Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1)
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1 Dorothy
L legué a la granja de Kansas en brazos de una mujer en medio de una tormenta de verano.
Dicen que el viento era tan violento que le despeinó el pelo.
No sé quién era, solo que me aferraba a ella, sollozando. Me dijeron que tenía la cara manchada de sangre, que le salpicaba las mejillas hundidas.
—Por favor —dijo la mujer a la pareja que estaba en la puerta—. Cogedla.
Intentó entregarme, pero me resistí, hundiendo los dedos en la tela de su chaqueta.
—¡Quiero irme a casa!
Recuerdo haber dicho esas palabras. De hecho, a veces me despierto gritándolas.
Si me quedo muy quieta, si cierro los ojos, si fuerzo mi memoria, puedo verla.
Me grita, pero no hay sonido, solo movimiento.
El pelo que me azota la cara. Las nubes oscuras que van pasando por arriba.
Siento la intensidad de su desesperación y el sabor a cenizas en mi lengua.
La temporada de ciclones siempre trae consigo angustia.
Y carnicerías.
La tía Em y el tío Henry no habían planeado tener hijos, pero ¿cómo podían dos buenas personas rechazar a una niña que lloraba?
—Volverá a por ti —me dijo Em mientras me limpiaba la cara después de que amainara la tormenta—. No te preocupes.
A la semana siguiente, Henry me construyó una cama con los restos del granero. Me dejó hundir algunos clavos y probar la sierra de mano.
—¿Seguro que nunca has construido una cama? —me preguntó mientras me supervisaba con las manos apoyadas en las caderas.
—Estoy segura —respondí, porque hasta entonces ni siquiera sabía lo que era un martillo.
—Bien, pues estás haciendo un buen trabajo. —Como tenía el rostro oculto por la sombra de su sombrero de ala ancha, no supe que me había mentido. Tardé muchos años en saber que había reconstruido la cama aquella noche solo para asegurarse de que fuera sólida y resistente. Para que durara.
Ahora que soy adulta, entiendo que lo que hizo en realidad fue distraerme. Me dejó hincar algunos clavos y serrar un poco de madera para que me librara de parte de la preocupación que me carcomía por dentro.
Ella no iba a volver. No iba a regresar a por mí. Henry sabía mejor que nadie cómo alejar el dolor y el sufrimiento. Era un hombre que siempre estaba en movimiento, que huía de un corazón roto.
Regresó a las praderas de Kansas después de que muriera su padre, luego tuvo que despedir a su madre y, a continuación, la guerra le arrebató a dos hermanos. Era el más joven de la familia. Nunca imaginó que heredaría la granja familiar.
Pero lo hizo de todos modos.
El trabajo lo ayudaba a distraerse, pero era la tía Em quien ayudaba a Henry a curarse.
Antes de la granja, antes de perder a su familia, el tío Henry viajaba por todo el país. Era un músico callejero que, con una guitarra apoyada en la cadera, una armónica colgada al cuello y un tambor a los pies ganaba dinero con su música.
Había llegado a Nueva York en busca de algo. Quizá un lugar al que pertenecer. Le gustaba bromear diciendo que él era como Ricitos de Oro y que cada ciudad que visitaba era una cama.
—Ninguna me encaja —decía—. Una es demasiado ruidosa. Otra es demasiado grande. Algunas se acercan, pero quizá son demasiado frías o demasiado cálidas o demasiado blandas.
Cuando era niña, me encantaba cualquier cosa que oliera remotamente a cuento de hadas, y Henry podía convertir cualquier cosa en una historia.
—La Gran Manzana me pareció perfecta —continuaba—.
Y tocar música para los turistas era un trabajo honesto.
Un trabajo que me gustaba. La mayoría de los días, podía golpear mi tambor, arrancar sonidos a mi guitarra, cerrar los ojos y viajar a otro mundo.
Pero ese día, no. Ese día la encontré a ella.
Según cuenta la historia, la tía Em acababa de llegar a la ciudad desde el sur. Soñaba con estudiar arte en una de las universidades. Para ganar dinero, pintaba coloridas caricaturas para los turistas.
Pero ese día, no.
Ese día pintó al apuesto músico callejero.
Y cuando el sol comenzó a ponerse, Henry se ofreció a comprarle el cuadro con el dinero que había recaudado en su sombrero.
Ella le dijo que prefería una taza de café y que podía quedarse igual con el cuadro.
Ahora cuelga de un clavo junto a la mesa de la cocina.
Hay tanto color en esa pintura… Tanta vida…
Es una chispa de belleza en la vasta y gris pradera de Kansas.
