14 Dorothy
M e tiemblan las manos y me late con fuerza el corazón.
Desatar al hombre del poste me lleva más tiempo del que me gustaría. Se me da mal deshacer nudos incluso cuando no estoy nerviosa.
Cientos de escenarios pasan por mi mente mientras intento aflojar la cuerda. Qué horrible hacerle esto a otra persona: golpearla hasta dejarla sangrando y atarla a un poste.
¿Quién haría algo así? ¿Ha sido el Hombre de Hojalata? ¿El hombre sin corazón que mencionaron?
¿Qué tipo de lugar es este?
«Solo quiero irme a casa».
Cuando consigo liberar sus brazos de las cuerdas, el hombre se desploma hacia delante y el poste se hunde en el suelo al cambiar el peso de posición.
Y cuando por fin consigo desatar la última cuerda de su cintura, prácticamente se derrite entre sus ataduras y cae al suelo como si no tuviera huesos.
Corro hacia él y me arrodillo en el suelo.
—¿Estás bien? Casi paso de largo. He pensado que eras un espantapájaros.
Sus movimientos son lentos y laboriosos.
—Estoy bien. Me alegro de que hayas venido justo en ese momento.
Tiene algo de acento, me suena vagamente a británico, y cuando se sienta erguido, con la espalda apoyada en el poste que lo mantenía cautivo, me sorprende lo guapo que es.
Es una conclusión sorprendente en una situación impactante, ¿podría ser más superficial?
«Vamos, Dorothy».
Toto gruñe a mi lado.
El hombre se ríe y le da una palmadita en la cabeza, y Toto intenta morderle la mano.
—¡Toto! ¡No te atrevas!
—Eres un pequeño guerrero, ¿verdad? —comenta el hombre.
—Lo siento mucho. Se cree más grande de lo que es.
El hombre me mira finalmente. Sus ojos son de un verde brillante. Un tono alarmante, como el color de la pulpa suave de una lima.
—¿Eres de por aquí? —pregunto.
Lleva una camisa negra con un dorado diseño abstracto bordado en el cuello. Por encima, lleva una chaqueta negra de hombros anchos y solapas estrechas.
Si no hubiera acabado de soltarlo, diría que acaba de llegar de una fiesta elegante.
—Hmm… —El sonido resuena en la base de su garganta.
Mira a la izquierda, luego a la derecha, pero no hay nada que ver.
Solo hileras e hileras de maíz. Frunce el ceño y se pasa la lengua por el labio inferior, limpiando un poco la sangre.
Hay un hambre inquisitiva en su rostro—. ¿Me creerías si te dijera que no lo sé?
—¿No sabes si eres de aquí?
Niega con la cabeza.
—No recuerdo nada de antes de despertar.
—¿No tienes memoria?
—Supongo que no.
Tiene un corte en la frente, otro en la mejilla, y el pelo mojado y revuelto, como si hubiera estado todo el día al sol.
—¿Tienes nombre? —pregunto. Toto se acurruca finalmente a mi lado.
El hombre entrecierra los ojos, pensativo.
—Me temo que tampoco lo recuerdo. Pero dijiste que pensabas que era un espantapájaros. Quizá ese sea mi nombre.
Niego moviendo la cabeza.
—No creo que sea ese.
—A falta de uno mejor…
Lo observo durante un segundo. Su pelo es negro como el de un cuervo, y sus rasgos también son igual de afilados que los de una de esas aves.
Em siempre decía que los cuervos de la granja eran criaturas sabias, que lo sabían todo.
Y aunque este hombre no tiene recuerdos, hay una profundidad en su mirada que parece insondable.
—Rook es un nombre que podríamos poner a alguien que tiene el cabello negro como el plumaje un cuervo. ¿Qué tal si te llamamos Rook por ahora?
La comisura de sus labios se eleva ligeramente.
—Un nombre digno. —Pero entonces se derrumba en un ataque de tos seca y húmeda.
—Tengo agua. Espera. Déjame… Está en la cesta. Vuelvo enseguida.
Corro a través del maizal, luego salto la valla y recupero la cesta de pícnic, que había dejado en el camino de baldosas amarillas. Cuando vuelvo con él, la tos ha remitido, pero tiene la cabeza apoyada contra el poste y los ojos cerrados.
¿Está muerto?
Toparme con dos cadáveres en esta tierra extraña en cuestión de horas no puede ser un buen presagio.
Me acerco poco a poco, mirando el pecho del hombre. Pero con su ropa oscura y el cielo casi negro sobre mi cabeza, es imposible saberlo.
—¿Rook?
Pega un respingo, abre los ojos de golpe y vuelve a enfocarlos en mí.
—Gracias a Dios. He llegado a pensar que… No importa. Toma. —Me arrodillo y rebusco en la cesta para sacar el termo rojo de Henry. Vierto un poco de líquido en la taza que sirve de tapa y se la entrego con delicadeza.
—Gracias. —Acepta la ofrenda y bebe lentamente, esbozando una mueca de dolor por el corte en el labio.
—¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?
—Me temo que no.
—¿Tienes hambre?
—Em… ¿quizá?
Aparto el contenido de la cesta y saco la única manzana que hay.
—Tómate esto. Al menos el azúcar te ayudará a recuperar algo de energía.
Asiente y coge la fruta, que muerde con rapidez.
La manzana se abre bajo sus dientes y el jugo le corre por la barbilla.
Trago saliva con dificultad.
Incluso Toto gime a mi lado.
—¿A dónde te dirigías? —pregunta entre bocado y bocado.
—Mmm… ¿A la Ciudad Esmeralda?
Hace girar la manzana entre el pulgar y el índice, mordiéndola mientras lo hace.
—¿Has oído hablar de ella? —pregunto.
