta, con muchas arruguitas en las esquinas de los ojos y las manos llenas de manchas por el sol.
Le dijo a Edward que estaba destinado a alcanzar el éxito como hombre de negocios y a mí que iba a tener cinco hijos.
No se me escapó el detalle de que a Edward le tocaba una carrera profesional y a mí un papel doméstico, como si la mayor aspiración de cualquier mujer fuera ser madre.
Tenía muchas amigas que solo querían eso, y no las culpaba por ello.
Pero en el fondo, dudaba de que ese camino fuera el adecuado para mí.
Y la idea de admitir ante alguien que no quería tener hijos me hacía sentir culpable y tal vez incluso avergonzada.
Como si no tener hijos fuera de alguna manera una traición.
Edward era el más escéptico cuando entramos en aquella tienda, pero cuando salimos se había convertido en un fervoroso creyente. Claro que sí, estaba consiguiendo todo lo que quería.
Decidí no creer a aquella adivina. ¿Qué me pasará con esta?
Tiene un aspecto modesto, como si no se esforzara mucho para que la creyeran y dejara que fuera el cliente quien juzgara.
Y, de alguna manera, eso me hace confiar más en ella.
—Hola —dice—. ¿En qué puedo ayudarles?
Señalo a Rook con la cabeza.
—No recuerda quién es.
La mujer lo examina. Él se queda quieto, con las manos en los bolsillos del pantalón, como si estuviera encantado de ser su espécimen.
—¿Y quieres descubrir quién eres?
—Estoy dispuesto a ello —responde él—. Ojalá pueda arrojar algo de luz.
—Por supuesto. Cobro cien cuts por lectura.
Hago una mueca.
—Oh. Claro. Lo siento. No tenemos nada…
Rook saca la mano del bolsillo y muestra un montón de monedas. La mujer las coge.
—Síganme. —Desaparece detrás de la cortina.
—¿De dónde has sacado ese dinero? —susurro.
—¿De verdad quieres saberlo? —pregunta él con los ojos brillantes bajo la luz difusa de la tienda.
¿Es eso una especie de desafío? ¿Está sugiriendo que no quiero saberlo?
—¿Quizá?
—Eso suena como una pregunta, Kansas, no como una respuesta. —Me guiña un ojo y se desliza a través de la cortina.
Resoplo frustrada. Este hombre me sorprende a cada paso.
¿Lo odio?
Con Edward era fácil. Siempre sabía lo que pensaba. Siempre sabía lo que quería. Siempre sabía qué esperar.
Con Rook, todo es impredecible. No consigo entenderlo en absoluto.
¿Me molesta? No creo que sea así.
Si esto es un reto, entonces voy a aceptarlo.
Abro la cortina y sigo sus pasos.
No hay ventanas en la parte trasera de la tienda de Henrietta. Tiene lámparas repartidas por un espacio largo y estrecho con guirnaldas de luces colgando del techo. Veo más tela vaporosa de colores púrpura y verde esmeralda colgando de las vigas de madera.
—Vengan y siéntense. —Henrietta señala las dos sillas frente a ella.
Rook y yo aceptamos su invitación.
La mesa que hay entre nosotros está cubierta con una tela de seda morada. Hay varios enganchones en el tejido, lo que hace que se arrugue y se estire según las zonas.
En el centro arde un cono de incienso, colocado sobre una bandeja de cerámica esmaltada con una luna estampada en la arcilla.
¿Cuánto tiempo hace que la gente de Oz no ve la luna? ¿Y su luna se parece a la nuestra? ¿De verdad tengo que creer que he viajado a otro mundo?
No hay otra explicación para las cosas extrañas que he presenciado aquí.
La Bruja del Este sometiéndome con su varita.
La Bruja del Norte apareciendo de la nada.
Las zapatillas jugando al escondite para reaparecer en el armario de Em para las cebollas.
No puedo conciliar que Oz exista en el mismo lugar que Kansas.
—Deme la mano —ordena Henrietta, y coloca la suya sobre la mesa, con la palma hacia arriba.
Rook me mira. Veo el primer destello de vacilación en su rostro. Ahora está serio, la actitud arrogante de antes ha desaparecido en un instante al contemplar la posibilidad de saber la verdad.
Se inclina sobre la mesa y coloca su mano, mucho más grande, en la de Henrietta.
En el momento en que se tocan, Henrietta cierra los ojos e inhala aire de una forma larga y profunda.
—¿Cómo funciona esto? —pregunto.
—¡Shhh! —advierte Henrietta.
Aprieto los labios.
Rook me mira como si fuéramos dos niños traviesos a los que han pillado robando manzanas del carro.
—Está muy lejos de casa —pronuncia Henrietta finalmente, con los ojos aún cerrados.
—¿En serio? —pregunta Rook.
Henrietta vuelve a quedarse en silencio. Me muevo inquieta en mi asiento.
—Tiene un enemigo —añade.
Rook y yo intercambiamos una mirada. No hace falta decirlo. Al fin y al cabo, lo encontré golpeado, ensangrentado y atado a un poste. Pero quería suponer que la responsable era la Bruja del Este. Pero Henrietta ha dicho «tiene», en presente, y la bruja está muerta.
—¿Quién es ese enemigo? —pregunta Rook.
La delgada y pálida línea de la frente de Henrietta se hunde más, y la piel se arruga sobre el puente de la nariz.
—Oh, Dios mío… —suspira.
Me inclino hacia la mesa.
—¿Qué?
—Veo al Hombre de Hojalata.
He oído ese nombre.
—El Hombre de Hojalata quiere matarte, pero no te está buscando. Es casi como si… te amara y te odiara. Así que no quiere encontrarte, pero tampoco está lejos.
Miro a Rook.
—¿Lo conoces? ¿Al mercenario?
—Eso parece.
—¿Estáis… juntos? —pregunto.
—No —responde Henrietta—. No es ese tipo de amor. No hay pasión. —Abre los ojos de par en par—. Es el tipo de amor que irrita. Que molesta. Que te abre en canal y te arranca pedazos. —Mira fijamente a Rook—. ¿No es así?
—Tendré que creer en tu palabra.
Se acomoda en su silla y se hunde en ella con más fuerza.
—Estás en medio de un viaje, uno en que llevas mucho tiempo haciendo, pero ahora es diferente.
—Estoy a punto de emprender un viaje a la Ciudad Esmeralda —intervengo.
Henrietta lo considera.
—Veo un viaje, pero no estoy segura de que sea eso lo que significa. Parece más bien un viaje espiritual. Está buscando algo que le han ocultado, ¿o se lo ha ocultado usted mismo?
—¿Sus recuerdos?
—No. —Ella niega con la cabeza, con la mirada perdida mientras intenta descifrar lo que sea que está viendo y sintiendo—. El alma.