CAPÍTULO V
La vida en la casa y en la vida de Olga y Fernando fue completamente distinta a partir se esa noche que durmieron juntos.
Disfrutaban con Mateo que supo que estaban juntos.
Cambió el ánimo para mejorar de Fernando.
La trataba como a una reina.
Iban a médico y a los seis meses empezó con las muletas.
Los padres iban todos los domingos y llevaban la comida y comían los cuatro.
Veían el cambio en su hijo, más alegre y optimista.
Intentaba superarse para ponerse bien.
Hacían el amor a diario, en posiciones que no le hicieran daño.
Reían y bromeaban y ella aprendió a vivir y a hacer el amor.
Olga era feliz.
Y el tiempo pasaba inexorable.
En Navidades fueron a ver el mercadillo navideño. El andaba a ratos solo y a ratos con las muletas, pues se cansaba aún, se sentaban en alguna cafetería para merendar.
Alguna vez veían pelis en el sofá o iba a cenar.
Hasta que dejó las muletas definitivamente. Al principio, andaba despacio, pero aumentó la fisioterapia y el gym.
Su relación no había cambiado. Olga siempre pensó que terminaría con su trabajo, porque él era un tipazo y ella era normalita. Para Fernando, guapa sin darse cuenta.
En marzo, iba andando perfectamente y dos meses más tuvo de gym y empezó en la cinta a correr y luego por el rio.
Y conforme él avanzaba, ella sabía que debía buscar un lugar para ella, porque en un mes iba a incorporarse.
Así que empezó a echar currículums y buscar piso.
Piso encontró uno cerca de dónde vivía Fernando. Estaba reformado, solo para meter muebles. Y sin decirle nada. Lo compró. De tres dormitorios. Mandó pintarlo mientras él iba a sus ejercicios y ya cuando acabara compraría muebles.
En cuanto al trabajo, se apuntó en la bolsa del Ayuntamiento. Y justo una semana antes de acabar su contrato con Fernando la llamaron para suplir cinco meses. Y eso fue toda una suerte porque el sueldo era un poco más alto que el que ganaba con Fernando, pero claro sin casa ni comida.
Y una noche, una semana antes de entrar él al trabajo y ella al Ayuntamiento, se lo dijo.
-¿En serio nena?
-Sí, y tan en serio, mira y le dejó mirar la carta. Él la abrazó.
-Puedes quedarte.
-No, Fernando, me he comprado un piso, no tan grande como este, pero bonito y coqueto. De tres dormitorios y un baño.
-¿Sin decírmelo?
-Bueno, era un chollo y una sorpresa. Solo me queda amueblarlo. Pero si me dejas en tu casa lo amueblo el fin de semana y me mudo. Tengo ya luz, internet, todo, domiciliado
-¿Pero dónde?
-Dos calles paralelas a tu casa. Cuando lo tenga amueblado te lo enseño y a Mateo. Me ha quedado dinero para los muebles y algo ahorrado.
-Eres una hormiguita. Y yo pagando hipoteca otros diez años- y ella se reía.
-¿Estarás bien?
-Claro que sí.
-¿Nos veremos?
-Cuando quieras. Yo trabajo de ocho a tres. Al menos tengo cinco meses y puntos para entrar.
-Yo tengo turnos. Ya sabes y si nos mandan a otra provincia debo ir. ¿Y coche tienes?
-También. Uno pequeño y garaje incluido. El seguro de mi padre era bastante y lo guardé y el piso no lo vendí mal.
-Entonces solo muebles.
-Solo muebles, bueno todo. Iré a Ikea el sábado.
…
Dos semanas después, estaba totalmente instalada en su casa, y llevaba una semana trabajando en el Ayuntamiento, al que iba andando, por la cercanía.
Lo tenía todo, incluso los libros de las oposiciones que iban a salir al año siguiente.
Pero no tenía a Fernando.
Y se había enamorado de él sin remedio.
Y él no de ella o eso pensaba, pero Fernando también la echaba de menos, pero quiso poner distancia para saber si lo que habían vivido era real o porque necesitaba a alguien cerca.
Y Mateo le decía lo imbécil que era.
Por otro lado estaba Ana que había terminado con Óscar y andaba tras él.
