15 Hombre de Hojalata
L a sombra de Faos me sigue por lo alto, asegurándose de que mantengo el rumbo.
El camino de baldosas amarillas no se extiende tan al noroeste, así que me veo obligado a seguir la transitada carretera que se extiende desde el Cruce hasta los pueblos de montaña, habitados principalmente por mineros y forajidos.
El castillo de la bruja se encuentra en las estribaciones de las montañas, donde el aire es más cálido y los árboles un poco más verdes. Lleva meses nevando en las montañas y lo único que crece allí son los densos arbustos que se aferran a las grietas de las rocas.
Cuando llego al castillo, Faos me deja para ir al aviario de atrás, y el batir de sus alas desaparece con su sombra elevándose por encima de mi cabeza.
Considero dar media vuelta y marcharme, pero este posible trato ha despertado mi interés.
Acababa de renunciar a la posibilidad de conseguir la libertad de mi hermano.
El camino de tierra que viene de las montañas que llega desde el Cruce se une con el camino de baldosas amarillas y, cuando lo piso, los ladrillos brillan con un tono dorado.
Son un pobre sustituto del río que solía correr hinchado de magia, pero lo que les falta de poder lo compensan con brillo. Cada maldito ladrillo grita «mago egocéntrico».
—Hombre de Hojalata —grita otro mono alado desde la penumbra.
Está de pie en la puerta principal, vestido con el uniforme de guardia, con brazaletes de cuero y una coraza a juego con una O estampada en el centro.
Su mirada se detiene en el destello metálico de mi brazo antes de volver a mi rostro—. Lo ha conseguido.
—¿Tenía otra opción, Mantos?
Introduce una llave en la cerradura y le da vuelta. Se oye un estruendo atronador al otro lado cuando se abren una docena de engranajes y pestillos.
Entro cuando por fin se abre la puerta.
—Adiós —dice a mi espalda, sin molestarse en ocultar una risita.
Hay más guardias en la siguiente entrada, una puerta metálica arqueada con púas en el borde inferior. Ya está abierta, lo que me permite el acceso.
He estado aquí innumerables veces y nunca ha cambiado nada, pero busco pistas como si algo en el ambiente pudiera darme algo que utilizar contra la bruja.
Siempre hay guardias apostados en los mismos lugares. Los mismos bustos de mármol colocados sobre columnas de mármol. Las mismas urnas rebosantes de plantas muertas.
Subo la escalera de mármol y atravieso el entresuelo. Colgados de un fino alambre hay cinco óleos montados en marcos dorados. El primero es un paisaje. El segundo, un lago. El tercero, la representación de una sangrienta batalla de la Gran y Terrible Guerra. Este es mi favorito.
El cuarto y el quinto me parecen repugnantemente sentimentales para pertenecer a la bruja que ayudó a derrocar a la corte real.
El cuarto retrato es un óleo de la antigua reina de Oz y el quinto es el retrato de la princesa Ozma, de apenas dos años, con un vestido azul y dorado y un rizo de cabello oscuro en la coronilla.
¿Sentimental? Sí. ¿Material que poder explotar? No. Solo reliquias del pasado.
Me dirijo a la galería situada en la parte trasera del castillo.
A pesar de lo tarde que es, la cavernosa sala está inundada de luz.
Tres gigantescas lámparas de hierro cuelgan del techo inclinado.
El aire que corre por el castillo hace parpadear el centenar de velas que sostiene cada una.
Hay más velas, más lámparas encendidas en cada rincón. Sin embargo, la chimenea está apagada.
Puede que sea la Bruja del Oeste, uno de los seres más poderosos de todo Oz, pero creo que le da miedo la oscuridad.
La veo en el balcón, observando su vasto territorio.
—Me has llamado —me anuncio—. Aquí estoy. —Me acerco a ella y me apoyo en la barandilla, donde las garras de Faos han dejado marcas en la piedra.
—Necesito tu ayuda para recuperar a alguien.
Resoplo.
—¿No es para eso para lo que tienes a Faos? Él me rescató, ¿o no?
—Esto es diferente. Necesito una mano más delicada.
—Soy un soldado de fortuna. No hay nada delicado en mí.
Se vuelve hacia mí y la luz danzante de las antorchas roza las curvas de su vestido negro. Su rostro queda oculto detrás de la máscara dorada con cara de mono. Su expresión amenazadora está siempre congelada, con la boca abierta, los dientes afilados y los pómulos hundidos.
Lo único que puedo distinguir son sus brillantes ojos de color violeta a través de los recortes ovalados en la máscara.
—Faos está motivado por un mandato mágico y esa no es motivación suficiente. Tú, en cambio, lo harás motivado por la sangre.
