17 Dorothy
E l maizal llega al final y, donde termina, comienza el bosque. Inmediatamente echo de menos la comodidad de los campos de cultivo. Entiendo el maíz, pero no los bosques. Y en un lugar como este, parece mucho más probable que algo aterrador pueda residir entre los árboles.
No estoy dispuesta a admitirlo, pero agradezco disfrutar de la compañía de Rook. Poder ocupar mis pensamientos con otra persona y conversar con él es suficiente para distraer mi ansiedad y mi imaginación desbordante.
No quiero pensar en qué tipo de monstruos podrían vivir en los oscuros bosques de Oz.
En cambio, quiero absorber todo lo que haya que aprender sobre el apuesto espantapájaros.
Se apoya en mí mientras caminamos, pero sospecho que está conteniendo su peso para no abrumarme. Aun así, el calor de su cercanía es un bienvenido regalo y mantengo mi brazo firmemente alrededor de su cintura.
No quiero darme cuenta de los duros músculos que hay debajo de su chaqueta, pero lo hago.
—¿Cómo es tu casa? —me pregunta mientras avanzamos.
Toto va trotando delante para perseguir una luciérnaga.
—¡No te alejes demasiado, Toto! Kansas es tranquilo y hermoso a su manera —le digo a Rook—, pero no tiene salida al mar. Hay tierras de cultivo hasta donde alcanza la vista. Supongo que eso está bien si te gusta la agricultura.
—¿Y a ti no te gusta?
Pienso en Edward y en la vida que me ha prometido: tener nuestra propia granja, una familia. ¿Le debo a él y a mí misma intentar disfrutarlo?
—No. —La palabra me sale demasiado rápido—. Es decir, Kansas es mi hogar y me gusta mi hogar.
—Pero no la agricultura.
—¿Y tú? —pregunto, cambiando de tema—. No quiero entrometerme, pero he notado que no tienes las manos callosas. Llevas las uñas bien cortadas. Debes dedicarte a algo que no sea trabajo manual duro.
Extiende su mano derecha frente a nosotros. No tiene ninguna marca distintiva. Ni tatuajes. Ni cicatrices.
—Eres muy observadora, Kansas.
Voy a corregirle mi nombre otra vez, pero decido que no me importa el apodo.
—Las manos callosas me resultan familiares, eso es todo.
—¿Cómo es eso?
Vuelvo a recordar a Edward y sus manos ásperas sobre mis muslos desnudos.
—Granjas —decimos al unísono, y entonces yo me río y él sonríe, y siento mariposas en el estómago.
Seguimos caminando y hablando.
Le hablo de Em y Henry, pero me doy cuenta de que estoy evitando el tema de Edward.
¿Cómo puedo definirlo? Somos más que amigos, pero nunca hemos llegado a llamarnos novios.
¿Fue anoche cuando me lo pidió? Parece que ha pasado ya un mes.
—¿Tienes amigos aquí? —pregunto a Rook mientras la carretera de baldosas amarillas se aleja de una arboleda que brilla con un tono plateado bajo la luz de las farolas.
—No estoy seguro —responde—. Pero no creo.
—¿Por qué?
—Estaba atado a un poste. Si tuviera amigos, seguro que me habrían salvado.
Lo dice sin emoción alguna, pero la idea me hace arder los ojos.
—Quizá no sabían dónde estabas.
—Quizá —admite—. ¿Dónde conociste a tu peludo amigo?
—¿A mi perro?
Rook me mira.
—¿Así es como lo llamas?
—¿Sí? Eso es lo que es.
—Mmm, ¿dónde lo conseguiste? —insiste un rato después.
—Simplemente apareció un día en la granja.
—¿Qué día?
—No lo recuerdo.
—Algo tenemos en común.
—Supongo que sí.
—Te protege —observa Rook cuando Toto se detiene para mirar atrás y comprobar cómo voy.
—Nos protegemos mutuamente.
—Entonces, sois amigos de verdad.
—Sí.
Toto mueve la cola cuando lo alcanzamos y se pone a mi lado.
Cuando doblamos otra curva en el camino de ladrillos, los árboles comienzan a escasear y, más adelante, diviso un destello de luz en la oscuridad de la noche.
—La ciudad —señala Rook. Estamos en un punto oscuro entre farolas, pero percibo el alivio en su voz.
—Gracias a Dios. Empezaba a pensar que íbamos a pasar la noche en el bosque. ¿Crees que encontraremos una cama libre? ¿Qué se usa aquí como dinero?
Aceleramos el paso ahora que vemos nuestro destino.
—Los piats son monedas de oro —explica Rook—. La moneda de mayor valor. Los cuts son de plata. Los brons son de cobre y son la moneda de menor valor. Y cuando nada de eso sirva, supongo que un poco de pan o fruta bastarán.
—¿Así que conoces la moneda, pero no sabes cómo se fabrica?
—Si tuvieras que adivinar mi profesión, ¿cuál sería?
