7 Dorothy
N o es momento de entrar en pánico… todavía.
No, en realidad, sí está a punto de darme un ataque de pánico. Acabo de matar a alguien.
Alguien que me ha atacado. En mi propia casa.
Puedo oír la voz de la tía Em en mi cabeza. «Respira hondo. Inspira y espira».
Cierro los ojos y tomo aire profundamente, luego vuelvo a exhalar.
Tuve el primer ataque de pánico el verano en que cumplí trece años.
Fue Em quien me ayudó a superarlo. No sabía qué hacer con esa vibración creciente en mi garganta, ni con el calor que me subía por la columna, ni con la sensación de que mi cabeza daba vueltas, mis pensamientos se arremolinaban y mi cuerpo se contraía.
Me había invadido una necesidad imperiosa de correr, pero no tenía a dónde ir.
Em me tomó de la mano y su calor se extendió por todo mi cuerpo.
«Aquí mismo. Concéntrate en mí y en tu respiración. Te tengo. Estás a salvo», me dijo.
A veces, tenía pesadillas en las que corría, tratando de llegar a casa, pero el hogar siempre estaba fuera de mi alcance. Me despertaba gritando y Em estaba allí.
Pensaba que ya había superado los ataques de pánico. Han pasado los años.
Respira. Estás a salvo. ¿De verdad?
Me alejo unos pasos del cuerpo de la mujer que me ha atacado.
Aún no puedo mirarla.
No puedo enfrentarme a lo que he hecho. Estoy bien. Por ahora.
Quiero huir.
No sé a dónde correr.
«Recupera la compostura», me diría Em.
Estoy en medio de un campo con una valla de madera que lo recorre en toda su longitud.
A lo lejos se ve como si fuera de día, aunque el cielo está oscuro.
Hay un silencio en el mundo que me recuerda a la nieve que cae lentamente, como si la espesa oscuridad que hay sobre mi cabeza se hubiera tragado todos los sonidos o los hubiera aplastado hasta hacerlos casi inaudibles.
Mi respiración vuelve lentamente a su ritmo normal. Mi corazón deja de latir con fuerza en mis oídos.
Iremos paso a paso.
—¿Qué tipo de oscuridad es esta?
Uno de los hombres da un paso adelante. Tiene el pelo corto y negro, ojos oscuros y lleva un mono con parches de todos los colores del arcoíris cosidos en él.
—Es por la Gran y Terrible Maldición; una nube oscura se posó sobre la Tierra hace muchos años.
—Entonces, ¿es de día? —Lo miro y él asiente moviendo la cabeza.
¿Hasta dónde me ha llevado el ciclón y cómo puedo volver a casa con Em y Henry?
Me vuelvo hacia la multitud. Otro hombre se adelanta y los demás se callan.
Este mide casi metro ochenta, tiene barba incipiente y una serie de tatuajes en la mano izquierda.
Parecen letras, pero, si lo son, pertenecen a un idioma que no conozco.
Con la mano tatuada, se echa el pelo hacia atrás, pero las puntas se le rizan, desafiándolo.
Lleva una camisa vaquera con los dos botones superiores desabrochados lo que deja ver un poco de vello. Tiene los hombros anchos y los brazos gruesos y fuertes.
—Hola… —empiezo—. ¿Podría decirme…?
Hinca una rodilla en el suelo.
La multitud reunida detrás de él lo imita hasta que todos están arrodillados.
—¿Por qué os inclináis? ¿Qué está pasando?
—Oh, gran hechicera —dice el hombre—. Nos habéis liberado de la Bruja del Este, que nos tenía sometidos desde la Gran y Terrible Guerra y os debemos nuestras vidas y nuestro agradecimiento. Me llamo Mathian y soy un orgulloso habitante del Este.
Un segundo hombre está inclinado junto a Mathian. Es más alto, de piel más oscura y con el pelo rapado al cero. Lleva una túnica bordada de lino suave, que tiene el cuello adornado con flores de colores.
