Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 20 Dorothy #2
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20 Dorothy #2

Encuentro un cepillo y un frasco de farmacia en el armario. El frasco es de cristal verde esmeralda y tiene una etiqueta en la parte delantera con dos flores entrelazadas. Lo descorcho, inhalo el olor y percibo el aroma de rosas, jazmines y algo almizclado.

Me deshago las trenzas y me cepillo el pelo, luego domo algunos mechones rebeldes con el aceite.

Cuando vuelvo a mirar mi reflejo, ya no parezco una loca. Me siento más humana. Me parece menos un sueño… O una pesadilla.

Llaman a la puerta.

—Soy yo, Kansas. —Me da un vuelco el corazón.

Toto empieza a gruñir.

Salgo a la habitación y le hago un chasquido con los dedos.

—Solo es Rook.

Intento no pensar demasiado en la oleada de emoción que me embarga, en el aleteo de alas invisibles que noto en el estómago mientras abro la puerta.

Rook también se ha aseado.

Las heridas de su cara ya no están cubiertas por sangre y suciedad. Tiene unos cuantos puntos en el corte de la frente. Las magulladuras siguen ahí, pero juraría que ya están desapareciendo.

Tiene el cabello negro más mojado que cuando lo dejé y le cae sobre la frente, al tiempo que se riza alrededor de las orejas.

Hay algo salvaje en él, algo que no logro definir.

Lleva una ropa diferente: una camisa negra de algodón suave con tres botones debajo del cuello. Me recuerda a las camisetas Henley que Edward se pone en otoño para ir más abrigado.

—Tienes mejor aspecto —comento.

—Tú también. —Me sonríe y se apoya en el vano con el hombro—. ¿Puedo pasar?

Toto resopla detrás de mí.

—Por supuesto —digo, ignorando a mi perro, porque ¿cómo se atreve a arruinarme la diversión?

Todavía estoy un poco achispada por la cerveza y el ozrum , y quizá me siento más valiente de lo que debería.

Abro la puerta y Rook entra con absoluta naturalidad, como si visitara la habitación de una mujer cada noche.

Y claro que sí. No hay más que mirarlo. Puede que no tenga recuerdos, pero seguro que ya se ha visto en el espejo. Las mujeres y los hombres deben caerse redondos al verlo. Incluso yo me desmayaría si fuera de las que se desmayan. Pero no lo soy. Aunque podría serlo. Por él.

«No te desmayes, joder, Dorothy».

Rook se da una vuelta por la habitación.

—¿Has recuperado algún recuerdo? —pregunto—. Ese hombre… el médico. ¿Te conocía?

Rook me mira con el ceño fruncido.

—Me temo que no. Me confundió con otra persona.

Me envuelve el desánimo.

—Esperaba que aquí te reconociera alguien.

—Yo también. —Se detiene junto a la ventana que da a la calle. A lo lejos, sobre los tejados cercanos, puedo ver la estatua del mago, con su melena de bronce bañada por la luz dorada del atardecer.

—¿Te ha dicho Remy que tienes la habitación contigua a la mía?

—Sí. —Se apoya con el hombro en el marco de la ventana—. Qué bien. Me alegro de que estés cerca. Es decir… No es eso lo que quería decir.

Inclina la cabeza a un lado.

—¿Estás borracha, Kansas?

—¿Qué? ¡No! Bueno… estoy alegre. Borracha no, te lo aseguro.

—Me lo aseguras. —Sonríe.

—La cerveza que beben aquí está muy buena.

—Intentaré recordarlo.

—Y hemos hecho un saludo a los dioses, con ozrum .

Me fijo en cómo frunce las cejas oscuras sobre los ojos.

—¿Un saludo a los dioses?

—¿Nunca has oído hablar de él? Es así: Este, Oeste, Oz… no, espera, eso no es correcto. ¡Oz, Oz, Oz!

Se ríe aún más fuerte, y se le mueven los hombros.

—Lo siento. No lo recuerdo exactamente.

—Siento habérmelo perdido.

—¡Deberías! Fue divertido.

—Ya me imagino.

—Mueves el vaso… Algo así como boom , boom , boom . —Le muestro los movimientos y, al hacerlo, un mechón de pelo cae delante de mis ojos. Él se inclina hacia delante y me lo aparta para ponerlo detrás de mi oreja.

Sin pensarlo, impulsada por la adrenalina, me pongo de puntillas y lo beso.

Su boca parece reacia bajo la mía y eso me devuelve a la realidad.

Me aparto de golpe.

