2 Dorothy
T oto! —Me detengo en el borde del porche y grito en la oscuridad. Mi perro ha estado fuera todo el día. Probablemente esté acurrucado en algún lugar, durmiendo después de comer—. ¡Toto!
Al otro lado del campo, veo un destello de luz. Se enciende y se apaga.
Como un perrito amaestrado (y no me refiero a Toto, claro está) mi vientre se tensa. Me giro hacia la puerta mosquitera.
—Voy a dar un paseo para buscar a Toto.
—No tardes mucho —dice la tía Em desde el fregadero.
El paseo hasta la granja vecina me lleva unos diez minutos si sigo la carretera.
Siete si acorto por los campos. Tengo prisa por sentir algo, así que tomo el atajo, con cuidado de pasar por encima de las hileras de brotes de maíz que emanan de la tierra.
Este año ha sido más seco. Necesitamos desesperadamente una buena lluvia.
Doy la vuelta al granero de Gilbert por la parte trasera y encuentro la puerta abierta de par en par.
Todos los animales están acurrucados para pasar la noche.
Edward Gilbert está sentado en un punto iluminado por una linterna de cuello de cisne cercana.
Ocupa una silla de jardín metálica, con Toto acurrucado en su regazo.
—Aquí estás —recito, y Toto agudiza el oído, abriendo apenas los ojos—. Ha cazado un conejo hace un rato —le explico a Edward—. No lo he vuelto a ver desde entonces.
Edward acaricia la barriga redonda de Toto.
—Creo que se ha atiborrado.
He crecido con Edward, primero fue mi mejor amigo y luego algo más. Solíamos enviarnos mensajes codificados con las linternas, haciendo parpadear la luz en la oscuridad.
Cuando éramos niños, él era varios centímetros más bajo que yo, delgado y un poco torpe. Ahora, a los veinticinco años, me saca treinta centímetros y el duro trabajo en la granja le ha dado manos fuertes, hombros anchos y músculos duros.
Edward levanta a Toto de su regazo y lo coloca sobre un fardo de heno cercano. Mi perrito bosteza, pero vuelve a acurrucarse y cierra los ojos.
—¿Quieres subir? —pregunta Edward, señalando con la cabeza la escalera que lleva al pajar.
—Sí. —Sabía lo que quería antes de venir.
Como es un caballero, Edward me deja subir primero por si acaso resbalo y me caigo.
Aunque llevo años subiendo esta escalera, y la de nuestra casa, sin ningún incidente.
A veces pienso que lo hace solo para poder mirarme debajo del vestido, lo que significa que no es tan caballero como le gustaría creer.
A mí me da igual. A veces desearía que lo fuera menos.
Pero saber que aprecia la vista me hace sentir mariposas en el estómago.
En cuanto llegamos al desván, Edward me coge de la mano y me atrae suavemente hacia él. Presiona su boca contra la mía y saca la lengua para saborearme. Me lleva hasta el montón de heno suelto que hay en la esquina, donde ya está extendida nuestra colcha, esperando.
Me dejo caer con un gemido y le desabrocho el cinturón. Ambos forcejeamos con la hebilla metálica hasta que finalmente conseguimos abrirla. Entonces se coloca encima de mí, y empieza a recorrerme el cuerpo con las manos.
Recuerdo vívidamente la primera vez que hicimos el amor. Nuestros movimientos fueron torpes; nuestro deseo impregnaba el aire. El calor bullía entre mis piernas, la dureza entre las suyas.
Cuando me penetra ahora, gimo de placer y él me susurra palabras dulces al oído.
—Eres tan hermosa, Dutchie.
A lo largo de los años que llevamos viéndonos en el granero, Edward siempre ha sido muy delicado conmigo. Como si fuera una figurita de cristal que teme romper con demasiada presión, con demasiado calor.
Puede que haya nacido en algún lugar más allá de la granja de Kansas, pero todo lo que soy ahora se forjó bajo las violentas tormentas.
