Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 18 Espantapájaros
35%

18 Espantapájaros

N os rodean en cuanto entramos en Valle Resplandeciente.

No tengo ningún valor para la gente que está al otro lado de la puerta.

Han venido a ver a Kansas y, a juzgar por su reacción, ella no está acostumbrada a recibir tanta atención.

Se hace pequeña entre la multitud mientras aprieta al perro contra su pecho, y encorva los hombros hacia delante.

Sus ojos se mueven rápidamente de un lado a otro mientras la multitud la vitorea, y los que están más cerca de ella le aprietan el brazo y le dan palmaditas en la espalda.

Me alejo para refugiarme en la sombra que proyecta el toldo a rayas de una tienda cercana.

¿Debería salvarla?

Me quedo observando.

Otros se unen a la multitud hasta que las calles se llenan de lugareños.

Su respiración se acelera. El perro ladra entre sus brazos.

—¡Rook! —me llama con voz temblorosa—. ¡Rook!

Empujo a la multitud a un lado. Se apartan fácilmente. Soy mucho más alto y corpulento que ellos.

Cuando le rodeo la muñeca con la mano, Kansas me mira a los ojos y suelta el aire.

Veo lágrimas contenidas en sus párpados.

—Te tengo, Kansas. —La saco de allí. Ella trastabilla y se apoya en mi pecho. Le rodeo los hombros con mi brazo y la acurruco contra mi costado. Olvido mis heridas, mi dolor desaparece.

—Esto es… demasiado —susurra.

La alejo de la puerta para llevarla hacia el centro de la ciudad.

Todo esto me resulta familiar. Las estrechas fachadas de las tiendas se alinean en pequeñas filas ordenadas con ventanas arqueadas y toldos de colores.

Hay macetas de girasoles, dedaleras y lirios.

Flota en el aire el olor a canela y almendras garrapiñadas.

A pan recién horneado. A carne asada. A estofado caliente.

Sobre la calle, cuelgan faroles de todos los colores, van de tejado en tejado, proyectando un caleidoscopio de luces sobre la calle empedrada.

Llegamos al siguiente cruce, donde veo un carrito en la acera lleno de piruletas y algodón de azúcar. El hombre que vende los dulces le ofrece uno a Kansas. Es una piruleta de regaliz, un caramelo del color de las noches oscuras.

—No, gracias —dice ella.

—¡Insisto! —grita el hombre.

—No lo quiere —intervengo y alejo a Kansas.

—Gracias —me murmura—. Esta gente actúa como si fuera una heroína, pero solo me defendí de la bruja.

—Sospecho que el cómo no les importa mucho. Simplemente se alegran de que lo hayas hecho.

—He matado a una mujer —explica mientras doblamos la siguiente esquina.

—Querrás decir que mataste a una tirana.

Siento su brusca inspiración tanto como la oigo. Sigue acurrucada en mis brazos, acercándose cada vez más a medida que avanzamos.

Se hace pequeña, como si la mera idea de ser percibida pudiera dejarla al descubierto.

Me resulta increíblemente entrañable, por no decir desconcertante.

—¿A dónde vamos? —me pregunta.

Excelente pregunta. Dejo que mis pies me guíen.

Doblamos la siguiente esquina y nos detiene una fila de hombres y mujeres vestidos con trajes a juego de color violeta.

Sé inmediatamente quiénes son.

El Consejo del Este. La mujer que va delante, con el pelo largo y ondulado y una sonrisa brillante y deslumbrante que contrasta con su cálida piel morena, es la que está al mando.

—¡Bienvenida, gran hechicera! —se presenta—. Soy Viviana Luzia, pero todos me llaman Ana. Soy la preboste de Valle. Vuestro amigo y vos sois nuestros invitados. Os proporcionaremos todo lo que queráis.

Kansas me mira. Su perro me mira. La expresión de Kansas es de necesidad desesperada, de pánico creciente, mientras que la del perro es de lejano disgusto. Demostraré que se equivoca. Puedo proteger a Kansas. La protegeré. Al fin y al cabo, no tengo nada mejor que hacer.

—Necesitamos una cama —pido al consejo.

Junto a Ana hay un hombre bajito y corpulento con un bigote tupido y gafas gruesas. Le susurra algo al oído como un molesto mosquito.

—Más tarde —le susurra Ana al hombre y luego nos devuelve la sonrisa.

—También necesitamos un médico —añade Kansas.

La preboste chasquea los dedos y varias personas más se apresuran a acercarse. Hay una alta, pálida, con el pelo corto y perlas colgando de las orejas. Otra lleva una chaqueta abotonada y las uñas pintadas de morado. Una tercera, de piel bronceada, luce un sombrero de copa y una pulcra trenza.

—Remy os mostrará vuestra posada y os proporcionará una habitación —explica la preboste, señalando con la cabeza a la persona con los pendientes de perlas—.

El doctor Fennel es el médico de Valle Resplandeciente.

Puede ayudaros con cualquier dolencia que tengáis.

—Se refiere al hombre de la chaqueta—. Ruth es su asistente. —La de la trenza.

El doctor Fennel se acerca.

—¿Estáis herida, hechicera?

—Yo no. —Kansas hace un gesto con la cabeza para señalarme—. Es Rook.

Como si no estuviera ya claro que soy yo quien está sangrando y destrozado.

El doctor Fennel me mira finalmente. Está dispuesto a saludarme, a decirme cosas amables, cosas tranquilizadoras. Pero en cuanto me ve, su expresión cambia.

—¡Vos! —exclama.

La palabra es un susurro. Apenas un murmullo.

Kansas jadea.

—¿Lo conoces?

—¡Vamos! —La preboste pasa el brazo por los hombros de Kansas. Remy nos guía hacia la posada.

—Espera —dice Kansas.

—¿Vamos? —me dirijo al doctor.

Él cierra la boca de golpe. Asiente con la cabeza y retrocede tambaleándose.

—Por supuesto… Rook, ¿verdad?

—Sí. ¿O es que me conoces por otro nombre?

—¿Conoces a Rook? —oigo preguntar a Kansas mientras la acompañan por la calle empedrada—. No tiene recuerdos. Lo encontré así, golpeado y ensangrentado, atado a un poste.

—Oh, qué horror —conviene la preboste—. Si es así, seguro que lo curarán —añade más tarde.

—¿Y bien? —insisto al doctor Fennel.

—Disculpe, señor. Creo que me he equivocado.

—Es una pena.

Se marcha apresuradamente.

—Mi consulta está por aquí. Le curaré en un santiamén.

—Vaya delante —digo—. Nosotros le seguiremos.