Al límite del ocaso CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Mateo llegó a su casa y encontró a Olga en la puerta. Nerviosa y triste.

-¿Que ha pasado?, deja que abra y pasamos.

Ella se sentó temblando en el sofá y él le hizo una tila y un café para él.

Se sentó a su lado.

-¿Quieres contarme qué ha pasado?

Olga se echó a llorar.

-He ido a verlo… y me ha abierto una mujer. Me ha dicho que estaba duchándose.

Mateo maldijo por dentro. Conocía demasiado bien a Fernando para pensar mal de él, pero también sabía lo que aquella escena parecía.

-¿Y te has ido?

-¿Qué iba a hacer? ¿Presentarme? ¿Quedarme allí?

Mateo suspiró.

-Olga, las apariencias engañan, son muy traicioneras.

-No, no quiero ser la tonta de nadie.

-¿Lo quieres?

Ella tardó en responder unos segundos.

-Sí.

-Entonces, habla con él. No permitas que una imagen decida por vosotros.

Olga sonrió entre lágrimas.

-Siempre tienes la respuesta para todo.

-Mateo también, aunque por dentro le dolía. Porque cada día estaba más enamorado de ella. Y aún así, tenía que elegir entre su propia felicidad o ver feliz a Olga, sabía cual era perfectamente su elección. Pero tampoco estaba dispuesto a que Fernando no la hiciera. De ser así, él actuaría.

Y en ese instante sonó el timbre.

Mateo y Olga se miraron.

Mateo abrió la puerta.

Y se encontró con Fernando, jadeando de haber subido por las escaleras casi corriendo.

-¿Tengo ascensor, sabes?

Los ojos de ambos amigos se miraron.

Y Fernando sintió algo que en muchos años no había sentido de verdad hacia Mateo.

Celos.

Fernando y Mateo, se quedaron mirándose unos segundos. Ninguno dijo nada.

-¿Está aquí?- preguntó Fernando, sin apartar la vista de su amigo.

Mateo se hizo a un lado.

-Pasa.

Olga se levantó del sofá inmediatamente. Los ojos aún estaban rojos.

-¿Qué haces aquí?

-Buscarte.

-Ya me has encontrado.

-Olga, no es lo que piensas.

-Claro. Una mujer abre la puerta de tu casa, me dice que te estás duchando y tengo que creerme que no es lo que parece.

-Porque no lo es.

-¿Y quién es?

-Ana.

Olga se quedó inmóvil.

-¿Ana?¿Tu Ana?

Fernando asintió.

-Mi ex. Vino anoche. Ha roto con Óscar.

Y se quedó a dormir.

Fernando dudó una décima de segundo.

-Sí.

Aquella pequeña pausa fue suficiente.

-No tienes que explicarme nada. No somos nada desde hace dos meses. De hecho nunca fuimos nada- dijo Olga con una sonrisa amarga.

-¡Eso es mentira!

-¿Ah, si? ¿Qué somos, Fernando?

Él abrió la boca y no encontró respuesta.

Mateo cerró los ojos. Sabía que aquello iba a pasar.

-Olga escúchalo- intervino.

-No, Mateo. No pienso competir con nadie.

Cogió el bolso y se fue.

Fernando salió detrás.

-¡Olga!

Ella se giró.

-Si tienes algo con Ana, adelante, pero no lo tendrás conmigo.

Y se marchó.

…

Mateo regresó al salón.

Fernando seguía en le rellano maldiciendo.

-Entra y siéntate antes de que te de algo.

-La he perdido.

-No seas idiota. La quieres y ella te quiere. Solo está dolida.

-¿Y Ana?

Mateo lo miro muy serio.

-Eso deberías responderlo tú.

…

Cuando Fernando regresó a casa, Ana estaba recogiendo al taza del desayuno.

-¿La has encontrado?

-Sí.

-¿Y?

-Cree que estamos juntos.

Ana cerró los ojos.

-Lo siento. No era mi intención.

-Lo sé.

Ella lo observó en silencio.

-¿La quieres?

Fernando sonrió sin darse cuenta.

-Sí.

Ana sonrió con tristeza,

-Nunca te vi sonreír así conmigo.

