Al límite del ocaso
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CAPÍTULO I
Dos maletas, un bolso. Un carpeta con sus títulos. Y veinticinco años de vida con cicatrices, que pesaban más que todo el equipaje junto.
Apoyó la frente sobre el cristal frío y dejó que los recuerdos la alcanzaran una vez más.
Su madre había muerto al traerla al mundo y, con ella, se había ido también la alegría de su padre.
Al principio solo era tristeza. Luego vino el alcohol. Después, la rabia contra el mundo y los golpes contra ella.
Antonio Blanco, albañil cuando había trabajo y borracho cuando no lo había, había criado a su hija entre gritos y silencios. El piso de Almería estaba pagado, y aquello al menos había sido el único golpe de suerte que habían tenido.
Desde los dieciséis años, Olga trabajaba por las tardes y los fines de semana en restaurantes de comida rápida para ayudar a mantener la casa mientras terminaba el instituto.
A esa edad creyó estar enamorada de Saúl, su refugio. Pero se quedó embarazada y pensó ingenuamente, que quizás la vida le regalaba algo bueno por primera vez.
Pero el mismo día que lo supo, su padre llegó borracho como tantas noches y los golpes acabaron con el bebé de casi tres meses de su vientre.
Saúl nunca llegó a saberlo.
Quizá fue mejor así.
…
Los dos años siguientes fueron una sucesión de miedo, golpes, moretones ocultos y noches eternas de miedo y lágrimas ocultas también, hasta que una madrugada, cuando Olga acababa de cumplir los dieciocho años, una motocicleta se cruzó en el camino de Antonio Blanco.
Su padre regresaba borracho a casa.
Y no regresó nunca.
Por primera vez, Olga se encontró sola.
Y por primera vez, también libre.
Trabajó.
Estudió.
Encadenó becas.
Terminó Trabajo Social y después un máster.
Nadie le regaló nada.
Nadie la esperó a la salida de la Universidad.
Nadie la abrazó cuando recibió el título en la graduación.
Había aprendido a vivir con la soledad.
Los últimos dos años había trabajado en una residencia de mayores, sustituyendo una baja por maternidad que se alargó. Y cuando aquél contrato terminó, se encontró con veinticinco años.
Sin pareja.
Sin amigos de verdad.
Y sin ninguna razón para quedarse en Almería, que la agobiaba.
Así, que una noche extendió un mapa de Andalucía sobre la mesa. Porque de lo que estaba segura era de quedarse en esa comunidad autónoma.
Cerró los ojos.
Cogió un lápiz.
Y pinchó después de dar unos cuantos rodeos.
-Sevilla- susurró al abrirlos.
Vendió el piso. Y lo metió en la cuenta donde tenía el seguro de la muerte de su padre y los ahorros de esos dos años de trabajo, y sin pensarlo demasiado, compró un billete de tren.
Porque, cuando no tienes nada, tampoco tienes nada que perder.
Abrió los ojos.
El sol comenzaba a esconderse tras las montañas y las luces del interior del vagón empezaban a reflejarse en la ventana.
Sonrió apenas.
Una sonrisa triste.
Una sonrisa cansada.
Y entonces por primera vez en tantas horas de viaje y una parada en Granada, donde el tren hizo transbordo, y tuvo que cambiar de tren, una punzada aguda le atravesó el abdomen.
-No ahora…- murmuró, llevándose la mano al vientre.
La punzada se repitió.
Mas fuerte.
Olga frunció el ceño.
No estaba enferma.
Nunca lo estaba.
Pero llevaba varias semanas mareándose por las mañanas y lo achacó al estrés, al cambio, a los nervios.
Miró por la ventanilla.
Faltaban apenas veinte minutos para llegar a Sevilla.
Y, por algún motivo que no supo explicar, un miedo desconocido empezó a abrirse paso en su pecho.
Como si la vida, una vez más estuviera a punto de sorprenderla.
El tren anunció por megafonía la próxima parada y Olga abrió los ojos.
-Próxima estación, Sevilla-Santa Justa.
Ya estaba.
No había vuelta atrás.
Apoyó la cabeza sobre el cristal y contempló como el sol de la primavera se deshacía lentamente en un cielo anaranjado y violeta.
Aquella hora del día, siempre le había parecido triste.
El Ocaso.
El final de algo.
El limite también.
Aunque aquella tarde, por primera vez en muchos años, ella quería creer que también podía ser el principio.
No llevaba demasiado equipaje. Todo lo había dejado atrás.
Incluso la tumba de sus padres.
Sacó el móvil por inercia.
No había mensajes.
Nadie la esperaba a su llegada.
Sonrió con amargura..
-Bueno Olga- susurró mientras la gente iba saliendo- parece que empezamos de cero.
Tomó aire, se levantó, tomo su equipaje y al salir, el olor a azahar la inundó. Tomó un taxi hasta el hostal céntrico que había reservado cerca de la estación de autobuses, Plaza de Armas.