CAPÍTULO IX
-No pasa nada, ha venido a ver si estamos saliendo, pero al final lo he echado y me ha dicho:
-¿Y si no quiero? Entonces me ha dado un poco de miedo. Nunca lo había visto así y me he puesto nerviosa. No es nada.
-¿Cómo que no es nada? No vuelvas a abrirle la puerta. Miras bien y me llamas si es él.
-¡Está bien!
Al rato se había calmado. Tampoco quería que aquello supusiera que Mateo y él se enfrentara en el trabajo.
…
Pero se enfrentaron, no en el trabajo, pero sí al salir al día siguiente.
-Fernando…- lo llamó Mateo.
-¿Qué quieres?
-Lo sabes bien, ayer asustaste a Olga. No vuelvas a ir por su casa.
-¿Es tuya la casa?
-Como si lo fuera. Y Olga también es mía. Si te digo que no vayas, no vas a ir. A no ser que quieras que vaya a al tuya cuando no estés. A ver qué te parece.
-Te dije que no salieras con ella.
-No recibo órdenes salvo del que nos manda. ¿Qué quieres, mujer y amante? Debiste pensarlo antes de hacer lo que hiciste.
-Vete al carajo Mateo.
-Advertido quedas.
Y Fernando se fue murmurando cabreado.
Pero ya no volvió a verlo Olga, ni pasó por su casa.
Y ella poco a poco fue recuperando la normalidad.
…
Meses después, ya cercana a la Nueva Navidad. La central de bomberos, preparaba la cena de Empresas. Era la primera vez que Olga acudía con Mateo. Porque las parejas estaban invitadas y se hacía en un restaurante bonito, de noche.
Mateo llegó con Olga, que iba preciosa y él se lo dijo.
Olga ya no era una chica insegura que estudiaba oposiciones y trataba de salir adelante. Ahora era una trabajadora social del Ayuntamiento de Sevilla, con plaza y responsabilidades, piso y coche y un hombre para ella que la mimaba, la cuidaba y la quería.
Se sentía protegida, peor también independiente, sin miedos. Segura de sí misma.
Había construido una vida con esfuerzo.
Y sobre todo era feliz por sí misma.
Y con Mateo.
Cuando entraron al salón, se hizo un pequeño silencio entre algunos compañeros , porque algunos recordaban la historia de Fernando y ella.
Y Fernando estaba allí, con Ana.
Serio.
Muy serio.
Consciente de que la había perdido para siempre.
De lo que había perdido.
Era la primera vez que los cuatro coincidían tras la visita de Fernando a casa de Olga.
Fernando observaba a Olga de lejos. Peor ya no sentía rabia ni celos como antes. Solo una extraña nostalgia, porque ahora podía verla como realmente era: una mujer fuerte que siguió adelante sin él.
Durante la cena, los compañeros hablaban, reían, y recordaban servicios complicados y anécdotas.
En un momento Fernando salió a la terraza del restaurante para tomar el aire. El frio de diciembre le golpeo suavemente en la cara.
Mateo apareció detrás.
Ninguno habló durante un minuto.
-Hace frío- dijo Fernando.
-Es diciembre, sería raro que no lo hiciese.
Por primera vez en mucho tiempo ambos sonríen.
Fernando bajó la vista.
-Te debo una disculpa.
Mateo lo miró, pero no respondió.
-Fuiste mi mejor amigo. Estuviste ahí cuando te necesitaba. Y te culpé de cosas que eran responsabilidad mía.
-Sí..
-Y también intenté controlar la vida de Olga cuando ya no tenía ningún derecho.
Mateó asintió lentamente.
-También.
Fernando suspiró.
-Supongo que tardé demasiado en entenderlo.
- Lo importante es que lo entendiste.
No se abrazaron. No hacía falta. Pero algo se rompió entre ellos. O quizá algo se arreglaba.
Cuando volvieron al salón, Fernando se acercó a Olga.
Ana lo observó seria desde lejos, pero tranquila. Ella también había aprendido muchas cosas durante ese tiempo.
