Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 21 Cleo
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21 Cleo

A pesar de lo tarde que es, Cleo camina con paso alegre mientras sigue el camino de baldosas amarillas que la aleja del castillo de Delphine.

Allí fuera está más oscuro que nunca, pero las farolas proyectan un halo de luz sobre el camino.

No mira atrás y se va sintiendo mejor cuanto más se aleja.

Puede ir a cualquier parte. Hacer lo que quiera.

No sabe a dónde va. Y no sabe qué quiere hacer. Pero al menos ahora tiene la posibilidad de elegir.

El camino gira alrededor de un bosquecillo de robles rojos del este y, cuando llega al otro lado, se encuentra al pie del campo de campanillas de invierno.

Se detiene.

No tenía intención de volver a la granja, pero, a menos que quisiera desviarse del camino de ladrillos, era imposible no verla.

Y, sin embargo…

La recorre un escalofrío.

«Eres una asesina», le dice una voz en el fondo de su mente. La culpa le revuelve el estómago.

¿Debería sentir remordimiento por abrir la mano y mostrarle a Delphine la pluma manchada de aceite del mono alado?

Si debería, no siente remordimiento alguno, y no está del todo segura de lo que eso dice de ella.

Sigue el camino, con la intención de continuar más allá de la casa, pero algo la detiene. Se aleja del camino y cruza el campo hasta que la casa queda frente a ella y el montón de cenizas está a sus pies.

Entonces, levanta el pie y lo golpea con fuerza. Las cenizas se elevan en el aire y, cuando cambia la brisa, el viento se lleva a Delphine.

Es casi triste ver a una mujer con magia en las venas reducida a algo tan irrelevante. Le tenía pánico a Delphine y mírala ahora.

En cuestión de minutos, lo que queda de la bruja desaparece con el viento, arremolinándose detrás del tejado inclinado de la casa de Dorothy.

Da un paso atrás, con la intención de volver al camino de baldosas amarillas, cuando un movimiento de sombras dentro de la casa llama su atención.

¿Es Dorothy? ¿Sigue allí?

Se pone en marcha antes de pensar en quién más podría estar en la casa. Irrumpe por la puerta principal y dos hombres gritan sorprendidos. Están rebuscando en los armarios en busca de cosas que robar.

—Esta casa no es vuestra.

Las palabras salen de su boca y quedan suspendidas como los cristales rotos de las ventanas. Sus consonantes son demasiado duras, sus oes demasiado largas.

Los hombres se miran con el ceño fruncido. Uno es más alto, con el pelo negro rapado y ojos color avellana. El otro es más bajo, con una espesa barba roja y orejas que sobresalen como setas.

El de la barba sujeta una sartén. El rapado tiene en sus manos una bolsa de cebollas y una cuchara.

—Tampoco es tuya —dice el de la barba.

—Devuelve lo que hayas cogido —ordena Cleo.

—¿Y qué harás si no lo hacemos? —replica el rapado.

¿Por qué le importa lo que se lleven? ¿Por qué siente de repente el deseo de proteger las pertenencias de Dorothy?

—Yo…

—¿Qué vas a hacer? —pregunta el de la barba, dando un paso hacia ella con la sartén en alto, como si fuera un arma.

—Yo…

Se oye un silbido a la izquierda, un corte en el aire. Algo vuela a través de una de las ventanas rotas.

El de la barba se tambalea hacia un lado, con los ojos desorbitados. Ahora tiene un hacha clavada en el cuello.

—¡Ozaaak! —grita el rapado justo cuando la cabeza de su compañero se desliza por su cuerpo y golpea el suelo un segundo antes que el hacha.

El rapado deja caer las cebollas. Se derraman de la bolsa y ruedan por el suelo, igual que la cabeza.

Cleo no puede moverse. Debería huir. Debería moverse lo más rápido que le permitiera el terror.

Pero no puede.

El suelo cruje detrás de ella y una sombra se extiende sobre los escombros apilados.

—¡Ahhh! —El rapado se da la vuelta y corre por el pasillo. Los pasos son ahora pesados. Se acercan.

Cleo aprieta los dientes cuando ve aparecer al Hombre de Hojalata. Él se agacha y recoge el hacha con sus dedos metálicos.

Cleo ha oído historias sobre ese brazo hecho de metal y engranajes, pero oírlo no es lo mismo que verlo, y el frío destello del metal solo lo hace más aterrador.

El rapado sigue gritando, moviéndose por la casa de habitación en habitación, buscando otra salida.

No puede culparlo por olvidarse de que, a veces, una ventana es tan buena como una puerta; ella ni siquiera puede moverse.

Al no encontrar salida, el hombre vuelve corriendo a la cocina. El Hombre de Hojalata estira el brazo, extendiendo el hacha directamente en su camino, y este, impulsado por el pánico, se estrella contra la hoja.

