Al límite del ocaso CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

-¡No! ¡Ahora hablo yo! Porque estoy cansada de escuchar que si gasto mucho, que si esto, que si aquello. ¿Sabes cuándo fue la última vez que me dijiste gracias? ¡Yo tampoco! ¡Por qué no me las has dado nunca!

Fernando de quedó callado.

-Y te voy a decir otra cosa. El hombre optimista y cabezota del que me hablaron debe seguir ahí dentro, porque el que viene conmigo es un viejo gruñón insoportable.

Y si quieres seguir siendo así, estupendo.

Pero no voy a seguir pagando yo tus enfados.

Así que espabila Fernando Casado, porque bastante duro ha sido todo para ti como para que encima te empeñes en hacer la vida imposible a quien está a tu lado.

El silencio llenó el salón.

Olga cogió las llaves.

-Y ahora me voy a dar una vuelta porque, como me quede aquí un minuto más, te juro que te tiro la cena a la cabeza.

Y salió dando un portazo.

Fernando permaneció sentado, mirando la puerta cerrada. Por primera vez en mucho tiempo, las palabras de Olga le habían dolido más que cualquier ejercicio de rehabilitación.

Y, quizá por primera vez desde el accidente, se preguntó si el problema ya no eran sus piernas, sino él mismo.

Se quedó pensativo porque no se lo esperaba de Olga, esa chica callada, silenciosa, hormiguita trabajando.

Lo trataba muy bien, incluso a la hora del aseo, que era lo que más le costaba y había metido la pata hasta el fondo.

La casa estaba perfecta. La comida buenísima.

Era puntual para llegar a todos lados. La esperaba en el gym, en el fisio.

Salían a desayunar y no podía mantener una conversación con ella porque era un bruto.

Nunca fue así. Él era simpático con las chicas, gracioso y divertido.

Y Olga era guapa, una buena chica y no se merecía su desprecio.

¡Joder!,¿y si ahora se iba? Se puso nervioso de pensarlo.

Y sabía que debía pedirle perdón y empezar de nuevo y sobre todo cambiar.

Ya le quedaba un año de rehabilitación y había pasado dos, lo peor.

Y lo peor era que no quería que fuesen sus amigos para verlo.

Pero pensó en su mejor amigo. Que lo llamaba continuamente y él no quería que lo viera en esas condiciones, pero ahora estaba arreglado, la casa en orden y podía empezar por ahí.

Pedir perdón a Olga y que Mateo fuera a visitarlo.

Habían sido como hermanos. Cogió el teléfono y lo llamó.

Mateo apareció una hora después. Alto, moreno y siempre con una sonrisa fácil, se quedó mirando la casa con admiración, después de abrazarse y preguntarle cómo estaba.

-Vaya, hermano, esto está de revista. ¿Has contratado a alguien o te ha tocado la lotería?

Fernando sonrió de medio lado.

-No, Olga.

-¿La trabajadora social?-preguntó Mateo arqueando las cejas- Pues además hace milagros con tu mal humor, tiene buen gusto. Y será guapísima, seguro.

Fernando dejó la cerveza con un golpe sobre la mesita de centro un poco más fuerte de lo necesario.

-¿Desde cuándo te fijas tú en esas cosas?

Mateo soltó una carcajada.

-Desde siempre. Y porque soy tu amigo te lo digo, me lo contaron tus padres, como ni quieres saber nada de nosotros…esa mujer vale oro. Si estuviera libre, yo la invitaría a cenar sin pensarlo. ¿Dónde está, por cierto?

-Ha salido a dar un paseo. Pero Fernando sintió una punzada desagradable en el pecho.

-Pues no hace falta que pienses tanto- gruñó- Ha venido a trabajar, no a buscar novio.

Mateo lo observó divertido.

-¿Y por qué te has puesto tan serio?. No me digas que el gruñón de Fernando Casado está celoso.

-No digas tonterías. Además se ha enfadado conmigo. Me he portado como un capullo con ella.

- Claro, Claro…- respondió Mateo sonriendo.- Pues la llamas y le pides perdón. Porque como tardes mucho, igual alguien más espabilado que tú, se da cuenta de lo maravillosa que es.

Y por primera vez desde el accidente, Fernando sintió algo peor que el dolor de las piernas; miedo a perder algo que aún no sabía si tenía. O iba a pensarlo e irse y dejarlo solo.

La puerta se abrió y Olga entró cargada con varias compras del supermercado. Había tomado café tranquila y luego aprovechó para hacer la compra y pasar por la farmacia y solo deseaba dejarlo todo y sentarse cinco minutos.

Pero se detuvo en seco.

Sentado en el salón con una sonrisa tranquila, había un hombre alto y fuerte, moreno, de ojos verdes y unos treinta y cinco años.

Fernando estaba tumbado en el sofá y Mateo sentado en otro, en el sillón. Y ambos hablaban animadamente.

-¿Olga?- dijo Fernando- Ven que te presento. Este es Mateo, mi mejor amigo. También es bombero.

Olga parpadeó sorprendida.

-¿Mateo?- preguntó- creía que no recibía visitas de amigos.

Mateo se levantó enseguida.

-Y no quería, pero me ha llamado esta tarde. Y he venido enseguida a ver a este cabezota.

Encantado. Por fin nos conocemos. Sus padres me hablaron de ti.

-Igualmente- respondió ella con una sonrisa.

Mateo la ayudó con las bolsas, y mientras guardaban las cosas, la conversación fluyó con naturalidad, era simpático, educado y tenía ese sentido del humor que hacía reír a Fernando, algo que Olga no había visto nunca.

Acabaron cenando los tres. Mateo contó anécdotas de juventud, del trabajo, algunas graciosas a pesar del peligro, y por primera vez en semanas, desde que llevaba allí, Fernando se olvidó de sus quejas y hasta se le escaparon varias carcajadas..

-¿Te acuerdas cuando quisiste apagar una barbacoa con una manguera del jardín y acabaste empapando al alcalde?- dijo Mateo.

-¡Eso fue culpa tuya!- protesto Fernando entre risas.

Olga los observó divertida. Hacía mucho que no veía aquella luz en los ojos de Fernando.

Más tarde, Mateo se despidió.

-Vendré mañana un rato.

-Y tú, no hagas trabajar tanto a esta chica- le advirtió señalando a Olga.

-Sí señor- contestó Fernando, fingiendo un saludo militar.

Cuando se quedaron solos, Olga ayudó a Fernando a acostarse, lo acomodó con cuidado tras pasar por el baño y lavarse los dientes también. Como todas las noches. Estaba a punto de apagar la luz cuando él la llamó.

-Olga.

-¿Sí?

Fernando bajó la mirada.

-Quería pedirte perdón.

Ella se volvió sorprendida. Ese no era Fernando. O habían cambiado.

-¿Por qué?

-Por estas semanas. Por mi mal humor, por las quejas, por hacerte cargar con todo… Sé que has estado trabajando, yendo al gym, a la fisio, al médico, llevando la casa… y yo solo he sabido protestar. No quería convertirme en esto.

Olga se sentó a su lado.

-Has pasado mucho, Fernando.

-No es una excusa. Mateo me ha dado una buena reprimenda esta tarde, y tiene razón. No quiero perderte por se un imbécil.

Olga sonrió suavemente.

-Pues procura no serlo demasiado.

Fernando sonrió.

-Lo intentaré… y gracias por quedarte.

Ella le acarició el pelo.

-Duérmete bombero. Mañana será otro día.

Y mientras él cerraba los ojos, Olga pensó que, quizás, aquella visita inesperada de Mateo, había llegado justo cuando más falta hacía.