Y no puedo evitar preguntarme si el insaciable apetito que siento por algo más se debe a eso, si en el fondo la chica que soy es una chica que anhela moretones, cenizas y sangre.
Quizá por eso soy incapaz de dejar entrar el amor. Porque no hay sitio para cosas que se sienten suaves y delicadas.
Y seguras.
«Úsame —quiero decirle a Edward—. Hazme sentir algo tan profundo que deje marcas en mi piel».
Pero la idea de expresar esa maldad me revuelve el estómago de vergüenza.
Edward me miraría con el ceño fruncido. Se sonrojaría. Me diría que me respeta demasiado para tratarme así.
Pero a veces solo quiero que me empotre contra la pared.
El calor del granero nos envuelve y nos quitamos más ropa a medida que nuestros movimientos se vuelven más frenéticos. La presión aumenta. Edward se pone más duro dentro de mí. Se está acercando. Reconozco su orgasmo inminente tan bien como el mío.
Engancho una pierna alrededor de sus caderas y lo atraigo hacia mí, cambiando de posición para quedar a horcajadas sobre él. Así tengo el control. Me froto contra él, cierro los ojos y finjo que estoy en otro lugar, con otro hombre.
La culpa susurra en el fondo de mi mente: «Deberías estar agradecida por Edward».
Pero otro hombre… un hombre diferente… tal vez sus palabras no serían tan dulces. Tal vez su tacto sería mucho más posesivo.
Me tenso al pensarlo. Edward gime mirándome.
—Oh, sí, Dutchie —susurra, usando el apodo que me puso cuando éramos niños. Le insto a que se siente para poder rodearle el cuello con los brazos y usarlo como palanca, follándolo más fuerte y rápido, persiguiendo lo único que me hace sentir algo.
Una gota de sudor se desliza por mi espalda.
La luz de la luna se cuela por la ventana del pajar ybaña a Edward con una luz plateada. Observo cómo su rostro se relaja con el placer. Cada vez que se corre, es así, como si estuviera desconcertado por ello, un poco ebrio.
—¿Te has corrido? —me pregunta.
—Todavía no.
—¿Debería…?
—Ya casi estoy. —Aprieto los ojos y continúo con la fantasía en mi cabeza.
«Córrete para mí —dice el hombre sin rostro y sin nombre—. No me decepciones».
Me tenso, balanceo las caderas hacia delante para alcanzar el ángulo adecuado, y con la fricción llego al punto álgido.
Por fin, me corro.
Y solo entonces veo en color.
Nos sentamos en la ventana abierta del pajar, con las piernas colgando por el borde.
Ya me he vuelto a vestir, pero Edward sigue sin camiseta y no puedo evitar admirar el volumen de sus bíceps, el relieve de su pecho.
Me pasa un porro.
Doy una calada y suelto el humo.
Cuando se mezcla con el aire, se enrosca alrededor de la luna llena.
Edward señala un campo cubierto de hierba justo detrás de los brotes de maíz.
—¿Ves ese terreno de allí?
—¿El campo donde solíamos jugar a Reyes y Castillos?
Su sonrisa es torcida y tímida.
—Ese mismo. Mi padre dice que me lo dará para que pueda construir mi propia casa y formar una familia.
Debería devolverle el porro. En cambio, le doy otra calada y dejo que el humo se quede en mis pulmones, que arda un poco.
—Me gustaría empezar mi propia vida —admite.
Tengo la boca seca y muevo la lengua buscando algo que no está ahí.
—Imagínatelo —continúa—. Una casa con tejado a dos aguas.
Como la casa Pembery en el pueblo. ¿Blanca, quizá?
¿Con contraventanas negras? ¿O roja con contraventanas blancas?
Y un granero rojo a juego. También hay suficiente terreno para un jardín.
Sé lo mucho que te gustan las amapolas. Podríamos plantar un jardín entero de ellas si quisieras.