Le golpea de lleno en el pecho.

La sangre brota por su boca y exhala un largo y húmedo suspiro antes de caer de rodillas.

El Hombre de Hojalata planta la bota en su hombro y lo usa de palanca para sacar el hacha.

El rapado se inclina y muere. Cleo sigue sin moverse. Solo puede tragar saliva.

Quizá si no se mueve, si no habla, si no estornuda ni respira, él la ignorará.

El Hombre de Hojalata agarra la pata de una silla volcada. La endereza y se sienta. Luego se saca un trapo del bolsillo y limpia la sangre de la hoja. Lentamente. Con cuidado.

Cleo nota que su corazón golpea con fuerza contra sus costillas.

—Si intentas huir, morirás —sentencia el Hombre de Hojalata. Otra pasada por el arma—. Si gritas, morirás. —Dos pasadas más—. Si me mientes, morirás. —Limpia el hacha una última vez—. ¿Lo has entendido?

Cleo suelta un suspiro entrecortado por la nariz. Asiente con la cabeza. Cuando él la mira a los ojos, nota que los suyos son de un tono gris tormentoso, teñido de azul. No muy diferente de las nubes amenazantes del exterior.

El pánico le sube por la garganta y no sabe si es un grito o una arcada, pero ninguna de las dos opciones le parece buena. Así que lo traga como puede.

—¿Has visto a la chica? —pregunta él.

Ella asiente con la cabeza.

Pregunta fácil. Respuesta fácil.

—¿Está aquí ahora?

—Yo… yo… no.

Él apoya el hacha sobre sus muslos y se recuesta en la silla.

—¿Qué ha pasado aquí?

—La casa… cayó… del cielo. Sobre la bruja. La chica. Ella la mató. La asesinó, quiero decir. Asesinó a la bruja.

El Hombre de Hojalata frunce el ceño.

—¿A qué bruja?

—A la Bruja del Este.

El Hombre de Hojalata se inclina hacia delante y apoya los codos sobre las rodillas.

—¿La chica mató a una bruja de los puntos cardinales? —Su voz, grave y ronca, rebosa incredulidad.

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé. Es decir… con un cuchillo de cocina.

—¿Era mágico?

—No lo creo.

—¿Estaba maldito?

—No lo sé.

El Hombre de Hojalata se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación. Cuando vuelve, deja caer el hacha, permitiendo que la hoja descanse en el suelo junto a su bota.

—¿Dónde está la chica?

Todos los habitantes del Este han crecido escuchando historias sobre el Hombre de Hojalata.

Su hermano lo maldijo y le robó el corazón, pero desconocen el motivo.

¿Cómo era antes de perder el corazón? También eso es una incógnita.

Sin él, es despiadado, aterrador, singularmente eficaz. Y, sobre todo, competente.

Estar en el mismo territorio cardinal que él ya es bastante malo. Pero ¿estar en la misma casa? Cleo quiere fundirse con las tablas del suelo y no volver a solidificarse nunca más.

—La chica… Dorothy…

Cleo respira hondo. Cree saber qué palabras decir. Puede decirlas, puede sacarlas… Entonces él se irá y ella será libre para continuar hacia donde sea que termine.

—El camino —dice—. La chica… está… en el camino… hacia el mago. —Traga saliva de nuevo. Con más fuerza.

—¿Va a ver al mago?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la Bruja del Norte.

El Hombre de Hojalata inclina la cabeza a un lado y empieza a mirarla como si fuera un ratón de campo.

Cleo se estremece. Al igual que su hacha, todo en el Hombre de Hojalata parece afilado.

Es un asesino capaz, pero más que eso, es una presencia que no se puede ignorar, muy parecida a la energía que se acumula justo antes de una tormenta.

—¿Sabes cómo es la chica? —pregunta.

—Sí.

Otra pregunta fácil.

Él gira el hacha por encima del hombro y desliza el mango en una funda de cuero que lleva a la espalda. Su brazo metálico se mueve con rapidez, haciendo que el movimiento parezca fácil, como si el hacha no pesara nada.

Cruza la habitación y ella da un paso atrás.

Es alto. Más alto que cualquier hombre que ella conozca. Mucho más alto que ella. Hombros anchos, mandíbula fuerte, nariz estrecha con fosas nasales que se ensanchan como una flecha. Todo en él es afilado y cortante.

—¿Alguien notará tu ausencia? —pregunta.

—No.

Una pregunta fácil. Una respuesta fácil. Pero difícil de dar.

Está sola. Dolorosamente sola.

El Hombre de Hojalata da dos pasos gigantes hacia ella, la agarra de la chaqueta con el puño del brazo metálico y la saca a rastras por la puerta.

—Entonces vendrás conmigo.