8 Dorothy
C leo deja escapar un grito de sorpresa y, acto seguido, se postra de rodillas.
Observo que está arrodillada, con la cabeza gacha y los hombros encorvados.
Si se agachara más, besaría el suelo.
Aakin y Mathian la imitan rápidamente.
—Buenas noticias para vos, Bruja Buena del Norte —dice Mathian.
La luz dorada se arremolina alrededor de la figura mientras sale de la brumosa luminosidad.
Una mujer toma forma lentamente.
He leído muchos cuentos de hadas, tanto de niña como de adulta. No hay nada que me guste más que un hada madrina. Son personajes que presagian bendiciones y buena suerte.
Esta mujer va vestida como una, con un vestido acabado en una falda ondulada y un corpiño perfectamente ajustado a su cuerpo. En la tela, brillan diamantes con forma de estrellas.
Solo hay un dato incongruente en ella: es más joven que yo. Apenas aparenta veinte años.
—Queríamos saludaros —interviene Aakin, con la cabeza todavía inclinada hacia el suelo—. Por favor, aceptad nuestras disculpas.
La mujer esboza una sonrisa forzada. Su atención se centra en mí e inmediatamente siento ganas de esconderme.
Conozco la sensación de ser examinada, de ser evaluada como si fuera una competidora.
La tensión llena el espacio entre nosotros, lo que me recuerda al sutil cambio que se produce en la granja cuando se introduce un nuevo toro en el rebaño.
—No te preocupes —dice la mujer y finalmente aparta la mirada de la mía.
Relajo los hombros y suelto un suspiro.
—¡He llegado justo a tiempo! —Levanta las zapatillas—. No podemos permitir que algo tan poderoso como esto caiga en manos equivocadas. Es mejor que me las lleve…
Las zapatillas desaparecen en una espiral de humo.
La mujer abre la boca y mira a su alrededor.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunto por enésima vez. Está claro que sufro una conmoción cerebral. Debo estar delirando.
La multitud murmura entre susurros.
La mujer se ríe, pero es difícil no notar el nerviosismo en su voz.
—¡Qué resbaladizas son! Estoy segura de que pronto volverán a aparecer.
—Lo siento… —comienzo—. ¿Quién eres exactamente?
La mujer da un paso adelante. Sus movimientos son exagerados y elegantes, como los de una bailarina. Es tan alta y delgada que, sin duda, tiene el físico adecuado, pero hay una energía vibrante en ella, algo que se percibe bajo la superficie que parece apresurado e impaciente.
—Soy Lacosta. —Me tiende la mano, con los nudillos hacia arriba y los dedos hacia abajo—. La Bruja Buena del Norte.
Me mira expectante.
¿Se supone que debo besarle los nudillos?
—Encantada de conocerte —respondo y le estrecho los dedos.
No voy a besarle los nudillos.
Sus cejas perfectamente arqueadas se fruncen sobre unos ojos color avellana. Parece que estoy desafiando sus expectativas.
—Yo soy Dorothy —continúo—. La chica buena de Kansas.
Cleo resopla y se tapa la boca. Aakin se encoge de hombros como si intentara no reírse.
La bruja me mira con el ceño fruncido.
Detrás de ella, el cielo oscuro se vuelve más oscuro y algunas de las farolas que marcan el perímetro de la valla cobran vida. La luz dorada ahuyenta el brillo del sombrío tono azul medianoche, y los diamantes del vestido de Lacosta emiten docenas de destellos intensos.
El viento cambia de dirección.
—Hablando de Kansas… —Lo saco a colación porque me gustaría seguir adelante—. Tengo que regresar allí. ¿Sabes cómo puedo encontrar el camino de vuelta?
—No conozco ese Kansas del que hablas, pero ¿sabes quién podría decirte algo? —dice después de lanzarme una intensa mirada.
—¿Quién? —pregunto porque sé que debo hacerlo.
—El gran y poderoso Mago de Oz.
Por el rabillo del ojo, veo cómo cambia el comportamiento de la multitud. Se retraen visiblemente, se encogen, como un trozo de papel al que han prendido fuego.
Lacosta se interpone rápidamente entre ellos y yo, bloqueando mi campo de visión.
—No hay nadie más poderoso que el Mago de Oz. Estoy segura de que él tendrá las respuestas que buscas.
Bien, ahora hemos añadido magos a la mezcla. ¿Qué vendrá a continuación? ¿Animales que hablan?
