CAPÍTULO III
Las disculpas de Fernando parecían haber cambiado el ambiente de la casa. No de un día para otro, pero sí suficiente para que las comidas dejaran de ser un campo de batalla.
Mateo empezó a aparecer con más frecuencia. Llevaba años siendo el mejor amigo de Fernando, y cuando conoció a Olga comprendió enseguida por qué había conseguido superar dos años de mal humor y rehabilitación sin salir huyendo.
Ella tenía veinticinco años. Él treinta y cinco. Diez años de diferencia que a Mateo no parecían importarle lo más mínimo, porque el encantó Olga el primer día que la vio, aunque siempre le decía su intuición que a Olga le gustaba Fernando a pesar de todo y que era mutuo.
Y no se equivocó.
Se quedaban hablando en la cocina, mientras Fernando descansaba o hacía los ejercicios con la fisioterapeuta.
Descubrieron que ambos adoraban el cine clásico, las escapadas improvisadas y que ninguno soportaba el café sin leche.
-Eres demasiado joven para tener gustos de abuela- se burló Mateo una tarde.
-Y tu demasiado viejo para seguir vistiendo camisetas de grupos de rock como si tuvieras veinte años.
-¿Viejo? ¿Me acabas de llamar viejo? Solo tengo diez más que tú.
-Y yo diez menos. Así que estamos en paz.
Olga se echó a reír.
Fernando los observaba desde el salón. Hacía tiempo que no veía a Olga reír. Y menos de esa manera. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que él había conseguido arrancarle una sonrisa así.
-¿De qué os reís tanto?- preguntó con fingida indiferencia.
-De que Mateo es un abuelo disfrazado de rockero- contestó ella.
-Y que ella es una niña con fama de jubilada- replicó Mateo.
Los dos volvieron a reír.
Y Fernando, que siempre había considerado a Mateo un hermano, sintió una punzada desagradable en el pecho.
No era enfado.
Era miedo.
Porque comprendió que Olga no le pertenecía. Y que mientras él se había dedicado a alejarla con su mal carácter, otro hombre había descubierto la luz que levaba dentro.
…
Una tarde Fernando estaba haciendo los ejercicios con una mueca de dolor cuando escuchó las risas en la cocina.
-No, no pienso ver esa película otra vez- decía Olga entre carcajadas- Tres horas de hombres disfrazados de hobbits es demasiado para mí.
-Eso es porque no tienes cultura- replicó Mateo.- Pero tranquila, todavía estás a tiempo..
-¿Todavía estoy a tiempo? ¿Me estás llamando ignorante?
-No preciosa, te estoy llamando rescatable.
Fernando dejó de hacer ejercicio.
-¿Se puede saber de qué os reís tanto?- preguntó más seco de lo que pretendía.
Olga apareció con una sonrisa.
-De nada. Mateo está intentando convencerme de ver de nuevo El señor de los Anillos.
-Imposible -dijo Mateo en la silla de ruedas detrás de ella- Tiene peor gusto que tú para las películas.
-Eso es imposible – gruño Fernando.
Olga soltó una carcajada.
-¿Veis? En eso sí estáis de acuerdo.
Aquella noche, cuando Mateo se marcho y Olga ayudó a Fernando a acostarse, él permaneció en silencio.
-¿Te duele algo?- preguntó ella.
-No.
-¿Entonces, ¿qué te pasa?
-Nada.
-Fernando…
Él suspiró.
-¿Te gusta Mateo?
Olga levantó la vista, sorprendida.
-¿Qué?
-Que si te gusta.
-Es tu mejor amigo.
-Eso no responde.
-Pues claro que me cae bien, es divertido, educado y no gruñe cada cinco minutos.
Fernando apartó la mirada.
-Ya.
-¿Estás celoso?
-No.
-Fernando llevo ya tres meses contigo. Sé cuando mientes.
Él guardó silencio.
-¿Lo estás?
-Es mi amigo y tú eres libre de hacer lo que quieras.
-Eso tampoco responde.
Fernando tragó saliva.
-No quiero que te enamores de él.
Olga se quedó inmóvil.
-¿Y, por qué iba a importarte?
Él tardó unos segundos en responder.
-Porque cuando te ríes con él, me doy cuenta de que hace mucho que no consigo hacerte sonreír así. Y porque soy un imbécil que ha tardado mucho en darse cuenta de que lo mejor que le ha pasado en los dos últimos años, has sido tú.
Olga se quedó sin palabras.
Y no supo que decir.