22 Dorothy
M e despierta el hocico húmedo de Toto empujándome la cara.
—¿Es necesario? —refunfuño y me giro hacia un lado, tirando de la colcha. Él se sube a mi cadera y luego araña la manta, gruñendo—. Todavía está oscuro fuera.
Toto ladra y luego me lame la cara.
Abro los ojos y lo miro.
—¿Por qué eres tan pesado?
Él ladra.
—Está bien. Estoy despierta.
Deja escapar un gruñido desde lo más profundo de su pecho. Probablemente quiera salir para poder cazar más conejos.
Me incorporo, me froto la cara y echo un vistazo a la habitación.
Durante unos segundos, mi mente es un caos.
Esta habitación me resulta desconocida. ¿Dónde estoy?
Entonces, todo vuelve a mi mente.
Estoy en Oz, en una habitación del Vagabundo Rojo.
Y Rook, al que le di un beso, está durmiendo en la habitación de al lado.
El estómago me da vueltas y luego lo noto revuelto, porque ¿cómo he podido ser tan tonta? ¡Qué atrevido y presuntuoso por mi parte!
Toto salta a mi regazo y me araña el cuello. Esta vez dejo que me moleste.
—Estoy bien —digo y le rasco entre las orejas—. Espero que Rook no me guarde rencor por lo de anoche. ¿Crees que me lo echará en cara?
A modo de respuesta, Toto se sienta sobre las patas traseras y me mira parpadeando.
—Claro. Como si te importara. Necesito café. El café lo arregla todo.
Tiro de la colcha, voy al baño y me echo agua fría en la cara. El frescor me ayuda a despertarme y a centrarme. Me dejo el pelo suelto y me vuelvo a poner el vestido a cuadros. Empiezo a desear haber metido más ropa en la cesta cuando salí de casa.
El olor a pan recién horneado y a beicon frito sube por la escalera y se cuela por debajo de mi puerta.
Puede que esté en una tierra extraña, pero al menos tienen beicon.
—¿Prefieres bajar a desayunar o quedarte en la habitación? —pregunto a Toto. Él solo me mira sin comprender, lo que interpreto como que quiere dormir la siesta tan pronto como lo saque para hacer sus necesidades.
Cuando recorremos el pasillo, veo que la puerta de la habitación de Rook está entreabierta. Miro dentro y veo que la cama ya está hecha y las cortinas abiertas.
Aún no he encontrado ningún reloj en este lugar, y el maldito cielo hace que sea muy difícil calcular la hora por la luz natural, pero por el cansancio que siento en el cuerpo, me da la impresión de que es muy temprano.
¿A qué hora se ha levantado Rook?
Una vez que Toto ha terminado de hacer sus cosas, lo llevo de vuelta a mi habitación, donde rápidamente se acurruca en la cama y cierra los ojos.
Abajo, en la parte principal de la taberna, me encuentro un Vagabundo Rojo mucho más tranquilo que con la ruidosa multitud nocturna. Un hombre está sentado en una de las mesas redondas del rincón trasero leyendo el periódico y bebiendo café.
Veo también a dos mujeres junto a la ventana delantera, compartiendo un plato de bollos y una tetera.
—Buenos días —me dice Remy mientras pasa apresuradamente con una pila de platos vacíos.
—Buenos días.
—Tu amigo te está esperando en el jardín.
Cuando menciona a mi amigo, siento un vuelco en el estómago.
No estoy segura de qué esperaba encontrar esta mañana. ¿Que Rook era fruto de mi imaginación? ¿Que había decidido que, después de todo, no me necesitaba y se había marchado? ¿Que había recuperado la memoria y se había dado cuenta de que tenía cosas más importantes que hacer?
Sigo a Remy a través de un arco que conduce a un pasillo con el suelo de ladrillo rojo.
—Por ahí. —Señala con la cabeza unas puertas dobles abiertas antes de desaparecer en lo que supongo que es la cocina.
Por la noche estaba tan cansada que no me molesté en explorar el resto de la posada.
El jardín es en realidad un patio en el centro de la posada y el resto del edificio forma un cuadrado a su alrededor.
El suelo está formado por losas de piedra con musgo y clavos olorosos creciendo en las grietas que hay entre ellas.
Veo varias mesitas bajas repartidas por todo el espacio y dos filas de mesas más altas en el centro del patio.
La vegetación y las flores florecen en los parterres cultivados que rodean el espacio.
Las guirnaldas de luces forman un zigzag sobre nuestras cabezas y alejan la inquietante oscuridad azul del cielo amenazador.