—¿Cómo puedo llegar hasta este… mago?
La bruja se gira y señala un campo que apenas se divisa.
—Sigue el camino de baldosas amarillas hacia el Oeste. Te llevará a la encrucijada, el centro mismo de Oz. Desde allí, ve hacia el Sur, siguiendo las indicaciones hacia la Ciudad Esmeralda.
—¿Está lejos? —pregunto.
—Muy lejos —responde Mathian—. Y es muy peligroso.
—Eso es un poco exagerado —le resta importancia la bruja. La esquivo para hablar con los demás.
—¿Por qué?
—El bosque está repleto de bestias —explica Aakin gesticulando con las manos—. Algunas son grandes. Otras pequeñas. Otras difíciles de detectar.
—Y está la Bruja del Oeste —dice Mathian.
—¿La qué?
—La mala —añade Aakin.
—Y el hombre sin corazón —murmura Cleo.
La miro. Se le ha caído un mechón de pelo hacia delante y se le ha pegado a la comisura de la boca. Se lo aparta y evita mirarme a los ojos.
—¿Quién?
—El Hombre de Hojalata. —Es Aakin quien responde.
—Es el peor de los mercenarios de Oz —añade Mathian—. No tiene corazón, ya veis. —Aakin se da un golpecito en el pecho—. Más os vale manteneros alejada de él. Os matará si os interponéis en su camino.
—¿Hay alguna otra ruta para llegar hasta el mago? ¿Quizá otro camino?
—No hay otro camino. —Lacosta se adelanta, pero se detiene al oír ladridos.
La multitud se queda paralizada.
Los ladridos suenan cada vez más cerca.
—Es Toto —explico—. Es solo un perrito —añado, porque empiezo a dudar de que esta gente sepa lo que son los perros, dada la forma en que reaccionan.
Toto aparece en la puerta mosquitera rota y ladra al grupo.
—No os hará daño… —empiezo a decir, pero los demás se dan la vuelta y echan a correr gritando.
—Buena suerte, Dorothy de Kansas. El mago, no lo olvides. ¡Busca al Mago de Oz! —Lacosta hace un gesto apresurado con la mano y desaparece en un destello de luz.
De repente, me encuentro sola, aturdida.
Toto se acerca trotando y olisquea el montón de polvo que hace unos instantes era una mujer adulta. Una bruja nada menos.
Gime.
—Si te tienen miedo a ti —digo—, quizá las bestias del bosque no sean tan malas. Quizá solo sean ardillas.
Él me ladra.
—¿Cómo has logrado salir del baúl de Em? —pregunto.
Ladra dos veces. Siempre ha sido muy hábil para entrar y salir de lugares inesperados.
El primer verano que apareció en la granja, se escapaba de casa y aterrorizaba a las gallinas toda la noche, así que Henry le construyó una jaula.
A la mañana siguiente, lo encontramos en el corral ladrando al rebaño.
—No importa —continúo—. Me alegro de que estés bien. Vamos.
De vuelta a la casa, me dejo caer en la silla del tío Henry, que está en medio de la cocina. La tela desgastada huele a él, a tierra removida y a puros viejos.
¿Habrán sobrevivido él y la tía Em a la tormenta? ¿Estarán bien? La preocupación me corroe.
Toto salta a mi regazo al sentir mi creciente ansiedad, y se acurruca haciéndose una bola. Mueve las orejas como si estuviera escuchando lo que pudiera haber más allá de la casa, aunque yo solo oigo el suave gorjeo de los pájaros. Un sonido discordante en esta oscuridad impenetrable.
—Tengo que volver a casa, Toto. —Golpea el brazo de la silla con la cola—. ¿Debería seguir el consejo de la bruja? —Le rasco debajo de la barbilla—. ¿O tal vez debería quedarme aquí y esperar a que alguien venga a buscarme? —Vuelve a mover la cola—. Me preocupa un poco que ya no estemos en Kansas.
Levanta la cabeza y me mira entre parpadeos. Le caen sobre los ojos varios mechones de pelo oscuro y áspero, así que se los aparto, deseando poder oír sus pensamientos.
Su expresión ha cambiado. Es menos hostil, más consternada.
El pánico amenaza con volver a apoderarse de mí, así que cierro los ojos, hundo los dedos en el pelaje de Toto y respiro.
La tía Em siempre me ha servido de ancla, pero es Toto quien me hace sentir… no sé… completa.