Pero la vida siguió adelante.
Fernando había vuelto al parque de bomberos. Aún arrastraba algunas secuelas, pero trabajaba, volvía a sonreír y había recuperado parte del hombre que había sido tres años atrás, el que había sido antes del accidente.
Aquella noche primera con Olga y las siguientes, no habían sido una aventura. Habían sido unos meses maravillosos.
Había sido algo precioso.
Durante unos meses vivieron una relación tranquila según él, llena de pequeños momentos, desayunos compartidos, risas y alguna escapada improvisada.
Los últimos días el sexo fue genial, como él quería demostrarle que lo era..
Fueron felices, sí.
Olga ya estaba como quería, con su piso, sus ahorros un trabajo aunque de poco tiempo su cochecito y su piso no dejaba de mirarlo. Nuevo.
-Es mío- susurró una noche sentada en el sofá nuevo. El más grande.
Todo parecía ir bien.
Todo, excepto Fernando. No dejaba de pensar en él.
Había empezado a llamarla solo un par de veces a la semana. Nunca faltaba una llamada, pero tampoco iba más allá ni siquiera de las conversaciones íntimas y la intimidad que habían compartido.
Eran llamadas de compañeros.
De amigos.
Olga se había enamorado profundamente, porque había sido como su primer hombre en todo. El que la enseñó. Pero Olga siempre había sido muy prudente, llegó a la conclusión de que él no sentía lo mismo.
Así que dejó de insistir.
Y Fernando por su parte, decidió darle y darse espacio. Quería pensar qué significaba todo aquello. Quería ver si la echaba de menos en un entorno diferente.
¿Era amor?
¿Era agradecimiento?
¿Era miedo a perderla?
¿Podría darle una vida normal después de todo lo que ella había pasado antes de conocerla y todo lo que había sacrificado por él?
Y cuanto más pensaba, menos la llamaba.
Mateo, su mejor amigo y confidente, terminó perdiendo la paciencia una tarde, mientras tomaban un café al salir del trabajo.
-¿Sabes una cosa Fernando? Eres imbécil.
-Gracias por tu delicadeza.
-No, te lo digo en serio. Esa chica te ha querido cuando estabas hecho polvo, te ha aguantado tu mal humor de los primeros meses, te ha levantado del suelo más veces de las que puedas recordar, y cuando por fin puedes ofrecerle algo, desapareces.
-Necesito pensar.
-¡Llevas dos meses pensando! ¿Qué más necesitas?
Fernando suspiró.
-No sé si ella me quiere de verdad.
Mateo se echó hacía atrás y soltó una carcajada.
-¿Tú eres tonto o te entrenas? Claro que te quiere. Lo que no sé es si seguirá queriéndote cuando se canse de esperar.
Aquellas palabras se le quedaron clavadas.
Y, mientras tanto, aquella misma noche, Olga cerró sus libros de oposiciones, miró el móvil y vio que llevaba cuatro días sin saber nada de él.
Por primera vez desde que lo conoció, decidió no llamarlo ella.
-Si me quiere, vendrá- murmuró intentando convencerse.
Pero una pequeña lágrima le resbalo por la mejilla.
Y a dos calles de allí, Fernando tenía el teléfono en la mano, mirando una foto de los dos, preguntándose si todavía estaba a tiempo de dejar de ser el imbécil que Mateo decía que era.
Sonrió sin darse cuenta.
-¡Joder qué guapa eres!...
Suspiró y pulsó sobre su nombre. Su dedo quedó suspendido en el botón de llamar.
Y entonces sonó el timbre de la puerta. Abrió y se quedó helado.
-¿Mateo?- murmuró.
-¿Ana?
Ya la había visto de lejos en la central, pero no quiso saludarla. También le contaron, porque siempre hay alguien dispuesto a contar que lo había dejado con Óscar.
Y ahora ella estaba allí, en su puerta, en su casa, más delgada, con el pelo algo más corto y una expresión extraña.
La misma mujer que tres años atrás lo había dejado cuando él todavía estaba aprendiendo a vivir después del accidente.
La misma que había salido a los dos meses con Óscar.
