Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 3 Dorothy
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3 Dorothy

U nas manos fuertes me sacuden para despertarme.

Abro los ojos de golpe, pero solo veo oscuridad y oigo el aullido del viento. Tardo varios segundos en adivinar que la figura que se encuentra sobre mí es el tío Henry.

—¿Qué…? —empiezo a decir, pero él me interrumpe.

—Se avecina una tormenta. Voy a asegurar el granero. Métete en el sótano con Em. —Y luego se marcha.

Me siento y parpadeo a través de la neblina del sueño. No es la primera vez que me sacan de la cama para llevarme al sótano, pero a veces no es más que mucha lluvia y truenos. Odio pasar la noche en el agujero frío que hay debajo de la casa, rodeada de tierra.

No le tengo miedo a la oscuridad. Se trata simplemente de que no me gusta la incomodidad que me produce. Me gusta la calidez de mi cama, con sus sábanas color azul aciano y la gruesa colcha blanca que la tía Em y yo hicimos juntas el segundo verano que viví aquí.

Toto me ladra desde los pies de la cama. Está mirando por la ventana, con las patas traseras sobre el borde de la cama y las delanteras apoyadas en el alféizar. Mueve la cola. Ladra una vez, y luego otra.

—Sí, sí —digo—. Ya me levanto. —Aparto la colcha y poso mis pies descalzos sobre el suelo de madera.

Sabiendo que hará frío en el sótano, me pongo unos calcetines y luego mis gastadas botas de cuero.

—¿Qué tal está el clima, Toto? —pregunto, todavía un poco aturdida, mientras me acerco a la ventana donde está él—. ¿Merece la pena meterse en el agujero?

Me mira por encima del hombro, sin dejar de mover la cola mientras el cristal vibra en el marco. Fuera, veo que la veleta en lo alto del granero gira sin parar. El gran roble junto al camino de entrada se balancea de un lado a otro con el viento agitado.

Las gotas de lluvia resbalan por la ventana mientras se acercan nubes espesas que auguran un aguacero.

El aire está cargado y es violento.

En el extremo del maizal, veo un destello de luz.

«Edward».

Las ráfagas de luz forman un patrón que se repite una y otra vez.

«Ponte a salvo».

— ¡Dorothy! —grita la tía Em mientras corro hacia la mesita de noche y abro el cajón de un tirón.

—Un momento —respondo.

Cojo la linterna y vuelvo a la ventana mientras enciendo la luz. Luego la apago. Luego la vuelvo a encender.

«Y tú también», respondo.

La luz de Edward hace un movimiento en forma de X y luego se apaga.

Eso quiere decir «Te quiero».

Aprieto la linterna contra mi pecho, con el dedo sobre el interruptor.

En el exterior, la puerta del granero se abre de golpe. La veleta cambia de dirección.

El cielo está adquiriendo un intenso tono morado.

Por la mañana, cuando pase la tormenta, le diré que sí a Edward.

Estaré a salvo con él. Me amará. Me cuidará. ¿Cómo podría desear algo diferente?

Siento un nudo en el estómago.

Toto corre hacia la puerta abierta de mi dormitorio y me ladra.

—Ya voy —digo y lanzo la linterna sobre la cama. Me pongo un jersey mientras corro tras él. Pero cuando lo alcanzo en el salón, sale disparado, atraviesa la puerta mosquitera y desaparece en la tormenta.

—¡Toto! ¡Vuelve aquí!

—¡Dorothy, espera! —grita la tía Em asomando la cabeza por la trampilla abierta. Lleva puesta la bata y el pelo cubierto con un pañuelo de seda—. ¡No es seguro!

No puedo dejar a Toto. No me importa lo peligroso que sea.

Empujo la puerta y enseguida me golpean el polvo y los escombros. Levanto el brazo para utilizarlo como escudo y salgo a la noche.

—¡Toto!

Se oye un ladrido a mi izquierda y lo sigo hasta el final del porche. Encuentro a Toto con la espalda rígida y el rabo levantado. Está ladrando a la noche.

—¡Tenemos que entrar! La tía Em nos está esperando…

El aire cambia.