Le devuelvo el porro. Lo pellizca entre los dedos y deja que se consuma.
Percibo su emoción. La ola caliente y ondulante que presiona contra mi piel.
Sé lo que va a decir antes de que lo diga, pero yo no siento emoción, solo temor.
—Cásate conmigo, Dutchie —dice.
Lo miro a los ojos. Su sinceridad me da ganas de gritar. Me pide que me case con él al menos una vez a la semana. A veces, dos. Pero nunca ha estado ligada a una visión del futuro con una casa, un granero y un jardín.
Podría amarlo, a mi manera. Pero ¿es suficiente? ¿Alguna vez será suficiente?
Cuando pienso en una vida con Edward, me siento vacía por dentro. La culpa vuelve a envolverme.
—No puedo dejar al tío Henry y a la tía Em —me escabullo; es lo que siempre digo, y es verdad. Pero a veces me pregunto quién era antes de venir aquí. Me pregunto por mis padres y si estarán vivos. Me pregunto por la mujer que siempre grita en mis recuerdos, pero a la que nunca se oye.
¿Quién es?
Y mejor aún, ¿quién soy yo?
Cuando cumplí dieciocho años, empecé a investigar mi pasado. Empecé con recortes de periódico sobre la tormenta que azotó Kansas el año en que llegué. Busqué en registros de nacimientos, pregunté en los hospitales locales.
No encontré nada. Ni una pizca de información. Lo que solo puede significar que no he buscado lo suficiente.
No abandonaré a Em y Henry, pero casarme con Edward significa que nunca me iré de verdad. Y si nunca puedo irme, nunca tendré la posibilidad de descubrir quién soy. Ese vacío jamás se llenará.
Edward se acerca y me aprieta la mano.
—Em y Henry estarán justo al lado. —Es una buena observación.
—Pero eso son diez minutos… —argumento—. Siete por el campo. Y si pasara algo o si llegara un ciclón… —digo sin terminar la frase.
Deja el porro en un tarro cercano.
—Me haces feliz, Dutchie. Yo también podría hacerte feliz.
Miro hacia el corral y luego hacia el campo de maíz. Las hileras perfectas. Los brotes frondosos.
Le sonrío, le cojo del brazo y le beso en la mejilla.
—Tú me haces feliz. —Y es verdad. Él me hace feliz, pero ¿esto también?
Esa voz vuelve, susurrándome verdades que a menudo me da miedo afrontar.
«Edward no es mi futuro. Solo es una distracción».
Mis pasos son más pesados al volver a casa. Toto trota a mi lado.
—¿Qué voy a hacer, Toto? —Me mira, con el pelo revuelto cayéndole sobre los ojos, y no dice nada—. Así no me ayudas.
Me ladra y luego se adelanta.
Cruzo el camino de tierra. Una brisa fría me hace estremecer y me froto los brazos en un intento por evitar que se me ponga la piel de gallina. El aire ha cambiado desde que estaba ocupada en el granero de Gilbert. El calor del día ha desaparecido, sustituido por algo más intenso.
Subo por el destartalado porche delantero y alcanzo la puerta mosquitera.
—Ven a sentarte conmigo —me llama una voz desde la oscuridad.
—Dios mío. —Me llevo la mano al corazón y siento sus repentinos y rápidos latidos—. Me has asustado, Em.
Su mecedora cruje. Al acercarme, huelo la dulzura del té que tiene en las manos. Da un sorbo, con la mirada fija en el horizonte.
—¿Te ha vuelto a pedir que te cases con él?
Suspiro y me siento en la mecedora a su lado.
—Sí.
—¿Qué le has dicho?
—He evitado responder.
Niega moviendo la cabeza.
—Ese chico está enamorado de ti. Es un buen chico, ¿sabes? Me recuerda a Henry.
Es uno de los mejores. Realmente debe haber algo mal en mí si me resisto tanto a comprometerme con él.
