Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 19 Dorothy
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19 Dorothy

R emy, con sus largas piernas y su complexión delgada, se mueve por la ciudad con facilidad y urgencia. Tengo que correr para seguirle el ritmo.

El Consejo del Este nos sigue, charlando entre ellos.

Pasamos por delante de varios escaparates con vitrinas iluminadas donde se pueden apreciar elaboradas exposiciones de productos artesanales. Sobre las escaleras cuelgan carteles de colores con nombres pintados. Taberna de las Brujas, El Caos y Capas Solitarias.

No hay nada parecido en Kansas. Este lugar parece sacado de un cuento.

La calle gira a la derecha como el vientre de una serpiente y, por un instante, pierdo de vista a Remy.

Cuando doblo la curva, la calle se abre a un parque con forma de porción de tarta con una gigantesca estatua de bronce en el centro. Es más alta que los edificios de tres pisos que nos rodean.

La estatua representa a un hombre con un abrigo largo pintado de un tono azul verdoso.

El abrigo se hincha desde sus caderas como si estuviera atrapado en una brisa eterna.

Su cabello también aparece un poco revuelto.

El brazo izquierdo está echado hacia atrás y sostiene una varita similar a la de la Bruja del Este.

Cada gesto de su lenguaje corporal dice «lucha».

El consejo se detiene detrás de mí. Toto se retuerce en mis brazos y gruñe a la estatua.

—¿Quién es? —pregunto.

—Es el Gran y Poderoso Mago de Oz —responde Ana.

La forma en que lo dice tiene la misma inflexión que si estuviera refiriéndose a un mito o a un dios.

No sé qué es un preboste, pero he supuesto que es un cargo importante, alguien con poder.

Sin embargo, Ana actúa como si el mago estuviera tan arriba en la jerarquía que apenas pudiera comprender la cima.

Estira el cuello y sonríe con nostalgia a la estatua. Al hacerlo, una cascada de rizos grandes y gruesos le cae desde los hombros hasta la mitad de la espalda. Cierra los ojos y respira por la nariz.

Sin estar segura de las costumbres de esta tierra, yo también cierro los ojos e inhalo.

Percibo los aromas que cabría esperar en una ciudad de este tamaño: carne asada, productos horneados; pero por debajo hay algo menos definible, algo dulce y picante, como canela, clavo y cardamomo.

—¿Qué es eso? —pregunto y abro los ojos—. ¿Ese olor?

Espero que Ana me diga el nombre de algún producto de panadería especial, pero no lo hace. En cambio, se endereza y se vuelve hacia mí. Sus ojos color miel se iluminan, reflejando la luz dorada de las farolas.

—Es magia.

También lo dice con reverencia.

Toto se retuerce en mis brazos, pero no estoy dispuesta a soltarlo. No en esta bulliciosa ciudad. Le rasco debajo de la barbilla, tratando de distraerlo.

—La magia es real aquí, ¿verdad?

Quería pedirle una aclaración, solo para asegurarme de que Ana ha dicho lo que yo creo que ha dicho, que literalmente ha pronunciado la palabra «magia».

En cambio, mis palabras salen un poco entrecortadas, temblando ante la posibilidad.

—Sí. —Asiente moviendo la cabeza, y los pendientes de esmeralda que cuelgan de sus orejas se balancean con el gesto.

Me estremezco y me vuelvo hacia la estatua del mago.

—Se supone que debo ir a verlo. Me han dicho que puede ayudarme a encontrar el camino a casa.

—¿Ah, sí? ¿Lo conocéis?

—No. ¿No lo conoces tú?

El resto del consejo se mira furtivamente.

—No lo conozco personalmente, pero lo he visto. Más o menos —reconoce Ana.

—¿Qué significa eso? ¿Que lo has visto más o menos?

Al otro lado del parque, varias personas encienden velas en un altar situado detrás del mago. Las llamas titilantes proyectan sombras nítidas sobre sus rostros. Una vez encendidas las velas, cierran los ojos y mueven los labios en una oración silenciosa.

—Bueno… —comienza Ana—. A cada Consejo Cardenalicio se le concede una audiencia con el mago en la Ciudad Esmeralda una vez al año, en la víspera del Día del Recuerdo, pero el mago es tan poderoso que es imposible mirarlo directamente.

—¿Qué? ¿En serio? Qué extraño, ¿no? —Todos se ríen entre ellos llenos de nerviosismo.

—No —dice Ana finalmente, ahora seria—. Si lo miras directamente, te zumban los oídos.

Los siete miembros del consejo asienten con energía.

—O te arden los ojos —añade una mujer.

—Yo me mareé —apostilla otro lugareño—. Por poco me desmayo.

Vuelvo a mirar la estatua. La silueta del mago se recorta contra el cielo oscuro. Y aunque está fundida en bronce y mide unos doce metros de altura, los rasgos de su rostro son suaves, casi borrosos, como si quien la fundió tampoco tuviera idea de cómo era realmente el mago.

—¿Qué edad tiene?

Ana da un paso adelante, de modo que quedamos casi hombro con hombro.

—Es difícil de decir. Al igual que las brujas de los puntos cardinales, es eternamente joven.

Eso explica por qué Lacosta parecía tener apenas veinte años.

Dejando a un lado la ausencia de los rasgos faciales, la estatua del mago muestra una gran cantidad de detalles.