Se me eriza el vello de la nuca. Toto gruñe.

Sigo su mirada y veo un ciclón que se abre paso a través del maizal de Gilbert.

El pánico se apodera de mi cuerpo y me cuesta respirar.

Los relámpagos destellan en el torbellino y la noche ruge como un tren de mercancías.

Pero hay algo diferente en esta tormenta. El tornado brilla .

—Toto —digo, pero mi voz se ve ahogada por el rugido del viento—. ¡Tenemos que entrar!

Me agacho y lo cojo en brazos, luchando contra el viento que atraviesa el porche mientras lo abrazo con fuerza contra mi pecho.

Cada paso es agonizantemente lento. Las tablas traquetean contra sus fijaciones bajo mis botas.

Una cede finalmente y sale disparada para pasar volando por delante de mi cara.

El cristal se rompe en algún lugar dentro de la casa. Echo un vistazo al granero, pero no veo a Henry por ninguna parte. También hay un sótano en el granero. Solo queda esperar que haya conseguido entrar.

—¡Dorothy! —grita la tía Em.

No puedo respirar lo suficiente como para responder.

El estruendo del ciclón se acerca.

Por fin veo el brillo metálico del pomo de la puerta. Alargo la mano hacia él justo cuando una caja de leche pasa volando y me golpea el brazo extendido. Mi jersey se rasga. Algo húmedo y cálido corre por mi antebrazo.

«Date prisa, Dorothy».

«Date prisa».

«Date prisa».

Podría morir aquí fuera.

Moriré si no entro.

Vuelvo a estirar el brazo, pero el viento es tan fuerte que pierdo el equilibrio y caigo de rodillas. Toto ladra y se retuerce entre mis brazos. Las lágrimas me inundan los ojos.

No voy a conseguirlo. ¿Por qué ha salido corriendo Toto? Nunca ladra cuando hay tormenta, no así…

La puerta se abre de golpe y la tía Em aparece en la penumbra.

—¡Coge mi mano!

Me invade una sensación de alivio. La agarro y ella lucha contra la tormenta, tirando de mí con todas sus fuerzas para meterme dentro.

—¡Quédate agachada! —grita mientras los extremos de su pañuelo de seda ondean atados alrededor de su cuello.

Una ventana se rompe y los cristales salen disparados por toda la sala de estar. La tía Em se agacha y se arrastra hacia el sótano.

La sigo de cerca.

—¡Ya casi estamos! —grita.

Podemos hacerlo. Lo vamos a conseguir.

La casa cruje como un barco luchando contra el océano.

La tía Em llega a la escalera del sótano y baja por los peldaños.

—¡Pásame a Toto!

Me arrastro boca abajo, cambiando a Toto entre mis brazos, pero de repente el mundo se sacude.

CRAC.

La luz parpadea.

Estoy en el aire, ingrávida, navegando hacia el techo. Entonces, ¡bum!

Me estrello contra el suelo y vuelvo a salir disparado hacia arriba.

La casa se inclina hacia un lado y yo resbalo por el suelo hasta quedar en posición vertical contra la pared opuesta.

La silla favorita del tío Henry se desliza por la habitación y me golpea las piernas. Toto ladra en mis brazos.

—¡Te tengo! —le digo—. ¡Aguanta!

El techo de yeso se agrieta y nos llueven trozos de escayola.

Me deslizo por la pared y me acurruco en posición fetal, usando mi cuerpo para proteger a Toto, que está metido dentro de mi jersey.

Me zumba la cabeza y siento presión en los tímpanos.

—Todo va a ir bien —le digo y respiro su aroma. Es picante y dulce. Muy propio de él. La tía Em siempre dice que tiene un olor extraño para un perro, como a roble quemado.

Ahora mismo es lo que me reconforta mientras el mundo da vueltas y vueltas.

«Por favor, déjame vivir».

«Por favor, déjanos sobrevivir a esto».

El techo se ondula como una ola. La grieta se extiende en forma de telaraña y luego una viga se parte por la mitad y atraviesa el yeso.

Y vuela directamente hacia mí.