10 Bruja del Oeste
L a bruja tuvo una hermana una vez.
Y un nombre.
Ahora los dos han desaparecido y perderlos fue como arrancarle la carne de los huesos.
Le dolió.
Todavía le duele cuando piensa en ello, en quién era, en lo que tenía.
Por lo general, solo le quedan los remordimientos para hacerle compañía. Pero hoy es diferente.
Hoy hay esperanza.
La bruja se acerca a la gigantesca ventana circular de la última planta de su castillo. Se quita la máscara dorada y la deja a un lado. Quitarse la máscara es como quitarse un vestido incómodo. Siente que puede respirar. Que puede estirar los brazos.
Como bruja que todo lo ve, lanza su mirada a lo lejos.
Usar su poder es un poco como quitarse la máscara; una especie de liberación. Es como desplegar sus entrañas enredadas.
Respira hondo y entonces puede ver.
A lo lejos, en una deslumbrante neblina azul, se encuentra el Este, gobernado por la quejumbrosa e imperialista Bruja del Este.
También ella tuvo un nombre una vez, Delphine, pero no tenía ninguna hermana.
Es de suponer que eso es lo que la hace insoportable.
Los hijos únicos pueden ser problemáticos.
Mimada y exaltada por sus padres, se salía con la suya demasiado a menudo, y pensaba que podía seguir haciéndolo durante mucho mucho tiempo más.
Y mírala ahora. No es más que polvo.
La bruja observa cómo aparece Lacasta e intenta coger las zapatillas encantadas. Fracasa. Le está bien empleado por pensar que tenía derecho a la magia.
La bruja mira a la chica con el vestido a cuadros azules y blancos cuando se embarca en el viaje hacia el mago.
Ella pondrá fin a eso.
Se vuelve a poner la máscara dorada, ocultando su verdadero rostro, y baja por los sinuosos escalones de piedra.
Cuando llega a la galería, sus tacones resuenan con fuerza sobre las piedras mientras cruza hacia el balcón en forma de medialuna. Al aire libre, lanza un silbido agudo.
Desde el lado oeste del castillo, donde se encuentra enclavado el aviario entre las agujas del castillo, oculto de la luz de la mañana, se oye un gran aleteo.
Un segundo después, Faos, el comandante de la bandada de monos alados, aterriza en la barandilla, con sus afiladas garras curvadas sobre la piedra tallada.
—¿Me habéis llamado? —pregunta con voz grave y ronca.
Faos no es el más grande de la bandada, pero sí el más despiadado. Su rostro está cubierto de cicatrices, testimonio de cómo llegó a su posición actual. Con sangre y violencia.
Sus alas son negras y están marcadas con más cicatrices. Pero vuelan con fuerza y rapidez, y en este momento, la bruja necesita ambas cosas.
—Traedme al Hombre de Hojalata —le dice al comandante—. Rápido.
—Quizá hayáis olvidado que la última vez que estuvo aquí, exigiendo la liberación de vuestro prisionero, me hiciste llevarlo al lago Quad y tirarlo por la Gran Cascada.
—No —replica ella—. Tú decidiste arrojarlo por la Gran Cascada. Yo solo quería que se fuera.
—No vendrá fácilmente. —La cicatriz que va desde la oreja hasta la nariz de Faos se la hizo el mercenario. Él sabe mejor que nadie lo afilada que es el hacha del Hombre de Hojalata—. ¿Cómo lo atraeré?
La bruja esperaba esto, por supuesto. No solo puede ver a lo lejos con su Visión, sino que a veces también puede leer el futuro.
Ha estado esperando este momento. Lo ha planeado.
Todas las piezas están encajando.
—Dile que estoy lista para hacer un trato. Dile que venga de inmediato si quiere salvar a su hermano.
Faos dilata las fosas nasales como si quisiera objetar algo, pero luego se lo piensa mejor.
—Como deseéis. —Extiende las alas y se impulsa desde la barandilla.
El sonido de un mono alado al despegar es como un trueno.
La bruja se da la vuelta cuando las alas de Faos levantan polvo. El Hombre de Hojalata vendrá. Lo sabe.
Solo hay una cosa que la bruja no puede predecir, un punto oscuro donde su Visión nunca puede penetrar: la Ciudad Esmeralda y el Mago de Oz, y lo que él podría hacer para intentar detenerla.