—Lo siento mucho. No sé por qué lo he hecho. Quizá sí esté borracha. Ha sido algo horrible. No tienes recuerdos. Has tenido un día espantoso. Apenas me conoces y…

Me agarra del brazo cerrando los dedos alrededor de mi muñeca. Su tacto, la fresca presión de su mano, me hace callar al instante.

—No te disculpes por ser atrevida, Kansas. —Sus ojos verdes reflejan la luz que entra por la ventana. Hay diversión en ellos. No ira ni disgusto.

Suelto el aire.

—Admiro la audacia —añade—. Pero, independientemente de eso, el ozrum puede hacer que cualquiera se vuelva tonto. —Señala la calle, donde un grupo de habitantes del Este caminan cogidos del brazo, cantando a pleno pulmón una canción festiva.

Me río.

—Eso es cierto.

—¿Puedo contarte un secreto, Kansas?

—Por supuesto.

—Me gusta verte reír.

Siento cómo me sube el calor por la garganta hasta enrojecerme las mejillas.

Esta amabilidad no es diferente a la que me brinda Edward.

Entonces, ¿por qué me siento distinta?

¿Por qué es como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies y estuviera flotando?

—Gracias.

Rook se inclina y me da un casto beso en la mejilla.

De alguna manera, es más íntimo que el beso que le he dado yo a él.

—Gracias por salvarme, Kansas.

—No ha sido nada… —empiezo a decir.

—No sé cuánto tiempo he estado atado a ese poste —me interrumpe—, pero podría haber muerto allí. El médico ha dicho que he perdido mucha sangre. Su teoría es que quienquiera que haya hecho esto quería que muriera lentamente.

—¿En serio? Eso es horrible.

Él asiente moviendo la cabeza.

—De verdad, me has salvado.

—Bueno, me alegro de haber pasado por allí. —Bostezo y me cubro la boca con la mano—. Me alegro de que estés bien.

—Deberías descansar —me aconseja—. Ha sido un día largo.

—Supongo que tienes razón. Al parecer, el Valle está planeando una celebración para mañana y yo soy la invitada de honor.

—Qué detalle por su parte.

—¿Asistirás?

—Si tú quieres.

—Creo que sí.

—Entonces iré. —Va hacia la puerta y se detiene en el umbral—. Kansas, ¿cuál es tu desayuno favorito?

—Me llamo Dorothy.

—Lo sé. —Aparece una sonrisa burlona en la comisura de sus labios.

¿Por qué me dan ganas de reír? Me siento como si volviera a ser una colegiala.

—Me gustan los huevos fritos. Las tostadas. La mermelada. Especialmente la de fresa. Y el café. ¿Por qué?

Él se encoge de hombros y sale al pasillo. Las velas parpadeantes de los candelabros de cristal lo envuelven en calidez.

—No recuerdo cuál es el mío, eso es todo.

Ahora hay verdadera tristeza en su rostro.

—Lo siento. —No paro de decir eso cuando estoy con él.

—No te preocupes. El tuyo será el mío hasta que recuerde cuál era. Si te parece bien.

—Por supuesto. Con la mermelada de fresa nunca te equivocas.

—Me alegro de saberlo. Nos vemos por la mañana.

—Buenas noches.

Cierra la puerta a su espalda y oigo cómo sus pasos se alejan por el pasillo.

Lanzo un grito silencioso de alegría.

Toto me mira. Si los perros pudieran fruncir el ceño, ahora mismo lo estaría haciendo con mucha intensidad.

—Es inocente —digo.

Él resopla.

—¡Y guapo! —susurro.

Vuelve a resoplar.

—Deja de juzgarme.

Me preparo para irme a la cama. Me quito toda la ropa que me parece que podría hacerme sentir incómoda. Cuelgo el vestido en un gancho junto a la puerta, pero me dejo puesta la camisola.

Tiro de la colcha y veo unas sábanas blancas y limpias. Me meto en la cama con un suspiro. Teniendo en cuenta que tenía pensado dormir en el bosque esta noche, una cama mullida y unas sábanas limpias son el paraíso.

Toto se acerca a la puerta y ladra.

—¿Qué pasa?

Vuelve a ladrar.

Sé lo que está sugiriendo. Debería cerrar la puerta con llave.

—Acabo de ponerme cómoda —protesto.

Otro ladrido.

Confío en Rook. Confío en Remy.

Pero una bruja intentó matarme y a Rook lo arrancaron de su vida y lo ataron a un poste.

Decido que Toto tiene razón.

Me acerco a la puerta y cierro el cerrojo.