- Porque antes del accidente era un imbécil.

- No eras feliz. Y ahora… ahora vuelves a serlo.

Hubo un largo silencio.

-Fernando anoche, cuando me abrazaste, e hicimos el amor, por un momento pensé que podía recuperarte.

Fernando bajo la mirada.

-Ana…

-No, déjame terminar. Necesitaba saber si aún quedaba algo entre nosotros. Y creo que tú también.

-Él no respondió.

- pero cuando has salido corriendo detrás de esa chica, he entendido que llego tres años tarde.

Ana se levantó.

-No voy a perderte otra vez. Pero tampoco voy a retenerte.

Y en ese momento llamaron al timbre.

Fernando abrió.

Era Mateo.

-Vengo a por ti. Vamos a dar una vuelta. Perdona Ana.

-No yo ya me iba.

-Bien. Nos vemos en la central.

Mientras Ana bajaba las escaleras, Fernando la observó desde la puerta.

Y Ana comprendió que había perdido a Fernando y que quizá la noche anterior cuando hicieron el amor ambos habían necesitado despedirse.

Pero las despedidas, a veces, son el principio de otra historia.

-¿Qué has hecho Fernando?- le dijo cuando cerraron la puerta.

- Anoche...Ana y yo…

Mateo levantó una mano.

-No. Entonces era lo que parecía.

-Necesitaba saberlo. Fue un momento de debilidad. Necesitaba saber si aún quedaba algo. Fueron muchos años con ella.

-No quiero saber nada más. Te abandonó Fernando, cuando más lo necesitabas.

-Pero…

-¡No quiero saberlo!- explotó Mateo- porque no entiendo cómo puedes salir corriendo detrás de Olga y decir que la quieres, y acostarte con otra mujer para cerrar capítulo.

Fernando bajó la cabeza.

-No estaba con Olga.

-No. Pero estabas enamorado de ella. Y eso es peor.

Mateo se levantó.

-No me lo cuentes. Haz que no me lo has contado. No quiero ser quien tenga que decidir si debe saberlo o no.

…

Fernando insistió. Llamó a Olga mil veces, mil veces la buscó, le pidió mil veces perdón por haberla hecho sentir mal. Le explico que Ana era el pasado, que no tuvo nada con ella que había aparecido por sorpresa y que no había pasado nada. Solo hablaron.

Y Olga, después de semanas de dudas, acabó creyéndolo.

Porque lo quería.

Porque él luchó por ella.

Porque cuando la miraba, ella veía verdad.

Y porque nadie le habló jamás de aquella noche.

Ni Ana.

Ni Mateo.

Ni Fernando.

…

Dos meses después Fernando y Olga volvieron a ser felices, y más cuando le ampliaron el contrato en el Ayuntamiento cinco meses más. Y ella preparaba sus oposiciones.

Volvieron las cenas improvisadas, las bromas, las escapadas de fin de semana cuando no tenía Fernando guardia, las noches abrazados viendo películas, hacer el amor cada noche, y las discusiones absurdas por quién hacia la compra.

Aquella tarde, Fernando estaba cocinando.

Había preparado pasta fresca porque Olga había ido a la compra tras salir del trabajo e iba a legar tarde. Y quería sorprenderla.

Sonrió al mirar el reloj.

-Llegará en veinte minutos.

Entonces sonó el timbre.

-Ya está aquí.

Pero al abrir la puerta, el color del rostro se le fue.

-¿Ana?

Ella estaba pálida. Los ojos hinchados y una expresión que Fernando no había visto nunca.

-Tenemos que hablar.

-Ana, ahora no es un buen momento…

-Estoy embarazada.

Fernando se quedó inmóvil.

-¿Qué?

-De diez semanas.

El mundo se detuvo.

-No…

Ana rompió a llorar.

-Lo siento. Lo siento mucho. No quería venir. He tardado dos semanas en atreverme.

-¿Estás segura?

-Sí.

-¿Es mío?

Aquella pregunta le dolió.

-Fernando…

-Perdona, perdóname. Estoy en shock.

Ana asintió.

-Lo sé.

Se hizo un silencio terrible.

-¿Y qué quieres?- preguntó él? ¿Vas a abortar?