-Hola, Olga.
-Hola, Fernando.
-Solo quería decirte que me perdonaras y que me alegro por ti.
Olga lo miró sorprendida.
-Gracias.
-Y pedirte perdón, sin excusas esta vez.
Olga tardó unos minutos en responder.
-Te perdoné hace mucho Fernando.
-Lo sé. El que faltaba por hacerlo, era yo.
Ella sonrió con sinceridad.
Ya no quedaba dolor.
Ya no quedaba nada pendiente del pasado con él.
Al final de la noche, Mateo y ella paseaban hacía su casa, cogidos de la mano. Sevilla estaba preciosa iluminada con las luces navideñas…
-¿En qué piensas?- pregunto él.
Olga miraba las calles llenas de gente.
-En que después de tanto tiempo, todo está exactamente donde tiene que estar.
Mateo la besó en los labios.
Y Olga comprendió que a pesar de todo lo amaba inmensamente comprendiendo que algunas historias deber terminar para que verdaderamente otras, mucho mejores, empezaran.
Y la suya con Mateo, era una historia tan preciosa que no quería que terminara nunca.
-Te amo Mateo.
-Lo sé, yo también te amo, así que date prisa.
-¡Dios mío qué loco estás!- sonrió ella.
Tengo la manguera que me va a explotar pequeña.
-Siempre la tienes igual.
-Es que me pone mucho tu fuego, me enciendo y ya sabes…
Cuando llegaron, él empezó a quitarse la ropa rápido, a tocarla y a quitarle la suya.
Y Olga se reía. Era tan… sin palabras. Parecía un adolescente y ya iba a cumplir treinta y ocho años.
Entró en ella antes de llegar a la cama, subida a sus caderas, chupaba sus pezones y apretaba su trasero contra su miembro y cayeron en la cama gimiendo y hablando. Y la penetraba una y otra vez, incansable.
Loco.
Sexual.
Sin paradas.
Danzando en sus olas.
Sin llamar a la puerta.
Caliente como polvo.
Aullando como un lobo.
Una vez que se desató la tormenta, vino la calma.
-Ay nena…
-Ay nene…
Y se reían.
Menos mal que hago ejercicio, si no, no te aguantaba.
Permanecieron abrazados en silencio y él abrió la cama cuando empezaron a sentir algo de frío
-¿Quieres casarte Olga?
-¿Y esa pregunta? ¿No lo pides como todo el mundo con un anillo?
-No soy como todo el mundo. Y soy mayor que tú.
Y dale con la tontería.
-Contesta anda.
-No es imprescindible entre nosotros.
-¿Y un bebé? Me gustaría tener un bomberito o una trabajadora social diminuta.
-¿Quieres un niño?
Tengo una edad y sí, aunque solo fuera uno, me gustaría.
-No quiero- dijo ella.
-¿Por qué?¿Por lo que pasaste en tu infancia?
-No, no quiero uno solo.
-¿Quieres más de uno?
-Dos. Ser hija única es triste. Si hubiese tenido un hermano o una hermana…
-Pues que sean dos. ¿Entonces boda nada?
-No sé Mateo. Me da miedo.
-Bueno yo tengo el anillo.
Y fue a la chaqueta y sacó una cajita.
-Ah dios, qué bonito…
-Al menos es una señal, te gusta.
-Me encanta. Pónmela.
-Sabía que un anillo no lo resistirías.
-Venga vamos a vivir juntos si nos va bien, preparamos una boda y tenemos un bebé.
-No vamos a vender los pisos.
-No vamos a venderlos. Alquilamos el tuyo o el mío.
-El tuyo mejor. Es mío es coqueto. Y me encanta Mateo. Está reformado.
-En principio sí, si tenemos dos, tendremos que alquilar este tuyo, porque el mío tiene un dormitorio más.
-Vale, lo reformamos y nos cambiamos.
-Bien, mañana tengo aquí todas mis cosas.
-Pero si ya vives aquí, loco.
