16 Gabriel
E l aceite hace flotar a Gabriel.
En las horas que se alargan como masilla, todo está bien. No posee libertad, pero al menos tiene calidez. Al menos, conserva su atractivo físico.
Detrás de los párpados cerrados, la oscuridad se mueve y luego chispea. Las chispas le recuerdan los fuegos artificiales del día en que terminó la guerra. Los dioses se habían ido. La familia real se había marchado. Y las brujas prometieron tiempos mejores.
Todo el mundo estaba desesperado por llevar una vida normal. Aunque fuera una promesa hecha sobre un montón de cenizas.
Ve a sus hermanos bajo la luz intermitente de los fuegos artificiales. No se odian. Todavía no.
Hay una botella ámbar de Emerald Spice que se pasan entre todos. Siente la cerveza caliente en la lengua. Sabe a invierno, a clavo y a jengibre.
Aún no ha sufrido la maldición. Eso vendrá más tarde. Su cuerpo sigue siendo suyo, no es prisionero de él, no está encarcelado en él. Es libre.
Pero no se siente libre.
—Despierta, pequeño.
Gabriel abre los ojos lentamente. La chispa de los fuegos artificiales es sustituida por el parpadeo de la llama de una antorcha.
La bruja está de pie en el pasillo, al otro lado de la reja de su celda.
Gabriel gime y se hunde de nuevo en la piedra.
—Prefiero no hacerlo.
—¿Cómo está tu hermano?
—Como si no lo supieras.
Gabriel siente un pinchazo en el brazo, un poco de magia que lo ataca como un rayo.
—¡Oye! —Se incorpora y se frota el lugar dolorido. Toda la efervescencia del aceite ha desaparecido y la realidad vuelve a golpearlo con fuerza—. ¿No es suficiente tortura que me mantengas prisionero aquí sin haber cometido ningún delito?
—Eres prisionero, no por lo que has hecho, sino por lo que puedes hacer.
No es la primera vez que la bruja lo visita en las mazmorras.
No es la primera vez que lo presiona para obtener información sobre sus hermanos.
Pero, de alguna manera, esta vez parece diferente.
Ella siempre ha evitado sus comentarios sobre los motivos específicos de su encarcelamiento.
Habla de cualquier otra cosa. Algunos días le sale con el color del cielo maldito, otros con el sabor del aire frío.
Los menos, comparte comida con él, le habla de su infancia y le pregunta por la suya.
Pero nunca menciona por qué está allí. Gabriel se ha convencido de que por mucho que suplicara, negociara o insistiera, nada haría que le liberara. Solo la muerte. O la venganza.
Al final, ha dejado de hacer preguntas. Entonces, ¿por qué lo nombra ahora?
—No lo entiendo. —Se pone lentamente en pie apoyando la espalda en la pared de roca para mantener el equilibrio—. ¿Qué quieres decir con lo que puedo hacer?
—Estoy segura de que lo sabes. Tienes talento para encontrar cosas perdidas. Un talento que heredaste de tu padre.
Gabriel apenas conoció a su padre. Todo lo que tiene son recuerdos de él. Recuerdos de historias, de baratijas.
Se supone que su padre ha sido el amor de su madre, su alma gemela. Gabriel es el menor de sus hermanos, y todos tienen padres diferentes. Su madre era una esposa voluble, y el amor siempre acababa frustrándola, sus hombres eran tan efímeros como los espejismos del desierto.
El padre del hermano mayor de Gabriel murió en una pequeña escaramuza en las tierras remotas de Oz, en una batalla por el acero, los dioses y la tierra. El padre de su segundo hermano desapareció antes de que naciera.
Y su padre…
Fue asesinado por un dios.
Su madre no le dejó olvidarlo, pero si todo lo que Gabriel tiene son historias, esta, la que habla de los detalles de la muerte de su padre, es la única que deseaba desesperadamente poseer y la única que siempre está fuera de su alcance.
¿Qué motivo tendría un dios para matar a un simple mortal?
Gabriel lleva las manos a los barrotes metálicos y los rodea con los dedos. Han sido su hogar durante tanto tiempo que ha llegado a considerarlos una extensión de sí mismo. Costillas de hierro forjado que puede agarrar y sacudir hasta que le duelen los pulmones.
Sus huesos son fuertes. Nunca ceden.
—¿Es por eso por lo que me has mantenido prisionero todo este tiempo? —le pregunta a la bruja—. ¿Para encontrar algo para ti?
A través de los agujeros recortados de su máscara dorada, la mirada de la bruja se vuelve difusa.
Antes le aterrorizaba la bruja, pero llevan años siendo improbables compañeros de casa y sospecha que, en cierto modo, le ha tomado cariño. Quizá ella le ha trastornado la mente, haciéndole creer que es blanda cuando todo Oz la considera aguda y brutal.
Incluso si eso es cierto, le gusta creer que lo único que ha ganado con su encarcelamiento es poseer conocimientos sobre la Bruja del Oeste, unos conocimientos diferentes a todos los demás.
—Todo lo contrario —su voz es tranquila, un susurro.
—¿Cómo es eso?
Ella suspira y luego se lleva las manos a la nuca y se desata las correas de la máscara.
En el momento en el que revela su verdadero rostro, la ve humedecerse los labios, cerrar los ojos y exhalar el aire que contenía.
Su tercer ojo, el que ocupa el centro de su frente, es del color de la leche de amapola cuando permanece abierto. No tiene pupila, por lo que es imposible saber hacia dónde mira, pero Gabriel siempre tiene la clara impresión de que está contemplando fijamente a su alma.
—Estás prisionero aquí —dice ella—, así que lo que se ha perdido permanece perdido hasta que se encuentre.
—¿Y qué es lo que se ha perdido?
—No es una cosa. —La bruja abre los ojos y vuelve a centrarse en él—. Es un dios.