-No. No voy a hacer eso y no quiero nada.

-¿Nada?

-Solo quería que lo supieras. No voy a obligarte a nada. Ni siquiera sé si quiero que volvamos. De hecho, sé que no. Cuando te vi salir corriendo detrás de Olga, entendí que ya no me querías. Peor esto cambia las cosas.

Fernando se sentó.

-Dios mío…

-Y hay algo más…

Él levantó la mirada

-¿Qué?

-La he visto.

-¿A quién?

-A Olga.

Fernando tragó saliva.

-¿Qué?

-Hace dos días. Me la encontré por casualidad.

Ana sonrió con tristeza. Te quiere.

-Y yo le mentí. Le dije que nunca ocurrió nada entre nosotros.

Fernando sintió un escalofrío.

-¿Qué le dijiste?

-Todo excepto que no pasó nada aquella noche. no quería perderla.

-Y yo no quería perderte. ¿Ves? Los dos fuimos unos cobardes.

En ese momento volvió a sonar el timbre.

Ambos se miraron.

Fernando se puso de pie.

-Es Olga.

-Lo sé.

-Ana…

-No. Ya esta bien.

Se secó las lagrimas.

Y justo cuando Fernando iba a abrir la puerta, Ana lo sujetó por el brazo.

-Se acabó mentir por amor, Fernando. Porque las mentiras son peores que los hijos.

-Antes de que abras… contéstame una cosa. Una sola.

-¿Qué?

-Si esa noche no hubiese ocurrido, ¿Habrías vuelto conmigo?

Fernando la miró unos segundos.

Y respondió con una sinceridad que la destrozó y la liberó al mismo tiempo.

-Ana cerró los ojos y sonrió entre lágrimas.

-Gracias. Necesitaba oírlo.

Y entonces, al otro lado de la puerta, sonó la voz de Olga.

-¿Fernando, ¿estás ahí? Huele de maravilla.

Y sin saberlo, estaba a punto de entrar en una casa en la que el pasado había llegado para quedarse.

Ferando abrió la puerta y Olga sintió al instante que había entrado en algo que no le pertenecía. Esa sensación que hacía dos meses no le pasaba.

Al entrar la vio.

Era Ana de nuevo.

Joven.

Pálida.

Con los ojos rojos de haber llorado.

Dejó las bolsas en la cocina.

-Perdón- dijo automáticamente cabreada y dolida.- No sabía que había visita.

Fernando levanto la cabeza.

-Olga…

Pero la mujer fue más rápida.

-No, tranquila- dijo Ana, secándose las lágrimas-Ya me iba.

-Había tensión.

-Demasiada.

Y no era una discusión cualquiera.

Era otra cosa.

Algo mas profundo.

-Puedo volver luego- añadió Olga con calma.

-No- respondió Fernando demasiado rápido.

Silencio.

Ana respiró hondo.

-No hace falta que te vayas Olga. De hecho… ya he dicho lo que tenía que decir.

Olga miro a Fernando.

Él no sabía dónde mirar.

Nunca lo había visto así.

Perdido.

Roto de una forma distinta a la habitual.

-He venido porque estoy embarazada- dijo Ana sin rodeos.

Olga no reaccionó de inmediato.

No preguntó.

No interrumpió.

Solo miró a Fernando.

Y en ese segundo de los tres, entendió que aquello no era una discusión reciente.

Era una herida vieja que acaba de abrirse otra vez.

-¿De cuánto?-Preguntó Olga sin juicio ni tono.

Ana bajó la mirada.

El aire se volvió más denso.

-Dos meses.

Fernando se pasó la mano por la cara.

-Fue de esa noche cuando vine… y me dijiste mil veces que no había pasado nada… ¿me mentiste a la cara?

No dijo nada.

-Vale.

-Volvió a ponerse el abrigo, entró dentro recogiendo las cosas que tenía en casa de Fernando.

Éste se sentó con las manos en cara, desesperado, porque sabía que ahora no iba a escuchar nada de él.

Cogió las bolsas de la compra. Y lo miró.

-No me llames nunca. No existo para ti.

Y salió de la casa de Fernando para siempre.