Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 20 Dorothy
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20 Dorothy

A los habitantes del Este? ¿Te refieres a personas?

—Sí. —Ana sujeta con fuerza el asa de su jarra—.

La gente simplemente desaparecía. Nos llevó un tiempo descubrirlo.

Siempre hemos sabido que el origen de la magia de Delphine eran los seres vivos, pero pensábamos que se limitaba a usar plantas.

Sin embargo, con el paso de los años, su paranoia creció, al igual que su sed de poder.

Fue entonces cuando descubrimos que también podía usar a la gente.

Dejo que todo esto cale en mí. No creo en la magia.

O, mejor dicho, no creía, hasta que desperté en una tierra lejana cubierta por la oscuridad y fui testigo, con mis propios ojos, de cómo un cadáver se convertía en polvo, unas zapatillas plateadas desaparecían en el aire y reaparecían en un armario para cebollas, y una mujer salía literalmente de una nube de luz.

—Si la fuente de magia de Delphine son las personas, tal vez por eso golpearon y ataron a Rook a un poste.

—¿A quién? —pregunta Ana.

—A mi amigo. El que está en el médico.

—Ah, claro. Supongo que es posible, pero ¿por qué no se limitó a matarlo?

—Sí, supongo que es una buena pregunta. —Doy otro sorbo a mi cerveza, disfrutando del calor que transmiten las especias—. Entonces, ¿cuáles son los poderes de las otras brujas? ¿O qué fuentes utilizan?

Ana se toma un momento para reflexionar.

—Bueno… empecemos por la del Sur. Porque su poder es muy similar al de Delphine, el suyo también proviene de los seres vivos. Oeste obtiene su poder del fuego. Norte obtiene el suyo de los metales.

—¿No crees que la Bruja del Sur haría algo así?

—¿Glinda la Buena? ¡Oh, no! ¡Nunca! Ha renunciado a matar. Por eso su poder se ha debilitado. Además, su fuente, aunque viva, se limita al reino animal. Pero, os repito, ella nunca lo haría. Nunca.

La Bruja del Norte mencionó que ella también era buena, pero esa etiqueta sin duda significa más cuando es otra persona la que la utiliza para describirte.

¿Será Glinda realmente tan virtuosa?

De repente, las zapatillas plateadas me queman los pies. Cleo insistió en que me las llevara, pero ahora dudo del acierto de esa decisión. Robarle los zapatos a una mujer muerta ciertamente no me haría ganar el apodo de Dorothy la Buena.

—Ahora que la Bruja del Este está muerta, ¿quién ocupará su lugar?

Ana se encoge de hombros de nuevo y se termina su cerveza.

—No es cosa de los lugareños preocuparse por los asuntos de las brujas.

—¿Crees que… las otras brujas buscarán venganza contra mí? ¿Por matar a una de las suyas?

Ana se ríe.

—¿Por matar a Delphine? Por supuesto que no. Era la menos querida. Ninguna de ellas le era leal. No os pasará nada.

Suspiro aliviada. No había considerado esa posibilidad hasta ahora.

—Gracias a Dios.

—¡Hablando de los dioses! —grita alguien. Es una de las miembros del consejo, una mujer con el pelo negro y corto recogido en una coleta—. ¡Deberíamos brindar por ellos!

—¡Oh, qué buena idea, Lu! —acepta Ana y hace un gesto con los dedos al camarero detrás de la barra.

En la hora más o menos que Ana y yo llevamos charlando y comiendo, algunos de los clientes de la taberna se han ido, y los miembros del consejo han dejado sus mesas al fondo para reunirse a nuestro alrededor, haciéndose sitio donde pueden.

El camarero se acerca con una bandeja donde hay ocho vasos de chupito. Cada vaso contiene unos centímetros de un líquido de color ámbar oscuro.

— Ozrum —explica Ana—. Remy, ¿nos traes un vaso vacío para que le enseñe a Dorothy cómo brindar por los dioses?

Remy se acerca desde la barra con un vaso de chupito vacío y se lo entrega a Ana, que lo coge y lo coloca delante de ella sobre la mesa.

—Empezáis aquí —dice—, en la posición norte, como en una brújula. Decís «Norte» y dais un golpe en el aire con el vaso. Luego bajáis y decís «Sur». Después seguís moviendo el vaso por los demás puntos cardinales y lo lleváis en cada dirección.

—Así que va: norte, sur, este, oeste —añade Lu.

—Y luego el centro —continúa Ana—. Y decís «¡Oz, Oz, Oz!» con tres movimientos secos. ¡Luego os lo bebéis!

No necesito más alcohol, pero ¿quién soy yo para rechazar una costumbre de Oz?

—Vale, entendido —acepto mientras el camarero me entrega mi chupito—. Es bastante fácil.

Los demás reciben un vaso cada uno.

—A la cuenta de tres —indica Ana—. Uno. Dos. Tres.

—Norte. Sur. Este. Oeste. ¡Oz! ¡Oz! ¡Oz! —gritamos todos y nos bebemos el chupito de un trago.

El ozrum tiene en parte el mismo sabor dulce y picante que la cerveza, pero carece de su suavidad. Arde al bajar y hago una mueca de dolor después de tragarlo.

—¡Dios mío! —digo, y todos se ríen.

Todos nos reímos.

Al instante me siento agradecida con Ana y el resto del consejo por darme la bienvenida a su ciudad, por dejarme participar en sus costumbres. Ojalá Rook estuviera aquí.