Veo a Rook en una de las mesas, escondida entre un seto esculpido y un arbusto gigante de flores moradas.
Cuando me ve, sonríe, y su sonrisa me produce una extraña sensación en el vientre.
—¿Te apetece acompañarme, Kansas? —pregunta.
—Te has levantado temprano. —Desde las puertas dobles abiertas sigo el sinuoso camino de losas que cruzan el patio.
No estamos solos en el atrio. De hecho, parece que el jardín es más popular que el comedor principal.
La mayoría de las mesas están llenas, pero no sé si los clientes están aquí por la comida o por el espectáculo.
Porque parece que nadie nos quita ojo a Rook y a mí.
—¿Derrotó a la bruja y salvó a ese apuesto desconocido? Si los dioses aún estuvieran aquí, diría que ha recibido una bendición —oigo que susurra alguien al pasar junto a una mesa ocupada por cuatro mujeres vestidas con elegantes trajes morados.
¿Bendecida por los dioses? Está claro que no han visto los escombros que quedaron de mi casa ni el camisón ensangrentado y hecho jirones que dejé atrás porque la bruja intentó matarme.
Llego a la mesa de Rook y suspiro aliviada. Este hombre se está convirtiendo en un refugio seguro para mí. No quiero parecer tonta, así que intento reprimir ese sentimiento.
—Espero que no te importe, pero he pedido por ti. —Rook señala con la cabeza el desayuno que espera a ser devorado.
Huevos fritos. Tostadas. Un bol de fruta fresca. Mermelada de fresa. Y café.
—Mi desayuno favorito —digo, con la voz quebrada, algo que me pilla desprevenida. Es un detalle inesperado y un regalo muy bienvenido. Rook se levanta para apartarme la silla. Cuando me siento y él me acomoda ante la mesa, los susurros aumentan a nuestras espaldas.
Miro por encima del hombro y veo a más mujeres mirando a Rook.
—La comida tiene muy buena pinta —comento, tratando de ignorar tanta atención.
—Lo cierto es que no puedo atribuirme el mérito. Me he limitado a encargar el pedido; han sido Remy y su personal quienes han hecho la magia. He probado las tostadas y la mermelada. Me han dicho que también lleva ruibarbo. Espero que no te importe.
La palabra «ruibarbo» con su acento suena como un conjuro y se me pone la piel de gallina en los brazos.
Rook se sienta y me sirve una taza de café, lo que provoca que una cortina de vapor se eleve entre nosotros.
—¿Azúcar o leche? —pregunta.
—Me gusta solo.
No solemos tener dinero extra para estos caprichos.
Doy un sorbo de prueba. El café está muy caliente, pero tiene un sabor rico y robusto, quizá con un ligero toque a avellana.
—Vaya, qué bueno está.
—Estoy de acuerdo. Creo que me gusta el café.
—¿Es eso lo primero que sabemos oficialmente sobre ti?
Se ríe.
—Supongo que como punto de partida es tan bueno como cualquier otro, ¿no?
—Sinceramente, habría cuestionado tus decisiones vitales si hubieras dicho que no te gustaba el café.
—¿Ah, sí? —Arquea una ceja—. Por favor, avísame de las otras cosas que te harían cuestionar mis decisiones vitales.
Dejo la taza sobre la mesa, pero mantengo la mano alrededor para aprovechar el calor. No hace frío en Valle Resplandeciente, pero al no haber sol y ser tan temprano, el aire es algo cortante.
—Vale, veamos… —Pienso en todas las cosas que hacen que mis días sean mejores. Las cosas que me dan alegría—. La lluvia.
—Me encantan las tormentas.
—Una colcha gruesa.
—¿Quién odia las mantas?
—Las flores recién cortadas.
—Las mejores joyas del mundo, la verdad.
—Entonces, ¿estás de acuerdo?
—Creo que sí.
—Estás a salvo de mi juicio.
Se ríe con la taza de café en la mano, lo que hace que el vapor se arremoline a nuestro alrededor.
—Habría sido un golpe devastador, Kansas.
Sonríe y le devuelvo la sonrisa. El patio está en silencio. Los lugareños están pendientes de cada una de nuestras palabras.
Rook da un sorbo a su café y recorre el jardín con la mirada, como si buscara más pistas sobre su vida. Qué extraño es conocer a un hombre a medida que él se va conociendo a sí mismo. Casi me quita parte de la presión.
Hay algo en Rook que me gusta mucho. Edward siempre intentaba impresionarme. Era entrañable, pero a veces resultaba falso. Como si solo pudiera ver su versión real en breves momentos, en los destellos de vulnerabilidad.
