Al límite del ocaso CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

Veinte años después, el segundero del Ayuntamiento de Sevilla avanzaba con un tic-tac silencioso.

Olga, se ajustó los puños de la bata blanca, el uniforme que había llevado años, mirándose en el espejo del despacho o más bien la sala que compartía con otros dos trabajadore sociales.

Había cumplido cincuenta y ocho años y le quedaban dos para jubilarse.

Aunque ganara menos con treinta años de trabajo podía hacerlo.

Mateo llevaba ya jubilado tres años, el si se jubiló a los sesenta y cinco, aunque llevaba años trabajando en la oficina y no salía ya de retén.

Fernando, compañero, dejó de ser amigo íntimo hacía más años.

Desde que le había pedido perdón a Carmen.

Se habían hablado con respeto, nada más con distancia de por medio.

También se había jubilado cinco meses atrás.

Veinte años habían pasado volando para Olga.

Veinte años desde que regresó a Almería por primera vez con el alma en paz tras perdonar a su padre en aquél nicho solitario cerca del de su madre. Había vuelto cada dos o tres años. A veces sola, a veces con Mateo.

Ahora el espejo del devolvía una imagen de una mujer madura, con el cabello pintado de rubio para esconder las canas, y una cuenta atrás grabada en el pecho.

: exactamente setecientos treinta días. Dos años.

Eso era lo único que le quedaba para colgar la bata blanca definitivamente, jubilarse y disfrutar con Mateo.

En casa, Olga miro una foto de sus hijos: Mateo de veinticinco años, en el patio del parque de bomberos, cargando una pesada manguera sobre los hombros, con la misma soltura y el mismo orgullo con el que su padre lo hacía décadas atrás.

A unos metros, Lisa, su hija menor, de veintitrés, revisaba los niveles de presión del camión con una concentración feroz.

Miró la foto embaucada y orgullosa. Eran sus hijos, su mayor logro, pero también su constante fuente de insomnio.

Ya estaba acostumbrada desde que conoció a Mateo.

Ahora tenía a dos hijos jugándose la vida entre llamas y era un precio muy alto para el corazón de una madre.

Ninguno quiso hacer algo diferente. Y Mateo, les daba lecciones de todo.

-Están listos Olga, deja de mirarlos como si tuvieran cinco años- dijo una voz grave a sus espaldas abrazándola por la cintura y besándole el cuello, porque sabía que sufría por todos.

Olga dejó la foto en el mueble, se giró y sonrió al ver a Mateo, su marido. Vestía de pisano y a veces se negaba a abandonar el parque e iba a echar un vistazo. De allí venía. Con unos vaqueros, camiseta negra y una cazadora de cuero negro.

-No puedo evitarlo, Mateo, contigo tampoco pude- suspiró Olga apoyando la cabeza en su hombro- Míralos. A veces veo en ellos el mismo fuego que nos unió a nosotros. Pero me da miedo que este trabajo les exija demasiados sacrificios. Como a todos.

Mateo padre apretó los labios por un segundo, una sombra cruzó su mirada. Olga sabía perfectamente en quién estaba pensando. Pensaba en Fernando.

Hacía más de veinte años que el nombre de Fernando no se pronunciaba en esa casa, desde que le pidió perdón en esa cena de empresa.

Fernando, que era tres años menos que Mateo, también se había jubilado.

El pasado, era un territorio sepultado bajo toneladas de ceniza fría. O eso creían ellos.

-Ellos son más fuertes de lo que fuimos nosotros, Olga- sentenció Mateo padre rompiendo el silencio.- Hemos construido una familia sólida. No hay nada ni nadie que pueda tambalear lo que tenemos.

Justo en ese momento, la sirena de emergencias del parque de bomberos, rasgó el aire con su sonido ensordecedor.

Se asomaron a la ventana. Las luces rojas parpadeaban. El romanticismo de la tarde se evaporó en un milisegundo. Imaginaban a sus hijos reaccionar por puro instinto. Mateo que corría hacía el camión principal, mientras Lisa saltaba al asiento del copiloto de la unidad de rescate..

Sin embargo lo que ni Mateo, ni Olga alcanzaban a ver desde el despacho, mientras los camiones salían quemando rueda hacía la avenida, fue el mensaje que acababa de entrar al teléfono móvil de su hijo Mateo en la taquilla del vestuario.

Una pantalla iluminada con un nombre que estaba a punto de cambiar el destino de las dos familias para siempre.

“ Ya estoy en marcha hacía el aviso de la fábrica del polígono. Entramos juntos en la primera línea de fuego. Ten cuidado, Mateo.

Te quiero.

Carmen.”

…

El humo negro y espeso devoraba el cielo sobre el polígono industrial.

La sirena del camión de bomberos, aún resonaba en los oídos de Mateo cuando saltó al asfalto caliente.

El aire quemaba los pulmones y el caos dominaba la escena; alarmas de evacuación, cristales estallando por el calor y el rugido ensordecedor que se alimentaba de palets de madera y plástico.

-¡Mateo, coge la línea de ataque! ¿vamos a cortar el avance por el flanco izquierdo!- ordeno el cabo por la radio.

Mateo hijo, se ajustó la máscara del equipo de respiración autónoma, sintiendo el golpe de adrenalina en el pecho. Cogió la manguera con fuerza, clavando las botas en el suelo para resistir la brutal presión del agua.

