12 Espantapájaros
E l sonido de un silbido me despierta.
Es una melodía suave, en parte canto de pájaros, en parte canción de trabajo. Me duele todo.
Me impulso hacia delante, pero no ceden las cuerdas que me atan las muñecas. Otra soga me rodea la cintura y me ata a un poste clavado en el suelo.
Estoy en un maizal en los confines del Este. El silbido se acerca.
Me cuesta demasiado esfuerzo mantener la cabeza erguida, así que la dejo caer hacia delante, con lo que la sangre gotea de mi boca.
—Socorro —grazno, pero la palabra sale como un susurro. Más cerca.
Aún más cerca.
La chica se detiene en el camino de baldosas amarillas.
Me muevo lo justo para demostrarle que estoy vivo.
—¡Dios mío! —exclama.
El sonido de su voz es más musical que el silbido y me pilla desprevenido. Mi corazón se acelera.
Respiro hondo, ignorando el dolor en las costillas.
—Socorro —repito.
—¡Ya voy! —grita ella.
Las mazorcas de maíz se apartan ante ella como una marea.
Es una visión de luz. Más bonita de lo que esperaba. Mi corazón late con más fuerza.
La miro y le sonrío.