CAPÍTULO II
Tres días después de llegar Olga a Sevilla, descansar y pasear, comprarse ropa, ir a la peluquería y cambiar su aspecto y algún perfume caro que se permitió, ya conocía media ciudad y le encantaba.
Cambiar de aires fue acertado, siempre y cuando encontrara trabajo y un piso de alquiler o comprado pequeño.
Había caminado por Triana, por el centro, por Nervión y por calles cuyo nombre no recordaba. Había dejado currículums en residencias, centros de día y asociaciones.
También había entregado alguno en cafeterías, por si las cosas se ponían difíciles.
Aquella mañana, mientras desayunaba sola en una pequeña cafetería, vio un anuncio en internet.
Se busca persona interna. Trabajador social o auxiliar.
Acompañamiento y apoyo a un hombre de 32 años en recuperación de lesión medular.
Buen sueldo.
Olga dudó. No era exactamente lo que buscaba. Interna menos, pero el chico era joven, y necesitaba trabajar.
Llamó.
Dos horas después se encontraba sentada frente a Manuel y Carmen Casado, un matrimonio de unos sesenta años, agotados pero amables.
-Nuestro hijo era bombero- explicó Carmen.- diez años llevaba. Hace dos sufrió un accidente. Los médicos dicen que recuperará la movilidad totalmente y eso hace que tuviera mucha suerte dentro de lo que cabe, pero aún le queda mucho trabajo. Es terco como una mula y tiene muy mal carácter.
- Y nosotros estamos agotados- añadió Manuel- Necesitamos a alguien que lo lleve a fisioterapia, a que haga los ejercicios, lo acompañe al gimnasio, lo saque de paseo, la medicación, lo lleve al medico cuando corresponda y se encargue de la casa, aseo, comidas… y que lo soporte.
Olga sonrió por primera vez en varios días.
-No parece fácil.
-No lo es- respondió Carmen. Solo será un año, poco más. Pero es un buen chico. Solo que está enfadado con el mundo. Sabemos que es mucho, pero el sueldo es muy bueno, 2000 euros, cama y comida incluida.
Los padres se miraron entre ellos.
La muchacha les gustó desde el primer momento.
Tranquila.
Educada.
Trabajadora, aparentemente.
Y con una tristeza en los ojos que ninguno supo explicar.
…
Aquella misma tarde la llevaron al piso de Fernando.
Con treinta y dos años Fernando Casado seguía siendo un hombre impresionante.
Metro ochenta y seis.
Moreno.
Ojos castaños.
Anchos hombros que años de rehabilitación que no habían conseguido borrar.
Antes del accidente siempre había sido optimista, bromista y testarudo.
Ahora seguía siendo terco.
Pero el optimismo había desaparecido.
La silla de ruedas y los ejercicio interminables habían dado paso al mal humor.
Cuando vio entrar a sus padres con una desconocida, frunció el ceño.
-No.
-Fernando…
-He dicho que no.
-Necesitas ayuda.
-No necesito una niñera.
-Pues la tendrás- respondió Manuel, perdiendo por primera vez la paciencia.- O te vienes a casa con nosotros. Y esta vez con orden judicial si es necesario.
El silencio llenó el salón.
Fernando cerró los ojos.
Tenía treinta y dos años.
Llevaba dos años luchando.
Aunque le quedaba uno más de rehabilitación.
Y estaba cansado.
Muy cansado y dolorido.
Abrió los ojos y miró a Olga que permanecía junto a la puerta con sus manos entrelazadas.
-¿Y tú qué miras?
Olga acostumbrada a hombres peores que aquél, respondió con calma.
-Estoy intentando decidir si eres tan desagradable como pareces o estás teniendo un mal día.
Manuel y Carmen, abrieron los ojos.
Fernando observó sorprendido.
Y, por primera vez en mucho tiempo, estuvo a punto de sonreír.
-Va a ser un infierno- murmuró.
-Eso está por ver- contestó ella.
Y ninguno de los dos podía imaginar que aquel encuentro cambiaría sus vidas para siempre.
…
-Acepto el trabajo- dijo Olga- y a sus padres se le iluminaron los ojos- él los cerró dándose por vencido.
-Ven, le dijo la madre, te enseño todo.
El piso era grande. No comprendía para que un hombre solo se había comprado un piso de cuatro dormitorios y dos baños. Se ve que lo habían reformado hacía poco adaptándolo a las necesidades de Fernando.
-Mira este es tu dormitorio, frente a al suyo, tu baño, es más pequeño, tiene una ducha, peor está muy bien para ti. Está reformado todo el piso y nuevo y su parte, adaptada, ven.
-Su habitación era la más grande con un baño dentro y ampliadas las puertas. Agarradores en el baño y una silla dentro de la ducha para sentarse.
-Bien, dijo ella mirando todo. Hay que hacer una limpieza, la iré haciendo en momentos en que descanse.
-Gracias hija, ese es otro dormitorio al fondo, como no hay nadie, el baño es tuyo. Ahí tiene la ropa de bombero, todo. Y alguna ropa que no es de temporada. Y esta que da al salón es un despacho que tiene. El salón donde hemos estado y la cocina, la terraza, tiene tendedero.
-No se preocupe Carmen.
-En el dormitorio encima de la cómoda están los medicamentos, la lista de actividades, los días y horarios, cuándo debe ir al médico, le va dando la cita. Toma las llaves de la entrada de abajo, del piso y del garaje. De su coche, por si salís. Es un BMW negro. Bajas en ascensor y es la plaza 7C.