Me cuesta mucho esfuerzo no temblar bajo su mirada. Nunca la he visto sin la máscara y no estoy seguro de querer hacerlo.
—Después de tres años, ¿liberarías a Gabriel a cambio de la presa?
—Lo haría.
—¿Por qué? ¿Quién es este fugitivo?
—No es un fugitivo. —Junta las manos por delante—. Es una chica.
Me aclaro la garganta, tratando de no poner los ojos en blanco.
—¿Y qué quiere la Bruja del Oeste de una chica?
—Esa es una respuesta que no puedes tener.
Me alejo hacia el extremo opuesto del balcón mientras pienso. Quiero que liberen a mi hermano. Puede que carezca de la capacidad de amar, pero no me aguanta nadie más que Gabriel y, a veces, echo de menos esa compañía. Él me mantiene equilibrado. Me mantiene humilde.
—¿La quieres viva o muerta? —pregunto.
—Viva. —Su voz es firme, casi vehemente.
—Viajan mejor muertas.
Su máscara dorada se inclina para mirarme a los ojos.
—Si le haces daño de alguna manera, despellejaré a tu hermano vivo, delante de ti, y luego te enterraré en su piel curtida.
—Bueno, no exageres.
Resopla y se da la vuelta.
—Para demostrar mi buena fe, te permitiré visitarlo en el calabozo. Tienes diez minutos. Cuando salgas, me darás tu respuesta.
Las antorchas parpadeantes iluminan el camino desde la entrada de las mazmorras hasta las entrañas del castillo, donde la bruja ha mantenido a mi hermano encerrado durante los últimos tres años.
Lo llamo en la oscuridad.
—¿Hermano? —Su voz es temblorosa y seca. Emerge de las sombras, con el pelo rubio peinado hacia atrás y lleno de grasa. De alguna manera, incluso sucio y desaliñado, sigue siendo un cabrón muy guapo.
Ha heredado la delicada belleza de nuestra madre, sin nada de su brutalidad.
—Toma. —Le entrego una jarra de cerveza que la bruja me ha permitido traerle.
Gabriel acepta la ofrenda con entusiasmo y se la bebe de un trago.
Se queda allí un momento más, con la cabeza echada hacia atrás, disfrutando del sabor.
Se podría pensar que aquí abajo, en el calabozo, hace frío y humedad, pero se siente un calor insoportable, como si la prisión de piedra estuviera cimentada sobre el mismísimo infierno.
Gabriel me devuelve la jarra y pasa los brazos por entre los barrotes de hierro mientras apoya la frente entre dos de ellos.
—Qué tal si me das ahora un poquito de tu aceite, ¿eh? —Señala con la cabeza hacia la cantimplora que llevo colgada al cuello.
—No lo necesitas.
—¿Quién ha hablado aquí de necesidad?
Nunca he sido capaz de negarle nada. Como es el hermano menor, todo lo que pide, lo consigue.
Me quito la cantimplora del hombro, desenrosco la tapa y vierto un poco del líquido oscuro en el tapón. Se lo entrego y Gabriel lo coge con cuidado para no derramarlo.
El aceite es una droga cara en Oz; es mejor no desperdiciarlo.
Se lo bebe de un trago y luego da un fuerte golpe al tapón para apurar hasta la última y espesa gota.
Como alguien que apenas consume la droga, estará flotando en éxtasis durante varias horas una vez que haga efecto.
En mi caso, que tengo que tomar una dosis cada pocas horas, ya casi no lo noto. Lo tomo para no bloquearme.
Gabriel vuelve a cruzar los brazos.
—¿Has visto a nuestro hermano últimamente?
Tapo la cantimplora.
—No. Lo último que supe es que se estaba escondiendo.
—Escondiéndose de ti, querrás decir.
Me apoyo en la pared de piedra que sobresale de la celda de Gabriel en el extremo sur.
—No me tiene miedo.
—Tonterías. —Gabriel pronuncia la palabra con dificultad. El aceite empieza a hacer efecto con rapidez, probablemente debido a que tiene el estómago vacío—. Te tiene pánico.
Niego con la cabeza.
—Creo que le aterroriza más lo que podría tener que hacer si se cruza en mi camino. Luchar o huir. Y a nuestro hermano no le apetece llevar a cabo ninguna de las dos cosas.
Gabriel se acerca a la pared y se recuesta contra ella.
—No le gusta ensuciarse las manos.
—Exacto.
—¿Y qué harías si te encontraras cara a cara con él?
Considero su pregunta cuidadosamente, aunque ya sé la respuesta.
—Lo mataría.
—Te arrepentirías.
Vuelvo a buscar sus ojos. Su mirada ya es pesada, pero directa.
