Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 11 Dorothy
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11 Dorothy

Q uiero odiar las zapatillas plateadas.

Sobre todo por lo mucho que Lacosta las deseaba. No me gusta codiciar lo que otros quieren. Es un defecto de mi carácter. Dejando a un lado el trauma infantil, a veces me pregunto si mi resistencia a comprometerme con Edward se debe en parte a que todas las demás lo quieren.

Guapo, fuerte y amable, Edward sería un buen marido para cualquier mujer. Y varias de las del pueblo dejaron claro que también lo piensan.

Rosemary Bishop era una de ellas. Competía conmigo en todo, incluido Edward.

En más de una ocasión, me presentaba en la granja de los Gilbert y me encontraba allí a Rosemary con su mejor vestido, el pelo rizado y medio recogido con una cinta, y las mejillas sonrosadas.

Siempre iba acompañada de regalos: pasteles recién horneados o tartas dulces.

Edward se mostraba avergonzado, como si entretener a Rosemary fuera de alguna manera una traición hacia mí.

Sabía que yo debería haberme sentido así. Pero no lo hacía.

Y a veces eso me hacía sentir peor. A veces pensaba en invitar a Rosemary a tomar un café para poder cogerle la mano y decirle que no teníamos por qué ser enemigas, que era el mundo el que nos enfrentaba, el que nos hacía luchar por las migajas.

Como si casarnos con un hombre fuera nuestra única oportunidad de ser felices y tener un futuro.

«Somos mucho más que eso, Rosemary».

Una vez que quedó claro que Edward no le correspondía, se marchó de nuestro pueblo natal y se matriculó en la universidad para estudiar astrofísica.

Cuando me enteré de esa noticia, los celos me golpearon con tanta fuerza que me consumí durante días.

Rosemary había escapado. Había decidido su futuro y había ido a por él.

Suspiro y reajusto el asa de la cesta de pícnic. Tengo mucho camino por recorrer para volver a casa, pero creo que también tendré mucho trabajo que hacer cuando llegue allí.

En cuanto sepa que Em y Henry están a salvo, debería ir a la granja de los Gilbert y mantener una conversación sincera con Edward sobre lo que quiero y lo que deseo hacer con mi vida.

«Sí, me casaré contigo, Edward. Construiremos una casa juntos, formaremos una familia…».

De repente me siento mal. Eso no es lo que quiero. Pero ¿cómo puedo estar segura?

¿Y si solo es mi miedo al compromiso que asoma su fea cabeza?

Toto ladra y me detengo.

—¿Qué pasa?

Está sentado sobre sus patas traseras, moviendo la cola sobre la hierba. Echo un vistazo a mi alrededor. Me he desviado del camino mientras estaba absorta en mis pensamientos.

El perro trota hacia la izquierda.

—¿Por aquí?

Ladra, confirmando mi suposición.

—Entonces, ¿vamos hacia el oeste? —Él se adelanta saltando—. Supongo que ahí es donde vive la Bruja del Oeste, pero la Bruja del Norte señaló esta dirección para llegar al camino de baldosas amarillas y a la Ciudad Esmeralda. ¿Quizá esa ciudad se encuentra entre ambos puntos?

Toto ladra dos veces con fuerza y confianza.

—De acuerdo. Si no supiera nada más, pensaría que sabes de lo que estás hablando.

Vuelve a ladrar.

Seguimos caminando, sin encontrar ningún camino discernible en el campo. Las zapatillas plateadas son ideales para andar, y esa comodidad me ayuda a evitar el hecho de que hace unas horas estaban en los pies de una mujer que ahora está muerta… y a la que yo maté.

Atravesamos un campo con grandes flores azules y entonces oímos el sonido inconfundible de una corriente de agua.

Toto y yo nos detenemos lo suficiente para mirarnos y luego echamos a correr.

El río aparece rápidamente ante nuestra vista y nos deslizamos por su empinada orilla para llegar hasta el borde. Sumerjo la mano ahuecada en la corriente y bebo el agua.

—Dios mío… —digo, y degusto otro trago—. Es el agua más fresca y fría que he probado nunca. Tenía tanta sed…

Toto salta al río y sumerge la cabeza bajo la superficie.

—¡Toto! ¡Vuelve aquí!

Los terriers de cairn no son buenos nadadores, no está en su genética. En Kansas jamás tuve que preocuparme de que desapareciera en el agua. Allí solo hay campos de maíz hasta donde alcanza la vista.

—¡Toto!

Se oye un chapoteo. Su cabeza sale a la superficie y vuelve a sumergirse.

Cuando sale por segunda vez, tiene un pez atrapado entre las mandíbulas.

Nada hacia mí. El pez agita la cola y le da un golpe en la cara.

A él no le molesta. Sale del agua arrastrando al pez consigo.

Da un rápido tirón con la cabeza para desorientar al pez antes de lanzarlo al aire, atraparlo en el descenso y devorarlo en tres rápidos bocados, con espinas y todo.

Hago una mueca al oír el crujido.

—¿Ya estás satisfecho? —Saca la lengua y se lame la sangre de la boca—. Qué asco.

Juraría que prácticamente me está sonriendo.

—Encontrarás algo que matar dondequiera que vayamos, ¿verdad?

Se sienta sobre sus patas traseras, con la lengua colgando por un lado de la boca.

El amarillo nunca ha sido mi color favorito, pero cuando aparece en el paisaje, rompiendo el interminable horizonte azul medianoche, me dan ganas de gritar de alegría. Parece que llevamos horas andando. Quizá sea así. No llevo reloj para saberlo.

Corro el resto del camino, con la cesta de pícnic golpeándome el muslo.

Me detengo al borde de la carretera y miro a la izquierda, luego a la derecha.