Los tendones se marcan en su mano, lo que da una sensación de tensión y movimiento.

Unas finas líneas recorren sus nudillos doblados y sus uñas están talladas con maestría, como si hubieran sido cuidadas y recortadas con esmero.

Al contemplar a este hombre todopoderoso, siento una oleada de emoción en mi pecho.

Sé que tengo un objetivo: conocer al mago y pedirle que me ayude a encontrar el camino a casa. Pero no puedo negar la emoción que recorre mi espina dorsal al pensar en estar en la misma habitación que alguien con tanta autoridad, con tanta presencia.

Nunca he conocido a un hombre como él. Remy se aclara la garganta.

—Lo siento. No era mi intención hacerte esperar —digo, dejando atrás la estatua.

—Es una efigie impresionante —comenta Remy—. No os culpo por deteneros a admirarla.

—¿Has conocido al mago?

Giramos a la izquierda en el siguiente cruce, donde varios niños persiguen una pelota que parece rodar cuesta arriba por sí sola.

—No —me responde Remy—. Pero, por todo lo que he oído sobre él, no sé si me gustaría conocerlo.

—¿Qué quieres decir? ¿Es cruel como la Bruja del Este?

Seguimos la carretera que desciende hacia otro cruce.

—Nada de eso. Nada tan evidente. Creo que simplemente… —Absorbe todo el aire del mundo, si eso tiene sentido—. Se supone que es un hombre del pueblo, pero no permite que nadie lo mire.

—Ah. Bueno, eso parece lógico, supongo. Sin embargo, aunque no a todo el mundo le gusta ser el centro de atención, algunas personas están destinadas a ello, da igual que no lo deseen.

Remy se detiene en una alcoba donde hay una puerta de doble arco cubierta por pintura dorada.

—Cierto. Pero el mago no es así.

—¿Cómo lo sabes?

Alarga la mano hacia el pomo dorado de la puerta.

—Es solo una sensación.

—Entiendo.

Remy abre la puerta y el característico bullicio de una taberna se filtra en la noche.

—Oh, ¿esta es tu posada?

—Sí. Bienvenidos al Vagabundo Rojo.

Me alejo del nicho y vuelvo a la concurrida calle para verla mejor.

La posada rodea la esquina de la calle, justo por donde está la entrada, dando la bienvenida a la gente desde el cruce en el que se encuentra.

Las puertas dobles aparecen flanqueadas por dos grandes ventanales, donde juegan la luz y las sombras en el interior. Todos los marcos que rodean las ventanas, tanto aquí como en el segundo y el tercer piso, están pintados del mismo color dorado que las puertas.

El resto del edificio, construido en ladrillo, está pintado de rojo.

En el Valle Resplandeciente parecen gustar los colores, pero ninguno de los otros propietarios se ha atrevido con algo tan osado como el rojo brillante y el dorado.

Eso me hace apreciar aún más a Remy, aunque acabamos de conocernos.

—Mi tía es artista —le comento a Remy—. Le encantaría tu posada.

—Gracias. Tuve que convencer al consejo para conseguir que aprobaran esta combinación de colores.

El consejo en cuestión, con Ana al frente, se ha reunido detrás de nosotros.

—Aprecio el color tanto como cualquiera —se defiende Ana—, pero hay normas. Más allá de la piedra natural y la madera, las normas de construcción de Valle habían aprobado el verde esmeralda y el berenjena, no el rojo amapola.

Es bastante refrescante que incluso aquí, en esta tierra extraña, la gente siga luchando contra las normas urbanísticas.

Henry quiso añadir un segundo granero a la granja en un momento dado, en un intento por ampliar su capacidad para procesar la cosecha, pero el condado se lo denegó porque había un límite de edificios accesorios.

Son tareas mundanas como esa las que me hacen dudar de una vida en el campo.

Nunca tendría la energía ni el deseo de luchar contra un ayuntamiento o una comisión del condado por los colores de la pintura exterior o el número de edificios accesorios que se me permiten.

Quiero hacer… más.

No es que culpe a Remy o a Henry por luchar por lo que quieren, independientemente de lo grande o pequeño que sea el objetivo.

—Bueno, pues ha quedado precioso —digo a Remy y Ana—. Me alegro de que lo hayáis aprobado.

—¿Ves? —le recrimina Remy a Ana—. Deberíamos abrirnos a todo el arcoíris. El verde esmeralda es su color. No el nuestro.

—¿De quién? —pregunto.

—Del mago —responde Ana y pasa junto a mí para acercarse a la posada—. Da la casualidad de que me gusta el verde esmeralda.

—¿De verdad? —la desafía Remy.

—¡Sí, de verdad!

—No era mi intención abrir la caja de Pandora —me disculpo.

—El verde esmeralda es un buen color —sentencia Ana por encima del hombro—. ¿No estás de acuerdo?

Miro hacia la calle, hacia la estatua del mago, mientras el resto del consejo entra en la posada.

Em me dijo una vez que el verde era el color de la armonía y la suerte.

Y cada primavera, espero a que broten las primeras flores verdes para saber que se acercan los meses más cálidos.

Seguro que el verde es un buen presagio para el mago, ¿no?

—Me encanta el verde —reconozco finalmente, lo que hace que Ana aplauda y Remy frunza el ceño.

—¡Claro que os gusta! —redunda Ana y luego entra.