Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 5 Dorothy
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C uando despierto, encuentro los restos del tejado apilados sobre mi cuerpo. Trozos de yeso y tablas rotas.

Inhalo aire, y mis pulmones emiten un silbido. El polvo me cubre la lengua y la garganta, lo que me provoca un ataque de tos, y las sacudidas me causan un dolor punzante en las costillas.

Por fin, consigo respirar hondo y logro llamar a Toto. El sonido de sus garras golpeando el suelo de madera proviene de algún punto a mi izquierda. Aparece en mi campo de visión, con el pelaje un poco revuelto, pero por lo demás intacto.

—Gracias a Dios que estás bien. —Mueve la cola.

Miro a mi alrededor y veo que la casa es un desastre total.

Casi todo está fuera de lugar. La mesa de la cocina está en la sala de estar. La silla favorita del tío Henry está volcada sobre la puerta cerrada del sótano. La cesta de la tía Em con sus ovillos de lana descansa en el fregadero de la cocina, y los ovillos están esparcidos por toda la habitación.

Una luz azul crepuscular se filtra a través de los restos irregulares de la ventana más cercana, bordeando el cristal con un plateado tono medianoche.

¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? ¿Es de día o de noche? Es difícil saberlo y, si no supiera lo que sé, pensaría que la inquietante oscuridad es señal de que la tormenta sigue azotando las llanuras.

Trago saliva y hago un gesto de dolor al sentir la garganta irritada.

Agua. Necesito agua.

Mis movimientos son lentos y torpes, pero consigo apartar los escombros para poder sentarme erguida y luego uso la pared a mi espalda para ayudarme a ponerme de pie.

El mundo se balancea. Me zumban los oídos.

Cruzo la habitación hasta llegar al frigorífico y tiro de la manija metálica. En cuanto se abre la puerta, todo lo que hay dentro se derrama. El cristal se rompe a mis pies. La nata salpica el suelo. El repollo encurtido salpica las puntas de mis botas.

La jarra de agua ni siquiera llegó tan lejos. Está en el fondo del frigorífico, entre un montón de cristales rotos. Lo que quedaba de agua se derrama.

De repente, tengo la boca seca.

Intento abrir el grifo, pero no sale nada.

Voy al cuarto de baño con la visión borrosa. Siento un sordo latido en la cabeza y el repentino movimiento hace que el dolor se extienda hasta el espacio entre mis ojos.

Cuando por instinto me llevo la mano a la cabeza para darme un masaje, mis dedos se manchan de sangre medio seca.

—Genial —murmuro.

Me apoyo en la pared con una mano para mantener el equilibrio, entro en el cuarto de baño y miro mi reflejo en el espejo. Pero el vidrio está roto y mi imagen se multiplica en una docena de versiones diminutas de mí misma.

No me reconozco en ninguna de ellas.

Mi pelo se ha soltado de las trenzas. Tengo el labio partido. Un moratón florece en mi frente, rodeando un corte profundo sobre el puente de la nariz.

He vivido en una granja el tiempo suficiente como para saberlo todo sobre las conmociones cerebrales.

Cuando tenía siete años y estaba jugando en el granero, se me cayó un cubo lleno de leche en la cabeza.

Fue la tía Em quien me diagnosticó una conmoción cerebral al decirle que el estómago me daba vueltas y tenía ganas de vomitar.

Reviso el resto de mi cuerpo. ¿Me siento mal?

Solo me duele la cabeza.

Bang. Bang. Bang.

Espera...

No es mi cabeza.

Regreso al pasillo y vuelvo a oír el ruido, esta vez en la cocina.

Viene de la puerta del sótano.

—¡Tía Em!

Corro de vuelta al salón y caigo de rodillas, tengo que luchar con la silla del tío Henry para poder apartarla. Una vez que la puerta queda libre, agarro la manija empotrada y la levanto.

—Estoy aquí, tía Em. Creo que la tormenta ha terminado y…

Hay un borrón blanco, una ráfaga de aire y luego una luz azul brillante.

Una mujer se abalanza sobre mí, salvaje como un animal.

—¿Te ha enviado ella?

—¿Qué coño…?

Retrocedo con rapidez y me quedo sentada sobre el trasero, pero ella va a por mí en un instante y pone las manos alrededor de mi cuello.

—¿Te ha enviado ella? —grita de nuevo.

Tiene los ojos muy abiertos y el pelo rojo enmarañado. Su aliento apesta a licor de maíz y tabaco rancio.

—Yo… no… —Intento articular alguna palabra, pero sus dedos aprietan con más fuerza contra mi tráquea.

Se me nubla la visión. Pataleo con las piernas para intentar quitármela de encima.

—El Este es mi territorio —pronuncia, con las fosas nasales dilatadas.

El aire a su alrededor se vuelve azul como un relámpago.

—El Oeste no puede quedarse con él. ¡Es mío!

Toto ladra. La mujer mira hacia allí y se le escapa un grito de terror del fondo de la garganta.

Se echa hacia atrás y saca un palo del bolsillo del vestido.

—¡Fuera, bestia! —Lo agita hacia él. Toto sale volando hacia atrás y se estrella contra el baúl de cedro abierto de la tía Em. La tapa se cierra de golpe y la cerradura hace clic.

Toto sigue ladrando desde dentro, arañando la madera con las uñas.

—No sé quién coño eres ni cómo has entrado en nuestro sótano, pero ese es mi perro y él…

Me apunta con el palo y da dos golpes rápidos. En cuestión de segundos, me veo obligada a arrodillarme.

—Dime quién te ha enviado —insiste.

—¿De qué estás hablando? ¡Esta es mi casa!