La carretera desaparece en ambas direcciones. No es lo suficientemente ancha como para que quepa un coche o una carreta, apenas tiene mi altura como anchura. Pero los ladrillos están colocados de manera uniforme en el suelo, sin que ninguno esté fuera de lugar.

Después de pasar tantas horas rodeada de campos bordeados de azul, ver tanto amarillo casi parece una alucinación.

Me arrodillo en la hierba, dejo la cesta de pícnic a un lado y extiendo los dedos con cautela.

No sé qué esperar de este lugar.

Quizá el camino sea un espejismo y desaparezca, se marchite, como el cuerpo de la Bruja del Este.

Pero cuando mis dedos entran en contacto con él, no pasa nada.

La piedra está fría al tacto. Es amarilla, como dijo la bruja, pero eso no es del todo exacto. El color brilla como si la pintura se hubiera mezclado con oro.

—Sigue el camino de baldosas amarillas, ha dicho. ¿Qué podría salir mal?

El horizonte azul se va volviendo negro poco a poco y el aire se vuelve más frío.

Debe estar anocheciendo.

¿A qué distancia está la Ciudad Esmeralda?

Si tengo que pasar la noche fuera con este frío, puede que acabe gritando. No me importa ensuciarme en la granja ni hacer horas de trabajo duro, pero cuando se trata de renunciar a mi rutina nocturna —que incluye una cama, una almohada y una manta como mínimo—, soy inflexible.

Incluso cuando era joven y no entendía del todo lo que había perdido, fueron Henry y Em quienes crearon un lugar seguro para que descansara por la noche y me hicieron sentir… arraigada, tal vez, o algo parecido.

A medida que fui creciendo y empecé a hacer amigos en el colegio, descubrí que disfrutaba de su compañía y me gustaba salir de casa, pero rechazaba todas las invitaciones para pasar la noche fuera. No podía imaginarme durmiendo en otro sitio que no fuera mi cama.

Mientras Toto y yo avanzamos con dificultad, los campos de flores se convierten en campos de maíz y, al menos, la familiaridad que me aportan me supone cierta sensación de consuelo.

Para ahuyentar el silencio —y, con suerte, cualquier bestia que pueda merodear en las sombras—, silbo una de las melodías favoritas de Henry mientras caminamos.

Es un sonido tan arraigado en mi memoria que me cuesta no recordar a Henry silbándolo desde que nací.

La tía Em dijo que era la música que Henry estaba tocando el día que se conocieron.

Me recuerda a la música folclórica que suelen interpretar en la fiesta de la cosecha al final de la temporada, una de mis épocas favoritas del año.

Cuando era niña, podía ponerme de mal humor en un instante. Si el sol desaparecía detrás de las nubes. Si perdía mi jersey favorito. Si se me caía una galleta al suelo.

No era una niña difícil, pero sí melancólica. Tenía una sensación constante de nostalgia que nunca lograba calmar.

Así que, para animarme, Henry silbaba. Le encanta el banjo, pero sabe arrancar música de casi cualquier instrumento de cuerda, así que algunas noches era la guitarra, otras el ukelele. Su voz es rica y ronca, su música, alegre y jovial.

Me hace echar de menos inmediatamente a Henry y a Em. Toto y yo seguimos avanzando.

Los campos de maíz siguen acompañando nuestro camino y, finalmente, mi mente divaga, arrullada por la distracción del paisaje inmutable y el sonido repetitivo de mi propia melodía.

Pienso en Edward.

Pienso en ser su esposa, en ser madre, en ser ama de casa. Tenía pensado decirle que sí. ¿Debería decir que sí? Siento un nudo en el pecho.

Me duele el estómago, así que bebo un sorbo de agua del termo que he encontrado en la casa.

Sigo silbando, tratando de cambiar mi estado de ánimo.

En el horizonte, donde el cielo oscuro se une con la línea negra de los árboles, hay un destello de la luz de la luna hasta que también se esconde detrás de la interminable nube oscura que hay sobre mi cabeza.

Puede que al final tenga que dormir en los campos de maíz.

Me he resignado a esta idea cuando paso junto a un espantapájaros clavado en una hilera de cultivos.

Afortunadamente, el Este está decidido a mantener las luces encendidas independientemente de la población. No he visto ninguna casa desde hace horas, pero con una precisión predecible, cada seis metros, una farola brilla en la oscuridad.

La luz proyecta un resplandor inquietante sobre el espantapájaros, lo que hace que parezca más un hombre que una efigie rellena de paja.

Reduzco el paso.

La cabeza del espantapájaros cuelga hacia adelante, como si su cuerpo no estuviera bien atado al poste.

Henry siempre me encargaba la tarea de hacer el espantapájaros para el campo de cultivo.

Decía que se me daba mejor que a él. Me entregaba varios sacos de arpillera y una de sus viejas camisas de franela.

Para que fuera más interesante, cada año le daba al espantapájaros una cara diferente y revelaba el diseño en una ceremonia al atardecer a la que solo asistían Henry y Em.

Me invade otra punzada de tristeza y me doy la vuelta mientras se me llenan los ojos de lágrimas.

Voy a llegar a casa.

Voy a encontrar a ese mago y él me dirá cómo llegar allí…

Un gemido me hace detenerme.

Me vuelvo hacia el espantapájaros.

Su cabeza se inclina y el movimiento hace que una gota de sangre brote de su boca.

—¡Dios mío!

Dejo caer la cesta, trepo por la valla y corro por el campo, con los tallos de maíz azotándome la cara. Los aparto, separándolos como si fueran el telón de un teatro.

—Socorro —susurra el hombre con voz húmeda y ronca.

—¡Ya voy! —grito.