—Soy Aakin y yo también soy un orgulloso ciudadano del Este. Os debemos mucho.
Vuelve ese dolor sordo detrás de mis ojos y me presiono el puente de la nariz para intentar que desaparezca.
Nada de esto tiene sentido.
—No soy una hechicera —respondo—. Y no creo en las brujas.
—Ahí hay una —dice Aakin y señala con un movimiento de cabeza a la mujer ensangrentada a mi espalda—. Ella era bruja. Vuestra casa ha caído sobre ella.
—Y luego la habéis matado. —La voz suave y tranquila proviene de detrás de mí. Me doy la vuelta y miro a la mujer bajita y con curvas. Su cabello oscuro está cortado a la altura de la barbilla. Unos brillantes ojos azules me miran entre unas pestañas larguísimas.
Aún no se ha arrodillado. No sé qué pensar de eso. ¿Ocupa una posición más importante que los granjeros?
Lleva un sencillo vestido de algodón con delicados botones en el corpiño. Mantiene el cuello rígido, la misma cualidad que describe su lenguaje corporal.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Cleo, oh gran hechicera.
—Tienes que dejar de llamarme así.
Mathian se pone de pie.
—Pero habéis matado a la bruja, hechicera… señorita. Son inmortales.
Echo un primer vistazo al cuerpo acurrucado en la hierba, rodeado de una luz plateada. A mí me parece bastante muerta. Acabar con ella ha sido fácil. Lo difícil es esta parte, las consecuencias.
Lloré la primera vez que ayudé a matar un cerdo. Ya le había puesto el nombre de Sylvester. Solo llevaba unos meses en la granja, pero me parecieron años.
El sonido de sus chillidos me persiguió en sueños durante más de un año. La vida en una granja es brutal e implacable.
—No quería matarla —confieso a la multitud—. Fue ella quien me atacó. Solo intentaba defenderme.
—Por supuesto, hechicera…
—Dorothy —corrijo.
—Hechicera Dorothy —tantea Aakin—, la Bruja del Este hizo que no fuera fácil quererla.
Mathian suelta una risita nerviosa.
—No dirías eso si ella estuviera viva.
—Desde luego que no. —Aakin se ajusta el cinturón sobre la túnica y se ríe con su amigo.
Me sorprende un poco lo alegre que se muestra este pueblo con respecto al cuerpo que yace detrás de mí. ¿Era realmente tan horrible?
Supongo que me atacó. Y no escuchaba nada de lo que le decía, casi parecía un animal salvaje sediento de sangre, sus acciones no tenían lógica alguna.
Quizá si se hubiera detenido un minuto y me hubiera dejado hablar, podríamos haber llegado a un entendimiento.
Ella estaría viva y yo no sería una asesina.
Pero, por otra parte, esta gente no estaría celebrando tan feliz haberse librado de una bruja imposible de matar.
¿En qué me he metido? O mejor dicho, ¿en dónde he caído?
Miro al cielo oscuro. No hay mucho que ver, salvo una negrura ondulante bordeada de azul plateado. Nada puede ayudarme a que me oriente. Podría estar en Kansas, en Misuri o en California.
—¡Que coja las zapatillas! —grita una voz entre la multitud. Me vuelvo hacia el gentío.
—¡Sí! —coinciden varios—. ¡Las zapatillas mágicas!
—¿Qué zapatillas? —pregunto.
Mathian se acerca a la bruja y le arranca los zapatos de los pies. Sus piernas muertas caen de nuevo al suelo con un golpe sordo. Y tan pronto como le quitan los zapatos, su cuerpo se encoge y se convierte en polvo.
Parpadeo varias veces para aclararme la visión, pero el montón de cenizas permanece allí. Ninguno de los habitantes del Este parece molesto al ver que el cuerpo se ha convertido literalmente en cenizas.
Nunca he estado en California, ni en Misuri, pero algo me dice que he ido mucho mucho más lejos.