Pero el tío Henry ya no hace música y la tía Em ya no pinta, y a veces me pregunto si alguna vez sentirán que se mueren de anhelo por lo que han renunciado.
La vida en la granja no es fácil. Todos lo sabemos.
Hay que levantarse antes del amanecer. Siempre hay que estar en movimiento porque una docena o más de animales dependen de ti para que les des de comer y beber.
Hay que cosechar los cultivos antes de que se pudran.
Hay que recoger los huevos. Es un trabajo agotador que no se detiene ni cuando te duele el cuerpo.
Pero ¿por qué parece que Em y Henry han perdido todo su entusiasmo? ¿Lo vieron venir?
Creo que eso es lo que más me aterra, la idea de despertarme vacía una mañana, encontrarme con que todo lo que tenía ha sido succionado de mis huesos y absorbido por la tierra implacable.
Dejando aparte el trabajo agotador, le estoy agradecida a la tía Em. Le estoy agradecida al tío Henry. Y le estoy especialmente agradecida a Toto. Incluso cuando me parece un grano en el culo.
—Suelta al conejo, Toto. —El animalito se retuerce entre sus mandíbulas. Es casi tan grande como Toto, pero eso nunca lo ha detenido. Nunca he conocido a un terrier con tanta sed de sangre.
Toto prepara su postura, listo para salir corriendo. El conejo siente el suelo bajo sus patas y da patadas con las traseras. Al no encontrar escapatoria, se mueve con más fuerza, lanzando tierra por los aires.
—No te atrevas… —digo, pero Toto sí que se atreve.
Sale disparado, arrastrando al conejo con él; el pobre chillando entre sus mandíbulas.
—¡Toto! —grito.
—Ese perro es una amenaza. —El tío Henry se acerca por el fondo del patio con un cubo de huevos que ha recogido del granero. Su pálida piel irlandesa está sonrosada por el trabajo. Aún no ha llegado el momento de la temporada en que su piel se rinde y se deja broncear por el sol.
Yo soy tan blanca como él, pero con pecas, aunque de alguna manera inmune al sol. Siempre tengo un tono crema claro.
Me vuelvo hacia él y entrecierro los ojos ante la intensa luz matinal.
—Supongo que tienes razón. Pero al menos deja en paz a las gallinas.
El tío Henry suelta una risa burlona, pero rápidamente se convierte en una mueca de dolor. Deja el cubo en el suelo y se frota la zona lumbar. No quiere ir al médico. Nunca tiene suficiente dinero para pagarlo.
—Déjame a mí. —Me acerco y me encargo de los huevos.
—No soy un anciano —protesta.
—¿Ah, no? —Arqueo las cejas.
Él frunce el ceño, pero hay una leve sonrisa oculta bajo su bigote.
—Bueno, viejo, pero capaz.
—Por supuesto.
—Puedo hacerlo —argumenta.
—Sé que puedes. Y yo también. —Voy hacia la casa y Henry me sigue a regañadientes.
Dentro, la tía Em tiene todas las ventanas abiertas, lo que crea una corriente de aire en el interior. Las cortinas se hinchan, luego se calman, solo para volver a hincharse de nuevo.
Creo que no hay nada que me guste más que una cálida brisa de verano.
La tía Em está de pie junto a la mesa de trabajo, con las manos oscuras cubiertas de harina. Trabaja un trozo de masa, pero sus movimientos son lentos; hay un leve temblor en sus dedos, una ligera pizca de frustración entre sus cejas.
Dejo el cubo junto al fregadero y me uno a ella en la mesa.
—Déjame ayudarte. —Hundo las manos en el bote de harina.
Siento que me mira con el ceño fruncido.
Henry y Em se acercan a los setenta, aunque nadie lo diría al ver a Em, pues aunque hay sabiduría en sus ojos, apenas tiene arrugas en la cara.
Aun así, la edad les está pasando factura tanto a ella como a Henry.
Nunca ha habido un día en sus vidas en el que no hayan trabajado duro y se hayan valido por sí mismos.
Recibir ayuda, y mucho menos pedirla, es un concepto ajeno que no les gusta.
—No pasa nada —protesta ella—. Me gusta amasar.
—A mí también me gusta —replico, lo cual no es cierto.
Llevo casi veinte años ayudando a Em en la cocina, pero aún no he adquirido la pasión por hornear pan.
Es, literalmente, la habilidad más básica que se necesita para sobrevivir en la granja, y me gusta comerlo, pero ¿y las horas que se necesitan para hacerlo?