Y la misma que , cada vez que coincidían en la central desde hacía unos meses en que él volvió, cada vez que coincidían, lo observaba como si nunca hubiera tomado esa decisión.
-Hola, Fernando.
Él tardó unos segundos en reaccionar.
-¿Qué haces aquí?
Ana bajó la mirada.
-He roto con Óscar.
-Ya me había enterado.
-¿Puedo pasar?
Fernando dudó, peor se hizo a un lado.
Ana recorrió el salón despacio.
-Lo tienes muy bonito.
-Gracias.
-Te veo muy bien… dijo ella, mirándolo con una mezcla de nostalgia y arrepentimiento- Más fuerte. Más tú.
Fernando no respondió.
-Te he echado de menos- confesó Ana- Creo que cometí el mayor error de mi vida.
Fernando se quedó inmóvil.
Tres años.
Tres años sin una llamada cuando estaba hundido.
Tres años reconstruyéndose.
Y ahora cuando por fin había aprendido a sonreír de nuevo, cuando una trabajadora social cabezota y preciosa había con seguido entrar en su vida sin permiso, Ana aparecía con aquellos ojos que antes tanto había amado.
-Ana… ¿Por qué ahora?
Ella tragó saliva.
-Porque nunca he dejado de quererte.
Y, sin saber aquello, a apenas dos calles de allí, Olga, ya en pijama, apagaba la luz del salón y se metía en la cama convencida de que si Fernandi la quería de verdad, sería él quien llamaría.
Sin imaginar que el pasado acababa de llamar a la puerta de Fernando. Y de que aquella noche, por primera vez desde que se conocieron, no sería ella quien ocuparía sus pensamientos. O, al menos eso intentaría convencerse él.
Ana permaneció unos segundo , sentada en el sofá, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
Parecía sincera.
Siempre lo había sido, incluso en su lado más cruel.
-Cometí un error Fernando. Me asusté con el accidente, con todo lo que venía después. Fui una cobarde. Y cuando me fui con Óscar pensé que estaba haciendo lo correcto. Pero nunca he encontrado con nadie lo que tenía contigo.
Fernando escuchó tranquilo. Hacía tres años aquella conversación lo habría destrozado. Ahora no.
-Te perdoné hace mucho, Ana.
Ella levantó la mirada esperanzada.
-¿Entonces...?
-Perdonar no es volver atrás. Mi vida siguió. Y la tuya también.
Ana bajó la cabeza.
-Nunca dejé de quererte.
Fernando sonrió con tristeza.
-Yo sí que dejé de esperarte.
…
A la mañana siguiente sábado, Olga se levantó con una sensación extraña. Había pasado toda la noche convenciéndose de que no iba a dar un paso más. Pero después de desayunar, vio una carpeta con unos informes que Fernando necesitaba y una bolsa de vitaminas que había olvidado tomar.
-Solo se las llevo y me voy- se dijo.
Media hora después llamaba al timbre.
La puerta se abrió.
Y allí estaba una mujer guapa, de pelo castaño y una camiseta ancha.
-¿Sí?
Olga se quedó inmóvil.
-Perdona… ¿Fernando está?
-Sí, está duchándose. Soy Ana.
Ana sonrió amablemente sin imaginar nada.
-Pasa si quieres.
-No… no importa. Dile que he venido a traerle esto que se le ha olvidado.
-Claro.
Olga dio media vuelta con el corazón encogido. Se metió en el coche y se marchó antes de que Fernando saliera del baño.
-Por cierto- comentó Ana cuando Fernando apareció secándose el pelo. Ha venido una chica muy guapa. Te ha dejado un informe y una bolsa. Ahí está en la encimera.
-¿Una chica?
-Sí, Olga creo que se llama.
Fernando se quedó blanco.
-¿Olga ha estado aquí?
-Sí, le he dicho que estabas duchándote y que pasara, pero…
Fernando ya estaba cogiendo las llaves.
-¡Joder!
-Fernando…
-Luego hablamos Ana.
Y salió prácticamente escaleras abajo sin esperar el ascensor.
…
Pero Olga no estaba en su piso.
Ni contestaba al teléfono.
Ni a los mensajes,
Solo una persona sabía dónde podía estar.
Mateo.
…