—No creo. ¿Está lejos?
—No estoy segura. Nunca he estado aquí.
—¿En el maizal?
—No. Me refiero a Oz.
—Ah. —Traga saliva. Un mechón de pelo le cae sobre la frente y se lo aparta con los dedos.
Hay más sangre salpicada en el dorso de su mano y un rasguño entre los dos nudillos más grandes. El movimiento hace que las venas se marquen bajo la piel como un afluente.
—Si nunca has estado aquí, ¿de dónde eres? —pregunta.
Me concentro de nuevo y aparto la mirada de su mano.
—De Kansas.
—Mmmm… —Parece quedarse pensando un buen rato—. Nunca he oído hablar de Kansas. Esto es un poco preocupante —dice finalmente.
—En realidad, no eres el único. Parece que he aterrizado lejos de casa.
Da el último mordisco a la manzana y lanza el carozo al maizal. El color ya ha vuelto a su rostro.
—¿Puedes caminar? —pregunto.
Asiente moviendo la cabeza y se levanta despacio. Pero una vez que está de pie, se tambalea y tengo que sujetarlo poniendo el hombro debajo de su brazo.
Todo su peso recae sobre mí y tropiezo con él.
—Lo siento, señorita.
—Dorothy.
—Dorothy —se corrige—. Si no eres de aquí, ¿cómo sabes a dónde vas?
—No lo sé. En realidad, no. Una bruja me dijo a dónde ir.
—¿Es una bruja buena?
Damos un paso tentativo hacia adelante para regresar al camino de baldosas amarillas.
—Se considera a sí misma una bruja buena.
Se ríe entre dientes.
—Si tienes que llamarte buena, ¿lo eres realmente?
—Tienes toda la razón.
—¿De verdad?
Estiro el cuello para mirarlo. Me lleva unos quince centímetros, e incluso cubierto con la camisa, se aprecia que posee unos músculos marcados.
Y también huele bien. Especialmente si tenemos en cuenta que estaba atado a un poste en un maizal. Me recuerda algo fresco y vigorizante, como una fría mañana de invierno.
—Así que una bruja buena te dijo que fueras a la Ciudad Esmeralda. ¿Por qué necesitabas que te dijeran a dónde ir? ¿A menudo necesitas que te digan qué hacer?
Lo miro con el ceño fruncido.
—No. En absoluto.
Se ríe.
—No te ofendas, por supuesto.
—Lo siento, es que… bueno, a mi tía le gusta decir que soy terca y, aunque jamás lo admitiría ante ella, tiene razón. No me gusta que me limiten y desde luego no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
—Entendido. —Percibo el tono de diversión en su voz—. Así que una bruja te dijo a dónde ir... ¿por qué?
—Porque estoy perdida.
—Entonces, quizá nuestro encuentro estaba predestinado.
—¿Qué quieres decir?
—Yo también estoy perdido.
Me río y damos unos pasos más.
—Podemos estar perdidos juntos.
—Me gustaría, Kansas.
—Dorothy —le corrijo.
—Cierto. —Me sonríe, sus ojos verdes reflejan la luz de la farola cercana.
Noto su cuerpo cálido contra el mío y su aroma me envuelve con rapidez. Al instante me siento reconfortada.
Todo lo que rodea a este hombre es sorprendente y desconcertante. Como un rompecabezas sin imagen. Solo un montón de bordes afilados y otros redondeados.
Llegamos al camino de baldosas amarillas y lo dejo apoyado contra la valla mientras guardo el termo y las patatas que se cayeron al tirar la cesta con prisas.
—Deberíamos buscar un lugar seguro donde pasar la noche —digo—. Por casualidad no recordarás si hay alguna casa cerca, ¿verdad?
—Casas, no, pero… —Entrecierra los ojos y mira hacia el camino de baldosas amarillas, en la dirección en la que yo me dirigía—. Puede que haya una ciudad en esa dirección. O quizá me equivoque. No estoy seguro. Solo recuerdo que había una allí.
—Tu suposición es mejor que la mía y estoy dispuesta a mantener la esperanza de que tengas razón.
A mí me vendría bien una cama y tú necesitas que te eche un vistazo un médico.
—Sin pensarlo, me acerco para apartarle otro mechón de pelo y ver mejor el corte de la frente—. Puede que necesites que te den puntos.
—Tú también tienes un corte bastante feo. —Señala mi frente.
Me toco la frente y entonces lo recuerdo.
—Cierto. Pero no creo que tenga una conmoción cerebral y tú quizá sí.
Inclina la cabeza hacia un lado, lo que provoca que el mechón de pelo vuelve a caerse.
—¿Sabes mucho sobre heridas, Kansas?
Doy un paso atrás y lo miro a los ojos. No tiene recuerdos y, sin embargo, su mirada me atraviesa, me penetra. Como si lo supiera todo de golpe.
—Dorothy.
—Por supuesto. —Examina la herida en cuestión con la yema de los dedos y los retira con un silbido agudo—. Puede que tengas razón. Quizá necesitemos un médico.
—Por supuesto que sí.
Saca la lengua y se pasa el dedo por el labio inferior, dejando un rastro húmedo y brillante.
—Terca y segura de ti misma.
Parpadeo y aparto la mirada de su boca, que ahora me sonríe. Tiene una sonrisa deslumbrante que me hace sentir un cosquilleo en el estómago.
—Me estás tomando el pelo.
—No. Bueno… sí.
Suelto una risita.
—Vamos. Avanzaremos juntos. ¿Toto?
Toto mira al hombre con intensidad durante un buen rato y luego se aleja trotando delante de nosotros.
—Al final se acostumbrará a ti —le comento a Rook.
—No me preocupa en absoluto —responde, y su sonrisa se extiende de oreja a oreja.