4 Cleo
L a Bruja del Este zigzaguea a través del campo lleno de campanillas de invierno, con el vestido levantado y agarrado con fuerza para no ensuciarse el dobladillo de la falda.
—¿Dónde fue? —le pregunta a Cleo con los ojos muy abiertos y enloquecidos.
Cleo nunca ha conocido la libertad.
Nacida bajo una luna de sangre, fue maldecida desde su primer aliento. O al menos eso es lo que le dijeron. Quizá esa sea la razón de que su madre la entregara a la bruja antes de que tuviera edad suficiente para hablar.
Sus primeros recuerdos son de desesperación.
Quería complacer a la bruja. Al fin y al cabo, se suponía que era un regalo (¿no?) y los regalos no deben molestar, irritar ni enfurecer.
«Mantente callada», se decía a sí misma. Tuvo que aprender esta regla sola, por instinto.
A Delphine, la Bruja del Este, le gustaba oírse a sí misma, por lo que la voz de Cleo debía permanecer en silencio.
Y ahora, como es de esperar, las palabras le fallan.
No está aquí por casualidad, justo al sur del camino de baldosas amarillas, en medio del campo de campanillas de invierno.
Pero, accidente o no, las instrucciones son vagas y los detalles confusos.
—Ahí —le responde y señala un punto al azar a la izquierda de Delphine.
La bruja refunfuña y se aleja enfadada.
El viento cambia de dirección y los viejos robles que rodean el campo crujen con desesperación.
Cleo escudriña el bosque, esperando.
Algunas noches, cuando por fin se quedaba sola después de que la bruja alcanzara un sueño profundo, drogada con aceite y borracha de ozrum , leía en voz alta para sí misma en la penumbra y el silencio, solo para recordarse que tenía voz.
Era fácil olvidar la forma de las palabras, la melodía de lo que parecían letras aleatorias unidas para formar esperanza, amistad y poder.
La esperanza parecía un cuento de hadas.
La amistad, una mentira.
El poder, una droga.
La mayoría de los días, se despertaba al amanecer para preparar el baño de la bruja y luego se ponía con su té. Delphine necesitaba el té para despejar la mente y ahuyentar la resaca. Y el baño de sal para aliviar el dolor en los huesos.
Tan pronto como la bruja terminaba de desayunar, Cleo lo limpiaba todo para preparar el almuerzo, luego la cena, otro baño, más medicamentos.
¿Sería suficiente alguna vez? No estaba segura.
Y, de todos modos, ¿importaba? Estaba maldita. Quizá la suya no era una maldición grande y terrible, pero una maldición es una maldición.
Solo necesitaba sobrevivir.
No creía que hubiera otra opción.
Al menos, hasta que la Bruja del Oeste le ofreció una.
Es bien sabido que las brujas de los puntos cardinales suelen estar enfrentadas entre sí y, desde dentro, Cleo conocía la verdad: Delphine temía a la Bruja del Oeste.
Oeste es más poderosa que Este. Eso significa que Delphine, en el fondo, sabía que no merece gobernar. Es una bruja de los puntos cardinales solo porque es maleable. Una sustituta.
¿Qué ha logrado Delphine en los años transcurridos desde la Gran y Terrible Guerra?
«Nada».
Sin ambición, Delphine solo puede pasar los días buscando una gratificación sin rumbo fijo. Y lo único que sabe hacer bien es aprovecharse de los frutos que ofrece su posición. Dinero, drogas, poder, pan y dulces. El Este es conocido como el granero de Oz y no hay escasez de placeres.
Y ahora la Bruja del Oeste está dispuesta y preparada para actuar contra ella.
Cleo no debería especular sobre los asuntos de las brujas de los puntos cardinales, pero no puede evitar preguntarse por qué el Oeste la ha elegido a ella.
Casi siempre, Cleo ha sido leal a Delphine, prácticamente hasta extremos inimaginables. Delphine puede haber sido una madre terrible, pero es la única figura materna que conoce y traicionarla nunca se le había pasado por la cabeza.
Pero, como ocurre en la mayoría de los golpes de estado, solo ha bastado el susurro adecuado en el momento adecuado.
Cuanto mayor se ha hecho Cleo, menos ganas tiene de obedecer. Todo empezó como una presión en el pecho una noche en la que Delphine decidió que Cleo la había mirado mal y que, por lo tanto, debía quedarse despierta toda la noche fregando de rodillas el suelo de piedra.
Más adelante, esa presión se vio seguida por un crujir de dientes cuando Delphine le exigió que volviera a preparar el desayuno porque no estaba lo suficientemente caliente.
Luego, llegó la explosión.
Delphine le ordenó que lavara a mano cada una de sus veintisiete batas de seda antes del amanecer. Una tarea que a Cleo le habría llevado varios días.
Fue cuando perdió los nervios.
Le gritó a Delphine.
Las palabras no le salían bien y solo la mitad de ellas tenían sentido, pero estaba en racha y no podía parar.
Lo único que la detuvo fue una bofetada en la cara. El golpe sorprendió tanto a Delphine como a Cleo.
A pesar de toda su crueldad, de todas las cosas terribles que había hecho al Este y a las personas que lo habitaban en su interminable búsqueda de poder y relevancia, Delphine nunca le había levantado la mano.
Cleo se frotó la mejilla, en silencio.
Y Delphine, con las fosas nasales dilatadas, se dio la vuelta y se marchó furiosa. Quizá ese fue el principio del fin.
La presión volvió y no desapareció.
Cleo no estaba segura de cómo escapar de Delphine, pero estaba decidida a averiguarlo.
Nunca habría imaginado que sería la Bruja del Oeste quien le daría la solución.
¿Y cuál fue? Una pluma larga y estrecha que brillaba como una mancha de aceite.
La pluma pertenecía a un mono alado. La Bruja del Oeste se la entregó a Cleo y luego le dijo sin más que se la mostrara a Delphine.
Al ver la pluma, Delphine sintió que su frágil control sobre el poder se le escapaba. Si los monos alados, que pertenecían al Oeste, sobrevolaban el Este, estaban invadiendo su terreno, rompiendo las reglas, y ¿quién les ordenaría hacer tal cosa?
—Esa Bruja del Oeste, mala, narcisista y vanidosa. —Delphine apretó los dientes—. Enséñame dónde. —Ya están al sur del camino de baldosas amarillas, en medio del campo de campanillas de invierno. Tal y como había ordenado la Bruja del Oeste a Cleo cuando le dijo que ella se encargaría del resto.
—¿Aquí? —pregunta Delphine y deja caer la falda, extendiendo los brazos.
—Creo que sí —responde Cleo, porque ¿qué otra cosa puede hacer?
¿Cuánto tiempo debe entretenerla?
Entonces…
Llega un estruendo desde arriba. Le sigue un silbido agudo. Cleo y Delphine miran hacia arriba al mismo tiempo.
El resto, al parecer, es una casa que cae del cielo.