-Es verdad, pero tengo que traerme algunas cosas. Y dejarlo para alquilar. Que la chica haga una limpieza y me ayude a recoger. Nos la traemos Olga. Que haga la casa y la comida y tendremos más tiempo para nosotros.
-Mateo…
-Dime preciosa.
-La boda por la Iglesia. Pero tus amigos y yo no tengo a nadie.
-Mi familia es tuya, te quieren. Seremos setenta. Además tienes algunos compañeros de trabajo.
-Sí, los invitaré.
Vivir juntos, no supuso un gran cambio porque pasaban tardes y noches juntos. Acomodaron la ropa de él en una de las habitaciones y el despacho para los dos.
En junio se casaron.
Una boda sencilla.
Preciosa.
Íntima. O no tanto.
Pero no faltó nada.
Él había alquilado el piso.
Y justo nueve meses después nació el pequeño Mateo.
Como su abuelo.
Como su padre.
Como él.
-Una saga- Se reía él con su pequeño en brazos igual que él.
-Nueve meses nena.
-Tu manguera sabe- y el se reía.
Y dos años después estaban reformando el piso de Mateo porque ella estaba embarazada y alquilaron el suyo. Pero el de Mateo lo dejó precioso. Como le gustaba.
Y nació dos años y medio después Lisa, por su madre que no conoció y dio su vida por ella.
Mateo era un buen padre, el mejor marido.
En ese tiempo y aunque no estaban casados, Fernando y Ana se separaron. Ella no consiguió que Fernando la amase y debió hartarse de la situación. Y se fue de su casa con su hija.
Mateo se lo contó y que le pasaba la pensión a la hija y se la llevaba los fines de semana. Y como la vida daba muchas vueltas. Volvió con Óscar.
-En serio Mateo, ¿después de tantos años?
-Para que veas. Lo dejó pensando que Fernando la quería como antes, pero ella lo dejó y ese hueco nunca de llenó. Óscar salió con otra chica y ahora están juntos. Van a casarse. Y óscar quiere tener un hijo al menos.
-Me alegro por ella.
Mateo ahora está en el mercado.
-Olga se reía…
-¡Qué forma de decirlo, mi amor!
Tengo celos, peor si algo me pasara…
-No Mateo, no. Ni lo digas. Sé por dónde vas.
-¡Está bien!, no lo diré.
-Mejor porque tienes dos hijos pequeños.
-Ven aquí, enfadosa.
-Pues no me enfades. Te quiero por encima de todo. Eres el amor de mi vida y no pienso perderte por nada del mundo.
-Mi pequeña… qué feliz soy contigo. Tengo una mujer joven, guapa, buen madre, sexual. Trabajadora, ¡Qué más se le puede pedir a la vida!
-Fidelidad.
-Cariño, nunca se te seré infiel. De hecho desde que te conozco no me he acostado con nadie. Ni lo necesito, te amo. Mujer.
…
-Mateo…- le dijo unos años más tarde.
-Dime preciosa.
-Quiero ir al Almería este año, si no de vacaciones un par de días. Ya los pequeños tienen cinco y tres años. Y quiero ver la tumba de mi madre, quizá ponga una lápida nueva
-¿Y a tu padre?
-También. O he perdonado. No quiero guardar rencores que me hagan daño. Dejar atrás el pasado.
-Sabes que me alegro mucho y si es lo que quieres, iremos. En julio tengo vacaciones.
-Pues también las pediré en Julio.
…
Iban a pasar unos días en Cabo de Gata. En un hotel frente a la playa. E irían al cementerio.
Ese día ella se llevó una cuba, flores y unos jarroncitos pequeños para meterlos, ya que estaban en un nicho alto. No tuvo que cambiar las lápidas, solo las dejó relucientes mientras Mateo se encargaba de los chicos y cuando solo quedaban a los jarroncitos, él se subió a la escalera y las colocó.
La dejó sola observando las tumbas de sus padres. Rezó y lloró. Y cuando acabó sabía que tardaría algunos años en volver.