19 Dorothy #2
La combinación de colores del exterior se traslada al interior de la casa de Remy. Las paredes interiores están pintadas del mismo tono de rojo, mientras que el suelo de madera noble está pintado de dorado, lo que le da casi la misma sensación que el camino de baldosas amarillas.
Hay cuadros y fotografías enmarcados en dorado colgados por toda la habitación, ocupando cada centímetro libre de las paredes. Se ven retratos de personas cosechando maíz, fotos de gente bailando en las calles de Valle y de personas amasando en una cocina antigua.
Me detengo ante estas últimas, sintiendo una punzada de nostalgia ante un agudo recuerdo de mi hogar.
Remy nos lleva a Ana y a mí hasta una mesa cerca de una chimenea enorme donde unos cuantos troncos ennegrecidos están cubiertos de brasas brillantes, pues el fuego está apagándose.
Supongo que con tanta gente apiñada en la posada y en la taberna, el fuego ya no es necesario.
El calor corporal es suficiente para mantener la temperatura en un espacio de yeso y vigas de madera.
El resto del consejo se dispersa y ocupan las dos mesas que quedan en la esquina trasera.
El bullicio de las conversaciones llena la sala principal, pero noto que el volumen baja cuando la gente se da cuenta de mi presencia.
Me observan mientras me deslizo entre las mesas, siguiendo a Ana.
Tanta atención me pone los pelos de punta, pero respiro hondo, tratando de recordarme a mí misma que se pasará.
Al final, encontrarán algo mucho más interesante en lo que centrarse.
En el Vagabundo Rojo no solo ofrecen camas para pasar la noche, sino que también hay una taberna con servicio completo en la planta baja y esta noche hay estofado, panecillos recién horneados y cerveza.
No creo que me guste la cerveza, pero Ana dice que es la mejor de todo el Valle y que combina bien con el estofado.
Les digo que no tengo dinero para pagar, pero Remy me hace un gesto con la mano y dice que todo corre a cargo de la casa, incluso el alojamiento.
—Es muy amable por vuestra parte —empiezo a decir—, pero no estoy segura de que sea justo para Remy. Me gustaría pagar de alguna manera si…
—¡Tonterías! —me interrumpe Ana—. Nos habéis salvado a todos de la Bruja del Este, y hasta ahora era imposible acabar con ella, figuraos.
No creo que seáis consciente de la importancia de lo que habéis hecho por nosotros.
—Se inclina y me aprieta la mano—. Os debemos al menos un millón de comidas más.
Compruebo la reacción de Remy, ya que es su comida y su cama.
—Será un placer. Por favor, tenedlo en cuenta.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, gracias. De verdad.
Remy asiente y se va a la cocina para hacer nuestro pedido. Y tan pronto como nos quedamos solos, Ana acerca su silla y se inclina hacia mí, con toda su atención puesta en mí.
—Bueno —empieza—. Me han dicho que llegasteis a Oz en un ciclón, dentro de una casa que cayó del cielo…
Lo dice con total naturalidad, como si viajar en una casa no fuera diferente a hacerlo en autobús o en carruaje.
—Sí, fue una tormenta la que me trajo aquí. Y ahora estoy intentando volver a mi casa en Kansas.
Un camarero nos trae dos jarras de cerveza escarchadas. Las jarras son rojas, como el edificio.
Ana da un largo sorbo a la suya. Yo primero huelo la mía. Tiene el aroma a lúpulo que esperaba, pero debajo de él detecto calabaza, especias cálidas, vainilla y miel.
—Se llama Cáscara de Calabaza —dice Ana, secándose la boca con la servilleta—. Vamos, probadla.
A mi lado, en su propia silla, Toto me mira desde debajo de su desordenado flequillo.
Edward y yo nos emborrachamos solo una vez; fue con vodka en el granero Gilbert.
Apenas teníamos dieciséis años y los padres de Edward se habían ido a la ciudad a vender su última cosecha.
Él había encontrado la botella de vodka olvidada en el sótano.
Los primeros tragos fueron insoportables. Pero luego el alcohol comenzó a calentarme el estómago y el sabor ya no me resultaba tan fuerte. Toto se puso a ladrarnos a Edward y a mí cuando decidimos bailar juntos bajo las estrellas, como si le molestara mi falta de criterio.
A la mañana siguiente sufrí una resaca y aprendí rápidamente que, si no quería odiarme a mí misma, lo mejor era tomármelo con calma.
Doy un sorbo a esta famosa cerveza de Valle Resplandeciente, esperando odiarla. No soy bebedora de cerveza. Si puedo elegir, prefiero el whisky sour . Pero mi primer sorbo me hace abrir los ojos como platos.
—Vale. ¡Vaya!
—¡Sí! —aplaude Ana—. Deliciosa, ¿verdad?
—Está muy buena.
Toto exhala un suspiro y luego da una vuelta en la silla y se coloca en un lugar de espaldas a mí.
Oh, definitivamente me está juzgando.
El camarero nos trae la comida. El vapor se eleva del guiso oscuro y los panecillos brillan por el azúcar glaseado que los cubre.
Se oyen los gruñidos de mi estómago. No sé qué hora es ni cuánto tiempo llevo en Oz, pero mi estómago me dice claramente que ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que comí.
Parto un trozo de pan y lo mojo en el guiso, y en cuanto le doy un mordisco, me invade una sensación de calma. La comida puede ser el consuelo universal. No hay nada mejor que un plato caliente en un lugar extraño.