Recuesto la cabeza contra el respaldo tallado de la silla y me empujo apretando la punta de la bota contra el porche.
—No puedo dejaros solos.
La tía Em chasquea la lengua.
—No nos uses como excusa.
—¿Por qué no? Es una buena excusa.
Da el último sorbo a su té y luego apoya la taza vacía en la curva de su rodilla.
—Bórranos a mí y a tu tío del panorama. ¿Qué te dice el corazón?
—Ese es el problema. No lo sé.
—Eso es mentira.
—Em...
—Has ignorado tu intuición toda tu vida. Es hora de que empieces a escucharla.
Siempre ha sido Em quien ha intentado convencerme de que tengo una gran capacidad para saber las cosas.
Le gusta recordarme aquella vez en que un vendedor ambulante vino a la granja para vender productos de limpieza y yo, con solo nueve años, le dije a Em que era un hombre malo y que no debía dejarlo entrar.
Unos días más tarde, lo arrestaron por agredir a un granjero cuando lo dejaron entrar en su casa.
—Aunque eso fuera cierto… —replico volviendo al presente.
—Lo es —apostilla ella.
—¿Cómo sabes la diferencia entre intuición y duda?
—¿Cómo sabías lo del vendedor? —¿Lo ves?
Exhalo con fuerza y me vuelvo a impulsar desde el porche.
La mecedora cruje.
—Apenas lo recuerdo.
Vuelve a quedarse callada y la noche se acerca sigilosamente, llenando el vacío.
Grillos de campo y ranas arbóreas, el susurro de los animales del granero.
—¿Quieres un consejo o solo espacio para desahogarte? —pregunta finalmente.
Giro la cabeza sobre el respaldo de la silla para poder mirarla.
Parte de la luz de la linterna que cuelga sobre la puerta del granero ilumina su rostro y llena los hoyuelos alrededor de su boca.
Puede que se acerque a los setenta, pero siempre he pensado que parece joven para su edad.
La lucha con sus manos, la pérdida del control que una vez tuvo, debe frustrarla de forma inimaginable.
Todos los que crecen en una granja saben lo que es la muerte.
Y, sin embargo, cuando pienso en perder a Em o a Henry, siento como si me arrancaran una parte de mí misma. Algo imposible de perder.
—Siempre agradezco tus consejos —digo.
La mecedora vuelve a crujir cuando ella le da otro empujón.
—Imagina que mañana Edward Gilbert te dice que le ha pedido matrimonio a otra chica y que ella ha aceptado.
Emito un suspiro.
—Vas directa al grano.
Se aleja de mí, su rostro ya no está iluminado por la luz. No puedo ver su expresión, pero imagino que está sonriendo. La tía Em tiene la mejor sonrisa del mundo. Como el azafrán cuando rompe la dura corteza del invierno. El tipo de sonrisa que te hace pensar en calidez y fuerza.
—Continúa… —me anima.
Dejo que su escenario imaginario se desarrolle en mi cabeza. Edward dándome la noticia, yo sabiendo que nuestra relación ha terminado, que ya no tendré que esquivar sus propuestas.
Casi siento alivio.
Inspiro y luego espiro.
La tía Em se levanta. Sus movimientos son lentos, veo su espalda ligeramente encorvada antes de que se enderece por fin. Al pasar junto a mí, me da un apretón en el hombro.
—Es tu vida, Dorothy. Solo asegúrate de elegirla, sea cual sea.
Asiento moviendo la cabeza.
—Buenas noches, mi dulce niña —se despide.
—Buenas noches, tía Em.
Dentro de la casa, se apaga la luz y, unos segundos después, oigo cómo se cierra la puerta de su dormitorio.
Me empujo otra vez en la mecedora.
El viento se levanta y el polvo se arremolina en el patio.
Me levanto y entro en la casa, decidida a tomar una decisión por la mañana.