—Mmmm… Veamos… —Hago como si lo analizara mientras caminamos, y la sonrisa burlona de su rostro ilumina sus ojos verdes—. ¿Quizá seas comerciante? Tu ropa es bonita. Podrías ser sastre.
—¿Por qué iban a golpear y atar a un poste a un sastre?
La forma en que lo dice, con distancia, es casi como si le hubiera pasado a otra persona y no a él. Lo está llevando bien, considerando todas las circunstancias. ¿Hay libertad en no tener recuerdos? ¿Sin culpa, sin remordimientos, sin arrepentimientos?
—Tiene más sentido que seas comerciante. ¿Quizá un negocio que salió mal?
Rook se encoge de hombros.
—Quizá.
La ciudad se acerca y, cuanto más nos aproximamos, más clara se ve, y me doy cuenta de que está rodeada por una muralla de al menos seis metros de altura.
Eso me parece extraño.
Apenas puedo distinguir las siluetas de varios guardias en la entrada, con espadas atadas a la cintura.
Aún no nos han visto.
—¿Es esto normal en Oz? —pregunto a Rook—. ¿Cerrar una ciudad con una muralla y poner guardias alrededor?
—No lo sé.
—¿No deberíamos…?
—¡Hola! —grita Rook.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy haciendo amigos —responde él.
—Tienen armas.
—Y yo poseo encanto. —Me dedica una sonrisa—. Y tú vas con un… perro.
Los guardias se ponen firmes, son cuatro en total.
—¿Quién anda ahí? —grita uno.
Rook y yo nos acercamos a la luz que proyectan las antorchas de hierro colocadas en la muralla de la ciudad.
—Hola. —Me recoloco, tratando de mantener a Rook erguido—. Soy Dorothy y él es…
—¿Dorothy? —dice la mujer de la izquierda. El hombre que está a su lado le susurra algo al oído.
El hombre más alto, el de la derecha, se vuelve hacia los demás.
—¡La gran hechicera de la que nos habló Aakin! —exclama.
—¿Aakin está aquí? —pregunto.
—¡Nos habéis liberado de la cruel e implacable Bruja del Este, oh, gran hechicera! —dice la cuarta guardia, una mujer con una trenza de pelo rizado.
Rook se vuelve hacia mí.
—No me dijiste que eras una hechicera.
—No lo soy.
—¡Saludad todos a Dorothy, la gran hechicera! —gritan los guardias al unísono y luego caen rápidamente de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo—. ¡Gracias por liberarnos!
Rook me mira con renovado interés, con un intenso centelleo en sus brillantes ojos verdes.
—Terca. Segura de ti misma. ¿Y sin embargo humilde? Es evidente que eres alguien muy importante.
—No lo soy, lo juro. —Toto ladra a los guardias.
Ellos, al darse cuenta de que está allí, se levantan rápidamente y desenvainan sus espadas, chillando como si hubieran visto un fantasma.
Me escabullo por debajo de Rook y cojo a Toto en brazos.
—Es inofensivo. ¡Solo es un perro!
El hombre del bigote traga saliva, pero parte de la tensión abandona sus hombros.
—Le prometo que no le hará daño.
Rook cojea delante de mí.
—¿Seríais tan amable de dejarnos entrar en vuestra gran ciudad? Somos viajeros cansados que buscan un lugar donde descansar. ¿Comida, bebida y tal vez un médico?
Los guardias mantienen una conversación silenciosa.
Rezo a los dioses que habiten esta tierra. Estoy agotada, tengo frío y hambre. «Por favor, por favor, dadme una cama cálida y cómoda».
La mujer le susurra algo al oído al hombre del bigote.
Él escucha atentamente y luego asiente con la cabeza.
—Será un honor alojar a la gran hechicera y a su amigo. Pero ¿el perro es dócil? —responde finalmente.
Dice perro con una O larga, como si nunca hubiera oído esa palabra en su vida.
—Sí. Se portará bien. ¿Verdad, Toto? —Toto gruñe en mis brazos como para contradecirme, y yo le tapo el hocico con la mano, instándole a que se calle. Si su complejo de Napoleón provoca que no nos reciban en esta ciudad, nunca se lo perdonaré.
La mujer saca una llave de la cadena que lleva alrededor del cuello.
En sus manos, parece duplicar su tamaño, con el extremo dentado más largo que su dedo más largo.
En la pared de piedra a la izquierda de la puerta hay un hueco lo suficientemente grande como para que la mujer pueda meter la mano dentro.
Debe pulsar un botón o una palanca, porque un segundo después se abre una puerta oculta que deja al descubierto una cerradura.
—¡Permiso para abrir! —grita el hombre bigotudo.
—Permiso concedido —responde una voz desde el otro lado.
La mujer introduce la llave en la cerradura y la gira con fuerza. Los engranajes cobran vida con un chirrido y la puerta se abre, y entonces deja ver una brillante luz dorada que inunda la noche.
—Bienvenidos a Valle Resplandeciente, la ciudad amurallada —anuncia el guardia.