—Ahora son vuestros, hechicera Dorothy. —Mathian inclina la cabeza y me tiende las zapatillas estirando los brazos.
El diseño me recuerda a unas zapatillas de ballet con un pequeño tacón. Parecen estar hechas de cuero suave, pero brillan como la plata incluso sin la luz del sol.
Son el tipo de zapatillas que se usan para un disfraz de Halloween. O para una obra de teatro.
Nunca he tenido nada tan elegante.
—No voy a quedarme con los zapatos de una muerta.
—No son zapatos normales —explica Aakin.
—Son unas zapatillas poderosas —añade Mathian—. Están encantadas. Llenas de magia.
Me río.
—Magia, claro.
—Sí. —Mathian se las pasa de una mano a otra y las zapatillas brillan.
—¿Qué tipo de magia? —pregunto.
Todos se miran entre sí.
Mathian frunce el ceño.
—Bueno… no lo sabemos.
Por supuesto que no.
—Creo que estoy perdiendo la cabeza.
—No temáis. —Aakin da una palmada—. Hoy habéis llevado a cabo una gran hazaña. Que los Dioses de los Puntos Cardinales os bendigan, si es que regresan a nosotros.
Me froto la cara, olvidando que todavía estoy cubierta de sangre. Parte de ella me mancha las mejillas. Refunfuñando, uso la manga de mi camisón para limpiarla, pero no estoy segura de que sirva de mucho. La prenda también está cubierta de sangre.
—Tengo que volver a casa con mis tíos —digo y miro a mi alrededor, buscando algo que me resulte familiar—. ¿Cómo llego hasta allí?
—¿Dónde está vuestra casa? —pregunta Mathian.
—En Kansas.
Aakin se mete las manos en los bolsillos del pantalón y se encoge de hombros con desgana.
—Oz está rodeado por todos los lados por un desierto infranqueable. Si vuestra Kansas está más allá del desierto, no conocemos ninguna forma de llegar hasta allí.
—¿Qué es Oz?
—Esto es Oz, hechicera. —Con la mano libre, Mathian extiende el brazo y hace un gesto grandilocuente—. Todo esto es Oz. Estáis en medio de él.
—Nunca he oído hablar de Oz. ¿Está en Oklahoma? —Me miran parpadeando—. ¿Quizá en Nebraska?
Mathian niega con la cabeza.
—Solo existe Oz.
Me alejo para pensar, con las manos en las caderas. La tía Em estará muy preocupada. El tío Henry no dormirá hasta que me encuentre. Y si alguno de los dos ha resultado herido en la tormenta…
Si la casa se ha desprendido de sus cimientos, es probable que el granero también haya sufrido daños. Habrá que comprobar el estado de los animales y hacer las reparaciones necesarias.
Tengo que volver a casa.
—¿Hay alguien más aquí que sepa algo de geografía? —Me giro hacia los granjeros y veo a Cleo de pie a pocos centímetros detrás de mí.
Doy un salto hacia atrás, sobresaltada. No ha hecho ningún ruido.
—Será mejor que cojáis las zapatillas. El poder os pertenece por derecho. —Maldiciones, brujas, varitas y zapatillas mágicas.
—¿Qué lugar es este, Cleo? —Noto la ansiedad en mi voz, la súplica vacilante. Quiero que me dé una respuesta que tenga sentido.
—¿De verdad no lo sabéis? —Sus cejas oscuras se fruncen sobre sus ojos. Me estudia como si fuera un misterio que desea desesperadamente comprender—. Coged las zapatillas. Daos prisa.
Es la urgencia en su voz lo que finalmente me hace moverme.
Alargo la mano hacia los zapatos y, justo cuando mis dedos rozan el cuero suave y brillante, el aire crepita a mi lado y unas manos pálidas se extienden a través de un destello de luz.
—Yo me las quedo —dice una voz, y le arrebatan las zapatillas a Mathian.