Tengo la clara impresión de que, aunque Rook se burla de mis juicios, en realidad le dan igual. Que la opinión que tengan los demás sobre él no le importa en absoluto.
Y hay algo tan sexy en un hombre seguro de sí mismo, que debería sentirme alarmada.
Nunca me había dado cuenta hasta ahora, hasta que lo he visto, hasta que lo he sentido.
Rook se vuelve hacia mí y me pilla estudiándolo. Es difícil no sentirme incómoda bajo su mirada. Es absorbente. Penetrante.
Hay un destello cómplice en sus ojos, como si fuera consciente de cada uno de mis pensamientos, de cada uno de mis movimientos.
Bajo la mirada hacia la tostada y me entretengo untándole un montón de mermelada.
—¿Has dormido bien?
—Sí. Todavía estoy un poco dolorida, pero la cama era cómoda.
—Entonces, ¿te sientes mejor?
—Sí. —Se mete una baya en la boca. Me sorprendo observando el movimiento, escaneando las venas que se retuercen en su mano mientras mueve los dedos. La forma en que aprieta los labios mientras hace rodar la baya en la boca con la lengua.
Un apetito visceral me sube por la garganta.
Un hambre que no puede saciarse con comida.
¿Lo está haciendo a propósito?
Me muevo en el asiento de mi silla cuando de repente me envuelve una oleada de calor.
—Hola. ¿Perdón?
Los dos levantamos la vista.
Hay una mujer de pie junto a la mesa, con las manos cruzadas delante de ella.
—¿Es usted el hombre que no tiene recuerdos?
Rook se mete otra baya en la boca.
—El único e inigualable.
—Bueno… me llamo Pipps Gladwell.
—Encantado de conocerla, señora Gladwell.
Ella se muestra inquieta.
—En realidad, el placer es todo mío. Es solo que… he pensado que tal vez… —Se aclara la garganta y una sonrisa nerviosa aparece en su rostro. Entiendo su estado. Cada momento que paso con Rook, me siento menos segura de mí misma.
—¿Le gustaría sentarse y orientarse? —Señala la tercera silla ante la mesa.
—De acuerdo. —La mujer se acomoda. La silla cruje bajo su peso. Se ajusta la falda mientras inclina el cuerpo hacia Rook—. Hay una mujer en Valle que sufre una gran y terrible maldición…
—Qué trágico… —comenta Rook.
—Sí, mucho. Pero tiene sus ventajas. A veces puede contarte tu historia con solo tocarte. Normalmente es solo tu pasado, pero a veces, si tienes suerte, también tu futuro. Quizá pueda arrojar algo de luz sobre su identidad y pensé que eso podría serle útil.
Rook y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué opinas, Kansas? —Otra baya deja una mancha roja en sus labios que se limpia con la lengua.
Cojo aire por la nariz.
La mujer se vuelve hacia mí, con los ojos muy abiertos, como si se hubiera olvidado de que estaba allí.
—Quieres saber quién eres, ¿verdad?
Ayer mismo no creía en la magia. Desde luego, no creía que una persona pudiera predecir el futuro. ¿Pero ahora? Todo es posible.
Rook levanta una ceja y hace rodar una frambuesa entre el pulgar y el índice, con lo que se mancha los dedos de rojo.
—Supongo que sí.
—Y tenemos tiempo antes de la celebración de esta noche.
—Es cierto.
—Entonces, quizá podríamos visitarla solo por probar.
La mujer asiente.
—Creo que te gustará.
—De acuerdo —dice Rook finalmente, y la mujer sonríe de oreja a oreja—. ¿Dónde podemos encontrar a esta mujer?
—En el Callejón Olligan, justo al sur de la estatua del mago en el parque. Su tienda se llama El Espejo Mágico de Henrietta. Puedo acompañaros.
—No es necesario. —La mirada de Rook se cruza con la mía al otro lado de la mesa—. Kansas me acompañará.
Esta vez, la mujer nos mira con dureza. Está claro que se ha acercado para ofrecernos esta pequeña ayuda pensando que así ganaría la atención y el favor de Rook.
¿Puedo culparla? En absoluto.
Rook no me pertenece. No puedo reclamarlo de ninguna manera. Y, sin embargo, siento cierta pertenencia, no hacia mí, exactamente, sino hacia la idea de nosotros dos juntos. Somos las únicas personas en todo este lugar que no sabemos dónde estamos.
—Gracias —dice Rook, despidiendo a la mujer sin apenas mirarla.
Ella abre y cierra la boca como si quisiera decir algo más, pero luego se lo piensa mejor.
—Ha sido un placer —dice y se marcha apresuradamente.