¿La precisión? ¿El margen de error? No, gracias. Prefiero limpiar los establos.
Con una sonrisa cómplice, Em se aleja de mí y se une a Henry ante el fregadero. Juntos examinan la recolección de huevos. Hoy hay menos que ayer, y ayer menos que anteayer. No es momento de preocuparse… todavía.
Aunque no me gusta hacer pan, es fácil perderse en la tarea y, mientras mis manos se mueven, mi mente se evade a una vida fantástica en la que nada es difícil y todo está inundado de color, como el cuadro de la tía Em.
Puede que ese mundo exista en algún lugar, pero no será para mí. La granja me necesita. Em y Henry me necesitan. ¿Quién cuidará de los animales cuando Henry no pueda levantar las bolsas de pienso? ¿Quién llevará las cebollas y las patatas al sótano seco cuando Em no pueda bajar la escalera?
No puedo dejarlos solos. No puedo abandonar la granja. Y pensar en ello me produce un dolor en el pecho.
Henry traslada los huevos a la cesta de alambre que cuelga en la esquina. Em comprueba la olla de estofado que hierve a fuego lento en la cocina. Fuera, las gallinas se pían unas a otras. A lo lejos, un perro ladra.
—Dorothy —dice Em—. ¿Podrías hacer sitio para la olla? Ya es hora de hacer las albóndigas… —No tengo tiempo para responder.
Se oye un fuerte estruendo, y al instante siento una oleada de calor abrasador en las piernas.
Siseo de dolor y me alejo tambaleándome mientras el guiso se derrama por el suelo de la cocina.
—¡Em! —Henry corre hacia ella. Le tiemblan las manos, pero hay un destello de irritación en su rostro.
—No pasa nada. —Me agacho con un paño de cocina y empiezo a limpiar el desastre—. Yo me encargo.
—Se ha echado todo a perder.
—Puedes hacer más —asegura Henry.
—Era el último pollo que quedaba, Henry. No puedo hacer más.
Limpio el caos del suelo, pero ya es inútil. Mi paño está empapado y todavía queda al menos media olla de caldo por limpiar.
—No sé qué me está pasando —dice Em mientras Henry la atrae hacia su pecho.
Observo desde mi posición en el suelo cómo Henry le susurra algo al oído y ella asiente con un movimiento de cabeza, manteniendo su determinación.
Siempre han sabido lo que el otro necesita sin que ninguno de los dos tenga que pedirlo.
Cuando la pena invade a Henry, ella está ahí para cogerle la mano.
Cuando Em tiene un mal día, él está ahí para hacerla sonreír.
Y a menudo me encuentro así, mirando desde fuera.
Siempre me he sentido bienvenida por ellos, pero en el fondo de mi mente hay una voz que nunca desaparece del todo. Una voz que dice: «En cualquier momento, todo esto podría desaparecer».
Cuando empecé a tener ataques de pánico, justo después de cumplir los veinte, comencé a ver a una terapeuta que me dijo que tenía problemas con el compromiso.
—Eres capaz de amar —me dijo—. Solo tienes que abrirte a ello.
—Amo —le respondí.
—¿De verdad? —preguntó ella, e inclinó la cabeza, entrecerró los ojos y me miró con una expresión introspectiva que me hizo retorcerme en el sofá.
Más tarde, cuando le conté a Em la conversación, me escuchó despotricar sobre lo equivocada que estaba la terapeuta.
—Has protegido tu corazón —me explicó luego—. Nadie puede culparte por ello. Pero si alguna vez estás lista para abrirte, sabes que Henry y yo estaremos ahí.
Pasé los dos días siguientes enfadada con mi terapeuta y con Em.
Sabía cómo amar. Adoraba a Em y a Henry.
Pero me llevó varios meses más de terapia e introspección darme cuenta de que ambas tenían razón.
Puede que quisiera a Em y a Henry, pero en el fondo me aterrorizaba que ellos no me quisieran a mí.
Tenía una vida y una familia antes de la granja, y ambas cosas habían desaparecido.
¿Quién podía asegurarme que esto no se desmoronaría también?
Em y Henry no me habían elegido. Al igual que no quisieron acabar en la granja, nunca habían querido tener hijos. Pero tuvieron que criar a una de todos modos.
Y ahora estoy decidida a devolverles el favor, cueste lo que cueste. Puedo ayudarles a cuidar de sí mismos igual que me cuidaron a mí, aunque los mantenga a distancia.
Cojo otro paño y limpio el resto del guiso derramado.