El calor era un muro invisible que intentaba hacerlo retroceder.

Fue entonces, cuando otra silueta, enfundada en el mismo traje de protección oscuro y con el número de dotación en el casco, se coloco justo detrás de él, apoyando su mano firme en el hombro para ahcer contrapeso y estabilizar la línea.

A través de la visera ahumada, Mateo reconoció esos ojos decididos. Era Carmen.

Carmen, de veintiocho años, tres más que él, y se movía entre las llamas con una sangre fría que despertaba la admiración de todo el parque. Mientras avanzaban paso a paso contra el fuego, coordinados como si fueran u n solo cuerpo, la complicidad entre ellos se hacía evidente.

No necesitaban palabras; un sutil movimiento de hombros o una presión en el brazo bastaban para saber hacía dónde moverse. El peligro extremo, en lugar de asustarlos, parecía unirlos más.

Una hora más tarde, con le incendio finalmente controlado y reducido a densa humareda gris, la dotación regresó al camión para recuperar el aliento. Sentados en la estribera del vehículo, con las caras manchadas de hollín y el sudor empapando sus frentes, Mateo y Carmen se quitaron las máscaras.

-Buen trabajo ahí dentro, recluta- dijo Carmen con una sonrisa de lado, dándole un golpe cariñoso en el hombro- te has mantenido firme.

-Tenía una buena retaguardia guardándome las espaldas- respondió Mateo, mirándola con una intensidad que nada tenía que ver con el compañerismo laboral.

Aprovechando que los demás compañeros recogían el material al otro lado del camión, Mateo le tomó la mano., oculta aún por el grueso guante de bombero.

Carmen lo miró y su sonrisa se volvió más tierna, pero también más seria.

-Mateo, no podemos seguir así- susurró ella, mirando de reojo hacía donde estaba Lisa limpiando unas herramientas- escondernos en las guardias, fingir que solo somos compañeros…- Me muero por abrazarte cuando salimos de un aviso como este. Llevamos meses con este secreto.

-Lo sé-asintió Mateo hijo, apretándole los dedos- Mi hermana Lisa ya sospecha algo, la conozco- Y mis padre… bueno mi padre está jubilado, pero sigue viniendo al parque de bomberos- se reía Mateo. Pero tienes razón. Estoy harto de esconderme. Quiero presentarte formalmente en casa.

Carmen, suspiró, sintiendo un extraño presentimiento que no lograba sacudirse de encima.

-¿Estás seguro? Sabes que mi padre Fernando, también es perro viejo en esto y siempre me dice que las familias de los bomberos arrastran demasiados fantasmas. A veces tengo la sensación de que hay algo en le pasado de nuestros padres que no nos han contado.

-Da igual el pasado, Carmen. Lo que importa somos tú y yo- declaró Mateo con absoluta firmeza.- este viernes tengo cena familiar en casa. Mis padres estarán allí. Quiero que vengas conmigo como mi novia. Es hora de dejar las cartas sobre la mesa.

Carmen miro los ojos decididos de Mateo y, a pesar de los temores que le rondaban la cabeza, asintió.

-Está bien. El viernes iremos juntos.

Ninguno de los dos imaginaba que esa cena, en lugar de unir a la pareja, encendería un fuego mucho más destructivo que el que acababan e apagar en el polígono.

…

El viernes por la noche, la casa de Mateo y Olga volvió a llenarse de risas y bromas, platos sobre la mesa y el olor de un asado que llevaba horas preparándose. Hacía tiempo que aquellas cenas familiares. Se habían convertido en una tradición, claro siempre que no tuvieran guardias en la central.

En la cocina, Olga iba de un lado a otro ultimando la cena, mientras lisa, la hija pequeña, colocaba los cubiertos.

-Mamá, relájate, Parece que viene el rey.

-Es la primera vez que tu hermano trae a una chic a cenar. Deja que me ponga nerviosa.

Sonó el timbre.

Mateo abrió la puerta con una sonrisa.

-Pasad.

Carmen apareció tímida con una botella de vino entre las manos.

-Buenas noches.

Olga la recibió con un abrazo inesperado.

-Bienvenida. Esta también es tu casa.

Carmen sonrió agradecida. Había oído hablar muchas veces de Mateo padre y de Olga, peor era la primera vez que los conocía, pues ella entró a la central después de que Mateo padre se jubilara.

La cena comenzó entre bromas, recuerdos del incendio del polígono que había movilizado a media provincia y anécdotas familiares.

Mateo padre, seguía contando historias de cuando era bombero, mientras Carmen escuchaba con atención.

-Así que tu padre también fue bombero.- comentó Mateo padre.

-Sí, hace apenas seis meses se ha jubilado. Hace años tuvo un accidente grave.

Olga sonrió con cariño.

La conversación continuó con naturalidad. Nadie imaginaba que aquella relación pudiera esconder ningún problema o secreto. Para ellos, eran solo dos jóvenes enamorados.

Entonces sonó el teléfono móvil de Mateo padre.

Miró la pantalla.

Era un antiguo compañero del parque de bomberos…

Se levantó y se retiró para contestar.

-Dime…

Al otro lado apenas tardaron unos segundos en hablar.