13 Hombre de Hojalata
F aos me encuentra en el Magpie, en medio de una partida de Crooks mi brazo derecho, hecho de metal, engranajes y cables, no siente nada en absoluto.
Faos recorre la taberna con la mirada. La luz de las farolas de hierro del exterior baña sus alas plegadas con un halo dorado.
La taberna se queda en silencio.
Ahora solo se oye el crepitar del fuego y el ruido de las ollas en la cocina.
Puede que los confines del Oeste estén bajo el dominio de la Bruja del Oeste, pero todo el mundo sabe que hay que tener cuidado con Faos y sus monos alados.
A veces actúan bajo las órdenes de la bruja, otras veces solo tienen sed de sangre.
Cuando su mirada se posa en mí, finjo no haberlo visto, a pesar de que es imposible ignorarlo.
Me han repartido una mano pésima. Supongo que Faos ha llegado en el mejor momento.
—Hombre de Hojalata —me llama.
Mi nombre suena como una orden en su voz salvaje y animal.
La mitad de la taberna se estremece al oírlo.
—Estoy ocupado, Faos. —Barajo mis cartas de nuevo, deseando que sean mejores.
—La bruja te llama. —Atraviesa la sala. La gente se aparta rápidamente de su camino.
Tiene que girarse de lado para poder maniobrar por los estrechos espacios que quedan entre las mesas.
Es grande en comparación con un hombre, pero pequeño para ser un mono alado.
Con las alas plegadas, es casi el doble de grande que yo.
Con las alas abiertas, supone una maldita pesadilla.
La noticia debe de haberse extendido hasta la cocina, porque ahora las ollas también guardan silencio.
Una de las cocineras asoma la cabeza por la puerta batiente.
—A diferencia de ti, mono —replico—, yo no bailo cuando la bruja lo ordena.
Sus fosas nasales se dilatan. Veo que le tiemblan las alas.
Quizá sea una pullita innecesaria, pero soy coherente con mi audacia… o mi estupidez, depende de a quién le preguntes. Pero Faos y yo nos entendemos, creo. Él no sirve a la bruja por bondad. Y yo no tengo corazón para servir.
Los dos estamos en deuda con ella de alguna manera. A él le da órdenes desde debajo de una máscara dorada y a mí me maneja porque mantiene a mi hermano como rehén.
Gabriel lleva tres años prisionero en su mazmorra. Nada de lo que he hecho ha servido para liberarlo. Ni trueques. Ni amenazas. Ni trucos.
Hace meses que no me deja verlo. Por lo que sé, podría estar muerto.
Esa idea debería despertar algún tipo de emoción en mí, pero es difícil percibir algo cuando no puedes sentir nada. Si la emoción es un pozo, el mío está seco.
—Querrás oír esto —dice Faos.
—¿Ah, sí? —Mantengo la vista fija en mis cartas.
—Está dispuesta a hacer un trato.
Por fin ha captado mi atención.
—Continúa…
—Si aceptas el trabajo y tienes éxito, pondrá a tu hermano en libertad.
Toda la taberna parece estar entretenida con nuestra conversación, y soy consciente de que lo que diga a continuación será objeto de chismes durante semanas. No hay mucho que distraiga a los habitantes de los confines, salvo el drama; esta tierra es fría e implacable.
—¿Qué tipo de trabajo?
—No es asunto suyo —responde y mira con desdén a los clientes de la taberna.
¿Una misión secreta, entonces? Los secretos son como los escorpiones del desierto: solo son buenos si eres tú quien los guarda.
Pero puede que nunca tenga otra oportunidad de liberar a Gabriel.
—Muy bien —acepto y tiro mis cartas.
Tengo tres ases y el rey de esmeraldas. Una mano ganadora.
—Lo siento, caballeros —digo a los demás jugadores y recojo los piats dorados—. Que tengan más suerte la próxima vez.
—¡Eh! —protesta el hombre a mi izquierda y echa la silla hacia atrás hasta que se pone en pie tambaleándose—. ¡Eso es imposible! ¡Has hecho trampa!
—¿Ah, sí? —le provoco mientras guardo las monedas en mi bolsillo—. Repite lo que has dicho si te atreves.
El hombre se llama Grainy o quizá Grosson. No lo recuerdo. Está hasta el cuello de deudas con casi todo el mundo a este lado del Cruce. Y los hombres desesperados suelen ser más peligrosos que los hombres a los que les gusta el riesgo.
Pero no será así esta noche.
No conmigo.
—¡Eres un mentiroso y un tramposo!
Tengo el hacha en la mano antes de que Grosson termine la frase. La blando sin darle tiempo a pestañear.
Le corto la cabeza; no ha podido siquiera soltar un grito de sorpresa.
Su cabeza golpea el suelo de madera sucio con un ruido sordo y húmedo. Rueda bajo la mesa y el resto de los jugadores saltan hacia atrás para evitar mancharse las botas de sangre.
El resto de su cuerpo se desploma sobre la silla y utilizo su camisa para limpiar el filo del arma, luego la guardo en la funda atada a mi espalda.
—Disculpe, señor Hanson —digo al dueño de la taberna. Está de pie detrás de la barra, con un vaso en una mano y el trapo de secar colgando flácido de la otra—. Por las molestias. —Le lanzo una moneda de oro. Deja caer el trapo y se le resbala el vaso, que golpea la barra y se rompe.
Sin embargo, consigue atrapar la moneda. El cristal se puede reemplazar. El oro, no tanto.
—No pasa nada, Hombre de Hojalata. —Evita mirarme a los ojos. Todos desvían la mirada. Excepto Faos. Faos no me tiene miedo, aunque la cicatriz que le cruza la cara indica que debería hacerlo.
El mono sale de la taberna y me espera bajo la noche fría.
Cuando la puerta se cierra a mi espalda y me reúno con él junto a la farola, haciendo crujir la nieve sucia bajo mis botas, su aliento se convierte en una nube exagerada.
—¿Has hecho trampa?
Me bajo los puños de camisa para protegerme del frío, saco un cigarrillo, paso el extremo del papel retorcido entre mis labios y lo humedezco. El mechero cobra vida cuando pulso el botón haciendo zumbar los engranajes del interior y que el pedernal golpee contra la rueda.
Salta una chispa. Inhalo profundamente.
La belladona seca crepita al arder y perfuma el aire con su dulzura.
—¿Que si he hecho trampa? —repito, exhalando humo—. Por supuesto que sí.
Faos frunce el ceño.
—¿Acaso no tienes honor?
—Lo dice el mono que me tiró por la Gran Cascada la última vez que nos vimos. Tuve el brazo oxidado durante una semana.
Pone los ojos en blanco.
—Cumplía órdenes.
Lo miro con intensidad.
—¿En serio? ¿La bruja te dijo literalmente que me tiraras por la cascada?
Aparta la mirada.
—Está bien. Improvisé.
—¿Ves? ¿Tan difícil era? —Doy otra calada y sigo avanzando con dificultad—. De todos modos, ya conoces la respuesta a tu pregunta, querido Faos. ¿Tengo honor? No. Es imposible tener honor cuando no tienes corazón. ¿Cuál es tu excusa?
Le oigo gruñir a mi espalda antes de levantar el vuelo.
Supongo que voy a caminar solo. Mejor así. Faos es una compañía horrible.