—Dios mío, qué bueno está. —Las patatas están cocinadas a la perfección y la carne asada se deshace en la boca. Pero es el caldo el que tiene el sabor más complejo. Salado, dulce y rico.
Por primera vez desde que desperté en Oz, pienso que todo va a salir bien.
De alguna manera, me las arreglo para tomarme dos jarras de cerveza antes de terminar el plato de estofado. A pesar de haber llenado mi estómago con comida, el alcohol me afecta rápidamente y una oleada de calor me invade las mejillas.
En el fondo, soy consciente de que, en realidad, no he sabido dosificar las fuerzas. Pero ahora la preocupación ha flotado ya muy lejos.
Toto me mira con el ceño fruncido, pero lo ignoro porque por fin me siento bien en este lugar.
—¿Se lo habéis dicho? —grita uno de los miembros del consejo desde la esquina trasera.
—¡Shhh! ¡Todavía no! ¡Quería que la chica comiera algo primero! —explica Ana.
—¿Decir qué?
Su boca forma una O de emoción mientras acerca su silla y acorta la distancia entre nosotras.
—El consejo está planeando una celebración por nuestra liberación, mañana por la noche en la Mansión de Este. Ese es el nombre que recibe la casa del preboste. Mi casa —añade con un guiño—. De todos modos, vos seríais la invitada de honor y os tratarían como tal y…
—¿Por qué estáis todos tan contentos por la muerte de la bruja? —La cerveza me está soltando la lengua, pero en este momento no me importa. Tengo la respuesta que me dieron los campesinos, pero tengo curiosidad por saber más de los responsables.
—Es una larga historia —responde Ana.
—Tengo tiempo.
Ana llama al camarero para pedir otra ronda de cerveza. Nos rellenan las jarras.
—Las brujas de los puntos cardinales eran buenas al principio.
—Ana envuelve la jarra de cerveza con la mano y hace una pausa para respirar—.
Después de que los dioses de los puntos cardinales nos abandonaran y los confines de Oz se convirtieran en desierto, todos estábamos desesperados por entenderlo.
—Espera. Cuando dices dioses, ¿te refieres a figuras mitológicas a las que adorabais? ¿Como en la iglesia? O…
—No sé qué es una iglesia, pero los dioses eran reales. Nos bendecían a nosotros, a nuestras cosechas y a nuestras tierras. Visitaban nuestras ciudades y nuestros pueblos, y nos otorgaban su amor. Pero un día, simplemente desaparecieron.
La cálida y difusa sensación que me produce la cerveza me ayuda a suspender mi incredulidad. Si Ana dice que hay dioses, entonces lo creo.
—¿Nadie sabe por qué se marcharon los dioses?
Se encoge de hombros y toma otro trago.
—Las brujas dijeron que era un castigo para la familia real.
Que habían intentado robar el poder a los dioses y estos las estaban castigando, pero todos estábamos sufriendo las consecuencias.
Cuando las brujas y la realeza se enfrentaron, comenzó la Gran y Terrible Guerra.
Y fue la guerra entre diferentes magias lo que provocó las horribles maldiciones.
Recuerdo que los campesinos mencionaron que el cielo está oscuro, independientemente de la hora del día, y todo por culpa de unas maldiciones.
—¿Has dicho maldiciones, en plural? —pregunto.
—Sí. Hay cientos. Quizá miles. Es difícil de definir. —Me quedo boquiabierta.
—¿Qué otras maldiciones hay?
—Desde la mala suerte hasta el olvido. Hay un pueblo entero en el sur donde todos se convirtieron en cerámica.
Vale, mi incredulidad va en aumento. Me cuesta mucho mantener la boca cerrada. Ahora estoy boquiabierta por la sorpresa.
—Incluso la Bruja del Oeste sufre grandes y terribles maldiciones. Dos, para ser exactos, pero solo conocemos una.
—¿Cuál es?
—Le da miedo la oscuridad.
—A mí también.
—¿Verdad? —conviene Ana y se ríe entre dientes mientras bebe un sorbo de su jarra de cerveza.
—¿Cómo sabes que padece otra?
—Bueno, no estoy segura —reflexiona Ana—. Es algo que todos comentan.
—Pero ¿no sabéis qué es?
—Exacto.
—¿Y la familia real? —pregunto—. ¿Dónde está ahora?
—Todos han muerto.
No sé si debería sentir pena por esta familia o si eran realmente personas horribles y tal vez recibieron su merecido.
—Ahora son las brujas de los puntos cardinales las que gobiernan los territorios separados que rodean la Ciudad Esmeralda, que pertenece al Mago de Oz.
—¿Y cómo encaja el mago en todo esto?
—Oh, el mago es el más poderoso de todos. —Los ojos de Ana se agrandan cuando habla de él—. Es el verdadero héroe de la Gran y Terrible Guerra. Fue él quien finalmente derrotó a la realeza.
Me da vueltas la cabeza. Quizá también sea por la cerveza. Toto levanta la cabeza y me mira como si pudiera leerme el pensamiento y estuviera de acuerdo con esta teoría.
—Ocúpate de tus asuntos —le digo con la mirada, y él resopla con fuerza, lo que hace que sus bigotes se muevan.
—Entonces… y volviendo a la Bruja del Este. ¿Por qué celebráis su muerte?
Ana asiente.
—Como he dicho, al principio era buena, pero en algún momento se volvió malvada. Verás, a diferencia de los magos, las brujas deben conectar con algo para usar su magia, y Este, ella… —Ana se queda callada, con la mirada vidriosa y perdidos en la lejanía.
—¿Qué?
—Sacrificaba a los habitantes del Este para obtener poder.