—¡Y me ha caído encima! —Da vueltas por la habitación, mirando algunos de los cuadros de Em y uno de los retratos familiares enmarcados que, por imposible que parezca, sigue colgado en la pared.

Con ella de espaldas a mí, intento levantarme, pero es inútil. Es como si estuviera pegada al suelo.

—¿Quién eres? —pregunta cuando vuelve.

—¿Quién eres tú?

Arruga la nariz e inclina la cabeza a un lado, mirándome como si fuera un gusano ahogado que se ha colado en busca de una tierra mejor.

—¿Quién soy? Soy Delphine, Bruja del Este, jefa de estas tierras donde tú y… —mira a su alrededor, haciendo una mueca ante la casa destrozada— tu casa decrépita habéis aterrizado. Así que dime tu nombre, chica, antes de que te lo arranque de la garganta.

Vuelve a apuntarme con el palo; tiene la muñeca flexionada, lista para golpear.

Tengo que estar sufriendo una conmoción cerebral. No hay otra explicación.

Esta mujer dice que es una bruja y esgrime un palo como si fuera una varita mágica.

¿Quizá solo tenga que seguirle el juego hasta que mi mente se recupere?

—Mi nombre —digo— es Dorothy Gale.

Delphine se queda tan inmóvil que resulta inquietante. Su expresión es indescifrable, pero los nudillos de la mano con la que aferra la varita están blancos.

Hay una tensión latente en el aire, similar a la de una tormenta que se avecina.

—Creo que sé quién te ha enviado —espeta, y luego vuelve a abalanzarse sobre mí.

Cuando la bruja choca conmigo, las dos caemos hacia atrás. Me golpeo contra la pared y el aire sale disparado de mis pulmones.

—¡Te mataré y luego los mataré a todos! —Levanta la varita y me pincha en el costado. El dolor me atraviesa las costillas y siento una presión creciente en el pecho. Es como si fuera a estallar por dentro.

¿Qué demonios me está pasando?

El dolor se extiende hacia fuera, llenando cada hueco, y mi instinto me grita que corra, que huya lo más lejos y rápido que pueda.

Pero esta es mi casa, ¿no? Merezco estar aquí.

Esta mujer no.

Clavo los pies en el suelo de madera y la empujo con todas mis fuerzas mientras las lágrimas nublan mi visión. La bruja tropieza hacia atrás. Aprieta los dientes con los ojos inyectados en sangre.

Quizá alguna vez fue hermosa, con su larga melena pelirroja y unas pecas salpicando su nariz fina y noble. Pero ahora mismo parece salvaje y desquiciada, y no sé cómo conseguir que se detenga.

Emite un grito y se lanza encima de mí otra vez. Me aparto rápidamente hacia un lado y entonces ella se estrella contra la pared.

Busco el objeto más cercano que encuentro: una de las viejas mantequeras de la tía Em, la que tiene una grieta en el centro, que ahora solo sirve para guardar hilo. La agarro por la abertura y la balanceo.

¡Zas!

La mantequera golpea a la bruja en la cara y el impulso la hace girar. Comienza a sangrar por la boca.

Comprueba el estado de su mandíbula, flexionándola, y escupe una muela, que rebota en el suelo.

—¡Cómo te atreves! —Se tira hacia delante y me da un golpe en la cara con el dorso de la mano.

Veo las estrellas.

Avanzo como puedo y me golpeo contra la encimera de la cocina al buscar a tientas un arma. Algo. Cualquier cosa.

Me tambaleo sobre mis pies.

La mujer me agarra del camisón y tira de mí, con lo que consigue hacerme girar.

Mis dedos encuentran un objeto sólido. Lo agarro en el último segundo, sin importarme lo que sea.

Lo balanceo hacia abajo.

El objeto hace contacto al instante. Sé inmediatamente lo que es.

El tío Henry me enseñó desde pequeña a matar cerdos. Algunos inviernos, matar algún animal de la granja era la única forma de sobrevivir.

Y conozco el sonido exacto que hace una hoja cuando se hunde en la carne.

Los ojos de la mujer se agrandan de una manera imposible. Y comienza a sangrar por el cuello, donde el mango del cuchillo de carnicero sobresale de su pálida carne.

El color carmesí oscuro corroe el blanco de su vestido.

Mueve los labios, como si intentara articular algunas palabras, pero solo se oye el sonido de la sangre llenándole la tráquea.

Se aferra a mí, arañándome el camisón con las manos. La sangre que brota de la herida me salpica la cara y me mancha el pecho.

Cae sobre mí y tropezamos al atravesar la puerta mosquitera rota, lo que nos hace trastabillar por el porche delantero. Sus dedos son como garras que se clavan en mí, y el horror de lo que he hecho provoca que el mundo me dé vueltas y se me revuelva el estómago.

Caemos juntas al jardín y mis pies se enredan en la hierba alta.

Nos quedamos en el suelo. Ella no es más que un peso muerto y yo parpadeo mirando al cielo, respirando de forma entrecortada y rápida.

¿Estoy a salvo?

¿Está muerta?

«La he matado».

Los segundos pasan y ella no se mueve. No respira.

Creo que lo he hecho.

Creo que la he matado.

El horror se apodera de mí.

La empujo y me pongo a cuatro patas, y cuando por fin consigo ponerme de pie, me doy cuenta de que tengo público. Y no es ni una, ni dos… personas. Al menos sumo una docena. Que me miran con la boca abierta y los ojos como platos. Están de pie bajo un cielo oscuro bordeado de plata nocturna.

—Ha matado a la bruja —dice uno de ellos.

—Somos libres —grita otro.

—¡Salve a la gran hechicera! —grita un tercer hombre.

Gritan de alegría, con los puños en alto hacia el cielo.

—¿Qué coño está pasando? —grito.