Hubo un tiempo en el que los tres éramos inseparables. Gabriel sacó lo mejor de nosotros, y luego lo peor. Por supuesto que quiere volver a lo bueno. Pero ¿cómo podríamos hacerlo? No hay vuelta atrás.
—No sería así —respondo.
Arquea una ceja.
—Aquí abajo tengo muchas horas para pensar.
—Qué suerte tienes.
—Y creo que si realmente quisieras verlo muerto, ya lo habrías matado.
Pienso en la sangre que salpica mis botas, en el hacha atada a mi espalda, en el poder inimaginable de mi brazo metálico y en el vacío que se abre en mi interior.
—¿No has pensado nunca que tal vez lo haya hecho ya? Dondequiera que voy, dejo un rastro de cadáveres. Tal vez estén todos muertos. Tal vez te esté mintiendo para protegerte.
—No lo harías.
—¿Por qué?
—Porque nada te importa lo suficiente como para mentir. —Sonríe. La sonrisa le hace parecer estúpido; es demasiado ancha, muestra demasiado los dientes. La droga está haciéndole efecto rápidamente.
—No sé por qué me molesto en intentar liberarte. Eres un grano en el culo.
Cierra los ojos y se ríe para sus adentros.
—Porque nadie más te tolera.
Tiene razón, por supuesto. Se le inclina la cabeza hacia un lado.
—Hombre de Hojalata. —La voz de la bruja llega hasta nosotros por la escalera.
—No he terminado —grito.
Pero un segundo después, se me doblan las rodillas y me hundo en el suelo de piedra mientras un dolor agudo me atraviesa el pecho. Primero se me bloquea el brazo. Siempre es lo primero que se me bloquea.
Puede que la bruja no haya sido la que me robó el corazón, pero sabe cómo explotar mi debilidad.
—Será mejor que te vayas —dice Gabriel, con los ojos aún cerrados.
Muevo deprisa mi brazo izquierdo y bebo un tapón de aceite antes de perder toda la sensibilidad. No es rival para la magia de una bruja de los puntos cardinales, pero ella no quiere matarme. Solo quiere que la obedezca.
La droga me calienta el estómago y luego se desliza hacia mi torrente sanguíneo. La sensibilidad vuelve a mis extremidades y lanzo un suspiro.
El aceite es como miel caliente en mis venas, como nubes en mi cabeza. Como si todo fuera a salir bien y, si no fuera así, ¿a quién le importa?
Me pongo de pie tambaleándome un poco.
—Descansa, hermanito.
Abre los ojos sobresaltado.
—Aquí no hay nada que hacer salvo descansar.
—Pues descansa un poco más.
Vuelve a reírse y su cuerpo parece derretirse sobre sus pies y se desploma contra la pared.
Mi euforia ya se está desvaneciendo.
—Volveré pronto a por ti.
—Mmm… —murmura, y se acurruca en el suelo de piedra.
—Tómate tu tiempo.
Resoplo y lo dejo con su respiro temporal.
La bruja me espera en lo alto de las escaleras.
—Has tardado demasiado.
—No llevo reloj.
—Nada de excusas. —Cruza los brazos—. ¿Y bien?
—¿Si recupero a esta chica y te la traigo ilesa, liberarás a mi hermano también ileso?
—Tienes mi palabra —responde.
No suelo confiar en la palabra de las brujas, pero Oeste siempre ha sido fiel a la suya.
—Bien. ¿Dónde puedo encontrar a la chica?
—Se llama Dorothy Gale. Su casa cayó en los confines del Este. Probablemente esté cerca.
—Creía que lo veías todo. ¿No puedes decirme dónde está?
La bruja endereza los hombros y luego los echa hacia atrás.
—Ya no puedo verla.
Si me importara algo todo esto, lo consideraría interesante. Saco otro cigarrillo, me lo pongo entre los labios y busco el mechero. Pero la bruja chasquea los dedos y el cigarrillo desaparece en un remolino de magia dorada.
—No en mi casa —advierte.
Suspiro. Me empieza a doler la cabeza. Ya casi nunca bebo aceite, hace que me duela cabeza. Lo prefiero inyectar directamente en las venas.
—¿Eso es todo?
—Por ahora sí. Si la situación cambia, te lo comunicaré. —Me doy la vuelta y voy hacia la puerta.
—Pero no lo olvides, Hombre de Hojalata. La chica no debe sufrir ningún daño.
—Lo he oído —digo por encima del hombro—. La ataré y la envolveré en un paño suave y vaporoso y la cargaré sobre mi hombro si es necesario. —Me detengo en la puerta y la miro una vez más—. De una forma u otra, te traeré aquí a tu Dorothy Gale.