Tengo que volver a casa. Debo salir de este lugar. Y si la única manera de hacerlo es buscando y encontrando al llamado mago, supongo que eso es lo que tengo que hacer.
Levanto a Toto de mi regazo y lo siento en el asiento de la silla de Henry. Se acomoda sobre sus patas traseras y me mira con sus ojos omniscientes.
—Tenemos que hacer algo. —Mueve la cola de un lado a otro—. No voy a quedarme aquí sentada esperando a que alguien venga a rescatarnos. Voy a hacer las maletas y nos iremos a la Ciudad Esmeralda.
Toto ladra.
—Descansa mientras puedas. Sospecho que será un largo camino y tus piernas son cortas.
Gruñe y luego ladra.
—¿Qué? Sabes que es verdad.
Arruga el hocico, le tiemblan los bigotes y luego da vueltas en círculo antes de acurrucarse hasta convertirse en una bola.
Examino los escombros de la casa en busca de una bolsa.
Lo único que veo es la cesta de mimbre de la tía Em. Abro la tapa de madera y empiezo a meter comida. La tía Em siempre tiene a mano nueces saladas y carne seca, y encuentro ambas cosas exactamente donde deberían estar.
Luego busco por el resto de la casa; veo una manzana que ha rodado detrás de la cocina de leña y un bollo horneado entre la pared y el paragüero. Por último, reviso el armario de Em, donde guarda las cebollas y las patatas.
Pero cuando abro la puerta, algo metálico brilla en su interior. Las zapatillas de plata.
—Son unas cositas muy resbaladizas. —Las cojo y las saco de las sombras, mientras espero que vuelvan a desaparecer.
Pero no lo hacen.
Cuando el suave cuero está al alcance de mi mano, siento un calor que se extiende por mis brazos.
—¿Qué te parece, Toto? ¿Crees que son mágicas?
Él gruñe, se estira y luego asoma la cabeza por el brazo de la silla. Ladra una vez, como para decir que le gustan.
Mis botas de cuero marrón estaban hechas para trabajar en el campo, no para una larga caminata.
Estos zapatos son suaves y flexibles en mis manos, con suelas gruesas y acolchadas.
Supongo que podría probármelas y ver si me quedan bien.
En la mesa de la cocina, le doy la vuelta a una de las sillas de madera y me siento en el borde del asiento para desatarme la bota izquierda. Decido dejarme los calcetines puestos por si acaso hace frío en Oz.
Dejo la zapatilla en el suelo y deslizo el pie dentro.
Esa misma calidez me recorre la pantorrilla, sube por el muslo y luego me inunda todo el cuerpo.
Contengo el aliento sorprendida y dejo que el calor se instale en mis venas.
La sensación no es muy diferente al placer que siento cuando estoy con Edward en los pajares.
Todos los huesos, todas las articulaciones se relajan, todos los dolores y molestias desaparecen.
Me quito la otra bota y me pongo la segunda zapatilla, luego doy una vuelta por la casa para probarlas.
—Dios mío, son divinas. —Son mucho más cómodas que las botas. Nunca he tenido unos zapatos como estos. Nunca nos ha sobrado el dinero para cosas tan frívolas—. Creo que podría caminar cien kilómetros con ellas, Toto, y no cansarme nunca.
Con las patas delanteras sobre el brazo de la silla de Henry, mueve la cola de un lado a otro, con la lengua colgando por un lado de la boca. El pelo le tapa los ojos. Necesita un corte y sigo posponiéndolo. Quizá cuando lleguemos a casa…
«¿Estás lista para el viaje?», parece decir con su ladrido.
Miro mi camisón manchado de sangre.
—Claro. Si voy a conocer a un mago grande y poderoso, no debería parecer que acabo de asesinar a alguien, aunque lo haya hecho. Voy a cambiarme.
Ya en mi dormitorio, cojo el vestido a cuadros azules y blancos que está colgado en el gancho junto a la puerta. Me deshago rápidamente del camisón y lo lanzo al suelo; luego me pongo el vestido. Es la prenda más bonita que poseo, y la ha confeccionado tía Em con sus propias manos.
Ya en la sala, doy una vuelta delante de Toto.
—¿Mejor? ¿Estoy presentable? ¿He dejado de parecer una asesina de brujas y solo soy una chica que espera encontrar el camino a casa? —Él ladra en señal de acuerdo. Recojo la cesta—. Vamos, entonces. En busca de un mago, supongo.