Una vez que nos hemos acomodado y el camarero ha recogido los vasos vacíos, me inclino hacia Ana.

—¿Sabes dónde puedo encontrar al médico que se ha llevado a mi amigo? ¿A Rook?

—Seguro que vendrán enseguida. El doctor Fennel es muy meticuloso. —Ana se levanta y se alisa las solapas del traje morado—. Supongo que se está haciendo tarde. Si queréis, puedo pedirle a Remy que os acompañe a vuestra habitación para que podáis descansar mientras lo esperáis.

Pienso que no me importaría asearme antes de que vuelva Rook.

—Te lo agradecería.

Ana le hace una señal con los dedos a Remy. La posadera se despide del grupo con el que está charlando y se acerca.

—¿Podrías llevar a Dorothy a su habitación? —pide Ana—. Asegúrate de que tiene todo lo que necesita. Tiene que estar en plena forma para la gran celebración de mañana por la noche.

—Bueno, no estoy segura de si me voy a quedar…

—¡Tonterías! —Ana me da una palmada en la espalda—. Sois nuestra heroína. ¡Por supuesto que os quedaréis para la fiesta que se celebra en vuestro honor! Descansad un poco y nos vemos mañana. —Ana me da un abrazo y luego saca al consejo de la taberna.

Remy me hace señas.

—Os he reservado nuestra mejor habitación en el tercer piso, vuestro amigo estará en la de al lado.

—Genial. Gracias, Remy. —Cojo a Toto en brazos y con la otra mano agarro mi cesta de pícnic.

Remy me lleva hasta una gran escalera al otro lado del mostrador.

Hay guirnaldas de luces entrelazadas entre los balaustres tallados.

La pared de la escalera está cubierta de pinturas al óleo colgadas en marcos de madera rudimentarios.

Todas las obras son fantásticas. Bestias que son mitad león, mitad pájaro.

Árboles con caras. Una niña hecha de parches.

Un gato de cristal con un arcoíris de luces que giran a su alrededor.

El artista tiene talento, igual que la tía Em. Ella pinta con los colores vibrantes del arcoíris. Este artista es más sobrio en sus pigmentos. Más tonos tierra, más dramatismo.

—¿Quién ha pintado estos cuadros? —pregunto mientras sigo a Remy por las escaleras.

—Mi padre.

—Es un artista increíble.

—Era —me corrige Remy.

—Oh, siento mucho tu pérdida. ¿Murió en la guerra?

Remy llega al rellano del segundo piso y sigue subiendo.

—Mi padre fue una de las personas que Delphine utilizó para reponer su poder.

—Oh. Lo siento mucho. Es horrible.

—Os lo agradezco —responde Remy por encima del hombro—. Por fortuna, todavía tengo a mi madre. Es la cocinera en la posada.

—Por favor, transmítele mis felicitaciones. La comida estaba increíble.

—Le encantará oírlo.

En el tercer piso, Remy gira a la derecha en el pasillo y nos lleva hacia la parte delantera de la posada. Mi habitación es la puerta del final. Remy se detiene frente a ella.

—Sé que no queréis atribuiros el mérito por haber matado a la bruja, pero nos habéis hecho un favor que nunca podremos pagaros. Ojalá hubiera podido matarla con mis propias manos.

Hasta ahora, solo había oído anécdotas sobre Delphine. Era horrible, sin duda, pero Remy es la primera persona con la que hablo que ha perdido a alguien directamente por su culpa.

Eso lo hace aún más real. Me hace sentir un poco menos culpable por lo que hice.

Remy abre la puerta y entra, y enciende una lámpara de mesa.

De repente, la habitación se inunda de una luz suave y cálida.

—Yo también perdí a alguien —me oigo decir, con la lengua aún suelta por el alcohol—. No de la misma manera. Solía esperar que volviera a por mí.

En la puerta, Remy se vuelve hacia mí. El movimiento hace que los pendientes de perlas se balanceen justo debajo de los rizos de su cabello oscuro.

—¿Todavía conserváis la esperanza?

Dejo a Toto en el suelo, que da una vuelta por la habitación, olisqueando las tablas del suelo y los muebles.

—A veces —admito—. A veces es lo único que tengo.

Remy asiente.

—Entonces, espero que algún día encontréis lo que buscáis.

—Te lo agradezco.

Remy sale al pasillo y cierra la puerta tras elle, y por fin me quedo sola.

Remy me ha facilitado una habitación con baño y paso la mayor parte de la siguiente media hora frotándome la piel con un paño ante un lavabo lleno de agua caliente. Sigo encontrando manchas de sangre. Siento que nunca voy a estar limpia.

Mientras me froto la sangre que se ha secado debajo de mis uñas, veo en mi mente a la Bruja del Este, recuerdo su salvajismo, su implacabilidad.

«Creo que sé quién te ha enviado», me dijo.

Sacó conclusiones precipitadas e hizo suposiciones sobre mí, y eso me hace hervir la sangre.

No me merecía que me tratara así. Porque nadie me envió.

Fue un tornado. Un accidente. Fui una víctima igual que ella.

Bueno… quizá podría decir que ella fue más víctima que yo, teniendo en cuenta que mi casa le cayó encima.

Miro mi reflejo en el espejo y veo otra mancha de sangre seca justo debajo de la línea del cabello. La froto. Y me esmero un poco más hasta que mi piel se pone roja.

Creo que aquí estoy a salvo, pero ¿cómo puedo estar segura?