-Perfecto.
-Nosotros tenemos el dinero del seguro, te traeremos todos los meses en un sobre el dinero y el próximo día, el contrato.
-Gracias.
-Luego, él tiene una tarjeta para comprar. El resto lo tiene domiciliado todo. Comprar o tomar algo, ropa…
-Bien, voy a por mis cosas al hostal. Esta noche duermo aquí.
-Que te acompañe Manuel.
-Gracias.
-Cuando vengas, nos vamos. Y gracias, Olga, estamos ya muy saturados hija.
Casi una hora después había colocado sus cosas, algunas en el despacho, haciendo un hueco para ella, se dio una ducha y miró a ver qué hacía de comer. Como imaginaba, igual que la casa necesitaba un limpiado, la nevera un llenado.
Así que como no había sino un plátano maduro y dos huevos y era tarde… Hizo un pedido.
Fernando estaba tumbado en el sofá con los ojos cerrados, pero oía a ella de una lado a otro todo cuánto hacía.
-No hay nada para comer. Pedimos, quieres chino, hamburguesas, o qué.
-Lo que quieras.
-Voy a mirar chino. Pediré suficiente para esta noche y postres para el café. Mañana vemos qué tienes y salimos de compras. Limpiaré esa nevera esta tarde. Si es que hay algo para limpiar. Saca la tarjeta.
-Pide lo que quieras. en ese cajón de la mesa de entrada están todos los listados de pedir.
Él la miró.
-¿Bebidas sin alcohol.
-Cerveza.
-Bien.
No quiso ni poner un mantel, estaban marrones todos.
-Voy a mirar qué tienes para mañana.
-Fisio solo, a las once.
-Bueno, desayunamos fuera, fisio y vamos al super. Que nos traigan la compra. Haré una lista.
-¿Quieres gastar ya mi dinero?
-No, voy a darte de comer yo.
-¿No te pago bien?
-Por trabajar. Pero los gastos son tuyos.
…
La rutina con Fernando resultó ser mucho más complicada de lo que Olga había imaginado.
Aceptó el trabajo sin dudarlo, por el sueldo, porque estaba solo, ella sola y sin trabajo, porque tenía casa y podía ahorrar ese año y comprarse un piso con lo que ella llevaba de Almería, sin tener que pagar hipoteca.
Pero descubrió pronto que aquello no consistía solo en acompañarlo y hacer la casa o estar pendientes de sus horarios de actividades o medicinas o aseo. Era más complicado.
Había que poner orden en una vida que, después del accidente había quedado patas arriba.
Y Fernando estaba insoportable. Se quejaba por todo.
Si ella llenaba la nevera, protestaba por lo que costaba la compra, si necesitaba unas zapatillas nuevas para las sesiones de rehabilitación, refunfuñaba porque eran demasiado caras.
Una tontería porque Olga había visto la ropa cara que había usado antes del accidente en el otro cuarto. Y todo era de marca.
Si Olga insistía en comprarle ropa interior, algunos chándals y pijamas decentes, gruñía como si se estuviera arruinando.
-No necesito tanto- repetía con mal humor.
-Necesitas vestirte como una persona Fernando, no como un naufrago. Mañana vamos a la peluquería a recortarte esa barba y pelarte.
-Ni hablar.
-Pues no hables, pero vamos,- decía Olga con firmeza y sin perder la paciencia.
Las primeras dos semanas fueron agotadoras. Olga apenas tenía un minuto para sí misma. Pero poco a poco consiguió poner la casa en orden e imponer un poco de limpieza además.
La casa quedó limpia como una patena, la despensa llena y las rutinas organizadas. A partir de entonces, mantenerlo todo… se volvió más sencillo.
Fernando seguía protestando.
Protestaba por el dinero.
Por las verduras.
Por las horas de gym.
Por las pastillas.
Por el calor.
Por el frío.
Y hasta por el color de los pijamas.
Y Olga sufría en silencio.
Porque debajo de aquél mal humor seguía viendo un hombre optimista y cabezota que había sido antes del accidente. Solo que ahora estaba enfadado con el mundo… y consigo mismo.
Lo que Fernando aún no sabía era que la paciencia de Olga tenía limites. Y que un día, después de escuchar una queja más sobre unos simples calzoncillos nuevos, iba a explotar.
Y entonces sería él quien tendría que escuchar.
…
Aquella tarde después de limpiar la cocina, dejar preparada la cena, lo escuchó quejarse porque le había comprado ropa interior nueva.
-¿De verdad hacía falta gastar en eso?- murmuró él desde el sofá.- parece que el dinero te quema en las manos.
Olga se quedó inmóvil unos segundos. Respiró hondo.
Una vez.
Dos veces.
Y entonces explotó.
-¡¿Sabes qué Fernando?! Estoy harta.
Él levantó la cabeza sorprendido.
-¿Cómo?
-¡Harta! Harta de tus quejas, de tu malas caras y de que todo te parezca mal.
¡Tres semanas llevo levantándome antes que tú para dejar la casa impecable, trabajando contigo, yendo a tus cosas, haciendo la compra y ocupándome de todo mientras tú te dedicas a protestar! Me pagan sí, pero eres insoportable.
Fernando abrió la boca, pero ella no le dio oportunidad..
-¡No me importa que estés lesionado! ¡No me importa que tengas dolor! ¡Lo entiendo y te ayudo encantada! Pero una lesión no te da derecho a tratar a los demás como si fueran tus criados o como si nada de lo que hacen fuera suficiente.
Olga…