9 Cleo
C leo no puede quedarse quieta en los pasillos vacíos del castillo de Delphine.
¿Acaso sabe lo que es la quietud? ¿O el descanso?
Se siente mal consigo misma, como si su piel estuviera cubierta por una película que quisiera quitarse.
Durante la mayor parte de su vida, ha tenido deberes y alguien que le exigía que los hiciera.
Ahora, sin nada que hacer y sin nadie que le dé órdenes, solo hay esto… quietud… vagar… inquietud.
La energía le vibra en la garganta.
Dobla la esquina de un pasillo. El polvo se arremolina a la luz parpadeante de las velas. Sus pasos resuenan en las paredes de piedra.
La energía le golpea la parte posterior de la garganta. Gira la siguiente esquina.
Le zumban los oídos y le arden los ojos. Llega a otra esquina.
Otra más.
La presión en el pecho comienza a convertirse en dolor. Acelera el paso.
Otra esquina más.
Entra en una habitación y se queda paralizada.
Allí están las zapatillas de Delphine tiradas en el suelo, el vaso de ozrum a medio beber, una rebanada de pan sobrante.
No. No. Esa habitación, no. Otro pasillo.
Otra habitación.
La bata de seda de Delphine colgada sobre una silla. Las lágrimas le nublan la visión.
Se le escapa un gemido.
Baja las escaleras. Empieza a correr.
La brisa se cuela por las grietas de la piedra. Las llamas de las linternas se apagan.
Nota el fuerte latido del corazón en los oídos. Entra en una sala.
Delphine está allí con una botella de ozrum en la mano.
—¿Dónde has estado? —pregunta la bruja.
Cleo cierra los ojos con fuerza y lanza un grito. El sonido inunda la habitación.
Llena las grietas de las paredes.
Se deja caer de rodillas y aprieta los labios. El mundo vuelve a quedarse en silencio.
Una risa burbujeante sustituye al grito y pronto se vuelve histérica, sollozando y riendo a la vez.
Se siente aterrorizada y libre, y le aterroriza ser libre. ¿Y ahora qué?
Cuando sus risas se apagan, la quietud vuelve a inundarlo todo como la marea llenando las pozas de las rocas.
La Bruja del Este está muerta, pero la ve en todas partes, en cada rincón del castillo, acechándola como un fantasma.
Se levanta. Coge uno de los abrigos de Delphine, uno de lana negra con solapas superpuestas en color rojo y blanco. Tiene una capucha profunda y, cuando se la pone, se siente extrañamente poderosa.
Un escalofrío le recorre los hombros.
Se quita los zapatos y se calza unas zapatillas de seda de Delphine. No son mágicas, por supuesto. De esas solo hay un par.
—Oh… —murmura en el silencio al levantarse.
Las zapatillas están muy acolchadas y le quedan perfectamente. Como si estuvieran hechas para ella.
Delphine posee un armario lleno de zapatillas de seda que casi nunca se ponía, por miedo a perder de vista las zapatillas mágicas.
La idea de que todos esos zapatos tan cómodos estuvieran acumulando polvo mientras los de ella tenían años y estaban gastados le provoca una rabia interior que le hace arder los ojos.
A continuación, prepara una maleta: comida, ropa de abrigo, la varita de Delphine y lo único que puede considerar suyo: un prisma arcoíris con forma de gato.
Es lo único que le dieron cuando era niña, lo único que le permitieron conservar.
Va a la entrada del castillo.
Nunca se le permitió entrar y salir por la puerta principal a menos que estuviera con Delphine.
Duda durante una fracción de segundo, se queda con la mano suspendida sobre la palanca de hierro forjado, como si esperara que la voz chillona de la bruja la llamara desde la habitación contigua.
Pero no hay nada. No hay nadie.
La bruja está muerta.
Presiona el pestillo y la cerradura se acciona con un golpe seco.
Abre la puerta y el aire fresco del Este entra en la habitación.
¿Y ahora qué? Ahora es libre.